ᴅᴀᴅᴅʏ's ʟɪᴛᴛʟᴇ ʀᴇʙᴇʟ

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Summary

Odio a mi padrastro... o eso me repito cada noche mientras mis dedos traicionan mis pensamientos. Él cree que soy una niña rebelde, pero no sabe que mi rebeldía es solo una invitación a que me domine.

Genre
Erotica
Author
Kashi_E
Status
Complete
Chapters
10
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

𝖢𝖺𝗉𝗂́𝗍𝗎𝗅𝗈 𝟣

𝖲𝖠𝖲𝖧𝖠

Podía imaginar el sonido de sus pasos resonar en el suelo de madera del pasillo, un ritmo constante y seguro que hacía temblar ligeramente los cuadros de las paredes. Mi corazón latía al unísono de esos pasos, pero no de miedo, sino de un odio puro y ardiente. Peter. Mi padrastro. El hombre que había tenido la audacia de intentar reemplazar a un fantasma.

Cerré los ojos con fuerza, apretando las manos hasta que mis uñas pintadas de un negro azabache, se clavaron en mis palmas. El dolor era un alivio, una distracción tangible de la rabia que hervía en mi sangre. Desde mi habitación, un santuario de posters de bandas de rock alternativo y ropa esparcida como una declaración de guerra, podía sentir su presencia en la casa. Era como si una tormenta de autoridad y control se hubiera instalado permanentemente en lo que antes era el reino de mi madre y el mío.

Todo comenzó hace seis años. Yo tenía doce, una edad de por sí lo suficientemente complicada sin que tu madre te soltara la bomba de que se casaría con un tipo al que apenas conocíamos. Mi padre biológico, ese hombre de negocios siempre impecable en sus trajes caros, se había esfumado de nuestras vidas cuando yo tenía ocho. Sus visitas se volvieron cada vez más esporádicas, hasta que se limitaron a una tarjeta de crédito con un generoso límite y llamadas telefónicas en fechas señaladas. El vacío que dejó no era de cariño, sino de presencia. Y mi madre, pobre e ingenua, encontró consuelo en los brazos de Peter.

Peter tenía en ese entonces treinta y tres años. Treinta y tres. Veintiún años mayor que yo. Cuando lo vi por primera vez, lo único que pensé fue que era demasiado alto, demasiado… presente. No sonreía con la falsa amabilidad de los otros pretendientes de mamá. Sus ojos, de un azul tan claro que casi parecían grises bajo cierta luz, me observaban con una intensidad desconcertante, como si pudiera ver a través de mi furia adolescente y mi dolor de niña abandonada.

La boda fue pequeña, íntima, y yo me vestí de negro. No fue un acto de duelo, fue una protesta. Mientras ellos intercambiaban votos, yo clavaba mi mirada verde, intensificada por el rímel y la sombra de ojos que me empeñaba en usar, en la nuca de Peter. Él se mantenía impecable en su traje, su espalda ancha y sus hombros firmes denotando una fuerza que yo entonces asociaba con la opresión. Cuando se volvió y me miró, después del “sí, quiero”, no vi felicidad en sus ojos. Vi… responsabilidad. Y eso era mil veces peor.

Inmediatamente intentó tomar el papel de padre. “¿A qué hora piensas volver?”, “Ese escote es inapropiado”, “¿Has terminado los deberes?”. Cada pregunta era un cuchillo que se clavaba en mi independencia. Yo le espetaba que no era mi padre, que no tenía derecho, que si quería jugar a ser papá lo hiciera con Dylan, mi medio hermano, el hijo que tuvo con mi madre un año después de la boda. Un niño de cinco años que lo adoraba y que era la viva imagen de él: ojos claros y una sonrisa que podía derretir el hielo. Dylan era suyo. Yo no. Yo nunca lo sería.

