El desastre que dejamos

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Summary

Leander Bowie regresa a su ciudad natal luego de haberse marchado por tres años. Ahora debe enfrentar el desastre que trató de dejar atrás: el suicidio de su mejor amigo, Mathias Lane; y a Hayden Steele, su examigo que lo culpa por lo sucedido. Sin embargo, el pasado no muestra toda la verdad, mucho menos los secretos que estos amigos se guardaban entre sí.

Genre
Lgbtq
Author
Levi
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Inicio

A mamá le gusta la calidez de su ciudad natal, a mí me gusta el frío de la ciudad que había dejado atrás. Se cumplieron ocho horas de viaje justo cuando el letrero nos dio la típica bienvenida, calculé el tiempo desde que me despedí de papá y subí al viejo auto que mi madre se niega a cambiar porque ni ella ni yo teníamos tema de conversación más interesante que nuestros propios pensamientos.

Más que sentirme bienvenido, está otra vez esa sensación de querer escapar. Luego de que la idea se me cruce por la mente, decido no lanzarme del auto en movimiento por mamá.

La abuela había fallecido por una terrible neumonía y ella se sentía sola en la casa que le había dejado. Habló con papá, y solo hizo falta una larga conversación sobre cómo ella estaba cayendo en un pozo de depresión para que empacara y regresara a la ciudad donde juré nunca volver. La última vez que había estado aquí fue a mis catorce años antes de pedirle a papá que me llevara a vivir con él justo cuando el divorcio y la custodia no llevaban mucho de haber sido declarados. Sin embargo, y pese a la tensión entre ambos, ninguno se negó ante la situación que me estaba rodeando en ese entonces.

Nadie me cuestionó nada por abandonarlo todo, pero ahora ya no cuento con una buena razón, porque se supone que el tiempo todo lo cura y yo ya estoy más que curado para ellos. Regreso contando mis pasos, con temor de encontrar aquel donde todo lo malo había dado inicio.

—Hablé con el director —mamá anuncia antes de que una tos la interrumpa. No suelta el cigarrillo en ningún momento—, dijo que puedes retomar tu último año sin problema. Ya te conoce y sabe el motivo de que te fueras, así que...

—Vale —interrumpo antes de que pueda hablar más sobre el asunto. El elefante en el auto.

Pasaron tres años y medio desde que Mathias falleció. Él fue mi mejor amigo y la razón de mi despedida.

Durante el tiempo que estuve lejos no tuve contacto alguno con ninguno de mis otros viejos amigos, mucho menos con mi propia madre. Ella aceptó darme mi espacio para asimilar la situación, también porque mi marcha significaba un gasto menos en casa. Pocas veces nos enviábamos mensajes, solo en fechas especiales.

A papá no le importó en lo absoluto su falta de atención o mi falta de interés, no recordaba ni una sola vez donde él me hubiera preguntado por ella. Y está clara la razón: mamá lo engañó. Aquello fue lo que llevó a que mi padre también huyera de la ciudad, aunque siempre sospeché que ya estaba listo para eso desde mucho antes. Lo único que lo hizo tener misericordia por ella fue que la abuela Caroline le tuvo un gran aprecio, lo quiso como un hijo. Su muerte afectó tanto a papá que solo por eso accedió a hablar por teléfono con mamá y aceptar mi regreso a Danford.

—No sé si quieras..., no lo sé, ¿tal vez ir al cementerio?

Miro a mamá fijamente por primera vez desde que me subí a su apestoso auto. Está más vieja y pálida, la piel le cuelga debajo de los ojos y luce desaliñada, como si no se hubiera bañado en días. Eso también aromatiza el espacio, así que mi única salvación había sido tener el rostro direccionado hacia la ventanilla abierta. Ella huele a cigarrillos y a cebolla.

—Yo no sé... No sé si quiero hacerlo. —Estoy siendo sincero. Extraño a la abuela, pero ya le lloré por varios días antes de que me resignara a que eso no la regresaría, ahora no sé si quiero revivir el sentimiento. No visito un cementerio desde pequeño, cuando el abuelo fue el primero en dejarnos—. ¿Puedo solo llegar a descansar? No estoy listo para eso.

