Chapter 1
Emma
—¿Seguro que estarás bien, cariño? —mi tía Ruth me preguntó con los ojos tristes.
—Tía, me mudo a un instituto, no a la guerra.
Desde ayer, cuando mi mamá dijo que papá me inscribió en un instituto que es un internado de un pueblo cuyo nombre no conozco, mi tía anda por la casa como un alma en pena, suspirando cada cinco minutos como si fuera la protagonista de una telenovela.
Mi tía no quiere que vaya al pueblo. Hasta intentó convencer a mis padres para que, en vez de irme, me quedara a vivir con ella en su casa. Pero mis padres piensan que es mejor un internado, ya que los profesores me van a vigilar las 24 horas; en cambio, mi tía me deja hacer lo que se me da la gana.
Ya pasaron dos semanas desde que mis padres dieron la noticia y hoy es el día: me mudaré a un instituto que está en un pueblo extraño.
—Emma, ¿ya estás lista? —escuché a mi mamá gritar desde el piso de abajo.
Empaqué mi ropa apurada, mientras mi tía se limpiaba las lágrimas imaginarias de su delicado rostro.
—Deja de exagerar, tía, y mejor ayúdame a guardar mis tenis en alguna caja —le dije sonriendo.
—¿Cómo pudiste crecer tan rápido?
No le respondí, porque ya sentía un nudo en la garganta por lo triste que estaba mi tía.
Cuando terminé de empacar, arrastré las maletas al piso de abajo y después me dirigí hasta la puerta para meterlas en la cajuela del coche de mi tía, quien me acompañará en el viaje hacia el instituto porque mis padres ni eso pueden hacer por estar ocupados con el trabajo.
Mi tía caminó a zancadas para alcanzarme. Traía dos cajas: en una estaban mis útiles escolares y en la otra se encontraban mis tenis.
Cuando mi tía arrancó el coche, cerré los ojos y en un rato me quedé dormida. Cuando me desperté, ya habíamos llegado al pueblo llamado Mistwood. Es un lugar extraño que parece casi abandonado; había neblina por todas partes hasta que casi no se veía el camino. Apenas se ven unas cuantas personas caminando por las calles vacías. Saqué mi celular del bolso para revisar la hora: las 4 de la tarde. Habían pasado siete horas desde que salimos de la ciudad.
A lo lejos se veía Valeris, un gigante castillo antiguo. Sería mi nuevo instituto y mi nuevo hogar, siempre y cuando no me expulsaran de nuevo.
—Tía, este lugar me da escalofríos —le comenté mientras me envolvía en mis propios brazos.
—Lo sé, cariño, pero ¿qué podemos hacer? Es la decisión de tu madre —dijo mi tía soltando un suspiro—. Seguro que el instituto no es tan aterrador como las calles y las casas de este pueblo.
Estando ya cerca del castillo, era más grande de lo que había imaginado. Mejor dicho, no es como había imaginado, porque pensé que era un instituto normal como los que están en la ciudad. Sus torres se alzaban imponentes hacia el cielo gris, y el aire que me rodeaba parecía llevar consigo secretos de tiempos antiguos.
El coche se detuvo frente al imponente portón. Cuando las puertas de hierro forjado se abrieron lentamente, avanzamos por el sendero que llevaba al interior de Valeris.
Mi tía tenía razón: en este instituto había muchas personas. Mientras avanzábamos, vi a varios estudiantes por el patio. Algunos bajo la sombra de los árboles, algunos entrando y saliendo del interior del castillo. Pasé mirando a las personas y el lugar por la ventana, que no me di cuenta de que mi tía ya había bajado del coche. Salí apresurada del coche y caminé hacia la parte trasera para recoger mi equipaje. Mientras bajaba la segunda maleta, escuché una voz femenina detrás de mí:
—¿Eres la nueva, verdad?
Me di la vuelta para ver quién era. Y era una chica bajita de cabello castaño, sus ojos de color azul océano. Tenía una sonrisa radiante.
—Hola, sí, acabo de llegar —le sonreí medio nerviosa.