Mi rebeldía se convirtió en mi armadura. Teñí mi cabello negro azabache con mechas rojas sangre, como advertencia de peligro. Adopté el maquillaje de los años dos mil, ahumado y desafiante, que hacía resaltar el verde esmeralda de mis ojos, un rasgo que heredé de mi madre pero que, según decían, brillaban con una luz más salvaje. Mi vestuario era mi declaración de principios: faldas tan cortas que apenas cubrían mis muslos y tops diminutos que dejaban al descubierto la cintura y realzaban mis pechos generosos y la curva pronunciada de mis caderas. Mi madre, sumida en su nueva vida de felicidad doméstica, apenas musitaba un “¿estás segura, cariño?”. Pero Peter… Peter siempre tenía un comentario. Una mirada de desaprobación que me recorría de la cabeza a los pies y que, para mi absoluto terror, empezó a sentirse menos como un regaño y más como una descarga eléctrica.

Porque Peter no era feo. Ese era el problema más grande de todos. A sus treinta y nueve años, el tiempo y el ejercicio habían esculpido su cuerpo en un monumento a la masculinidad. El niño bonito se había convertido en un hombre con la mandíbula fuerte, marcada por una leve sombra de barba que siempre parecía perfectamente imperfecta. Sus hombros eran amplios, sus brazos fuertes, y sus manos… sus manos grandes con venas marcadas que me provocaban pensar en cosas que no debía. Había empezado a ir al gimnasio con más dedicación, y los resultados eran obscenamente evidentes. Era demasiado guapo, demasiado alto, demasiado todo para mi paz mental.

Ahora que tengo dieciocho años. Y cada noche, me acuesto en mi cama, rodeada de la oscuridad que solo conoce mis secretos, repito como un mantra en mi cabeza: "Lo odio, lo odio, lo odio". Pero mis dedos, traicioneros y ávidos, se deslizan bajo la cinta elástica de mis bragas. Mi respiración se entrecorta y mis ojos se cierran, no para bloquearlo, sino para invocar su imagen. La imagen de su mirada gris-azulada fija en mí, llena de esa desaprobación que enciende algo primitivo en lo más profundo de mi vientre. Fantaseo con que esa desaprobación se transforme en algo más, en un gruñido de posesión, en el crujido de su voz ordenándome que me comporte.

Me excita su autoridad. Me enciende pensar que podría domarme, que podría romper mi actitud rebelde con la fuerza bruta de su voluntad. Y en el clímax silencioso y húmedo que me sacude, ahogando un gemido en la almohada, no es el chico malo del instituto el que imagino sobre mí. Es la sombra alta y poderosa de Peter, mi padrastro, el intruso, el hombre al que juré odiar.

Y en el éxtasis culpable que me inunda, solo una verdad resuena en mi mente, aterradora y humedeciéndome aún más: mi rebeldía nunca fue un desafío. Siempre fue una invitación. Una invitación que, aunque él no lo supiera aún, estaba deseando que finalmente aceptara.

Mi mantra de odio se desvaneció, reemplazado por el calor vergonzoso que se extendía desde mis mejillas hasta el pecho. Retiré mis dedos húmedos de entre mis piernas como si me hubieran quemado, y me sequé con furia en las sábanas. ¿En qué demonios estaba pensando? Peter era… Peter. Mi padrastro. El hombre que se acostaba con mi madre en la habitación de al lado. La repulsión debería haber sido instantánea, absoluta. Pero no lo fue. Solo quedaba una confusión pegajosa y una humedad que me delataba.

El sonido de la puerta principal al abrirse y cerrarse de golpe me hizo saltar. Su voz, grave y resonante, llenó el vestíbulo.

Llegué. ¿Sasha está en su cuarto? —No era una pregunta.Era una verificación. Siempre lo hacía. Un parte de situación doméstica.

Mi madre dijo algo inaudible, su voz un susurro cansado comparado con la de él. Oí sus pasos acercándose a mi puerta y me tensé toda, tirando de la manta hasta la barbilla como una niña asustada, aunque lo que sentía estaba a años luz del miedo. La manija giró, pero la puerta no se abrió. El pestillo. Lo había corrido hace media hora, precisamente por esto. Por él.