No estoy listo para nada de lo que involucra volver a un lugar como este, lúgubre y lleno de malos recuerdos.

—Sí, está bien —ella me sonríe y vuelve a calar su cigarrillo con delicadeza, como si temiera a que algo brusco me hiciera arrepentir. Ya lo estoy, pero no puedo volver con papá—. Lo haremos cuando estés listo. También podemos llevarle unas flores a Mathias, todavía me hablo con su madre cuando estamos en el mercado. Incluso Hayden me saluda de vez en cuando.

Vuelvo la vista hacia la ventanilla enseguida, no solo porque me está tirando todo el maldito humo en el rostro, sino también porque no quiero hablar de Mathias o de Hayden con ella. No quiero siquiera enfrentarme a lo que he dejado atrás, se suponía que nunca más tendría que hacerlo.

Traer a Mathias a la mesa nunca fue un problema con papá. A pesar de que fue él quien le enseñó a andar en bici cuando éramos unos niños, su nombre jamás salió de su boca luego de dejar Danford. Sabía que papá lo quería casi como un hijo porque pasó más tiempo con nosotros que con su propia familia, pero algo que compartimos es que nuestros sentimientos se quedan bajo llave a menos que queramos compartirlos. Nunca quisimos, así que Mathias fue solo una sombra durante tres años.

Además, hablar de Mathias también implica mencionar cómo murió: suicidio. Y eso solo lleva a reflexionar sobre las razones que lo incitaron a hacerlo, y ninguna es lo suficientemente convincente cuando él se la pasaba riendo todo el tiempo, siempre enfocado en ser Señor Perfecto antes que cualquier otra cosa. Suicidarse, de alguna forma, no entra en ese canon.

—¿No te dijo nada al respecto? Si parecía estar bien la última vez que le vi...

Hablar de Hayden tampoco es una opción, porque me provoca un terrible dolor de cabeza que solo se calmará si mi cuello queda sin ningún peso. Sé que Hayden está dispuesto a arrancarme la cabeza por mí, me odia más de lo que yo mismo lo hago. La mirada que me dedicó durante el último día del velorio de Mathias es lo que me atormenta en mis pesadillas y mañanas difíciles. Es la brisa acompañada de la sombra que busca asustarme hasta dejarme helado sobre el suelo. Me quiere ver muerto, y entiendo su razón.

Hayden también fue uno de los motivos que me llevó a irme de Danford.

—Hemos llegado.

Mamá apaga el auto y sonríe hacia la casa. Luce casi igual, las paredes mantienen el azul que mi padre escogió años atrás y las ventanas permanecen cerradas tal como lo estuvieron durante mi último día en la ciudad. La única diferencia es que todo parece haber envejecido un poco más.

Antes de que siquiera pueda cruzar la puerta, esa fuerza me golpea e instala mil kilos sobre mis hombros. La única maleta que cargo conmigo parece haberse transformado en un grillete atado a la tierra sin cuidar del jardín delantero. Busca dejarme expuesto, en exhibición para que todos descubran que estoy de regreso.

He vuelto a Danford, la cárcel que me condenó a cadena perpetua mientras vivía una libertad condicional colmada de culpabilidad en otra ciudad, manchado de sangre ajena que se convirtió en mi nueva piel.

—Mañana verás a todos tus amigos, ¿no estás emocionado? —Mamá me pellizca una mejilla antes de besarme.

Me deja en medio de la sala, rodeado de polvo y de fotografías mías. Fotos de la abuela, de papá, de Hayden y de Mathias... Recuerdos por todos lados que me apuntan como si volviera a estar en juicio.

A pesar de que mamá se dirige hacia la cocina, yo quiero responderle a gritos que no estoy feliz con volver a verlos. Ya no tengo amigos, ya no tengo a Mathias. Me fui por tres años, los demás siguieron sin mí y yo intenté hacer lo mismo, ¿entonces por qué estaría feliz de retroceder? Papá suele decir que mamá no se da cuenta de los problemas grandes porque teme enfrentarlos, y él sigue teniendo razón. Mamá está tan ciega que finge no saber que solo he regresado porque no quiero que haga lo mismo que hizo Mathias. No quiero que se mate por mi culpa.

