Parte I
A través de la ventana veía los primeros rayos de sol iluminando su hogar. Después de diez años en el país de origen de su familia, al fin volvía al lugar donde él nació. Aunque aún estaba en el avión, México ya lo recibía con sus vibrantes colores y su ambiente festivo. Su padre, Yagi Midoriya, lo había dejado volver para pasar en México la mejor época del año, la celebración de la independencia, día de muertos y navidad. Estaba temblando de emoción, al fin volvería a su hogar, con su familia.
—Izuku, ¿al menos dormiste algo? —preguntó su madre cuando al despertar vio a su hijo pegado a la ventana.
—No puedo dormir, ya quiero llegar —respondió su hijo y de inmediato volvió su mirada a la ciudad que se extendía debajo de ellos.
Inko suspiró, lo entendía perfectamente. No había visto a su familia desde la navidad pasada, y su hija Ochako viajó un mes antes que ellos. Inko también ansiaba verlos a todos.
Al bajar del avión Yagi los guió hacia la camioneta que le pidió preparar a su familia, a partir de ahí podían moverse en la Ciudad de México con ayuda del GPS. La ciudad había cambiado mucho y con tanto tiempo fuera del país todo les parecía tan extraño como maravilloso.
Con motivo de la celebración de independencia las calles parecían más vivas que nunca, había mucha algarabía en la ciudad. Incluso siendo tan temprano la gente ya recorría las coloridas calles.
La familia Midoriya era muy conocida en la colonia, los vecinos habían visto pasar generaciones desde la primera pareja japonesa que se asentó ahí, tenían historia y eran muy queridos. Su hogar era una casa amplia, tenía una fachada rústica de ladrillos rojos que le daba una cálida bienvenida a los visitantes, y los árboles frutales en la banqueta siempre eran una atracción para los vecinos, pues Chiyo repartía las granadas que daban sus árboles en los meses otoñales.
Inko bajó de la camioneta para abrir el zaguán, aunque su madre le había pedido que llamara en cuanto llegarán, Inko no quería molestarla tan temprano.
Izuku tembló de emoción en ese momento más que en todo su viaje, volvían a su hogar. Su padre terminó de estacionar el auto en el patio delantero, resguardado bajo un techo, supuso entonces que sobre ellos se extendían las habitaciones donde dormía su familia. Al bajar y ver la casa en donde creció sintió su felicidad desbordarse de su corazón, no era un sueño, estaba en casa.
Había una puerta en el centro de la casa, a unos metros del patio, por ahí asomó su prima Asui, aun vestida con su pijama y el cabello enmarañado. Ella no corrió a saludarlos como Izuku esperaba sino que corrió de vuelta a la casa gritando:
—¡Llegaron!, ¡ya llegaron!
Izuku escuchó el bullicio proveniente del jardín, unos minutos después su abuela Chiyo, sus tíos Yoichi y Beru, y su primo Tomura salieron de la misma puerta que Asui.
Chiyo llegó tan rápido como sus cansados pies se lo permitieron, en cuanto los alcanzó envolvió a Yagi, a Inko y a Izuku en un fuerte abrazo con el que buscaba transmitirles cuánto los había extrañado. Cuando ella los soltó Inko buscó saludar a sus hermanos.
Su familia no era muy grande, pero todos eran unidos y eso era lo que importaba. La abuela Chiyo tuvo tres hijos; Yoichi, el mayor, se casó con Kudo Toshitsugu, un colega de Yagi, ellos adoptaron a sus dos hijos, Tenko, que tenía la misma edad que Izuku, y Hana. Su tía Beru tuvo tres hijos. Inko solo los tuvo a él y a Ochako.
La pequeña familia conformada por Inko, Yagi, Izuku y Ochako fueron los últimos en llegar para las fiestas, por ello tuvieron que buscarles espacio extra en la mesa que habían instalado en el jardín para desayunar. Hacía mucho tiempo que no se veían y había tantas cosas por contar.
[...]
Luego del desayuno Inko y Yagi subieron a dormir, pero Izuku tenía demasiada energía y curiosidad como para desperdiciar su día durmiendo. Así que se ofreció para acompañar a Ochako y a su abuela Chiyo al tianguis de la colonia.
Los Midoriya vivían a cinco calles de la carretera, sobre su banqueta, a dos calles de distancia, se hallaba un parque con un quiosco en el centro, ese era el punto de inicio del enorme tianguis que se extendía por casi toda la colonia.
