Capitulo 1: Quiero volver a casa.
Era un día normal en la ciudad de Monterrey. Yo, Héctor, estaba en casa celebrando mi cumpleaños número treinta junto a mi familia. Lo tenía todo: un trabajo decente, una familia que, a diferencia de muchas, no era parasitaria, sino personas que realmente apreciaba.
—¡Hijo, ¿para cuándo la novia? —preguntó mi padre con una sonrisa burlona.
—¡Sí...hip... hijo, ya tienes 30 años y no nos has presentado a la novia —dijo mi madre, visiblemente afectada por unas copas de vino.
—Ma... Pa... ya saben que mi hermano es muy tímido con las mujeres, esperan demasiado de él —intervino mi hermana mayor, con tono juguetón. —ademas de que aún tiene esos juguetitos de su infancia.
—No son “juguetitos” de la infancia, solo son figuras importantes.
Con una pequeña burla mi hermana soltó.
—aja si, un canguro, un ave de metal y una lagartija negra.
—Arg... Es el mejor canguro defensor, el ave es un jefe molesto de ese videojuego de animales mecánicos y que su diseño está cool, y en lo que respecta a la “lagartija negra” es el dragón negro smauck, obio me gustó mucho su diseño. —Dije mientras tomaba cerveza con mi padre.
—Si, si lo que sea, eso no quita que no tengas novia. —dijo con burla mientras comía.
—Ya, ya, estamos para festejar, así que disfruten y dejen lo demás. —Dijo con amabilidad mi madre.
La velada transcurrió entre risas, comida y anécdotas de tiempos pasados. Después de la celebración, mis padres y mi hermana se despidieron para volver a sus respectivas casas. Me quedé solo, recogiendo los restos de la fiesta. Al terminar, sentí flojera de ir a mi cama, así que me dejé caer en el sofá del salón.
—Ahh... todos los años es lo mismo. Aunque no me disgusta. Es verdad que me cuesta conseguir una cita, pero bueno...
Antes de dormir, decidí revisar si ya había salido el último capítulo de mi novela favorita:El plebeyo se hace rey. Lo abrí y observé, fascinado, cómo el protagonista finalmente se coronaba tras casarse con la princesa, mientras mantenía como concubinas a su amiga de la infancia y a la santa que lo ayudó a purificar su esencia demoníaca.
—Sabía que terminaría así... pero bueno, es una historia más del montón. Aun así la guardaré, por si me dan ganas de verla de nuevo.
Guardé el celular, cerré los ojos y me dispuse a dormir. Pero entonces, algo extraño ocurrió. Una voz habló frente a mí. Al abrir los ojos, ya no estaba en mi sofá, sino sentado frente a un escritorio, y frente a mí había una joven con uniforme de sirvienta y cabello morado.
—¿Q-qué? ¿Quién eres tú? —pregunté, asustado.
—¡E-eh! —respondí con sobresalto—. L-lo siento, joven amo. Son órdenes de su padre... Me dijo que lo llamara para que baje a comer —dijo con la mirada baja, temblorosa.
Confundido, miré a mi alrededor. No estaba en mi casa, y lo que me rodeaba parecía sacado de una novela de fantasía medieval. Sin pensarlo mucho, tomé lo que parecía ser un abrecartas sobre el escritorio con la intención de cortarme la garganta, convencido de que estaba en un sueño o una pesadilla. Pero algo no salió como esperaba.
—¿Eh? Pero... estoy seguro de que agarré un abrecartas afilado. Entonces, ¿por qué tengo una papa en su lugar? —pensé, mientras la sirvienta seguía mirando al suelo, esperando mi respuesta.
Suspiré. Aún confundido, decidí actuar con calma y buscar una mejor oportunidad para entender lo que pasaba o, si era necesario, intentar otra vez morir.
—Bien, dile que iré enseguida.
—S-sí, joven amo.
En cuanto se fue, me quedé sentado, con la mente dando vueltas. Algo estaba muy mal... o muy bien, dependiendo de cómo se mire. Y ahí, comenzó todo.
...
Cuando bajé al comedor, encontré sentado en la mesa a un hombre de aspecto severo, de unos cuarenta años, con una cicatriz profunda sobre el ojo izquierdo. Me miró con frialdad apenas crucé la puerta.
—¡HÉCTOR! ¡Debes dejar de comportarte como un niño jugando en el pueblo y aprender la etiqueta que corresponde a la nobleza! —tronó con voz firme, sus ojos como dagas clavándose en los míos.
—Sí, padre. Lo tendré en cuenta —respondí, imitando las actitudes de nobleza que había visto en tantos dramas de televisión.
El hombre arqueó una ceja ante mi respuesta, pero no dijo nada más. Asintió levemente y me indicó que tomara asiento.
—Bueno... Veo que al menos has estado practicando tu etiqueta. Iremos al grano.
