Nieve sucia
La nieve en Montreal nunca parecía blanca para Sebastián. Esa mañana de enero, al bajar las escaleras del edificio en Côte-des-Neiges, lo primero que notó fue el hielo sucio acumulado en las orillas de la acera, mezclado con bolsas de basura semienterradas, colillas de cigarro y granos de sal que crujían bajo sus botas como azúcar sobre un vidrio. El frío le mordía la cara y las orejas, un zumbido constante en la piel que solo se calmaba un poco cuando escondía la nariz dentro de la bufanda.
Se detuvo al pie de las escaleras para tantear con la suela el primer tramo resbaloso de la banqueta. La calle ya tenía vida: camiones de reparto con el motor ronroneando, dos estudiantes con mochilas enormes discutiendo en francés, y una mujer filipina arrastrando una carriola por encima de la nieve apelmazada. A esa hora, Chemin de la Côte-des-Neiges olía a pan recién horneado y a aceite viejo de freidora; la ventanita de una boulangerie dejaba escapar una ráfaga de vapor dulce cada vez que se abría y cerraba la puerta.
Sebastián se ajustó el gorro de lana y buscó en los bolsillos el pase del autobús. Tres meses en Canadá y todavía no se acostumbraba a revisar tres veces si traía todo: la tarjeta OPUS, los guantes, el gorro, el lunch. Sintió el rectángulo plástico con las yemas heladas y soltó un suspiro corto. Mientras esperaba el 165 que lo llevaría hacia el centro, repasó mentalmente la jornada en la obra: mezcla, cimbra, cargar, callar. Llegar, trabajar, no quejarse. La receta. Solo que, al mirar el cielo plomizo, la pregunta se coló otra vez: ¿de verdad habían hecho lo correcto al venir?
El autobús apareció envuelto en vapor; al abrirse las puertas, expulsó un aliento caliente con olor a plástico tibio, sudor y desinfectante. Sebastián subió y se paró junto a la sección de los asientos plegables. Dentro, todo estaba empañado de vaho humano: ventanas opacas, bufandas húmedas, manos enguantadas sosteniendo el tubo de metal. Un bebé lloraba al fondo, ahogado en capas de ropa. Dos señores mayores discutían en francés sobre la nieve negra que se hace al borde de las calles; solo entendía la mitad, pero el tono de queja era universal.
A través del vidrio empañado alcanzó a reconocer la fachada gris del Jewish General Hospital, a pocas cuadras. Ambulancias con luces intermitentes formaban una hilera, y un paramédico empujaba a un hombre en silla de ruedas que tosía en ráfagas cortas, violentas, como si intentara expulsar la garganta. Una enfermera con cubrebocas hablaba rápido por teléfono, caminando contra el viento. A esa hora, ya había cuatro sirenas encendidas solo en esa esquina.
Sebastián desvió la vista. Últimamente había demasiados sonidos de emergencia; se metían por las rendijas del día, como la corriente fría bajo la puerta. Se aferró al tubo y pensó en Daniela y los niños: en Rodrigo, que odiaba el francés con la pasión exacta con que amaba sus videojuegos, y en Avi, que era una antena; registraba lo que los adultos querían esconder. Cerró los ojos un segundo, dejó que el traqueteo del camión lo meciera y contó las paradas en la memoria.
El 165 avanzó con su ritmo resignado. Al pasar frente a un Jean Coutu, vio a un grupo de personas con cubrebocas viejos en la entrada, acaparando gel. Una señora discutía porque las toallas desinfectantes se habían acabado. Un hombre dejó caer un paquete de papel de baño y ni siquiera se agachó; se quedó mirando el piso como si hubiera olvidado qué era ese objeto.
No pienses tonterías, se dijo. Trabajar, regresar. Ya.
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Arriba, en el apartamento, Daniela intentaba domar la mañana. La cocina olía a pan tostado y chocolate caliente. Los cristales de la ventana, empañados desde adentro, dejaban ver borroso el flujo de coches por Côte-des-Neiges. Rodrigo, con trece años y el uniforme de invierno (sudadera azul, camisa por debajo, gorra lista), peleaba con la cremallera del abrigo mientras aventaba frases a medias.
