Capítulo uno : el destierro del cielo
“Los imperios no nacen en la cima, nacen en el barro, entre los suspiros de los condenados.”
El mundo en aquel entonces estaba roto.
Las ciudades que alguna vez brillaron con cúpulas de cristal y rutas de energía flotante habían sido tragadas por la plaga. Los mares vomitaban muertos, y el aire olía a desesperanza. La civilización estaba de rodillas, y los dioses —si es que alguna vez existieron— parecían haberse olvidado del mundo.
Pero entre los olvidados, caminaban tres luces en la oscuridad.
Tres hermanos. Tres descendientes de la creación misma.
Shastakan, el mayor, era silencio encarnado. Su mirada no se perdía en el paisaje. La atravesaba. Sus pasos eran firmes, cada uno más decidido que el anterior, aunque en su interior el miedo al fracaso latía como un tambor.
Dionidos, el segundo, era una tormenta contenida. Cada palabra que no decía, se acumulaba como pólvora bajo su lengua. Él no caminaba; se arrastraba con rabia, como si el suelo le debiera algo.
Meridio, el más joven, era el corazón de ambos. Siempre cuestionaba, siempre dudaba. Su voz era suave, pero su mente era una galaxia en expansión.
—¿Cuánto más vamos a andar? —preguntó Meridio, jadeando—. Estoy cansado.
—Cuando lleguemos —respondió Shastakan, sin voltear.
—Y si no llegamos… ¿qué pasa? —insistió el más joven.
—Entonces crearemos un lugar —susurró su madre, Seria, que caminaba detrás de ellos, su túnica rasgada flotando al viento—. No importa si el mundo nos quiere muertos. Nosotros daremos vida.
Seria era más que una madre. Fue enviada por el Creador mismo, Obnimus, para guiar a sus hijos hasta que estuvieran listos para asumir su destino. Ella sabía que no viviría para verlo… pero al menos viviría lo suficiente para sembrar las raíces.
Finalmente, después de días de caminata, llegaron a un risco donde se extendía una vista imposible: el Mar Abismal. La tormenta era más densa allí. El cielo parecía chocar con el mar.
Y en medio del abismo… ruinas.
Una ciudad destruida, cubierta por las aguas. Columnas rotas, templos sumergidos, caminos fantasmales.
—¿Qué es esto? —preguntó Dionidos.
—Un mundo muerto —respondió Shastakan—. Pero no por mucho.
Shastakan se adelantó. Se quitó su capa, cerró los ojos y extendió sus manos. El viento se detuvo. El mar comenzó a temblar.
Entonces, con un rugido, una columna de agua se alzó, dividiendo las aguas como cuchillas. El mar retrocedió, revelando los huesos de la ciudad sumergida. Bajo sus pies se reveló un nuevo tipo de cristal que brillaba como el hielo al sol: Vidrium.
—¿Qué es esto? —preguntó Meridio, maravillado.
—Es… mío —dijo Shastakan—. Es de nosotros. Y con esto construiremos el futuro.
Y así, el primer domo fue construido, moldeado con el Vidrium que sólo él podía controlar. Los ríos fueron redirigidos. La humedad fue domada. La ciudad resucitó.
Shastakan la llamó “Corazón del Alba”.
Una ciudad-refugio para los desterrados. Una cuna para los caídos.
Pronto, los rumores de un lugar seguro se esparcieron como fuego. Exiliados, enfermos, gente marcada por la guerra o la plaga, todos comenzaron a llegar. Shastakan los recibía uno a uno.
—Aquí no importa de dónde vengas. Aquí solo importa a dónde vamos —decía, una y otra vez.
Durante 100 años, Norgalia creció bajo su reinado. Las estructuras flotaban, los campos florecían, los cielos eran despejados por tecnología que parecía mágica. Los hermanos ayudaron cuanto pudieron, pero sabían que su lugar no era ese.
Una noche, en lo más alto de la Torre del Sol, los tres hermanos se reunieron con Seria por última vez.
—Es hora de separarnos —dijo ella.
—¿Y qué pasará contigo? —preguntó Meridio.
—He cumplido mi tarea. Me uniré a las estrellas.
Seria murió esa noche, su cuerpo desvaneciéndose en miles de luces que subieron al cielo y se mezclaron con las estrellas.
Con dolor, los hermanos se despidieron.
Meridio construyó una fortaleza en Marte, donde desarrollaría una civilización basada en el conocimiento puro.
Dionidos transformó Júpiter, convirtiéndolo en una joya flotante de poder y guerra.
Y Shastakan se quedó en la Tierra, en Norgalia.
Con el tiempo, sabiendo que la eternidad debía tener límites, Shastakan diseñó un sistema para gobernar: la monarquía inmortal. Quien heredara su sangre heredaría también su poder.
Pero incluso eso no era suficiente.
Para evitar que sus herederos fueran consumidos por el poder o por la rutina del gobierno, creó a los Siete Pilares, otorgándoles dones únicos, cada uno con una misión específica.