Aplaudió una vez y las grandes puertas del comedor se abrieron de par en par. Del otro lado entró una joven de unos quince años, cabello rubio y ojos azules, con una belleza frágil y una expresión nerviosa. Vestida con un atuendo modesto pero limpio, se acercó y se inclinó con una reverencia digna de una dama de la nobleza.
—Me presento... S-soy María. Espero ser de ayuda para la familia —dijo con voz temblorosa.
—Eso espero... La familia Gravier no tolera a los inútiles —declaró fríamente el hombre que ahora sabía era mi padre en este mundo.
Volvió su mirada hacia mí, esta vez con un aura oscura que me erizó la piel.
—Y tú, Héctor, en una semana celebrarás tu fiesta de mayoría de edad. Quiero que te prepares... y que no la arruines. ¿Entiendes lo que quiero decir? —su tono era una amenaza apenas disimulada.
—S-sí, padre —respondí, tragando saliva ante su presencia imponente.
Tal vez a muchos les fascinaría entrar en la historia de su novela favorita, pero yo tenía una buena vida en mi mundo. Y ahora, por lo que estaba oyendo, me había transportado al universo deEl plebeyo se hace rey. Aunque ni siquiera era mi favorita... la leía solo para matar el tiempo.
Después de aquella presentación tensa, me permitieron regresar al despacho donde desperté. Descubrí que estaba en el segundo piso, y al mirar por la ventana vi una cerca con lo que parecían tener afilada las puntas. Sin pensar, tomé impulso y me arrojé, con la desesperada esperanza de morir y despertar en mi mundo.
Pero el destino fue cruel. Cuando impacté contra el suelo, las cercas de espinas habían desaparecido, reemplazadas misteriosamente por montones de paja que amortiguaron mi caída.
—M-mierda, mierda, mierda, mierda... —repetía una y otra vez, lleno de frustración.
Caí de rodillas, temblando, con los ojos llenos de lágrimas.
—N-no quiero estar aquí... por favor... déjenme volver —susurré entre sollozos, esperando que al cerrar los ojos y volverlos a abrir, todo fuese solo una mala pesadilla y despertara de nuevo en mi sofá, en casa.
Durante toda la semana hice todo lo posible por morir... pero nada funcionó. Intenté provocar a los caballos en los establos, golpeándolos por detrás para que me patearan, pero no reaccionaban. Era como si supieran que no debían hacerme daño. Incluso busqué venenos en la mansión, recogiendo frascos sospechosos en la despensa oculta de la cocina. Me los bebí sin pensar demasiado, pero al despertar, me encontré con varios sirvientes a mi alrededor, mostrando los frascos vacíos.
—Jugo de naranja... jugo de uva... esencia de manzana —murmuraban mientras los revisaban.
No eran venenos, eran jugos. Jugos. Sentí que me estaba volviendo loco. Parecía que el mundo mismo estaba conspirando para mantenerme con vida.
Cuando finalmente llegó el día de mi fiesta de mayoría de edad, me rendí... al menos por el momento. Me dediqué a recordar lo poco que sabía del personaje que ahora habitaba, pero no aparecía nada útil en mi memoria. Solo recordaba al duque Ignacio Gravier Vermort, el actual jefe de esta casa y, para mi desgracia, mi padre. Sabía que su final en la novela llegaba cuando el protagonista lo ejecutaba por traición, junto con el resto de su familia.
—Si me comporto como el auténtico villano de esta historia... sin hacer ningún bien, sin redención... ¿Podría eso darme la muerte que tanto deseo? ¿Y así... regresar a mi mundo? —pensé, con un dejo de esperanza.
Así que tomé una decisión: dejaría que todo fluyera según la historia, pero me aseguraré de ser un desgraciado digno de ser eliminado. No mostraría virtud, ni caridad, ni bondad alguna. Si el protagonista necesitaba un villano para justificar su victoria, yo le daría uno.
La fiesta fue un despliegue de lujo y poder. La mansión se llenó de nobles, de risas forzadas y música suave. En medio del banquete, el duque se levantó y golpeó su copa con una cuchara de plata para llamar la atención.
—¡Mi hijo Héctor ha llegado a la mayoría de edad! Y con ello, anuncio su compromiso oficial con la princesa Raelia, hija de Su Majestad. —Dicho esto, levantó su copa y todos aplaudieron, aunque algunos con muecas de sorpresa.
Mi memoria fallaba. No recordaba todos los detalles, pero estaba seguro de que Raelia terminaba casándose con el protagonista. Debía haber una ruptura entre ella y el personaje que ahora era yo. Tal vez esa ruptura venía cuando se revelaba la traición del duque...
Y entonces, las puertas del salón se abrieron con solemnidad. Una figura elegante entró, caminando con paso firme. Llevaba un vestido púrpura que se ceñía perfectamente a su figura. Su cabello blanco como la nieve caía en ondas suaves hasta la cintura, y sus ojos violeta irradiaban frialdad.
Raelia.
La princesa del reino. Y mi prometida forzada.