Llevaba unos jeans cortos y una chaqueta varsity negra con mangas blancas. Se acercó y tomó una caja del maletero.
—Te ayudo —dijo amablemente—. Ayer un profesor me avisó que hoy llegaría mi compañera de cuarto. Supongo que esa eres tú.
—Me llamo Grace —dijo, la sonrisa seguía en su rostro—. ¿Y tú cómo te llamas?
—Me llamo Emma.
—Tienes un bonito nombre.
—Gracias —le dije.
Seguí a la chica por esos pasillos interminables, arrastrando mi maleta más pesada mientras ella cargaba la otra como si no pesara nada. Este lugar era una locura. Parecía que en cualquier momento iba a aparecer alguien con una túnica o algo así. Las ventanas eran altísimas y por todas partes había esas piedras grises que me hacían sentir pequeñísima. Me preguntaba si mis padres se habían vuelto locos al mandarme acá.
La chica que me ayudaba parecía conocer cada esquina, cada escalón. Yo iba mirando, ya que era la primera vez que veía un castillo que solo existía en los libros que leo. Qué vergüenza.
Cuando llegamos a nuestro cuarto, era muy pero muy grande; era como una habitación de algún hotel. Había dos estanterías llenas de libros y dos armarios y dos camas grandes. Bueno, tengo una cama grande, pero estas son más grandes. Esta habitación es genial; hasta puedo decir que es mejor que la mía.
Me acerqué a una de las estanterías y tomé un libro.
—¿Romeo y Julieta? Wow, uno de mis libros favoritos.
—¿En serio? Veo que te gustan los finales tristes, porque esa historia es una mierda —dijo mirando el libro con asco.
—No es cierto. Bueno, sí tiene un final triste, pero la historia no es tan mala —le comenté mirando las páginas del libro—. ¿Y qué clase de libros te gustan?
—Son diferentes a los tuyos y seguro que te horrorizas si te lo digo —dijo Grace con una sonrisa maliciosa.
Pasé tiempo leyendo los primeros capítulos del libro en mi cama mientras Grace fue a ducharse.
—Veo que te gusta mucho ese libro de mierda —dijo mientras se dirigía a su armario para tomar un vestido negro—. Te lo regalo; igual es un libro horrible.
—¿En serio? Pues... ¿gracias?
Grace se echó a reír cuando me puse nerviosa y después se vistió. El vestido le quedaba súper corto, se le veía el trasero y toda la espalda desnuda, pero a Grace no parecía importarle para nada.
—Habrá una fiesta esta noche.
—¿Fiesta? —dije sorprendida—. Pero creí que las fiestas eran prohibidas, a menos que celebren algo del instituto.
Cuando mis padres me entregaron el sobre con la carta de aprobación, encontré una nota con diversas indicaciones. Aunque no recuerdo todos los puntos, sí tengo claro que prohibía expresamente dos cosas: establecer relaciones románticas con profesores y participar en cierto tipo de fiestas.
—Bueno, sí están prohibidas, pero siempre organizamos fiestas a escondidas —dijo Grace con una sonrisita.
—¿Y por qué me estás contando?
—Porque me voy a ir a esa fiesta y vendrás conmigo —dijo y se le iluminaban los ojos.
—No, gracias, no me gustan las fiestas —le respondí mientras sacaba los últimos libros de la caja y los acomodaba cuidadosamente en una de las estanterías—. Y además, ¿qué voy a hacer si mis padres se enteran de que me fui a una fiesta?
—Vamos, chica, nadie se va a enterar, te lo prometo —me aseguró mientras sonreía amistosamente—. Además, vendrán muchos chicos guapos a la fiesta.
Me quedé sin palabras. Por un lado, esta puede ser mi única oportunidad de salir, conocer gente nueva y tal vez hacer amigos. Pero por otro lado, ¿qué pasa si algo sale mal?
Grace me parece una buena persona, incluso alguien en quien puedo confiar. El problema no es ella; el verdadero terror lo siento hacia mis padres. Si voy a esa fiesta y alguien me reconoce, no dudarán en contárselo a mis padres. Y las consecuencias son mucho peores que los golpes que recibía de mi padre cada vez que fracasaba en algo.
