Oscura Traición [#2]

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Summary

Raiza ya no es la misma. Después de descubrir la traición de quienes más confiaba, se encuentra sola y vulnerable, con solo una certeza: Jace, el chico que siempre creyó odiar, es ahora el único en quien puede confiar. Él es quien la recoge, quien cura sus heridas y la abraza con una intensidad inesperada, pero con él vienen oscuros secretos que podría destruirlo todo. Con un asesino suelto y las traiciones más cercanas de lo que jamás pensó, Raiza tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo donde nada es lo que parece, y cada decisión podría ser la última.

Status
Complete
Chapters
60
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5.0 1 review
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18+

⊰∙∘☽ Capítulo 1: Arena y furia ☾∘∙⊱

JACE

El aire en el salón es espeso, cargado de una tensión que amenaza con romperse. La proyección del video se ha desvanecido de la pantalla improvisada, pero su impacto persiste como una herida abierta. Los murmullos de los invitados se propagan como un incendio, un coro de susurros que mezclan sorpresa, morbo y juicio. Algunos ríen disimuladamente, escondiendo sus sonrisas detrás de vasos de plástico rojo, mientras otros intercambian miradas de incredulidad, sus teléfonos ya grabando el drama que se despliega. La música sigue sonando, un ritmo electrónico fuera de lugar, como un latido errático en medio del caos.

En un rincón, un grupo de chicos de la academia Vanguard se amontona, sus risas crueles cortando el aire.

—¡No puedo creer que hayan grabado eso! —exclama uno, su voz alta y burlona, mientras otro sacude la cabeza, fingiendo indignación, aunque sus ojos brillan con diversión.

Una chica cercana, con el maquillaje corrido por el calor, murmura algo a su amiga, y ambas estallan en risitas nerviosas, sus dedos volando sobre las pantallas de sus teléfonos para compartir el escándalo en tiempo real. La multitud no se dispersa; al contrario, se agrupa más, como buitres atraídos por el olor de la sangre, cada uno buscando un mejor ángulo para alimentar el chisme.

Junto a una mesa decorada con globos plateados, está Olivia, la tía de Raiza. Su rostro, normalmente sereno, está rígido, los labios apretados en una línea dura. Sus ojos oscuros recorren la sala con una furia contenida que hace que los que están cerca bajen la mirada. Lleva un vestido elegante, demasiado formal para esta fiesta adolescente, pero ahora sus manos tiemblan mientras sostiene un vaso de agua, el líquido vibrando en su agarre. Se gira hacia el rincón donde los encargados del equipo audiovisual recogen cables con torpeza, sus rostros pálidos bajo la presión de las miradas.

—¿Quién demonios permitió esto? —suelta Olivia, su voz cortante, lo suficientemente alta como para que varios invitados giren la cabeza—. ¡Es el cumpleaños de mi sobrina, no un circo! ¿Dónde está el responsable? ¡Quiero nombres, ahora!

Uno de los chicos del equipo, un tipo flaco con una camiseta de banda, balbucea:

—No fue mi idea, señora, lo juro. Ellos me dieron el USB, no sé cómo…

Olivia lo interrumpe, dando un paso hacia él, su dedo señalándolo como un arma.

—¡Esto es una vergüenza! —Su tono es una mezcla de indignación y dolor, y aunque su voz no se quiebra, sus ojos brillan con una humedad que traiciona su compostura.

La multitud se agita aún más, algunos retrocediendo ante la furia de Olivia, otros inclinándose para captar cada palabra. Raiza ya no está aquí; salió corriendo por las puertas dobles hace apenas unos segundos, dejando tras de sí un silencio roto por los susurros venenosos de los invitados.

Mis ojos se desvían hacia esas puertas, mi pecho apretado por un nudo de pavor que no puedo ignorar. Pero antes de que pueda moverme, Dante está frente a mí, su respiración agitada, los puños apretados como si quisiera romper algo, o a alguien.

—Eres un maldito bastardo, Jace —gruñe, su voz baja, un rugido que vibra desde lo profundo de su pecho.

Me mantengo firme, aunque el nudo en mi estómago se aprieta más. Mi mirada se encuentra con la suya, sus ojos ardiendo con una furia animal que apenas contiene.

—¿Yo? —respondo, mi tono cortante, apenas audible sobre el zumbido de la multitud—. Porque desde donde estoy, eres tú el que estaba en ese video, no yo. Así que no me vengas con esa mierda.

La acusación de Dante enciende una chispa de rabia en mí, pero antes de que pueda procesarla, él se lanza. Sus manos me agarran por los hombros con una fuerza que no esperaba, empujándome contra la pared de cemento. Mi espalda raspa la superficie fría, y un dolor agudo estalla en mi cráneo al chocar contra el muro. La furia me recorre como una corriente eléctrica, instándome a devolver el golpe. Pero esto es Dante. Mi mejor amigo. No un enemigo.

—Estás fuera de control, hombre —digo, manteniendo la voz baja pero firme, un filo de acero bajo la calma—. Entiendo que estés furioso, pero retrocede. Ahora. No soy yo el que grabó esa mierda ni el que la proyectó frente a todos.

Un movimiento en las puertas me saca de la confrontación. Entre el caos, capto un destello: Derek. Su cabello oscuro brilla bajo las luces estroboscópicas, y esa mirada suya, depredadora y fría, me eriza la piel. ¿A dónde va tan rápido? Mi instinto, afilado por años de lidiar con tipos como él, me grita que algo no está bien.