Su puño golpeó la madera dos veces, con una autoridad que hacía temblar el marco.

Sasha. Abre.

¿Qué quieres?—logré gruñir, esperando que mi voz no sonara tan quebrada y ronca como me parecía a mí.

Sal.Tenemos que hablar.

Estoy durmiendo.

Mentira. Abre la puerta. Ahora.

Cada palabra era una orden, un latigazo que me erizaba la piel. Respiré hondo, me pasé una mano por el cabello revuelto y me envolví en mi bata, una seda negra corta que sabía que le molestaba. Corrí el pestillo con un chasquido que sonó a rendición.

La puerta se abrió y allí estaba él. Llenando el marco con sus hombros amplios. Se había quitado la chaqueta del traje y se había arremangado la camisa blanca, dejando al descubierto sus antebrazos musculosos y velludos. Olía a aire nocturno y a su colonia amaderada, una mezcla que me daba vueltas la cabeza. Sus ojos azul grisáceos me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose por una fracción de segundo en la abertura de mi bata, justo donde la seda se abría sobre mis pechos. Sentí que esa mirada me palpaba, me evaluaba. Y, para mi horror, mi cuerpo respondió, apretándose por dentro con un deseo repentino y brutal.

¿Qué? —espeté, cruzando los brazos sobre el pecho para ocultar mis pezones endurecidos que rozaban la seda fina.

Su mirada se endureció.

Tu madre está preocupada.Y yo también. La directora llamó hoy. De nuevo.

Ahí estaba. El sermón. El papá intentando imponer disciplina. Me apoyé contra el marco de la puerta, adoptando una postura desafiante.

¿Y?¿El mundo se acabó porque me salté una clase de álgebra? Aburrida.

No se trata de álgebra—su voz era un rumor bajo y peligroso—. Se trata de responsabilidad. De respeto. ¿Crees que vestirte como… eso —hizo un gesto vago hacia mi cuerpo— te hace parecer fuerte? Solo demuestra lo ingenua que eres.

Cada palabra era un intento de control. Y cada palabra, en lugar de enfurecerme, alimentaba el fuego húmedo que aún ardía entre mis piernas. Quería que se enfadara más. Quería empujarlo hasta el límite.

¿Ingenua? —soltó una risa cortante—. ¿Quieres que te hable de ingenuidad, Peter? La ingenuidad fue creer que podrías llegar y hacer de padre. ¿Por qué no te preocupas de Dylan? Él sí te quiere. Él sí te llama papá.

Vi cómo su mandíbula se apretaba. Un músculo palpitaba en su mejilla. Avanzó un paso, invadiendo mi espacio, y el aire se volvió eléctrico. Su presencia era abrumadora. Podía sentir el calor que desprendía su cuerpo.

Mientras vivas bajo mi techo, comerás de mi comida y seguirás mis reglas. ¿Está claro?

Tu techo, tu comida —repliqué, alzando la barbilla para mirarlo a los ojos, desafiante, aunque mi corazón martilleaba contra mis costillas—. Pero yo no soy tuya.

Él se inclinó, poniendo su rostro a centímetros del mío. Su aliento olía a café amargo.

Eres mi responsabilidad —susurró, y la palabra sonó cargada de algo oscuro y prometedor—. Y eso incluye corregir tu comportamiento de niña malcriada.

La palabra "corregir" resonó en mi interior, vibrando en cada terminación nerviosa. ¿Cómo? ¿Cómo me corregiría? Mi imaginación, ya calentada, se disparó. Me temblaron las piernas. Esperé a que dijera algo más, a que diera un ultimátum, a que… no sé qué.

Pero se enderezó, rompiendo el hechizo. Su mirada era impenetrable.

Mañana no saldras.Te quedarás en casa. Y piensa en lo que quieres para tu vida, Sasha. Porque este camino solo te lleva al desastre.

