Capítulo 0: Paris y Sibelius

—En serio, no entiendo que le ves a Sibelius cuando tienes a Paris. —replicó la amiga a la derecha de Evangeline, acercándose al aula a través del transitado pasillo de ventanales y salones ya ocupados.
La otra chica a su izquierda soltó un chillido, emocionada.
—¿Qué dices? ¡Sibelius es guapísimo! Dios, si Evangeline no lo quiere, yo sí.
La otra puso los ojos en blanco, negando con la cabeza—No digo que sea feo, tampoco soy ciega, pero esa pinta de “chico malo” como que no es lo mío. ¡Paris es tan dulce!
Exclamó ilusionada, dando saltitos antes de entrar al aula. Evangeline, atrapada en el medio de esos argumentos y debates, suspiró sonriente y se encogió de hombros.
—Para empezar, yo no le veo nada a nadie, ¿vale? Ellos son mis amigos y ya está—aclaró ella muy tranquila bajo las escépticas miradas de sus acompañantes—¡Es en serio! —dijo ella entre risas, sintiendo las dudas de aquel par.
Pobre Evie. No tenía de otra más que reír y negar con la cabeza. Pero este era el pan de cada día, después de todo, ella era la más cercana a los chicos más guapos de todo el instituto; Sibelius y Paris.
Nueve de cada diez chicas decían que, de casarse, sólo lo harían con cualquiera de esos dos. De terminar con otro, sería sólo porque Paris y Sibelius eran, bueno, inalcanzables.
Entrar a clase era una misión crítica para Evie, pero de a poco se iba acostumbrando.
No por el aula en sí. Digo, entre tantas escuelas sin papel ni jabón en el baño o pizarras en los salones, ellos tenían hasta un proyector nuevo y los pupitres estaban en buenas condiciones. Menos uno, el de Sibelius.
Ese se distinguía de los demás por los dibujitos hechos con marcador permanente.
Paris fue quien lo reportó a dirección por eso. Evangeline, como siempre, tuvo que insistir en que no pelearan por un maldito pupitre.
—Basta, el profesor llegará pronto—Evangeline golpeó suavemente el hombro de unas de sus amigas, que la miraba insinuante mientras Sibelius se acercaba.
Evangeline era tan dulce que ninguna la odiaba por llevarse toda la atención de ese par.
Ella era simplemente bonita. Bonita de ver y bonita persona. Por eso se había robado el corazón de esos chicos sin esfuerzo alguno y sin saber cómo, pero poco le importaba.
En eso no mentía, pues para ella, no eran más que sus buenos amigos.
—Evie, quédate conmigo después de clases. Habrá un concierto por la tarde—la voz profunda de Sibelius se presentó con su usual tono bajo y adormilado, una voz relajada y seductora que ponía rojas a las chicas y les hacía imposible dirigirle tranquilamente la palabra—¿Sí?
Sonrió coqueto mientras le ponía el brazo sobre los hombros muy confianzudo, aparentando una dulzura que sólo le ofrecía a Evangeline.
Ella, de todas las chicas, era la única capaz de mostrarse indiferente a los coqueteos de su amigo. Respondía amable y sonriente, como si nada.Eso era lo que más le gustaba a él.
A Sibelius le gustaba que lo trataran mal y con indiferencia, básicamente. O eso decían las demás chicas, porque nadie entendía cómo podía hacerse el chistosito y sonreír cada que Evie ignoraba sus coqueteos.
—Déjala. Siempre quieres distraerla cuando estamos en exámenes.
Sibelius resopló suavemente con burla mientras forzaba una curva en sus labios, poniendo los ojos en blanco.
—Qué aguafiestas, Laghari. ¿Qué? ¿Acaso Evie no merece divertirse un poco? ¿Quieres que se mate estudiando?
Paris siempre estaba jodiendo de metiche en los asuntos que no le correspondían, según los diversos testimonios de Sibelius.
Cada vez que lo veía le ardía el puño y sus pupilas se encogían con disgusto, pero era mutuo, el odio que sentían el uno por el otro parecía ser el único sentimiento que compartían, además de su amor por la misma chica.
Sibelius también pensaba que Paris era un nerd y, al mismo tiempo, un idiota, porque nunca era del todo directo con sus intenciones hacia la linda Evie y eso le parecía de lo más patético.