La primera vez que vimos a Hayden fue poco antes de que las clases comenzaran. Aquel día, Mathias me recogió de casa más temprano de lo normal porque la emoción y la responsabilidad no cabían en su cuerpo. Se había postulado como presidente de la clase y deseaba saber los resultados antes que cualquiera. Por sus calificaciones, él mismo podía ocupar todos los puestos en el comité, pero no se lo mencioné mientras caminábamos hacia la escuela.

—Lo primero será cambiar los tachos en los baños... —me contaba mientras yo trataba de no dormirme en medio de nuestra usual caminata—, ¿las has visto? Leander, no me estás prestando atención. Esto es importante, necesito que me digas lo que opinas al respecto.

—Todavía no sabes si has ganado, Matty. —La fingida molestia desapareció de su rostro por el apodo.

Ambos nos miramos, acercamos más nuestros cuerpos hasta que nuestros hombros comenzaron a chocar. El silencio junto a Mathias siempre era cómodo, un tanto extraño por las ansias de algo que aún no descubríamos, pero la tranquilidad se instalaba en nuestros cuerpos como una sábana cálida luego de estar en medio de una nevada cada vez que estábamos solos.

Lo que nos regresó a tierra fue un llanto, un sollozo que nos hizo detenernos antes de doblar la esquina del colegio.

—Hayden, por el amor de Dios... No puedes llorar cada vez que se te dé la gana, ¿acaso no te da vergüenza? Eres casi un adolescente, debes saber controlarlo —la voz de la mujer era desconocida. Conocíamos a casi todas las madres del colegio porque eran vecinas, amigas o compañeras de nuestras mamás. En la ciudad todo mundo se conoce de alguna forma.

Mathias me hizo una seña para regresar, dar la vuelta a la calle y llegar por el camino largo. Pero, siempre terco, negué con la cabeza y empujé su pecho para que se pegara contra la pared. Él apartó mi mano de su estómago, pero no soltó mi muñeca mientras permanecíamos atentos a lo que los desconocidos hablaban.

—No quiero estar aquí —respondió el muchacho—. Este lugar es horrible... —se echó a llorar otra vez.

Se escuchó un suspiro por parte de la mujer, luego los pasos alejándose. Miré a Mathias, extrañado, busqué respuestas a una pregunta que no fue necesaria de hablar. Con solo verme, él podía saber lo que estaba a punto de decir.

—No he escuchado nada de un nuevo ingreso —respondió—. Tal vez fue algo repentino, porque ningún profesor me avisó que tendría que darle un recorrido...

Me reí y tiré de él de regreso a nuestro camino. Soltó mi mano y guardó las suyas en sus bolsillos cuando una alumna pasó a nuestro costado. Llegamos y él estaba allí, el niño llorón. Se limpiaba los bordes de sus ojos en un pobre intento de detener sus lágrimas. Incluso si no lo hubiera escuchado, habría sospechado por lo roja que estaba su cara. Fue tan gracioso que solté una pequeña risa.

—Leander —llamó Mathias con molestia.

Tosí y me recompuse enseguida. Pasamos a su lado, sus ojos verdes fijos en nosotros con molestia, y avanzamos hasta nuestro salón. Allí, justo en la sección de noticias en los pizarrones ubicados afuera de cada curso, estaban los nombres de los ganadores de las elecciones.

El nombre de Mathias resaltaba en grande, y su sonrisa también lució en su pálido rostro. Me miró, mostrando tanto orgullo que me sentí pequeño frente a él.

—Felicidades, Matty. —Lo abracé y le di una palmada a la espalda. Nos separamos enseguida, un tanto incómodos por la muestra de afecto en público, a pesar de que a mí todavía me cosquilleaba la muñeca por su toque—. Ahora podrás cambiar los botes de los baños.

Sonrió y entró a clases. Mi asiento estaba justo detrás del suyo, él era un tanto más alto que yo, pero había logrado que me dieran ese puesto luego de mentir sobre no ver bien la pizarra. No me gustaba resaltar, en cambio, a Mathias le gustaba demasiado la atención que otros colocaban sobre él. Le gustaba ser visto, que los maestros lo llamaran para que cumpliera algún favor y, por supuesto, le gustaba liderar.