Dio media vuelta y se alejó por el pasillo, sus pasos firmes resonando como ecos de una derrota… o una victoria. Yo me quedé allí, temblando, con las palmas de las manos sudorosas y un vacío pulsátil en el vientre. Había logrado enfadarlo. Había desafiado su autoridad. Y, sin embargo, sentía que él había ganado. Porque se había ido. Porque me había dejado aquí, sola, con el sabor amargo de mi propia provocación y un deseo tan intenso y prohibido que me dobló por la cintura.

Me deslicé de vuelta a la cama, enterrando el rostro en la almohada aún sintiendo en el aire su colonia, su enfado, a él. Y supe, con una certeza que me aterró, que mi odio era la mentira más frágil que me había contado. Lo que sentía por Peter era mucho más peligroso. Era una necesidad visceral, un fuego que solo su autoridad, su fuerza, su desaprobación, podía apagar. O avivar.

Y esa noche, por segunda vez, mis dedos encontraron el camino húmedo, y esta vez no me repetí que lo odiaba. Esta vez, en el silencio culpable de mi habitación, susurré su nombre.


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La orden de Peter de que no saliera se clavó en mí como un clavo ardiente. "Te quedarás en casa". Sus palabras resonaban en las cuatro paredes de mi habitación, que de repente parecían una celda. No era solo el castigo, era el tono que había usado, esa mezcla de desprecio y autoridad que me hacía sentir pequeña y, de una manera retorcida, increíblemente viva. El eco de sus pasos alejándose por el pasillo era un tañido fúnebre para mi libertad de fin de semana.

El silencio que dejó atrás era opresivo. Podía oír a mi madre murmurando algo en la cocina, el leve runrún de la televisión en el cuarto de Dylan. La normalidad de su vida familiar me ahogaba. Yo era la pieza desencajada, el elemento disruptivo que necesitaba ser controlado. Bien. Si no podía salir, traería el caos a mi santuario. Si Peter quería jugar al guardián, le demostraría lo ingenua que no era.

Deslicé mi teléfono con una sonrisa torcida. No iba a llamar a cualquiera. Llamaría a Lincoln. Lincoln con su sonrisa fácil, sus manos siempre inquietas y su fama de no querer ataduras. Era perfecto. No querría una relación, solo un rato de diversión. Justo lo que necesitaba para sacarme de la cabeza la imagen de los ojos grises de Peter y el sonido de su voz ordenándome qué hacer.

¿Oyes? —susurré en el teléfono, después de explicarle mi encarcelamiento doméstico—. Abrire mi ventana la que da al jardín. No hagas ruido. Te espero.

Colgué con el corazón acelerado, pero no de nerviosismo, sino de pura adrenalina rebelde. Actué con una precisión silenciosa. Esperé a oír a mi madre subir a acostar a Dylan y a Peter encerrarse en su estudio, seguramente para trabajar en alguno de sus aburridos proyectos. El rugido lejano de la moto de Lincoln me hizo saltar. Contuve la respiración, escuchando. Ningún paso en las escaleras. Ninguna puerta que se abriera.

Como una sombra, deslicé la ventana de mi habitación que daba al jardín trasero. Él ya estaba allí, trepando con una agilidad felina, su silueta recortándose contra la luz de la luna. Le ayudé a entrar, y por un momento, nuestros cuerpos chocaron en la penumbra. Olía a tabaco, a gasolina y a noche libre. Un olor completamente opuesto al de Peter.

Vaya guarida —murmuró Lincoln, mirando alrededor con una sonrisa burlona mientras se quitaba la chaqueta de cuero.

Le puse un dedo en los labios.

Silencio. Él está en casa.

El "él" no necesitaba explicación. La advertencia solo pareció excitarlo más. Su mirada se posó en mi bata de seda, que se había abierto ligeramente. Sus manos, más pequeñas y menos callosas que las de Peter, recorrieron mi cintura, bajando hasta mis nalgas y me atrajo hacia él.