Evangeline se rio nerviosa, mirando uno por uno a los chicos que la atrapaban en el medio.
Sus amigas reían cómplices detrás, cuchicheando entre ellas. Les era imposible aburrirse del salseo y el drama que se hacía diariamente gracias a esos tres.
Es más, por eso iban a clases y llegaban tan temprano, ¡¿cómo se iban a perder semejante evento?!
Siendo el instituto tan tedioso, ¿un triángulo amoroso no era lo que necesitaban los estudiantes para motivarse un poco?
—Paris tiene razón—replicó Evie con voz dulce—Estamos en semana de exámenes, aunque puede que lo considere. Es viernes, después de todo. — Sibelius se mordió levemente los labios mientras entrecerraba pensativo sus ojos.
Cada vez que Sibelius se esforzaba por mantener la atención de otros en él, como encantándoles, Paris no podía evitar pensar que seguro se trataba de un demonio, uno de la más baja calaña.
Y no es que él creyera mucho en demonios, pero ¿qué otra explicación podía haber? No importaba que tan nerviosa pusiera a la gente, tal parecía que algo les impedía apartar la mirada de aquellos ojos grises que Sibelius poseía.
Quizás era su rostro cincelado o sus afilados ojos que pocas veces desprendían sinceridad, siempre manteniendo cierto encanto peligroso y enigmático en sus pupilas.
¿Quién sabe? Había algo nato en Sibelius que sometía a todos casi sin tratar.A todos, menos a Paris.A él nada lo engañaba.
Paris sabía que Sibelius estaba loco o al menos eso creía. A Paris le gustaban las personas sinceras y amables como Evangeline, nada parecido a al presuntuoso hijo del diablo que era Sibelius.
Paris odiaba su personalidad, su actitud ante la vida, esa cara de tonto somnoliento que tenía y sus chistes sarcásticos.
Paris lo quería golpear. No había ningún ‘pero’, sólo lo quería golpear.
—Quizás debería ir a tu casa para que me ayudes a estudiar, entonces.
Paris arqueó una ceja ante las palabras del posible demonio, cruzándose de brazos.
—Bien, te serviría no reprobar algún examen, para variar.
Comentó con mofa. Sibelius, aún aferrado a Evangeline, se acercó a su contrincante y ladeó su cabeza.
—¿De qué hablas, Laghari? Yo nunca he reprobado—mostró un par de caninos afilados al sonreír, hablando lentamente—, porque siempre estudio con Evie.
Paris frunció el ceño juntando sus castañas cejas.
Hasta enojado tenía la pinta de no romper ni un plato, tal vez por eso Sibelius nunca se lo tomaba en serio. Aunque, en realidad, él no se tomaba en serio a nadie.
Evie intercambió miradas entre los dos chicos, sonriendo nerviosa e incómoda sin saber cómo intervenir en la pelea.
Aunque trataba sobre ella, pocas veces se le permitía protestar. Sólo eran esos dos peleando.Siempre ellos.
Hasta cierto punto, parecía que les gustaba más discutir entre ellos que buscar la atención de Evangeline, pero esas eran sólo ideas de Evie.
¿No?
—Pues-
—Si tienen tanta energía para discutir, entonces pueden ir a recoger unos papeles con la secretaria.
Interrumpió el profesor, un hombre de mediana edad muy agradable, de esos que sí entendían el humor de sus estudiantes y que, sobre todo, disfrutaban enseñando.
Él era Proteo Laghari. Si el apellido les sonaba de algo, era porque se trataba del mismísimo padre de Paris Laghari.
Daba la sensación de que, así como era de espontáneo y extravagante como lo era ahora de viejo, lo era de joven.
Nada que ver con Paris Laghari, que era un virgen nerd que sollozaba cuando sacaba 9.9 en lugar de un 10.
El hijo del maestro cambió su semblante, preocupado, desenredando sus brazos sobre su pecho, mirando a Sibelius y a su padre con confusión, mientras el otro seguía descansando junto a Evie con toda la serenidad del mundo.
Según Paris, Sibelius disfrutaba tanto de la vida porque era un idiota ignorante. Ni el profesor o el director lo intimidaban. Retaba a la ley y merecía ir a la cárcel.