—Es que el profe no explica nada, mamá —murmuró con los audífonos colgándole del cuello—. Puro “faites vos devoirs” y ya. ¿Eso qué?
Avi había conquistado media mesa con colores, tijeras y su libreta de hojas gruesas. Tenía diez años y las manos siempre manchadas de lápiz como si la tinta viviera debajo de las uñas.
—No toques mi dibujo —le dijo a Rodrigo sin mirarlo—. Estoy haciendo un monstruo.
—¿Otra vez con tus cosas raras? —Rodrigo rodó los ojos—. No hay monstruos, Avi. Solo maestros ogros.
Daniela puso dos tazas frente a cada uno, tratando de que la voz le saliera contenta.
—Avi, terminas ese dibujo después de la escuela. Rodrigo, te llevas el diccionario chiquito, el de frases. ¿Sí? Te va a servir.
—No me sirve —gruñó Rodrigo—. Dicen todo rápido y se ríen si hablas raro.
Daniela no respondió. Se mordió por dentro las ganas de decirle que a ella también se le reían los trámites cuando pronunciaba mal, que también le ardía esa vergüenza fría de ser torpe en otro idioma. Mejor se enfocó en el radio; la estación local hablaba a toda velocidad en francés. Alcanzó a distinguir “urgence”, “hôpital”, “agressif”, y luego algo sobre el clima y un frente de aire que bajaría la sensación térmica.
—¿Qué dicen? —preguntó Avi, siempre curiosa.
—Que va a hacer más frío —mintió Daniela con naturalidad practicada—. Pónganse bien los guantes.
Se ató la bufanda frente al espejo de la sala. Detrás, en la tele que casi no usaban, había un noticiero con imágenes de una sala de urgencias abarrotada; la cinta inferior decía algo sobre “casos de fiebre” y “comportamientos agresivos”. Cambió de canal. Dibujos animados. Mejor.
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El camino hacia las escuelas fue una coreografía aprendida a golpes de diciembre. Daniela tomó a los niños de la mano y sorteó con ellos las placas de hielo como si fueran minas. En la entrada del edificio, el señor del 3B —un marroquí de barba impecable— sacudía la alfombra con golpes cortos. La hija de la señora Singh bajó corriendo con la mochila abierta, y Daniela la detuvo con una sonrisa, cerrándole el cierre para que no se le cayera nada.
El aire afuera era una cuchillada limpia. Al cruzar Jean-Talon hacia el sur, la mezcla de olores cambiaba: café tostado de una máquina expreso, salsa de soya al abrir la puerta de un pequeño restaurante chino, pan dulce de una panadería portuguesa. La ciudad entera parecía lista para la jornada, menos el cuerpo de Daniela, que todavía se sentía exiliado de sí mismo.
En la esquina de Côte-des-Neiges con Jean-Talon, el tráfico era un enredo. Una ambulancia bloqueaba un carril, un paramédico discutía con un conductor que no entendía por qué tenía que echarse de reversa, y dos policías señalaban a un hombre que se sostenía del poste de luz con la cabeza baja. A Daniela se le contrajo algo en el estómago: el hombre tenía un brazo desnudo —un descuido extraño en ese frío— y la piel del antebrazo estaba moteada con manchas amarillentas.
—¿Otra ambulancia? —preguntó Rodrigo, levantando por fin la vista del teléfono.
—Hay muchos enfermos de gripa —dijo Daniela—. No mires. Caminemos.
Dejó a Rodrigo en la secundaria con un abrazo rápido que él aguantó sin devolver—todavía le incomodaba el cariño a la vista de otros— y llevó a Avi unas cuadras más, hasta su primaria. Las dos se abrazaron con fuerza para espantar el frío. Avi le susurró algo en la oreja, cerrando los ojos como si quisiera quedarse así pegada.
—Mamá... mi monstruo tiene los ojos como ese señor.