Yo me dejé llevar. No era Lincoln lo que quería, era la transgresión. Era la idea de que bajo el mismo techo donde Peter dictaba sus reglas, yo las estaba quebrantando de la manera más obscena. Cada caricia de Lincoln era un dedo medio levantado dirigido a la autoridad de mi padrastro.

Lincoln me empujó contra la cama, y la madera crujió suavemente. Su boca era húmeda e insistente en mi cuello, sus manos tiraron de la bata para dejar mis pechos al aire. El contraste entre su toque torpe y apresurado y la imagen de las manos grandes y seguras de Peter que mi mente insistía en proyectar era abismal. Pero cerré los ojos y me abandoné a la fantasía, sustituyendo mentalmente a Lincoln por una sombra más grande, más oscura, más autoritaria.

Fue rápido, torpe, y casi completamente silencioso, salvo por los jadeos sofocados de Lincoln y el crujido de mis sábanas. Yo estaba allí, pero no del todo. Mi mente estaba en otra parte, en un lugar donde la voz que gruñía órdenes no era la de un adolescente, sino una voz grave y cortante que prometía un castigo muy diferente.

Y entonces, el infierno se desató.

El crujido de la manija de la puerta al ser forzada sonó como un disparo. La madera se quebró alrededor del pestillo, que voló por los aires con un chasquido metálico. La puerta se abrió de golpe contra la pared, estremeciendo todo el cuarto.

Y allí, en el marco, como una estatua de ira vengativa, estaba Peter.

No era el hombre del traje. Era algo primitivo. Solo llevaba unos pantalones de pijama bajados en la cadera, como si se hubiera levantado de la cama de un salto. Su torso desnudo, iluminado por la tenue luz, era una obra de músculos tensos y piel brillante por una fina capa de sudor. Su pecho se elevaba con una furia contenida que parecía expandirlo, haciéndolo aún más enorme. Sus ojos, esos ojos azul-grises que siempre analizaban, ahora ardían con un fuego pálido y glacial que me heló la sangre. Su mirada no se posó en mí primero. Barrió la escena: la ropa desparramada, a Lincoln encima de mí, aún dentro de mí, nuestra intimidad violada y expuesta.

¡Sal de esa cama! —rugió. Su voz no era humana. Era el sonido de la tierra desgarrándose.

Lincoln se apartó de mí de un salto, tambaleándose con los pantalones bajados, su cara una máscara de puro terror. Intentó balbucear algo, una explicación, una disculpa, pero no hubo tiempo. La mano de Peter, grande como una pala, se cerró alrededor de su cuello con una fuerza brutal y lo arrancó de la cama como si fuera un muñeco de trapo. Lincoln gritó, un sonido agónico y ahogado.

¡Peter, no! ¡Déjalo! —grité, cubriéndome los pechos con la sábana, mi voz temblorosa y débil comparada con su rugido.

Pero él ya lo estaba arrastrando fuera del cuarto. Oí el golpe sordo de un puño contra la carne, un quejido de dolor, y luego los pasos precipitados bajando las escaleras. Más golpes. El sonido de la puerta principal abriéndose de par en par y luego cerrándose con una violencia que hizo temblar toda la casa. Silencio. Después, los pasos de Peter subiendo de nuevo las escaleras. Cada uno era un martillazo en mi pecho.

Jadeaba, y cuando reapareció en la puerta, su nudillos estaban enrojecidos y un poco hinchados. Su mirada, por fin, se clavó en mí. Era una mirada que me desnudaba, que me escudriñaba. Detrás de él, el rostro pálido y consternado de mi madre, envuelta en una bata. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y de una decepción que me cortó más profundamente que cualquier grito.

¿Mamá…? —logré sollozar, buscando en ella un rescate, un consuelo.

Pero ella solo negó lentamente, llevándose una mano a la boca.

¿Cómo has podido, Sasha? ¿En nuestra casa? ¿Con tu padre en la siguiente habitación?