Recordaba ese día a la perfección porque Mathias no dejó de sonreír en todo el día. Nunca lo había visto así de feliz, ni siquiera cuando le había dado por su cumpleaños la historieta que tanto quería. Fue felicitado por todos y dio un discurso que yo sabía se había aprendido de memoria el día anterior. Luego de eso, presentaron al chico nuevo.

—Hayden Steele —dijo la maestra.

El chico caminó hasta estar frente a toda la clase. Ya no parecía un tomate, aunque su mirada mostraba que estaba apenado por lo que estaba sucediendo. Quise reír otra vez, pero preferí fijarme en los rizos del muchacho antes que ser regañado por la profesora.

Hayden alzó la mano en un saludo y la bajó casi al mismo instante. También agachó la mirada hacia sus brillantes zapatos, y asentía a todo lo que la maestra decía. A lo único que se negó fue a la petición de que dijera algo.

—Mathias, por favor, dale el recorrido correspondiente para que conozca todo el lugar cuando llegue el receso.

Mi amigo asintió gustoso, saludando a Hayden con la mano y no obteniendo respuesta de su parte.

Hayden se sentó en la fila junto a la nuestra, unos asientos detrás de mí. Pese a que no fui discreto al voltear varias veces para verlo, no me miró ni una sola vez.

Cuando llegó el receso, Mathias no dudó al levantarse y caminar hacia el nuevo. Los vi estrechar sus manos, Hayden no muy seguro y Mathias sonriente como siempre.

—... Podemos comenzar por donde tú prefieras —le decía cuando llegué a ellos.

Hayden se encogió de hombros y se colocó de pie. Llevaba una camisa blanca abotonada incluso en los brazos. Sus zapatos resplandecían tanto que comprendí por qué no había dejado de mirarlos durante su presentación.

—No creo que sea necesario... —empezó—. Me las puedo arreglar por mi cuenta.

—Mathias no va a descansar hasta darte ese recorrido, te recomiendo ceder por las buenas —comenté.

Mi amigo rio y golpeó mi hombro con el suyo. Hayden permaneció sin reacción alguna, me inspeccionaba de arriba abajo.

—Soy Leander —estiré mi mano y recibí la suya. Fría, grande y suave—. Soy su mejor amigo.

No era necesario decirlo, pero me sentía bien cada vez que lo decía en voz alta. Cuando era Mathias quien lo hacía, mi corazón se aceleraba y comenzaba a sudar.

—Lo soy —replicó él, y mi corazón dio ese conocido salto—. Y tiene razón, Hayden. No voy a ceder porque fue una petición de la profesora —sonreía, pese a que buscaba sonar intimidante. Jamás lo logró.

—Está bien —dijo, no muy convencido. Matty asintió, sin fijarse en el poco interés que el nuevo tenía.

Le eché esa mirada, dándole a entender que el chico no me agradaba, pero Mathias nunca juzgaba a nadie antes de conocerlo en profundidad. Era bueno descifrando a las personas, por eso dijo:

—Leander, puedes disfrutar del receso mientras le doy el recorrido a Hayden, no te preocupes. —Pero negué enseguida, no porque no tuviera más amigos. Teníamos un grupo con quienes éramos cercanos, aunque nadie llegaba al mismo nivel de amistad que tenía con Mathias, sabía que él también pensaba lo mismo sobre Amelie y Leo. Solo no quería irme y dejarlo solo con el nuevo.

—Te acompañaré —dije, tirando de Hayden hacia la salida del salón. Mientras más rápido acabara todo, mejor para nosotros.

Mathias nos alcanzó y dio un largo suspiro antes de comenzar a hablar. Yo le sonreí, sabiendo que sería incapaz de enojarse conmigo. La última pelea seria que habíamos tenido para ese entonces, duró media hora y se debió a una estúpida tarea que hicimos en pareja.

—... Solo este bloque funciona como escuela, el otro es colegio. Todos ingresamos por la misma puerta, pero la división se da frente a las escaleras, en la misma entrada. ¿Piensas estudiar también el colegio aquí o...?

