PROMESAS ENTRE RIVALES

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Summary

Esto no es una historia de "enemigos a amantes" nada más. Es una historia sobre dos personas que aprenden, a los golpes y a las caricias, que querer a alguien implica también dejar que te quieran. Que la verdadera fuerza no es la armadura, sino la capacidad de mostrarse frágil y aún así quedarse. Una novela sobre lo que ocurre cuando dejas de pelear contra el mundo y empiezas la batalla más difícil, la de aprender a sostener y ser sostenido.

Status
Ongoing
Chapters
38
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

TODO COMENZÓ CON UN RUMOR

Una historia puede empezar en cualquier momento. Basta con que alguien hable de más.

El verano se sentía por debajo de la piel. Apenas avanzaba la mañana y el aire caliente ya se respiraba en los pulmones. Las vacaciones habían terminado y la universidad volvía a llenarse de estudiantes, de conversaciones, de murmullos.

Se podía ver el vapor salir del concreto de la cancha, pues el sol caía con peso sobre ella. Ethan ya estaba ahí, en el centro, con el balón de básquet entre las manos y los ojos encendidos, con una rabia inusual, propia únicamente de los partidos más intensos.

Una gota de sudor resbaló por un costado de su frente. Era un entrenamiento nada más, pero su cuerpo se movía como si fuese una final.

La burbuja de su concentración se rompió un segundo cuando creyó captar una mirada, una voz quizá, pero supo que iba dedicada a él. Alzó la cabeza para mirar más allá del partido, dispuesto a defender lo que sea que estuviesen diciendo, o mirando.

No alcanzó a ver de quién se trataba, pero pudo sentir la intención del mensaje. Apretó los dientes, sostuvo con fuerza el balón entre sus manos, pero sus pies no abandonaron el suelo.

—¿Qué miras, Aranda? ¡Anota!

Ethan intentó poner su mirada en la cesta, pero el ruido en su cabeza era tan fuerte que le nublaba la visión. Las piernas le fallaron cuando saltó en el aire, los brazos no cedieron, la pelota rodó por un costado, volviendo a sus pies.

—¡Mierda! —gritó con violencia cuando escuchó el ruido del silbato.

Casi tropezó. Había estado tan ensimismado en reconocer a la persona del otro lado, que no se dio cuenta de que el entrenamiento se había detenido por su culpa.

Ethan recogió el balón. Sus mejillas, ya rojas de vergüenza, se calentaban todavía más con las risas de sus compañeros.

—¡No es gracioso, pendejos!

Alzó los brazos por encima de su cabeza y lanzó la pelota hacia alguno de ellos. Tragó saliva con furia cuando siguieron hablando:

—¡Por favor! ¿Desde cuándo es tan sencillo distraerte así? ¿No me digas que sigues con tu berrinche?

Lucas palmeaba el hombro del compañero que había iniciado la burla, únicamente para añadir:

—Déjalo, ¿no ves que el capi está en sus días? Se le van los ojos detrás de cualquiera.

Las risas arreciaron. Ethan sintió el calor subirle por el cuello, un cosquilleo furioso en las manos. No pensó, se giró y empujó a Lucas con los dos brazos, justo en el pecho, con la fuerza suficiente para hacerlo trastabillar. Las palmas le escocieron del impacto.

—¡Cierra la boca, idiota!

Lucas recuperó el equilibrio y sonrió, una mueca que mostraba sus dientes torcidos.

—Tranquilo, hombre. Era una broma. ¿O es que te pica lo que digo?

Ethan dio un paso adelante, pero el silbato del entrenador cortó el aire, seco, como un latigazo. El hombre se plantó entre los dos con la frente arrugada.

—¡Fuera, Aranda! No quiero verte hasta que se te enfríe la cabeza. —Luego giró hacia Lucas—. Y tú, una palabra más y te vas con él. ¿Estamos claros?

Ethan apretó los puños, pero no dijo nada. Se quedó un segundo mirando a Lucas, que aún sonreía, y luego se giró hacia la banca con la mandíbula tan tensa que le dolía.

Ethan se alejó lo suficiente para no seguir escuchando las risas de sus amigos. No podía soportar mirar a Lucas tomar su lugar como si nada, y no podía dejar pasar tampoco los cuchicheos alrededor. Si no se iba, probablemente lo habría golpeado, y no estaba dispuesto a enfrentar el castigo.

La temporada de lluvias había dejado charcos en el suelo irregular. Ethan caminó alrededor, pateando las piedras del piso con la suela de sus zapatos, las empujaba con tanta fuerza que levantaban el agua al pasar por encima. Al final, arruinarle el momento a la gente que caminaba a su lado era una pequeña venganza por todo lo que decían de él.