La palabra "padre" me golpeó como un bofetón. Peter no se inmutó. Su furia parecía haberse transformado en algo más frío, más peligroso.

¿Qué te pasa? —escupí, dirigiéndome a Peter, la vergüenza transformándose en rabia—. ¡No eres mi padre! ¡No tienes ningún derecho!

¡Yo pago esta casa! ¡Yo pongo la comida en la mesa! —vociferó, avanzando hacia la cama. Su presencia llenaba la habitación, ahogándome—. ¡Y mientras seas una irresponsable, una niña que no sabe estar sola ni una maldita noche sin meterse en problemas, tendré todos los derechos! ¿Crees que esto es ser adulta? ¿Esto es libertad? —hizo un gesto despectivo hacia la cama deshecha—. ¡Esto es ser una cría estúpida!

Cada palabra era un azote. Mi madre lloraba en silencio, pero no dijo nada para defenderme. Se lo permitió. Permitió que me humillara, que me despedazara con su desprecio. Y lo peor era que una parte de mí, la parte húmeda y avergonzada, se estremecía con cada una de sus palabras.

¡Te odio! —grité, y esta vez sonó real, surgida de la herida abierta de mi orgullo.

Peter esbozó una sonrisa fría, sin humor.

Me da igual.Porque claramente tu criterio es un desastre. —Respiró hondo, conteniendo la marea de su furia—. Se acabó. No puedo… No podemos dejarla sola ni un minuto —continuó Peter, y finalmente me miró, y en sus ojos ya no había solo ira, sino una resolución terrible—. Se acabó. Este verano, no se queda con ninguna amiga. No se queda aquí.

¿Q-Qué? —logré balbucear.

Te vienes mañana con nosotros —declaró, y cada palabra caía como una losa—. A la cabaña de vacaciones.

El mundo se me vino encima. La cabaña. Aislada. En el bosque. Con él. Con mi madre. Lejos de la ciudad, de mis amigos, de cualquier distracción.

¡No!—protesté, saltando de la cama, aún envuelta en la sábana—. ¡No iré! ¡No puedes obligarme!

¿No? —preguntó, y su voz bajó a un susurro aterrador—. Prueba a desobedecerme. Prueba a rebelarte. Verás lo rápido que esa tarjeta de crédito de tu papá deja de funcionar y cómo esta habitación se queda vacía. ¿Me entiendes, Sasha?

Su mirada no dejaba lugar a dudas. No era una amenaza vacía. Era una promesa. Miré a mi madre, buscando un último salvavidas. Ella solo tragó saliva y asintió lentamente, sus ojos evitando los míos.

Peter tiene razón, cariño —murmuró, su voz quebrada—. Es por tu bien. No podemos confiar en que estés sola.

La traición fue tan absoluta que me dejó sin aire. Me derrumbé en la cama, las lágrimas calientes de rabia y humillación surcando mis mejillas. Peter se quedó mirándome un momento más, su respiración aún agitada, sus puños aún cerrados. Vi cómo sus ojos recorrían mi cuerpo tembloroso envuelto en la sábana, y por un instante, creí ver algo más que ira en su profundidad gris. Algo oscuro, tan prohibido como lo mío.

Sin una palabra más, dio media vuelta y salió, guiando a mi madre con una mano en la espalda. La puerta, ahora destrozada, quedó abierta, un símbolo de mi intimidad violada y de mi libertad arrebatada.

Me quedé allí, temblando, escuchando cómo sus pasos se alejaban. El olor a Lincoln, a sexo rápido, aún flotaba en el aire, pero estaba siendo reemplazado por otro mucho más potente, más invasivo: el olor a colonia amaderada de Peter y a furia masculina.

Y en el fondo del pozo de mi humillación, del miedo y la rabia, una semilla retorcida y peligrosa comenzó a germinar. Iba a ir a la cabaña. Iba a estar atrapada con él. Y una parte de mí, una parte que ya no podía seguir negando, se estremeció de anticipación.