Hacía mucho tiempo que Izuku no estaba en un lugar tan ajetreado ni tan colorido como ese. Ochako, al haber pasado ya un mes ahí se aseguró de sujetar bien la mano de su hermano y caminar sin perder de vista a su abuela Chiyo.
La música nueva colmó los oídos de Izuku y preguntó cada vez que alguna le llamó la atención, vio demasiados colores, tanta comida que creyó no tener tiempo suficiente para probar algo de todo.
Su abuela se detuvo en un puesto donde exhibían cazuelas de barro con diferentes tipos de mole.
—¡Buenos días Mary!, ¿ya lista pa’ la fiesta? —preguntó Chiyo.
—Ya estoy bien puesta —respondió Mary— ¿Y ahora, tu nieta se clonó? —preguntó la mujer acomodándose los lentes, pues creía estar viendo dos veces a Ochako.
—No qué, es mi nieto, Izuku, acaba de llegar de Japón.
—¿Nieto?, ¿pues de dónde sacan ustedes tantos niños?
—Pos ya ve.
—Pos si veo, pero que guapo muchacho, ¿te presento a una de mis sobrinas? Así vamos a ser comadres, Chiyo.
Su abuela rio, aunque Izuku comenzaba a sentirse incómodo.
—No, no, no, mejor un sobrino.
—¡Abue! —gritó Izuku sintiendo que su rostro ya se estaba coloreándose de rojo.
—¿A con qué es de esos eh?, pues sí tengo muchos sobrinos, mañana te los presento —bromeó la mujer. Aunque Izuku se sintió mejor, la vergüenza no se fue.
Chiyo encargó un gran pedido de mole para el día siguiente, la señora Mary prometió que se los llevaría en cuanto recogiera su puesto. Luego de despedirse los Midoriya siguieron su camino entre los puestos, la conversación con la señora Mary hizo que Ochako recordará algo importante.
—¡Por cierto! ¡Shoto no ha dejado de preguntar por ti! —gritó emocionada—. ¡Papá los invitó a la fiesta del quince de septiembre, es tu oportunidad!
—Acabas de llegar y ya tienes pretendientes, ¿cómo es posible? —preguntó su abuela.
—No es lo que crees, vino a estudiar aquí y solo somos amigos —explicó Izuku.
Chiyo y Ochako se miraron cómplices. Izuku se puso rojo de vergüenza.
—Ya abue…
Izuku se ocultó entre sus manos mientras caminaban entre los puestos. No recordaba haber estado en un lugar donde sucedían tantas cosas al mismo tiempo, que si pasaba un diablito cargado de cajas con frutas junto a ellos, que si un niño corría entre sus pies, o que algún vendedor de fruta le ofrecía un trozo de sandía mientras gritaba: ¡¿qué le vamos a dar güero?!
Tomó la fruta cuando escuchó que su abuela le preguntaba al vendedor por el kilo de plátanos. Cuando volvió la vista se encontró con su hermana estirándose para saludar con un beso en la mejilla a quien los atendía. Recordaba ese rebelde cabello rubio, pero ya no veía al niño con el que solía jugar fútbol en la calle; había cambiado, sus traviesos ojos carmesí ahora tenían un brillo audaz. El hombre frente a él era enorme, presumía sus músculos trabajados a través de su camiseta de tirantes.
El rubio dejó de prestar atención a Ochako y Chiyo, al girar sus ojos revelaron que él pensó lo mismo que Izuku; el chiquillo pecoso había cambiado…
—Que gusto verte de nuevo, pecas —saludó el rubio extendiendo su mano hacia Izuku.
Izuku la tomó, sintió un chispazo recorrerlo cuando la gruesa mano del rubio apretó la suya.
—S-sí, que gusto verte de nuevo Kacch- Katsuki.
Katsuki lo miró levantando una ceja, no recordaba que Izuku fuera tímido, más bien, lo recordaba como un loro andante, un niño parlanchín con demasiada energía y curiosidad para su propio bien.
—¿Ora qué mi pecas, no te acuerdas de mí o ya te volviste fresa?
—¡¿Eh?!
Izuku puso cara de ofendido. Su hermana solía molestarlo mucho al compararlo con esa fruta por como lucía cuando se sonrojaba y sus pecas resaltaban, lo que justamente sucedió en ese instante. Katsuki y Eijiro, quienes atendían el puesto en ese momento, se doblaron de la risa.
—¡No es gracioso, y ya no me molestes!, ¡idiota!