Recalco, todo esto según Paris.
—No estamos discutiendo—respondió Paris muy seguro de sus palabras, recibiendo unas palmadas en el hombro de aquel hombre canoso y robusto que se adentraba al aula, sonriéndoles a aquel par con diversión y astucia.
—Bueno, jóvenes, mañana hay examen sorpresa, así que estudien y actúen sorprendidos mañana, ¿eh? No quiero reprobados. —vociferó el profesor parándose frente a la pizarra, escuchando las risitas de sus estudiantes mientras estos tomaban asiento.
Todos, menos su necio hijo y el descuidado de Sibelius.
Ellos protestaban silenciosamente, muy, muy a sus adentros mientras caminaban por el pasillo de camino a la secretaría del instituto, haciendo el mandadito de rutina.
Todos los días era la misma babosada. Ellos peleaban por la chica, el profesor se burlaba de ellos y los mandaba a hacer encargos para molestar. Era como amarrar a dos mulas peleoneras en el mismo corral.
De todas formas, siempre estaban juntos.Cuando los profesores los veían caminando sin el otro por los pasillos, les preguntaban “¿y dónde está Paris” o “¿y dónde está Sibelius?” con una sonrisa.
Les molestaba, pero nada se podía hacer. Todos los veían insultándose muy efusivos en el patio, en las aulas y en la dirección.No había un Paris sin un Sibelius.Los únicos que no parecían estar al tanto de eso eran...ellos mismos.
—El señor Laghari es genial. Puede que seas adoptado.
Sibelius miró de soslayo con sus ojos grises al tipo a su lado, que andaba a paso firme y espalda bien derecha sin apartar su atención del frente.
Parecía que ni lo había escuchado, Sibelius hasta sospechó que el otro se había quedado sordo a medio camino, aunque poco le importaba.
—No sé porque Evangeline te sigue tolerando. —murmuró Paris entre dientes, captando la atención del contrario, quien extendió sus brazos hacia arriba, estirándose y relajando su cuerpo como si hubiera hecho mucho en un día que apenas empezaba.
—Porque soy divertido y guapo—el arrogante Sibelius se adentró a la oficina de la secretaria, encogiéndose de hombros antes de cruzar el marco, observando a Paris con provocación—Y me ha dicho que soy buen compañero de estudio.
Paris sonrió malicioso.
—Pues a todos nos gusta perder el tiempo con algo.
Sibelius entrecerró sus ojos, perspicaz—Sí, por eso aquí estoy yo contigo.
Ambos pasaron a la oficina, Paris saludó con formalidad como si fuera su primera vez poniendo un pie ahí, mientras Sibelius tomaba un conito de papel y lo llenaba con agua del garrafón.
Había un letrero improvisado pegado al garrafón que decía “Sibelius, no bebas esta agua, sólo para profesores”. A Sibelius le dio risa y se sirvió otra vez, recargándose tranquilo contra la pared.
—Ah, ustedes otra vez. El profesor Laghari dijo que se llevaran esas copias. —indicó la secretaria sin levantar la mirada del computador de enorme pantalla, con sus dedos tecleando y escribiendo sin detenerse. A penas y se dignó a señalar con su delgado dedo la pila de papeles junto a la impresora.
Sibelius hojeó el papeleo y levantó la mitad de las copias, sentándose en el borde del escritorio de la secretaria mientras Paris acomodaba cuidadoso en sus brazos las hojas.
—Quizás deberíamos pedir un sueldo de tantos trabajitos que hacemos, ¿no, Amelia?
La secretaria se mostró impasible ante el comentario de aquel de astutos ojos grises y revoltoso cabello negro.
—Gracias, hasta luego—se despidió Paris bien educado antes de cruzar la puerta abierta. Sibelius le siguió con un “byeee” sacudiendo su mano hacia la secretaria, pero ninguna de las despedidas obtuvo respuesta.
Igual se verían mañana, seguramente.
—No le hables a la secretaria por su nombre. Es grosero.
—¡Oh, no! Paris piensa que soy grosero, ¿qué haré? — habló Sibelius con falso lamento, riéndose de sus propias palabras—Relájate un poco, Laghari.
“Relájate”. Como le irritaba a Paris que Sibelius dijera eso, de todas las personas.