≻───── ⋆✩⋆ ─────≺


La mañana llegó con la suave luz del amanecer filtrándose por mi ventana, pintando rayas pálidas sobre el desastre de mi habitación. La puerta, con el marco astillado y el pestillo roto, permanecía abierta, un recordatorio mudo de la violación de mi santuario y de mi humillación. No había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, veía la furia glacial en los ojos de Peter, el terror en la cara de Lincoln, la decepción silenciosa de mi madre.

Me vestí con mi armadura más resistente: unos shorts de mezclilla tan cortos que apenas cubrían mis muslos y un top negro ajustado que dejaba al descubierto mi vientre y la curva inferior de mis pechos. Me maquillé con más intensidad de la habitual, ahumando mis ojos verdes hasta convertirlos en dos garras de felino herido. Cada capa de rímel, cada trazo de delineador, era un acto de desafío. No me iba a ir fácilmente.

El sonido de maletas rodando por el pasillo hizo que mi estómago se encogiera. Oí la voz animada de Dylan y las instrucciones tranquilas de mi madre. La normalidad de sus preparativos era un insulto. Yo era la prisionera siendo preparada para su traslado.

Peter apareció en el marco de mi puerta destrozada. Vestía unos jeans gastados y una camiseta negra que se ajustaba a su torso musculoso, delineando cada músculo de su espalda y brazos. Sus ojos, fríos y evaluadores, me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis piernas desnudas con una desaprobación tan palpable que casi podía sentirse como un tacto físico.

El coche está casi listo —dijo, su voz era un rumor bajo, cargado de una autoridad que no admitía réplica—. Baja tu maleta.

No voy a ir —declaré, cruzando mis brazos sobre el pecho. Mantuve la voz firme, aunque por dentro temblaba como una hoja.

Él no se inmutó. Ni siquiera parpadeó.

No es una solicitud, Sasha. Es una orden. Baja tu maleta.

¡He dicho que no voy a ir! —elevé la voz, esperando que sonara más segura de lo que me sentía—. ¡Puedes encerrarme aquí, no me importa! ¡Llamaré a mi padre! ¡Te denunciaré por secuestro!

Una sonrisa fría y casi imperceptible se dibujó en sus labios. Era la sonrisa de un hombre que sabía que tenía todas las cartas.

Tu padre ya está al corriente. Cree que unas vacaciones familiares son exactamente lo que necesitas. Y en cuanto a lo otro… —dio un paso al interior de la habitación, y el espacio pareció encogerse a su alrededor—. Hazlo. Por favor. Me daría la razón ante un juez de menores tan rebelde e ingobernable. Baja. La. Maleta.

Cada palabra era un martillazo. Me sentía acorralada, sin salida. La rabia, pura e irracional, me inundó.

¡Vete al infierno! —grité, y antes de que pudiera detenerme, agarré el primer objeto que encontré en mi mesilla de noche: un pesado frasco de perfume. Se lo lancé a la cabeza con toda mi fuerza.

Él esquivó el proyectil con una facilidad exasperante. El frasco se estrelló contra la pared, estallando en mil pedazos y empapando el aire con un aroma dulce y empalagoso. Su mirada se oscureció. La paciencia se le había agotado.

Muy bien —murmuró, y su voz era ahora peligrosamente suave—. Lo haremos a mi manera.

Cruzó la habitación en dos zancadas largas. Grité, golpeando su pecho con mis puños cerrados cuando sus brazos me rodearon. Era como golpear una pared de roca. Él ni siquiera parpadeó.

¡Suéltame! ¡Cabrón! ¡Te odio! —chillé, retorciéndome como un animal atrapado.

Mis gritos atrajeron a mi madre, que apareció pálida en la puerta.

Peter, por favor, ¿no hay otra forma…?

Métete en el coche, Maddy —la interrumpió él, sin siquiera volverse a mirarla. Su atención estaba completamente puesta en mí, en domar mi rebelión—. Ahora.