Con los gritos de Izuku otras personas prestaron atención a la discusión. Izuku no lo sabía, pero Katsuki tenía mala fama por su actitud explosivamente agresiva, más de una vez había participado en peleas dentro del tianguis por defender a su familia o por cuidar su puesto. Por eso los otros vendedores se preocuparon de que se lanzará a golpear al chico extranjero. Lo que sucedió, sin embargo, fue que las risas de Katsuki se convirtieron en carcajadas.
—Ya ya, acaba de volver, Katsuki, no lo molestes. Mejor dame mi fruta —pidió Chiyo.
—Perdón señora, es la costumbre.
Katsuki dejó de reírse para entregarle tres bolsas con frutas a Chiyo. En ese momento, Eijiro, quien se había alejado un momento para atender a otros clientes, volvió a acercarse.
—¿Ya lo invitaste a la fiesta? —le preguntó a Katsuki.
Izuku siguió mirándolos con reproche.
—¿Jalas o qué, pecas? —dijo el rubio.
—¿Qué?
—¡Mañana son los quince años de Eri!, ¡tenemos que ir, Deku! —se unió Ochako.
—¡¿Quince años?!, ¡¿tan rápido?!
—Ya ves, nuestra niña es toda una señorita —siguió su hermana.
—No se preocupen, yo me encargo de que vaya a la fiesta —interrumpió Chiyo—, pero ahorita ya nos vamos porque ya es bien tarde y seguimos aquí chismeando.
—Vayan con cuidado, y los esperamos mañana temprano —se despidió Katsuki, esta vez en un tono más serio.
Mientras su abuela tiraba de su brazo, guiándolo a través de los puestos, Izuku no podía evitar mirar atrás, hacia ese hombre rubio cuya voz sobresaltaba su corazón. No lo sabía entonces, pero la mirada furtiva de Katsuki se colaría sin permiso en su mente una y otra vez.
[...]
El gran día de la fiesta, el sábado 13 de septiembre, mucho antes de que toda la familia se hubiera despertado; Izuku, Ochako y su abuela Chiyo ya recorrían las calles con dirección a la casa de la familia Bakugo, cargados con bolsas de jamaica, mole y arroz, pues la abuela Chiyo se encargaría de cocinar.
Izuku tenía vagos recuerdos de esa calle, la familia Bakugo vivía en una gran casa con un inmenso jardín, que en su interior contenía un árbol de pirul y muchas flores apostadas en el rincón. Recordaba que cuando era niño, Aizawa y su padre instalaron un columpio en el árbol usando una vieja llanta. Kacchan y él solían pasar horas en ese columpio, a veces buscaban enredar la cuerda, luego se dejaban llevar por la inercia de la llanta al girar en el aire. Pasó muchas horas de su infancia riendo a carcajadas en ese jardín, junto a ese chiquillo rubio.
A una calle de distancia del parque de la colonia, a media avenida, se alzaba una enorme carpa de color amarillo, debajo de la cual la familia Bakugo iba y venía acomodando sillas, mesas o adornando.
El portón estaba abierto, los Midoriya entraron sin más; en el jardín encontraron a las mujeres de la familia alrededor de una de las mesas, medio desayunando, medio pelando chícharos y picando zanahorias para el arroz. Los hombres estaban moviendo los refrescos y las cervezas a una enorme tina que luego llenarían con hielos y agua.
Mitsuki Bakugo, la matriarca de la familia, se levantó para saludar a Chiyo, su rostro se iluminó con una radiante sonrisa cuando reconoció los rizos rebeldes de Izuku.
—¡Qué gusto verte, mi niño! —gritó cuando lo envolvió en un abrazo—. Hace tanto que no te veía…
Izuku se dejó hacer, Mitsuki había sido como una segunda madre para él y su hermana cuando eran niños, por eso volver a abrazarla fue un enorme consuelo para su corazón.
Cuando Mitsuki se separó intentó limpiar sus lágrimas, no quería entristecer un día tan especial.
—¡Eri, mira quién llegó! —gritó.
La escena se repitió cuando Izuku vio salir a quien él recordaba como una niña; Eri se había convertido en una señorita, cuando lo abrazó Izuku se dio cuenta que Eri tenía los genes Bakugo, a sus quince años ya era mucho más alta que él.
A Eri sí la sintió llorar en su hombro, era una suerte que aún no hubieran comenzado a maquillarla. Aunque Izuku no sabía que su presencia era todo lo que Eri necesitaba para que su fiesta fuera perfecta.