Apretaba los dientes y aguantaba la respiración unos segundos queriendo apaciguar su molestia para no ceder y terminar maldiciéndolo más de lo que le gustaba maldecir, pero siempre acababa con dolor de estómago de tantos corajes contenidos.
Ah, después de todo, ¿quiénes eran realmente Paris y Sibelius?
Ellos eran la cuestión del huevo y la gallina. ¿Qué fue primero: Sibelius o Paris? Paris, técnicamente, porque él era el amigo de la infancia de Evangeline. Aquel vecino amable con el que los padres de cualquier niña sueñan que se case al crecer.
Es que Paris siempre había sido el chico perfecto. Nunca había probado el alcohol, sabía tres idiomas y creía en la familia tradicional y monógama.
¿Podía ser mejor? Pues era guapísimo. Con su cabello rubio y ondulado, y sus cejas oscuras contrastando sobre aquellos ojos olivo. Alto, fornido y aun así oculto bajo suéteres de abuelito.
Era lo que las chicas describían como atractivo y adorable, dos palabras que juntas hacían a cualquiera sonrojar. Oh, y es que Laghari tenía el encanto de ser tan despistado que nunca notaba lo bien que se veía al doblar las mangas de su camisa y dejar sus brazos al descubierto, o esas ocasiones en educación física cuando se quitaba las gafas y se secaba el sudor con el borde de su playera.
O esas veces dónde se inclinaba sobre el escritorio de sus compañeras tratando de ayudar en álgebra, sin notar que era un truco para verlo concentrado de cerca, porque un chico inteligente siempre lucía mejor estando pensativo.
Miraba a su alrededor confundido cuando las chicas gritaban emocionadas, sin entender del todo qué hacía para generar tanto escándalo.Él era el perfecto chico bueno.
Sibelius, por otro lado, arrasó con la vida de todos hace tres meses, cuando empezó el nuevo curso. Siempre llevando su uniforme desarreglado, sin corbata y con los botones superiores a medio abrochar. Ese pecho expuesto siempre distraía a los demás.Era a propósito, claro.
Poco más se sabía de él. Era un enigma. Es más, ni se llamaba Sibelius, ese era sólo su apellido, pero todos lo llamaban así, hasta los profesores.
Él se aprovechaba de la intriga para coquetear. A Paris eso le parecía nefasto. ¿Qué hacía un imbécil así queriendo ligar con su querida Evangeline? ¡Peor aún! ¡¿Por qué Evie no lo odiaba todavía?!
Paris se estaba volviendo loco. Llevaba tres meses volviéndose loco. Había pasado toda su vida tratando de merecer el amor de su amiga, llegaba un idiota cualquiera y ¡bam! Perdía su atención sin más.
Ahora iba a conciertos con Sibelius, comía exotiqueces culinarias con Sibelius y miraba las estrellas desde el convertible de Sibelius.
Sibelius esto, Sibelius lo otro, ¡Paris acabaría en un manicomio si la veía junto a Sibelius otra vez!
La verdad es que no le fatigaba tanto el hecho de ser correspondido o no. Él quería que Evie fuera feliz, estando con él o no, ¡mientras no eligiera al tarugo de Sibelius!
Por eso Paris se quedaba sin uñas, sufría de insomnio y hasta sentía que la miopía le había aumentado.Ya hasta le mortificaba notar que parecía pensar más en Sibelius de lo que Evangeline lo hacía.
Por otra parte, Sibelius pensaba que Evie era ‘diferente a las otras chicas’. Sí, ese cliché, ¡pero era cierto! Ella era especial y eso a todos les gustaba. Por eso ella era popular.
Paris era la cosa que le estorbaba.Siempre se daba aires de grandeza, vanagloriándose por conocer desde niño a Evie como si eso le diera un boleto VIP a su corazón o alguna mierda del estilo.
Le estorbaba. Ambos se estorbaban.Si tan sólo no estuviera Paris. Si tan sólo no estuviera Sibelius.
Era la trama de siempre. El chico malo y el chico bueno pelean por la chica, blablablá.
¿O no?
El punto es que nadie les dijo a esos dos que esto nunca fue un triángulo amoroso.
Para empezar, a Evie ni siquiera le gustaban los hombres.