RENSETSU: FUEGO O CENIZAS

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Summary

Rensetsu narra la historia de un joven en busca de su propia individualidad. Nació en un territorio marcado por la violencia, donde la guerra no solo es común, sino también venerada. Desde pequeño fue entrenado para pelear, resistir y obedecer. Pero algo dentro de él es distinto. No quiere seguir ese camino. Busca libertad. Busca paz. Dos palabras simples, pero poderosas. Dos ideas que pondrán su mundo -y a sí mismo- a prueba. "El mundo necesita personas fuertes, no violentas."

Genre
Fantasy
Author
Rombairo
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
5.0
Age Rating
16+

CAPITULO 1: JUICIO

Los tribunales del Clan Akaryu estaban colmados.

El mármol oscuro del suelo vibraba con los pasos apagados de soldados, sabios y comandantes. Nadie alzaba la voz. Solo se oían susurros -murmullos que rozaban la blasfemia si se escuchaban con atención-.

Los ancianos del consejo, alineados como estatuas, observaban con ojos que lo habían visto todo. Los líderes de los otros clanes, allí como testigos, mantenían la mirada fija y los labios sellados. Y entre la multitud, como una mancha de sangre en la nieve, el pueblo del fuego contenía el aliento.

El aire pesaba. Denso como humo de batalla.

Una sola palabra equivocada bastaría para prender el conflicto. Una sola chispa, y el juicio podría convertirse en guerra.

Al centro del estrado, erguido como un pilar de furia contenida, se alzaba el líder del Clan Akaryu, Reiko Akaryu. Frente a él, su hijo mayor: el comandante prodigio, el orgullo del clan, y también su mayor decepción en ese momento. Katsuro Akaryu

Reiko akaryu no gritó. Su voz era grave, firme, como lava endurecida:

-¿Tú? ¿Cómo te atreviste a semejante acto?

¿Cómo osaste burlarte de las tierras que fueron tocadas por los dioses?

Sigue vivo en ese asiento solo porque lleva mi sangre.

Tu actuar no es el de un comandante... y mucho menos el de un heredero.

El joven comandante Katsuro akaryu, aún cubierto con parte de su armadura, ni siquiera pestañeó. Había arrogancia en su postura, pero también convicción. Alzó la barbilla, miró directamente a los ojos de su padre y respondió con tono plano, casi desinteresado:

-Aceptó el duelo. Murió.

Debieran estar agradecidos de que fui yo quien lo mató.

Toma la decisión que desees. Aceptaré el castigo.

Un silencio pesado se apoderó del tribunal.

No había lugar para excusas ni negaciones.

Las palabras del comandante habían sido claras, cortantes como una hoja caliente: no se arrepentía.

El consejo lo notó. Los sabios lo vieron.

Y el pueblo del fuego, aunque no se atrevía a hablar, lo sintió: el acto fue cometido... y no había culpa alguna.

Lo que desconcertó al líder, Reiko akaryu. no fue la muerte en sí. En Hinohara, los duelos eran parte del tejido de la vida. Lo que lo perturbaba era la elección.

¿Por qué él?

¿Por qué su hijo, tan brillante, tan selectivo con sus combates, había decidido enfrentarse a alguien que estaba muy por debajo de su nivel?

Aquel joven prodigio solía rechazar duelos si sabía que la victoria era inevitable. "No peleo para ganar, peleo para sentir algo," solía decir.

Pero esta vez, sí aceptó.

Y mató.

El líder entendió entonces que el juicio ya no era para su hijo.

Era para su clan.

Las miradas clavadas en su figura no pedían justicia. Pedían equilibrio. Una respuesta rápida. Un sacrificio.

Porque si no actuaba, las turbulentas aguas del consejo se convertirían en llamas.

Y esas llamas quemarían a todos.

Reiko Akaryu no podía permitirse perder a una de sus armas más letales.

No era cuestión de sangre.

No era por el lazo de padre e hijo.

Era por lo que Katsuro Akaryu representaba en el campo de batalla:

una fuerza que no dudaba, que actuaba sin necesidad de órdenes,

eficaz, precisa, letal.

Una sombra roja que resolvía con violencia donde otros aún estaban decidiendo qué hacer.

Pero el Reino exigía justicia.

Y Reiko, más allá de ser líder, era reconocido por algo más difícil aún:

ser justo.

Y ahora, todos lo miraban.

Esperaban que lo demostrara.

La decisión que tomara sería recordada por generaciones.

Una sola palabra errada podía condenar a todo el Clan Akaryu.

Pero perder a Katsuro... también podía significar debilidad frente a los otros clanes.

¿Cómo castigar sin sacrificar?

¿Cómo mostrar justicia sin perder poder?

Ese era el dilema del líder más poderoso de Hinohara.