—Grace, me encantaría ir contigo a esa fiesta —le dije casi como un susurro—, pero no puedo, tengo miedo de que alguien me reconozca ahí.
—Nadie le va a contar nada a tus padres —dijo ella intentando convencerme—. Todos los que estamos en este instituto nos protegemos unos a otros y nos ayudamos.
—Pero...
—No, nada de peros. Levántate, ve a ducharte y yo te maquillo, que llegaremos tarde.
No me dio tiempo de hablar hasta que terminé aceptando.
Cuando salí del baño, Grace estaba en el tocador arreglándose las pestañas y me dirigí al armario para ver qué ponerme. No tengo ropa para fiestas y terminé eligiendo unos pantalones holgados de color gris y una camiseta roja que tenía los hombros descubiertos y las letras "AA" estampadas, que daba un aire deportivo que contrastaba con lo femenino del corte.
Me la puse y noté que era más corta de lo que recordaba; se me veía la cintura, algo a lo que no me acostumbraba. Dudé un momento, pero luego me puse una blusa negra para que se asomara por los bordes y me diera más confianza.
—¿Cómo me veo? —dijo Grace mientras se levantaba del taburete.
—Te ves muy linda.
—¿Te maquillo o vas a hacerlo tú sola?
—No, no uso maquillaje —le dije con una sonrisa medio nerviosa.
—¿Y por qué? Si todas las chicas se maquillan —Grace me miró con el ceño fruncido.
No respondí su pregunta y Grace se dio cuenta de que no le iba a dar la respuesta. Sonrió y dijo:
—Al menos ponte un labial.
Me acerqué al tocador y Grace me pintó los labios.
Mi mamá nunca se maquillaba, aunque a ella le gustaba ir de fiesta. Nunca entendí la razón y una vez Tara me regaló un labial cuando cumplí 18; mi mamá me pegó.
—Listo —cuando abrí los ojos, noté que Grace se tomó la libertad de hacer más que pintarme los labios; me hizo un maquillaje completo.
—¡Grace! —grité sorprendida—. ¡Dijiste que solo ibas a pintarme los labios!
Grace no dijo nada, solo me sonrió inocentemente y por un segundo recordé a mi dulce Tara. La echo mucho de menos; desearía que estuviera aquí conmigo y con Grace. Las tres seríamos mejores amigas.
—Emma —la voz de Grace me sacó de mis pensamientos—. ¿Qué pasó? Te estaba preguntando si te gusta el maquillaje.
Levanté la vista hacia Grace, quien me observaba con preocupación. Y al mirarme en el espejo, vi cómo una lágrima bajaba silenciosamente por mi rostro. La quité rápidamente, pero el nudo siguió en mi garganta.
—El maquillaje está perfecto —logro decirle a Grace después de tragar el nudo que se había formado en mi garganta—. Sabes, deberías tomar un curso de maquillaje profesional; eres muy buena en esto.
—No es necesario que vayamos a la fiesta si no estás bien —dice Grace mientras sostiene mis manos entre las suyas con suavidad.
—Estoy perfectamente bien, Grace, solo me perdí en mis pensamientos —le digo mientras fuerzo una sonrisa—. Además, ya nos arreglamos para eso.
—Bueno, pero si te sientes incómoda, regresaremos de inmediato a nuestra habitación, ¿sí?
Grace y yo nos dirigimos hacia la puerta de nuestra habitación y ella la abrió cuidadosamente para no hacer ruido. Salimos caminando despacio hasta llegar a las escaleras de madera oscura con barandales tallados y nos dirigimos hasta la puerta trasera del castillo, que nos costaba abrirla, pero al final lo logramos y la atravesamos.
A lo lejos se veía un BMW X7 y corrimos en su dirección. Dirigí mi mirada hacia Grace y vi lo feliz que se veía cuando salimos por el gran portón y nos subimos al lujoso coche. Grace me dirigió la mirada con una sonrisa traviesa.
—¿Lista para una noche loca?
—Lista —le dije emocionada.