La firmeza en su voz no dejó lugar a argumentos. Mi madre me lanzó una última mirada de angustia y desapareció. Peter me levantó como si no pesara nada. Un brazo férreo me rodeó la espalda, inmovilizando mis brazos, mientras el otro se deslizó bajo mis muslos. Mi cuerpo quedó pegado al suyo, mi mejilla aplastada contra su camiseta de algodón. Olía a jabón limpio, a sudor y a esa colonia amaderada que envenenaba mis sueños. Sentía el latido fuerte y constante de su corazón contra mi mejilla, un contraste aterrador con el descontrolado martilleo del mío.

¡Suéltame! ¡Te odio! ¡Lo digo en serio, te odio! —seguí gritando, pataleando en el aire. Mis shorts se habían subido aún más, y la piel de mis muslos rozaba el áspero denim de sus jeans.

Él no respondió. Salió de mi habitación conmigo en brazos, como un saco de patatas rebelde. Bajó las escaleras con una determinación imperturbable, ignorando por completo mis alaridos y mis maldiciones. Dylan nos miraba con ojos como platos desde la puerta de la cocina.

¡Dylan, dile que me suelte! —supliqué, pero mi medio hermano solo se escondió detrás del marco de la puerta, asustado.

Peter cruzó el vestíbulo y salió por la puerta principal hacia el camino de entrada, donde el SUV familiar ya estaba cargado y con el motor en marcha. La brisa matutina me enfrió la piel expuesta, pero la que estaba en contacto con él ardía.

¡No quiero ir! ¡No puedes obligarme! —aullé, volviendo la cabeza para intentar morderle el brazo, pero mi ángulo era imposible.

Ya lo estoy haciendo —fue su única respuesta, seca y factual.

Abrió la puerta trasera del vehículo. Mi madre estaba al volante, pálida, mirando al frente sin voltear. Dylan corrió para subirse a su silla infantil. Peter me depositó con firmeza, pero sin brusquedad, en el asiento trasero libre.

¡No! —intenté escabullirme, pero su cuerpo bloqueaba la salida.

Con movimientos rápidos y eficientes, agarró el cinturón de seguridad y lo abroché alrededor de mi cintura, clickeándolo en su lugar con un sonido final que selló mi destino. Me quedé atrapada. Respirando con dificultad, con el rostro ardiente y las lágrimas de rabia y frustración finalmente desbordándose y arrastrando el rímel por mis mejillas.

Él se inclinó, su rostro a solo centímetros del mío. Sus ojos grises me escudriñaron, fríos e impasibles.

Grita todo lo que quieras—murmuró, su voz tan baja que solo yo podía oírla—. Patalea. Maldíceme. Dime que me odias. Pero al final del día, estarás en esa cabaña. Y aprenderás a obedecer.

Su aliento caliente rozó mi oreja y un escalofrío terrible y delicioso me recorrió la espina dorsal. Se retiró, cerró la puerta con un portazo y entró de nuevo a la casa después de unos minutos regreso con una maleta pequeña, una maleta que no había hecho yo, si no él, metió la maleta en la cajuela y dio la vuelta al vehículo para subirse al asiento del copiloto.

Me derrumbé contra el asiento, vencida. El motor rugió y el coche comenzó a moverse. Miré por la ventana mientras mi barrio, mi libertad, se alejaba. Los gritos se habían apagado en mi garganta, reemplazados por un nudo de emociones contradictorias e incomprensibles. Rabia. Humillación. Miedo.

Y, enterrado bajo todo eso, un latido persistente y eléctrico que recordaba la fuerza de sus brazos alrededor de mí, la dureza de su cuerpo contra el mío, y la promesa oscura en sus palabras. Aprenderás a obedecer.

El viaje había comenzado. Y yo, atada y derrotada en el asiento trasero, ya no sabía si lo que sentía era pavor o una anticipación prohibida que me hacía temblar por dentro.