Enkou, el segundo clan más poderoso de Hinohara aguardaba en silencio.

No por respeto.

No por tristeza.

Y mucho menos por su guerrero caído.

Lo que realmente esperaban era una oportunidad.

Un error.

Un gesto de debilidad por parte de Reiko Akaryu.

Una señal de que el impenetrable Clan Akaryu estaba comenzando a desmoronarse.

La muerte de su hombre no significaba nada para ellos.

Pero el escándalo público, el juicio ante los cinco clanes...

eso sí era una joya política.

Querían un castigo ejemplar.

Uno que debilitara la imagen de los Akaryu,

uno que dejara una grieta en el poder del clan más temido de Hinohara.

Y en ese resquicio, colarse ellos.

La justicia no era más que una máscara.

La ambición era lo único verdadero en esa sala.

El Consejo de los Cinco se mantenía en su trono de sombras.

Cinco clanes, cinco voces.

Pero solo una tenía la última palabra: Akaryu.

Y eso... les dolía a todos.

Uno a uno, los representantes fueron tomando la palabra.

Sus rostros eran piedra, sus lenguas fuego disfrazado de diplomacia.

-Ningún hombre debería estar por encima de las leyes de Hinohara -dijo el delegado del Clan Enkou, con una sonrisa que no llegaba a los ojos-.

Especialmente si ese hombre carga el título de comandante.

-Si dejamos este acto sin consecuencia -añadió la mujer del Clan Fukai-, ¿qué mensaje enviaremos a los demás soldados? ¿Que la fuerza lo justifica todo? ¿Que el linaje otorga impunidad?

Reiko Akaryu no respondió.

Sus ojos escaneaban cada palabra, cada pausa, cada intención.

-Nosotros solo buscamos equilibrio -remató el anciano del Clan Kagenami-.

Un gesto que restaure la confianza entre clanes.

Un sacrificio... que honre la pérdida.

Nada más.

Mentiras.

Todos querían una sola cosa:

ver sangrar al Clan Akaryu.

Reiko lo sabía.

No podía darles a su hijo mayor.

Katsuro era el filo de su espada.

Pero tampoco podía permitir que lo acusaran de protegerlo.

Necesitaba una ofrenda.

Un símbolo.

Un fuego menor que pudiera encender la paz, aunque fuera momentánea.

Y entonces, la idea surgió.

Cruel.

Fría.

Perfecta.

Reiko Akaryu lo entendía mejor que nadie.

Esto no era justicia.

Era una jugada.

Un intento desesperado por arrebatarle el trono.

Mientras el Consejo ardía en su teatro de palabras, él solo pensaba:

"¿Quieren ver debilidad? Bien... se las mostraré. Pero me las cobraré, una por una."

El salón quedó en silencio cuando Reiko se puso de pie.

Su voz fue firme.

Grave.

Cargada de autoridad ancestral:

-He tomado mi decisión.

Un murmullo recorrió el lugar como un viento helado.

-No entregaré muerte. La muerte sin combate es insulsa ante los ojos de nuestro dios.

Aquí, tanto el asesinato sin honor como el suicidio condenan el alma a vagar lejos del reino eterno.

Hubo cabezas que se alzaron, desconcertadas.

¿No habría castigo?

Reiko continuó:

-Reconozco los actos de mi hijo.

Matar en tierras sagradas, por más que sea en combate, exige penitencia.

Por eso, Katsuro Akaryu será destituido de todos sus títulos hereditarios.

No podrá comandar, ni heredar el liderazgo del clan.

El silencio fue total.

Katsuro, aún sentado, ni se inmutó.

Su rostro era mármol.

Orgullo puro.

Como si aquello no le importara.

Como si hubiese esperado ese golpe desde antes de nacer.

Pero Reiko no había terminado.

-Y además... para calmar a los dioses y al consejo, declaro esto:

Mi segundo hijo, Rensetsu Akaryu, heredero legítimo de la línea Akaryu, será enviado a Honō no Haka.

Y ahí se quebró algo.

No en el consejo.

En Katsuro.

Sus ojos se abrieron como si algo en su pecho hubiese ardido sin control.

Su mandíbula se tensó.

Su mirada dejó de ser fría:

Era fuego puro.

No por la pérdida de su legado.

Sino por su hermano.

Todos creyeron ver el rostro de un hombre derrotado.

Pero solo él sabía:

no dejaría que Rensetsu muriera en ese infierno.

El salón se mantuvo en silencio unos segundos eternos tras la sentencia.

Nadie se atrevió a hablar. Ni siquiera los ancianos de los clanes más antiguos.

Reiko Akaryu, el líder del clan más poderoso de Hinohara, acababa de hacer algo que ninguno se hubiera atrevido siquiera a considerar: sacrificar a sus dos hijos, uno por acción y otro por omisión.