Caminó directamente hacia mí, ignorando a todos los presentes. Al detenerse frente a mí, me lanzó una mirada que podría haber congelado el infierno.
—Que quede claro —dijo con voz firme, sin molestarse en susurrar—. Solo estoy aquí por órdenes de mi padre, el Rey. No vengo porque me interese alguien como tú... un mujeriego que juega con las plebeyas inocentes.
Era la oportunidad perfecta. No podía dejarla pasar.
—¿Qué? ¿Celosa de simples plebeyas? —respondí con una sonrisa arrogante, dejando que mi tono rebosara desdén y prepotencia.
Su rostro enrojeció, no por vergüenza, sino por ira. Perfecto. Mientras más me odiara, mejor. Mientras más motivos le diera para despreciarme, menos posibilidades habría de cambiar el rumbo de esta historia. No debía enamorarse de mí. No debíamos tener nada... hasta el día de mi muerte.
Porque esa sería mi única salida.
Al día siguiente de la fiesta de compromiso, el duque Ignacio, mi supuesto padre, me llamó temprano a su despacho. Con su tono autoritario habitual, me anunció que a partir de ahora tendría una sirvienta personal que atendería todas mis necesidades.
—Desde hoy, ella será tu asistente exclusiva. —dijo con solemnidad, señalando a una joven que entró justo después.
Era la misma chica que me había despertado el primer día en esta pesadilla. Cabello morado recogido con cuidado, ojos del mismo tono que reflejaban un tímido brillo, y un uniforme de sirvienta impecable. Bajó la cabeza con nerviosismo y se presentó con una voz temblorosa.
—Mu-mucho gusto, joven amo. Mi nombre es Melissa. —dijo, tartamudeando por el miedo que le inspiraba la reputación del Héctor original.
La miré un momento, intentando mantener el papel de noble arrogante. Aunque me esforzaba por actuar, no podía negar que la chica era linda.
—Hmm... Eres linda. Bien, te acepto como mi sirvienta. —respondí con tono desdeñoso, aunque era sincero en lo que dije.
—Bien. Ya sabes qué hacer, niña. Asegúrate de que mi hijo no ande divirtiéndose con plebeyas del pueblo. Sirve bien. —ordenó el duque a Melissa, dejándome claro que esperaba que ella se convirtiera en una distracción controlada para mantenerme en casa.
Pero aunque decidí interpretar el rol de un desgraciado, no pensaba sobrepasar mis propios límites morales. Había líneas que no cruzaría, sin importar qué tan lejos me llevara este papel.
Apenas el duque se fue, Melissa me siguió a mi habitación en silencio. Cerró la puerta, y sin decir una palabra, empezó a desabotonarse el uniforme.
—¡Oye! ¿Cuándo dije que hiciéramos algo ahora?! —grité, más por los nervios que por otra cosa, levantando la voz al ver la escena que se presentaba ante mí.
Ella se detuvo, asustada, bajando la mirada con lágrimas acumulándose en los ojos.
—¡Lo siento, señor! Pero... tengo una hermana pequeña que alimentar. Si no cumplo bien mi trabajo... no sabría cómo mantenerla... —dijo entre sollozos y con evidente desesperación.
Suspire hondo, conteniendo la rabia por lo jodido que estaba este mundo. Me acerqué a ella, tratando de no parecer débil pero sin ser cruel.
—Escúchame bien... Espera a que yo te dé una orden. ¿Entendiste? —le dije con firmeza. No podía consolarla como lo haría en mi mundo, pero al menos evitaría que se humillara innecesariamente.
—S-sí, joven amo... —respondió en voz baja.
Pasó una semana. Me acostumbré poco a poco a la rutina del noble mimado, fingiendo arrogancia, derrochando dinero en cosas inútiles, despreciando al pueblo frente a los sirvientes, y ganándome el odio de todos a mi alrededor como parte del plan. Finalmente, logré encontrar un calendario en la biblioteca familiar, y con ello supe la fecha exacta de dónde estaba en la historia.
El tiempo que me quedaba de vida... era solo un año.
Un año hasta que el protagonista venga a matar a toda la familia del duque por traición. Si resistía hasta entonces, si no cambiaba el destino... tal vez podría morir y volver a mi mundo.
Así que decidí vivir ese año como el peor noble de la historia. Que todos me despreciaran. Que no quedara ni una sola razón para salvarme.
Lo único que me molestaba... era ella. María. Mi nueva hermana.
Una chica dulce, amable, que no tenía ni una pizca del veneno que impregnaba esta familia. No recordaba que tuviera peso alguno en la novela. Tal vez fue un personaje olvidado. Tal vez solo fue mencionada en una línea antes de ser asesinada junto a todos por el protagonista.
Eso me dolía más de lo que quería admitir. Pero... si eso era el precio para volver a casa, si eso era necesario...
—Lo siento, María. Solo un año más... Solo un maldito año más... —murmuré en la soledad de mi habitación, mirando por la ventana a un cielo que no era el mío.