—¡Que ridículo! —gritó, dándole vueltas al asunto.

Arrancó con violencia las flores silvestres que crecían entre las grietas del concreto. Las despedazó entre los dedos, las tiró al suelo y las pisó una y otra vez, hasta que solo quedaron pétalos rotos y tallos aplastados. Atrajo miradas, y a Ethan le gustaba. Prefería mil veces eso a que se inventaran cosas a sus espaldas. Que le tuvieran miedo. Que supieran que no era alguien con quien meterse.

—¡Bola de idiotas! —escupió, aplastando lo que quedaba de las flores con sus pies.

Pero su momento de pequeña euforia no duró más de un par de minutos. La mirada que lo había hecho perder el entrenamiento en primer lugar estaba justo frente a él. Se trataba de un joven un año mayor suyo. Ethan lo odiaba. Solo con verlo, le revolvía el estómago. Odiaba ese aire de superioridad, esa calma. Como si nada le importara.

—¿Qué tanto me miras imbécil?

Ethan pisó con fuerza, aferrando sus propias palmas con las uñas.

—¿Y bien? ¿No dirás nada idiota?

Damián le dio la espalda, se iba a ir, pero Ethan no iba a permitirlo, así que corrió. El coraje le subía por la garganta, casi no podía respirar, pero es que no podía creer como alguien tan pretencioso como el hiciera un caos enorme alrededor suyo. Iba a vengarse, no le importaba iniciar una pelea dentro del campus si de él se trataba.

Llegó a sus espaldas casi corriendo, y aferró la tela de sus ropa con las uñas, era suave y su perfume era tan dulce que empalagaba. Eso le revolvió el estómago.

Tan solo con tocarlo, Damián se giró hacia él alzando los hombros. Ethan tuvo que levantar el rostro ligeramente para mirarlo a los ojos, pero no iba a dejar intimidar, no cuando Damián llevaba una vida por lo menos, vergonzosa.

—¿Y tu qué, pendejo? No busques pelea si al final te vas a rajar.

Damián se detuvo un momento para replicarle, pero sostuvo su mirada y eso lo hizo enojar todavía más.

—¿Que te pasa a ti, cabrón?

Ethan reconocía que la seguridad de Damián lo hacía destacar, pero se mantuvo erguido, alzó los puños.

Damián lo empujó con fuerza, y Ethan creyó que iba a caer, pero se mantuvo firme, no le iba a dar una victoria fácil.

—¿El gran Damián piensa golpearme? —La palabra salió afilada, como si pudiera cortar el aire entre ellos. —¿Quién diría que fueses tan hipócrita detrás de esa carita tuya?

Ethan llevaba los puños en alto, como si él mismo ansiara el contacto para liberar su frustración. No había persona en el mundo a quien quisiera pegarle más que a Damián, y es que quería que dejaran de relacionarlo con él de una vez por todas.

No lo pensó bien, solo le lanzó, pero es que se trataba de Damián, y él, sobre todas las cosas, le valía más incluso que la expulsión. Quería hacerlo sufrir.

—¡Hey ustedes dos! ¡Sepárense!

El rector del campus llegó en el momento justo, se acercó con las manos en la espalda, pero su voz era suficiente para hacerlos dejar de pelear. La multitud de estudiantes que se había concentrado cual hormigas alrededor de ellos comenzó a dispersarse.

— ¿Qué demonios les ocurre?

Parecía que el hombre miraba directamente a Damián con especial decepción. Ethan debía reconocer que siempre había sido conflictivo, que no era la primera vez, pero el hecho de que miraran a Damián como alguien que no era capaz de matar una mosca le causaba náuseas. El sabía que no era el hombre pacifico y perfecto que los demás creían

—¿En serio Damián? ¿Una pelea? ¿Con las semifinales de voleibol a la vuelta de la esquina?

Damián no contestó. En su lugar, apretó los labios y desvió la mirada. Esa mirada que Ethan conocía bien. Era de enojo.

—Lo siento —dijo finalmente, después de un largo suspiro que pareció obligado, luego de bajar los hombros y la mirada—. No quiero que esto afecte a mi equipo, por favor.

—Ridículo —Ethan se rio ante el cambio de actitud. Quiso provocarlo, quiso hacerle bajar su máscara para que el mundo viera lo idiota que podía ser—. ¿Te das cuenta de que sí eres un hipócrita? Hace un momento ni siquiera pensaste en ellos, idiota.

—Ya es suficiente.