Para Izuku todo se sentía nostálgico, había pasado mucho tiempo sintiéndose solo, aunque vivía con sus padres y su hermana en Japón, casi nunca comían juntos, siempre estaban ocupados. En cambio esa mañana compartía la mesa con la familia Bakugo, que era más grande que la suya; Mitsuki tenía cuatro hermanos y todos ellos tenían hijos. Izuku disfrutaba de su desayuno mientras escuchaba a la familia bromear, estaban emocionados por la fiesta.
A las once de la mañana todo se volvió agitado, Mitsuki, Ochako, Mina (la novia de Eijiro) y Jiro (novia de Denki) acompañaron a la maquillista a la habitación de Eri, tenían que alistarla antes de la misa. El resto de la familia siguió con los preparativos.
Izuku salió a la calle para acomodar las mesas, ponerles los manteles, los tortilleros y los centros de mesa. Luchaba por arrastrar la enorme caja que contenía los manteles cuando escuchó la voz que había estado buscando toda la mañana:
—¿Sabes qué está pasando en el cielo? —preguntó Katsuki, mientras levantaba la mirada.
Por curiosidad Izuku lo imitó.
—Se les cayó un ángel —remató Katsuki.
Izuku no entendió, miró raro al rubio, Katsuki sonrió, cargó la caja sobre uno de sus hombros y salió a la calle. Al pensarlo con calma Izuku por fin comprendió y su rostro volvió a colorearse igual que una fresa.
Soportando la vergüenza salió a la calle con Katsuki. El rubio mantenía una sonrisa burlona mientras Izuku se movía entre las mesas poniéndoles los manteles.
«Ese idiota solo está molestando, quiere burlarse de mí, no voy a darle el gusto», pensaba Izuku.
Había terminado con cinco mesas cuando se giró de vuelta a la silla donde descansaba la caja, Katsuki tenía un pie sobre ella y recargaba ahí su brazo.
—¡¿No me vas a ayudar?! —gritó Izuku exasperado.
—Es que estoy pensando…
—¡¿En qué?!
—En que estas como para invitarte a dormir, y no dormir —murmuró mirando a Izuku de arriba a abajo.
—¡Katsuki, deja de estar de gay y ya vente a cambiar!, ¡ya va a llegar el fotógrafo! —gritó Denki desde el portón.
—¡Cállate cabrón! —amenazó Katsuki mirando con fiereza a su primo.
De pronto Izuku sintió que volvía a ver al niño problemático de su infancia. Prefirió fingir que no había escuchado los piropos descarados de Katsuki y en su lugar decidió hablar de otra cosa.
—¿Entonces…, además de ser un delincuente a qué te dedicas ahora? —preguntó Izuku mientras tomaba más manteles de la caja.
Esta vez fue turno de Katsuki de mirarlo raro.
—No soy un delincuente pecas… Ahora me tomé un año sabático pero el próximo entraré a la universidad.
—¿En serio?, ¿y qué vas a estudiar?
Sin darse cuenta Katsuki sintió su incertidumbre disiparse, Izuku había crecido, pero seguía siendo el niño tierno de sonrisa radiante que lo había perseguido en su niñez. Esos diez años lejos no rompieron el vínculo que compartían.
—Aún no decido si leyes…, o medicina…
—¡Vaya!, siguen gustándote los desafíos ¿verdad, Katsuki?
—¿Por qué me dices Katsuki?
—Así te llamas ¿o no?
—Para ti soy Kacchan, idiota.
—Está bien, Kacchan idiota, vete antes de que la tia Mitsuki venga por ti.
Katsuki sonrió mordaz, le gustaba ese juego con Izuku.
—Te ayudo con esta mierda y luego me voy —sentenció Katsuki.
Tomó un montón de manteles y corrió al otro lado de la calle para vestir las mesas.
—¡¿Y tú?!, ¡¿además de ser un niño fresa a qué te dedicas?! —gritó Katsuki.
Katuki levantó la mirada para burlarse, desde el otro lado de la calle Izuku levantó su dedo medio medio en una señal obscena, entonces el rubio estalló en carcajadas.
Izuku no pudo ver el vestido de Eri ni a Katsuki de nuevo. Su abuela le había pedido ayuda en la cocina justo cuando la familia Bakugo partió a la misa.
Chiyo había preparado mole con pollo, además la familia contrató un servicio de carnitas, todo para asegurarse que nadie se quedará sin comer. Cuando terminaron de cocinar volvieron a casa un momento para cambiarse, la fiesta estaba a punto de comenzar.