Daniela no entendió hasta que volvió la vista hacia el poste de luz: el hombre que discutía con los policías levantó la cara un segundo, y sus ojos parecían nublados, con un velo amarillento que les quitaba brillo. Lentes sucios, quiso pensar. Luz rara. Lo tomó de la mano a su niña con más fuerza de la necesaria y le sonrió.
—Después me lo enseñas, ¿sí? Está precioso.
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La tarde se vino encima con esa prisa de enero que hace que a las cuatro parezca medianoche. Sebastián regresó de la obra con el cuello rígido y las manos abotargadas dentro de los guantes. Había pasado buena parte del día cargando bultos y escuchando a dos quebequenses discutir sobre el Canadiens, y a un hondureño contar, con risa amarga, que su primo llevaba dos días esperando cama en el hospital. “Fiebre rara, se pone agresivo, lo amarraron. Dicen que es un virus.”
Al abrir la puerta del departamento, lo recibió el olor a frijoles guisados, a comal viejo y a hogar. Por un momento, solo por un momento, sintió que podían con todo.
—Hoy vi tres ambulancias en la esquina —saludó Daniela desde la cocina, sin preámbulos—. Tres, Sebastián.
Él colgó el abrigo, sacudió nieve imaginaria y se acercó a mirar la olla.
—En la mañana el hospital estaba lleno. Y afuera había un señor tosiendo como si se fuera a desgarrar por dentro —dijo, bajito.
Rodrigo estaba tirado en el sillón con los audífonos puestos, el control de la consola en la mano, los ojos pegados a la pantalla. Daniela le lanzó una mirada que significaba apaga o apago; él puso pausa y resopló, teatral. Avi ocupaba su refugio habitual: la silla junto a la ventana, el cuaderno como escudo.
Sebastián se le acercó por detrás y miró el dibujo por encima del hombro. Era una figura encorvada, con la boca abierta y dos manchas verdes que parecían brotarle del cuello y el antebrazo. Había también un detalle que lo incomodó sin saber por qué: las manos del monstruo eran rígidas, como huesos secos.
—¿Qué es eso, chiquita? —intentó sonar bromista.
—Lo vi en la calle —dijo Avi, sin levantar la vista—. Caminaba raro. Como si no supiera usar las piernas.
Sebastián y Daniela se miraron un segundo. No hablaron. Qué iban a decirse: que no pasaba nada, que la niña imaginaba. Que el mundo no se estaba despegando de su eje.
Cenaron temprano. Frijoles, arroz y tortillas calentadas directo en la flama. Rodrigo se quejó de la tarea de francés, de la pronunciación, de los compañeros que se reían por cualquier cosa; Avi contó un chiste de su maestra y se rió sola; Daniela preguntó por la obra; Sebastián respondió con monosílabos, cansado. La rutina era un bálsamo que había que sobarse encima a fuerza, como un ungüento para un dolor que no cede.
Cuando Sebastián se levantó por una cerveza, escuchó algo afuera: un golpe sordo, un ruido de cuerpo contra muro, y luego pasos apresurados, varios pares, el eco amplificado en el pasillo largo. Se asomó por la mirilla por inercia: la fisura le devolvió una porción torcida del corredor, la luz amarilla parpadeando.
Daniela, por costumbre, corrió la cortina del balcón que daba a la calle. Abajo, dos patrullas y una ambulancia se pelearon el espacio a gritos de sirena. Un paramédico saltó del camión con un maletín, resbaló un poco y siguió corriendo. Un hombre con cubrebocas gritó algo en francés que Daniela no captó. Los vecinos del edificio de enfrente asomaron cabezas como flores invernales: un instante y para adentro.
—Otra vez —susurró ella, como si el edificio pudiera escucharla.
Los golpes en la puerta los hicieron brincar a todos. Tres toques rápidos, desesperados, como monedas rebotando en una mesa: tac-tac-tac.
—S’il vous plaît! Help! —una voz femenina, jadeante, quebrada.