La autoridad se anticipó a hablar impidiéndole a Damián responder. La calma del hombre asustaba más que si hubiera gritado.

—Una semana— pronunció el rector, sin dejar espacio para réplicas. —Sin entrenar, Sin acercarse a las canchas. Y, además, reconsideraré su lugar como capitán, Ethan.

Fue un golpe bajo. Ethan palideció. Sabía que, sin él, su equipo no tenía oportunidad. Dio un paso atrás, bajando los puños que no se había dado cuenta de que había subido. Sus compañeros podrían ser unos pendejos, pero no planeaba dejarlos a su suerte.

Alzó la vista hacia Damián un instante. Quería verlo molesto, pero se sorprendió cuando lo vió temblar. Vio cómo apretó la mandíbula, vio cuando asintió con frialdad.

—Ahora fuera de mi vista —dijo el rector—. No hay nada más que hacer aquí.

Ethan se quedó un momento más, con los puños aún apretados, mirando cómo Damián se alejaba sin decir una palabra. El rumor de las conversaciones a su alrededor volvió a inundar el aire.

Todo por un jodido rumor.

- -✦ ✦ ✦- -

Damián caminaba a solas por los límites de la facultad. el sol, testigo de su castigo, le quemaba el cuello, ya habían transcurrido tres jornadas desde el día de la pelea, pero el paso del tiempo se le hacía eterno, interminable.

Recordó con los puños apretados ese día, tenían un asunto pendiente, no era la primera vez que Damian atestiguaba las reacciones agresivas de Ethan. Sabía por qué estaba molesto, sabía que todos habían estado hablando acerca de ellos dos, entonces, ¿por qué él no se sentía igual?

Cuando fue el horario en el que su equipo practicaba, los pies de Damián lo llevaron a espiar desde fuera. Sus cabellos castaños se mecían con la brisa y sus ojos almendrados estaban fijos en sus compañeros de equipo, anclados en el juego que ya no podía tocar.

Aunque era temporal, se sentía extraño, pues dejaba de pertenecer a algo que había definido su identidad desde que comenzó a jugar. Y, aun así, ahí estaba, otra vez metido en problemas por Ethan. Siempre por esos malditos ojos verdes que lo miraban con desprecio en lugar de la complicidad que alguna vez tuvieron.

Se rascó la nuca con torpeza, apretando los puños dentro de los bolsillos. “Es patético, cinco años aquí, y ahora parezco un extraño más”.

Las sombras fueron cambiando encima de la hierba, el sol ya no le quemaba tanto. Por la hora, Damián sabía que el entrenamiento estaba llegando a su fin.

Se levantó con cautela, se sacudió el pasto de sus pantalones y se acomodó el cuello de su playera que estaba torcido. Ya no quería darle mas vueltas al asunto, el castigo pasaría, evitaría meterse en problemas con Ethan y continuaría su vida tal y como estaba antes de ese asunto.

—Debo hablar contigo imbécil

Muy a su pesar, la presencia de Ethan no lo sorprendió. Su voz era áspera, y su mirada era fija, pero debajo de todo eso pudo ver que sus manos temblaban

—Lo que sea que tengas que decirme, hazlo aquí

Ethan torció la boca, sus cejas bajaron arrugando su frente. Damián suspiró cuando sintió las manos de Ethan sobre el cuello de su playera, esa rutina ya le parecía insufrible.

—¿Otra vez, Ethan? ¿No te has dado cuenta de que esta dinámica ya cansa? — Su voz era más baja de lo normal, teñida de un fastidio que parecía viejo, de años, no de días.

La fuerza con la que Ethan lo tomaba del cuello contrastaba con la duda en sus ojos, con el cabello largo meciéndose con la brisa. Ethan dio un paso hacia atrás mientras apretaba los labios, como si midiera cada una de sus palabras antes de dejarlas salir.

—¿Quieres parar con esto de una buena vez o no? —Dijo Ethan antes de soltarlo, pero hizo un gesto para que caminara detrás de él—No compliques las cosas y solo sígueme afuera.

El partido de voleibol se escuchaba a la lejanía, los gritos apresurados y las risas de sus compañeros. Damián sintió que el estómago se le encogía. Miró hacia el auditorio, luego miró a Ethan que lo esperaba.

—Bien.

Al quedar a solas detrás de los edificios, la postura de Damián titubeó, no se sentía como la última vez.

—¿Qué quieres, Ethan? ¿Otra ronda de “todo es tu culpa”? —preguntó, recostándose contra la pared con una expresión cansada. Su mirada, sin embargo, escaneaba su rostro buscando algo más, algo que fuera más allá del guion preestablecido de sus peleas, buscaba algún rastro del Ethan de algunos años atrás.