-¿Ha perdido el juicio? -murmuró alguien entre los consejeros, demasiado bajo como para ser identificado.

Los ojos del representante del Clan Enkou, segundo en poder, chispearon con una mezcla de sorpresa y codicia apenas disimulada.

¿Qué clase de hombre lanza a su heredero al exilio, sabiendo que Hono no Haka es una tumba de fuego?

Nadie sobrevive allí por mucho tiempo, y menos alguien inexperto como Rensetsu.

Pero eso no era lo más alarmante.

Lo verdaderamente peligroso, lo que provocó un murmullo helado entre los miembros del consejo, fue una simple conclusión que flotaba en el aire como un espectro:

-Si Rensetsu muere... el Clan Akaryu se queda sin sucesor.

Y si eso ocurría, el equilibrio del poder en Hinohara se rompería.

Los clanes menores se agitarían como chacales oliendo sangre.

El Clan Enkou vería su oportunidad.

Y el Consejo tendría que intervenir... o presenciar el colapso de la pieza central que sostenía el país.

El anciano del Clan Mikazuchi golpeó su bastón contra el suelo tres veces para llamar al orden, pero su voz no logró ocultar la tensión:

-Reiko... sus decisiones han sido escuchadas. Que los dioses del fuego y del juicio pesen sus actos. Y... -miró al vacío un segundo- que el alma de su linaje encuentre el camino de regreso.

Del lado del Clan Enkou, el representante sonrió por dentro.

"Si el muchacho muere allá... entonces el Fénix perderá sus alas."

Y así comenzó la verdadera guerra.

Una guerra silenciosa. Una guerra de legados.

Donde la sangre de un joven exiliado en el hielo podría decidir el futuro del país

Tras la salida de los tribunales, Katsuro Akaryu se lanzó con furia contenida hacia su padre, Reiko Akaryu, líder del clan.

—¿¡Cómo podés mandar así, como si nada, a la muerte a Rensetsu!? ¡¿Acaso él tiene la culpa de mis actos!?

Reiko lo miró con frialdad, sin moverse un centímetro.

—¿Ahora te importa tu hermano? —espetó con dureza—. Lo trataste como basura toda su vida. Y justo ahora decidís jugar al hermano ejemplar… ¿por qué?

Katsuro apretó los dientes. Sabía que su padre tenía razón. Nunca fue un hermano. Nunca lo protegió. Al contrario: lo maltrató, lo humilló, lo empujó al límite.

Lo odiaba… porque no era como él.

Desde que supo que tendría un hermano menor, fantaseó con tener un rival digno. Alguien tan prodigioso como él, tan brillante, tan invencible. Pero lo que recibió fue todo lo contrario: un chico común, torpe, que apenas lograba mantenerse en pie durante los entrenamientos. Un reflejo roto de la gloria que esperaba ver. Y eso… lo llenó de ira.

La imagen que se había construido de Rensetsu se le había caído. Y con ella, su deseo de compartir el trono de los grandes.

Pero ahora, en lo más profundo, sentía algo que no quería admitir: miedo. Miedo de perderlo.

Y aún así, incapaz de mostrar debilidad, dijo con arrogancia:

—¿Vas a mandar a morir a tu último heredero? El clan pende de un hilo… ¿y lo vas a dejar en manos de un mediocre? Tu sabés bien lo que eso significa.

Reiko mantuvo la mirada firme, sin dejarse intimidar por la furia de su hijo.

—Sé exactamente lo que significa. ¿Olvidás quién te crió? ¿Quién te formó? Soy el líder de este clan y sé bien lo que debo hacer. Debés agradecer que sigas con vida después de lo que hiciste.

Hizo una breve pausa y entrecerró los ojos.

—Además… ¿por qué decidiste matar a esa persona? ¿Realmente fue por estrategia? ¿O porque su muerte te dolió más de lo que querés admitir?

Katsuro desvió la mirada. No respondió.

Reiko continuó:

—Tu hermano no morirá.Permanecerá en Honō no Haka durante cinco años. Hasta que todo se calme… hasta que el fuego que provocaste deje de quemar.

Luego, giró hacia una mesa cubierta de mapas y documentos.

—Mientras tanto, tengo que encargarme de los Enkou. Idear algo que mantenga a su clan a raya antes de que esto estalle en guerra. Y tu… por favor, no generes más problemas. Ve con tu abuelo. Él sabrá cómo mantenerte ocupado.

Katsuro apretó los puños con rabia contenida.

—¿Por qué no me enviaste a mí a Honō no Haka?

Reiko lo miró de frente, esta vez con total seguridad:

—Ya te lo dije. Es una decisión estratégica. Te necesito aquí. A ti... y a él.

Llamalo.