Gabriel, el guía de los comienzos.
Michael, el fuego del juicio.
Jackson, la calma del agua.
Azrael, el velo entre la vida y la muerte.
Haskell, quien daba vida.
Marcus, el constructor del conocimiento.
Julius, el pilar de la fuerza vital.
Cada uno fue vinculado a tres de los estados fundados con el tiempo.
Shastakan escribió su legado, bendijo su pueblo… y entonces, entró en su tumba, en el centro del Reino, sellado con mil encantamientos. Un cristal blanco quedó flotando sobre su féretro, marcando el “Sueño del Fundador”.
Año 100.
Shastakan duerme.
El mundo lo llama dios.
Pero ni siquiera los dioses pueden prever lo que el tiempo guarda.
Pasaron los siglos como pasan las estaciones en un reino inmortal: sin prisa, sin ruido… sin sospechas.
Los descendientes de Shastakan se sentaron uno a uno en el trono del Vidrium. Reyes y reinas con rostros eternos y coronas selladas con fuego antiguo. Todos con el mismo propósito: mantener viva la visión del fundador.
Pero nadie lo hacía solo.
Los Siete Pilares fueron diseñados para ser guardianes, no gobernantes. Se les otorgó autoridad sobre áreas fundamentales del país, para aliviar la carga de la realeza. Y por siglos, lo hicieron con honor.
Gabriel, sabio y sereno, se convirtió en consejero de reyes.
Michael, el fuego, era juez y ejecutor, temido y respetado.
Jackson, silencioso y equilibrado, dominaba las fuerzas del agua y los puertos.
Azrael, el guía de las almas, supervisaba las muertes y los rituales de paso.
Haskell, daba vida en los campos, controlando Agrobia y la fertilidad de la tierra.
Marcus, el cerebro de Cintekis, impulsó la tecnología que convirtió a Norgalia en un faro de innovación.
Julius, fuerte como la piedra, guardaba las fronteras y el orden militar.
Pero algo imperceptible comenzó a filtrarse por las grietas del poder.
No fue odio. No fue ambición. Fue aburrimiento.
La inmortalidad es un don. Pero también es una condena. Los Pilares habían vivido más que todos. Habían visto repetirse los ciclos de la historia. Las mismas guerras, los mismos discursos, las mismas muertes.
Y entonces… comenzaron a preguntarse.
—¿Y si pudiéramos ser más que guardianes? —susurró Marcus una noche en la Cámara del Eco, ubicada debajo del Palacio de Soles.
—¿Más? —respondió Azrael, su voz sonando como el crujir de huesos—. Ya somos más que humanos.
—No más en poder —intervino Michael, apoyado contra un arco de fuego—. Más en decisión. Gobernar… no servir.
Jackson callaba. Gabriel miraba al horizonte. Haskell, temblorosa, se llevó una mano al pecho.
—No fue para esto que fuimos creados —susurró ella.
—¿Y quién nos lo impide? —preguntó Julius, rompiendo la piedra del suelo con su puño—. ¿Un cadáver dormido bajo el palacio?
Aquel momento fue el primer quiebre.
No fue un golpe de estado. No fue traición directa.
Fue duda.
Fue el germen de la corrupción.
Fue el nacimiento de la ambición disfrazada de eficiencia.
Poco a poco, comenzaron a ignorar las órdenes del rey. A tomar decisiones por su cuenta. A crear estructuras dentro de los estados que sólo ellos controlaban. A infiltrar figuras de confianza en el Congreso de las 120 Sillas. A modificar las leyes sin consultar al trono.
Los ciudadanos empezaron a temerles, no adorarlos.
—Son dioses sin alma —decían algunos en susurros por las calles de Ciudad Gris—. No envejecen. No mueren. No preguntan.
La realeza intentó intervenir, pero fue demasiado tarde. Para el pueblo, ya no había diferencia entre la corona y los pilares. Todo el poder se había vuelto una masa inamovible.
Y luego, llegó el día más oscuro.
Fue durante el reinado del último monarca: Draven II.
Un día, sin aviso ni juicio, los siete pilares entraron al palacio. No gritaron. No explicaron.
Simplemente… lo hicieron.
La Cámara de los Reyes fue sellada. El ejército fue desactivado desde dentro, gracias al control de Marcus. Las defensas mágicas fueron desprogramadas. Fortis fue silenciado.
Los pilares mataron a la familia real con el arma secreta que alguna vez fue creada por los tres hermanos para detener a la propia familia si alguna vez se volvían peligrosos.
Lo que Shastakan diseñó como un seguro… fue usado para su propia sangre.
Pero no todos murieron.
En una grieta entre los escombros de la Cámara del Vidrium, una mujer, Elira, escapó con su hijo en brazos.
Su nombre era Pablo.
Un niño con el fuego del linaje y la chispa del destino.
Un niño que cambiaría el curso del mundo.