—Deja de jugar, Damián, ¿Qué ganaste con todo esto?, ¿eh? —Ethan dio un paso adelante, con los labios tensos—. ¡Por tu culpa casi pierdo lo más importante que tengo! ¿Te diviertes esparciendo rumores?

—¿De qué hablas ahora tarado? Yo no inicié ningún rumor— Damián dio un paso hacia enfrente —Y si tanto te molestan, arréglalos tú mismo. ¡No es mi culpa que vivas de lo que dicen los demás!

La mirada de Ethan cambió, se parecía a una que ya conocía, a una de años atrás —¿En verdad me vas a hacer decírtelo? —Ethan lo empujó con ambas manos, Damián no puso fuerza —! ¡Tú sabes de lo que estoy hablando!

Por un momento, cuando vio los ojos de Ethan brillar, cuando escuchó el temblor en su voz, fue que Damián contuvo la respiración ¿De verdad ese chico lo odiaba tanto?

—Eso no es asunto mío.

Pero Ethan no tenía la misma calma, ya no era enojo, sus manos apretándose las palmas significaban desesperación, su mandíbula estaba tan apretada que parecía que iba a romperse los dientes.

—¡¿Me dices que no es también tu problema?! ¿Cómo explicas que toda la universidad bromea con que estás enamorado de mí? ¡Y dices que no te importa!

Había sido pura casualidad, Damián podía jurarlo. Pero había sido la peor casualidad de la vida, después de tantos años, después de casi haber olvidado todo, ahora su secreto volvía a tomar un espacio incomodo entre ellos dos. El aire se espesó entre ambos, y por un instante ninguno tuvo la capacidad de hablar. Solo quedaba el eco de algo a lo que jamás se habían atrevido a ponerle nombre. La respiración de Damián se volvió irregular. Tragó saliva, su espalda buscó la pared como instinto.

—¡¿Y cómo carajos voy a saberlo, Ethan?! —Damián alzó la voz, pero era una voz quebrada, como la de un niño al que habían abandonado en el parque años atrás— ¡Además, arrastrarme aquí no va a solucionar nada! —Damián lo miraba de frente, con el rostro enrojecido y la mandíbula tensada— ¡Eres tú quien siempre ha vivido pendiente de lo que dicen los demás! ¡Por eso fue que te quedaste solo!

Damián guardó silencio en cuanto se dio cuenta de sus propias palabras, lo miró, Ethan se había quedado helado. Sus labios se abrieron, temblorosos. —¡Cállate! —escupió entre dientes—. ¡Solo cállate de una maldita vez!.

Esperó algo más. Ethan siempre tenía una réplica. Un insulto, un empujón, algo. Pero esta vez no. Esta vez Ethan se quedó callado. Sus labios se apretaron hasta formar una línea pálida. Sus ojos, encendidos hacía un segundo, vacilaron.

Damián lo conocía. Lo conocía desde niño. Sabía leer cada uno de sus gestos, cada cambio en su respiración. Y lo que vio en ese momento no era rabia. Era otra cosa.

—¿Qué...? —empezó Damián, pero no terminó.

Ethan dio un paso al frente. No fue un paso agresivo. Fue torpe, como si sus pies se movieran sin permiso. Se detuvo a pocos centímetros. Damián sintió su respiración, cálida, entrecortada. Olía a sudor, olía a odio.

La mirada de Ethan recorrió su rostro. Sus ojos, sus mejillas, su boca. Y entonces, sin previo aviso, cerró los ojos y apretó los labios contra los suyos.

El sol teñía el cielo de anaranjado, su reflejo apenas brillaba sobre su rostro.Tenía los ojos bien abiertos, de la impresión o de la incomodidad. La presión brusca contra su boca lo había tomado de sorpresa, esa sensación en sus labios era distinta a cualquier otro beso que hubiese tenido, los labios de Ethan estaban secos, inmóviles. No fue un beso suave. Los dientes chocaron, el contacto fue torpe, desesperado. Damián se quedó inmóvil, con los ojos abiertos, las manos colgando a los costados. No entendía nada.

Pero no se apartó.

Ethan se alejó primero. Tenía los ojos muy abiertos, los labios separados, el pecho subiendo y bajando como si acabara de salir a la superficie después de mucho tiempo bajo el agua. Se llevó una mano a la boca, la apartó enseguida, y Damián vio que le temblaba.

—Yo... —empezó Ethan, pero no terminó de hablar.

Y luego, antes de que Damián pudiera decir nada, salió corriendo