Sebastián se acercó a la puerta con cautela. El corazón se le trepó al cuello como una bestia pequeña. Daniela le detuvo el brazo por reflejo.
—Es Mireille —dijo en voz baja—. La vecina del 2C. Es ella.
Mireille era una haitiana de sonrisa amplia y manos amables que les había traducido cartas del buzón y les había enseñado a decir bien “merci, bonne journée”. Les regalaba dulces en Navidad y siempre se detenía a preguntarle a Avi por sus dibujos. La imagen de esa voz pidiendo ayuda le echó agua helada al estómago a Daniela.
—Rodrigo, a tu cuarto con tu hermana —ordenó, sin mirar atrás.
—¿Qué? ¡No! —Rodrigo se quedó clavado donde estaba, con el control en la mano como si fuera un arma inútil.
—Avi, con tu hermano, ahora —dijo Sebastián, y en el tono había algo que no admitía negociación.
Abrió la puerta.
La imagen se le quedó pegada a los ojos como un flash. Mireille estaba de pie, pero parecía desmoronarse hacia dentro. Tenía el abrigo rasgado a la altura del hombro y la blusa empapada de sangre desde la clavícula hasta la cintura. Bajo la luz amarilla del pasillo, esa sangre no era del color correcto; se veía más oscura, casi marrón, como si llevara tiempo pegada.L—Il est fou... mon frère... —balbuceó, con la voz hecha añicos—. He’s not... not normal...
Al fondo del pasillo, una silueta tambaleante avanzaba lento, arrastrando un pie. La luz parpadeante encendía y apagaba el rostro como una linterna caprichosa: mejillas hundidas, labios secos, ojos opacos con un brillo lechoso. La boca entreabierta dejó salir un gruñido, grave y húmedo, como si en vez de aire expulsara lodo.
El olor llegó a la puerta segundos después: una mezcla agria de sudor viejo, metal y algo rancio, una nota dulce maligna como fruta podrida. Avi se apretó contra la cintura de su madre. Rodrigo había dado dos pasos, pálido, con los nudillos blancos en el control. Daniela sintió que el cuerpo le respondía solo: jaló a su hija hacia atrás y buscó con la mirada cualquier cosa que pudiera servir de barrera, de arma, de rezos.
—Mireille... —dijo Sebastián, extendiendo la mano—. Métete.
—No, no... non... —negó ella con los ojos muy abiertos, temblando—. Il mord... he bites.
La silueta del fondo aceleró. No corrió; se lanzó hacia delante en tres pasos nerviosos, torpes, sin ritmo, como si el cuerpo intentara recordar cómo se usa. El hombro de Mireille golpeó el marco de la puerta. Sebastián reaccionó tarde: dio un paso hacia ella para jalarla adentro justo cuando la figura de atrás soltó otro gruñido, más profundo, un sonido de cueva.
Sebastián cerró la puerta de golpe.
El seguro cayó con un chasquido claro, ensordecedor en el silencio que siguió. Detrás de la madera, el pasillo respiró un segundo con ese zumbido eléctrico de los edificios viejos; luego se escuchó algo arrastrarse, un roce áspero, la piel contra el muro, quizá unas uñas. Y a intervalos, una respiración que no era respiración, sino un saco roto entrando y saliendo.
Daniela abrazó a Avi tan fuerte que la niña se quejó. Rodrigo apretó el control contra el estómago y tragó saliva con ruido. Sebastián apoyó las manos contra la puerta como si pudiera sostener el mundo con los antebrazos.
Nadie habló. A lo lejos, las sirenas de la calle hicieron un crescendo y se alejaron. La tele seguía encendida con los dibujos mudos. El chocolate en las tazas humeaba apenas, formando una nata fina en la superficie. En la mesa, el dibujo de Avi quedó boca arriba, el monstruo con manchas verdosas extendiendo los brazos en dirección a la puerta.
Sebastián supo, con una certeza que le afiló el pecho, que esa noche sería la última normal en Montreal. Y que, a partir de ese golpe contra la puerta, todo lo demás iba a tratar de entrar.