Hayden se encogió de hombros mientras miraba con desinterés los pasillos y los colgantes en cada techo. Había carteles sobre no correr en los pasillos, también lo que se debía hacer en caso de alguna emergencia. Nadie nunca los leía, pero Hayden sí. Prefirió leer uno sobre qué hacer en caso de un terremoto antes que responderle a Mathias.

—Sabes, es de muy mala educación ignorar a los demás —comenté.

Mathias me empujó para callarme, pero Hayden volvió su atención hacia nosotros con la misma expresión aburrida.

—No me quedaré —dijo sin más.

—Oh, bueno... Cuando llegue el momento, puedes buscarme para ayudarte en el proceso. La escuela no da mucha información sobre qué se debe hacer. —Hayden le asintió y continuó caminando.

Le rodé los ojos a Matty a espaldas del nuevo, su única respuesta fue sonreír de lado y encogerse de hombros. Le gustaba ayudar y a mí me gustaba que no lo hiciera, menos con personas malagradecidas. A Mathias se le dificultaba decir «no» y muchas veces él mismo se ofrecía a ayudar sin que le preguntaran. Siempre le dije que se debía a su complejo de héroe.

—¿Ya tienes tu carnet? —Matty volvió a hablar.

—No, no me dijeron que debía tener uno. —Por fin, una nueva expresión: Hayden fruncía el ceño.

—Tienes que tener una, te la piden en la entrada.

—Eso no es verdad —intervine—. Nunca la piden.

—Eso no significa que no debas llevarla encima, Leander —me reprendió y yo sonreí con inocencia. Mi carnet me lo había dejado en su casa, llevaba allí ya varios días—. Hayden, no tomes de ejemplo a Leander. Tienes que sacarla con tu identificación, es sin costo.

Hayden ni siquiera le prestaba atención, o al menos eso era lo que parecía mientras continuaba leyendo otro cartel. Era sobre qué hacer en caso de una intoxicación.

—Yo puedo ayu-...

—No —lo interrumpí—. No eres el encargado de eso, se supone que la escuela debió informarlo. Haces su trabajo y ni siquiera te pagan.

—No es por dinero, Leander —se apresuró en decir, tomando una postura recta que siempre me recordaba a las fotografías de los presidentes que estaban en el auditorio. Yo creía que Mathias acabaría allí, enmarcado junto a ellos—. Soy parte de la directiva y es mi responsabilidad este tipo de asuntos.

—La directiva no lleva ni un día desde que existe, ¡y existe porque tú la sugeriste!

—¿Ustedes son hermanos? —Mathias y yo nos giramos al mismo tiempo. Hayden nos miraba de frente, nos analizaba con sus ojos verdes. Bajo aquella tenue luz que tenía el pasillo, él lucía un tanto tenebroso.

—Ya te lo dijimos —respondí con brusquedad—. Somos mejores amigos, ¿eres sordo o solo estás aburrido?

Por supuesto, Matty cubrió mi boca con su gran mano. Intenté apartarla sin mucho esfuerzo.

—Nos conocemos desde niños —explicó —. Nuestras familias se conocen y nos hemos criado juntos.

—Hmm. —Hayden ladeó la cabeza, mostrándose confundido. Me pregunté por qué, luego caí en cuenta de que mi mano estaba sobre la de Mathias y él seguía presionando su palma sobre mi boca.

Cuando Matty también lo notó, se apartó y tiró de Hayden hacia la siguiente curva entre los salones.

—Está bien hasta aquí, Leander —dijo sin verme, me daba la espalda. Solo Hayden se asomaba sobre su hombro—. Le enseñaré la secretaría y todo lo que falta. Te alcanzo luego.

Doblaron en una esquina, me dejaron varado en medio de todo. Hayden no dejó de verme hasta que su rostro desapareció junto al de Mathias. Ignoré la presión en mi pecho y me fui del lugar, acabé en una mesa junto a Leo y Amerie.

Al día siguiente de aquello, Mathias sugirió que debíamos invitar a Hayden a comer con nosotros en cada recreo. Hayden, que se mostraba fastidiado de nuestro pequeño grupo, no se apartó de nosotros en ningún momento. Yo siempre quise que se fuera.

Mientras comienzo a desempacar, solo en mi vieja habitación, el mismo sentimiento me invade: deseo que Hayden se haya ido, justo como dijo que lo haría.