No confío en Derek. No después de lo que vi en la fiesta de la playa la semana pasada, cuando dejó que Raiza se hundiera sola, observándola con esa sonrisa torcida, como si disfrutara su caída. Y esta noche, la forma en que sus ojos recorrieron a Raiza, lenta y deliberadamente, me hizo querer borrarle esa arrogancia de un puñetazo.

Dante suelta mi camisa, su mirada siguiendo la mía por un instante. Aprovecho para empujarlo, un movimiento rápido que lo hace retroceder tambaleándose. Su expresión es puro caos, una tormenta a punto de desatarse. No puedo dejarlo así. Si lo suelto ahora, va a hacer algo estúpido, como terminar en una pelea o en una celda.

—Oye, escúchame —lo agarro por los hombros, mis dedos apretando con fuerza—. No soy tu enemigo. Tienes que calmarte, irte a casa y dormir esa mierda. Estás borracho, y si sigues aquí, solo vas a empeorar todo.

No estoy seguro de que me escuche. Sus puños están apretados, sus ojos recorren la sala como si cada persona fuera un sospechoso. Está a punto de explotar, y no puedo dejarlo solo en este estado.

—Tranquilo, Jace. Yo me encargo —una voz firme atraviesa el ruido de la fiesta. Es Luna, con su calma característica, aunque sus ojos reflejan una furia contenida. Aaron está justo detrás, su presencia sólida como una roca.

Me giro hacia ellos, mi urgencia creciendo.

—Tengo que seguir a Derek —les digo en voz baja, casi un susurro—. No confío en él. Se fue por esas puertas, y Raiza también.

Luna frunce el ceño, sus labios apretados en una línea sombría.

—Jace, ¿qué demonios está pasando? —pregunta, su voz baja pero cargada de preocupación—. ¿Crees que Derek tuvo algo que ver con esto?

—No lo sé —admito, mi mirada volviendo a las puertas—. Pero lo vi salir justo después de Raiza, y no me gusta cómo la miraba antes. No es de fiar.

Aaron da un paso adelante, su expresión dura.

—¿Quieres que vaya contigo? —pregunta, cruzando los brazos sobre su pecho amplio—. Si ese imbécil está buscando problemas, puedo encargarme.

Niego con la cabeza, aunque agradezco la oferta.

—No, quédate con Dante —respondo, señalando a mi amigo, que sigue temblando de rabia—. No está en condiciones de quedarse solo. Si se descontrola, va a terminar haciendo algo de lo que se arrepienta.

Luna asiente, sus ojos moviéndose entre Dante y yo.

—Está bien, nosotros lo manejamos —dice, su voz firme pero suave—. Pero, Jace, ten cuidado. Ese tipo me da mala espina.

—Lo sé —murmuro, mis músculos tensándose ante la idea de lo que Derek podría estar tramando—. Por eso tengo que encontrarlo. Y a Raiza.

Aaron pone una mano en el hombro de Luna, su expresión seria.

—Llevamos a Dante a tu casa —le dice en voz baja—. Yo me aseguro de que no cause más problemas. Jace, si necesitas refuerzos, avísame.

—Gracias, hombre —respondo, dándole un asentimiento rápido antes de girarme hacia las puertas.

Sé que Luna y Aaron tienen a Dante bajo control. Luna lo quiere como a un hermano, y Aaron tiene la fuerza para sacarlo de aquí si es necesario. Con un último vistazo a mi amigo, que sigue perdido en su rabia, me abro paso entre la multitud.

Pero no es fácil. La entrada está atascada, un mar de cuerpos que no se mueve, todos absortos en el escándalo. Los teléfonos brillan, capturando cada susurro, cada mirada. Nadie quiere irse; el drama es demasiado jugoso. Escaneo la masa en busca de Derek, pero no hay rastro de él. Sin embargo, su auto deportivo, ese maldito faro de arrogancia, sigue en el estacionamiento. Está aquí. Y Raiza también.

Mi corazón late con fuerza, la adrenalina corriendo por mis venas como un río helado. Empujo a un grupo de chicas que ríen, sus risitas como uñas en una pizarra, y me dirijo hacia el borde del patio, donde veo a otra amiga de Raiza, la de los rizos rubios descontrolados, vestida de bailarina. Está sola, mirando hacia la playa, su postura rígida, la mandíbula apretada.

—¿Viste a Derek? —pregunto sin rodeos, sin tiempo para cortesías.

Ella me lanza una mirada despectiva, recorriendo mi ropa con un desprecio evidente.

—¿Y a ti qué te importa? —responde, su tono cargado de sospecha.

No tengo paciencia para esto. La miro fijamente, esperando. Con un bufido, cede.

—Fue tras Raiza. Foster también.

—¿Por dónde? —Mi voz es un gruñido.

Se encoge de hombros, indiferente.

—No vi a Raiza correr. Foster fue por un lado, Derek por el otro.

—Mierda —mascullo, la palabra escapando como un latigazo.

Mi mente corre. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cinco minutos? ¿Diez? No lo sé, pero cada segundo cuenta. El pánico y la urgencia se mezclan en mi pecho mientras me lanzo hacia la oscuridad, decidido a encontrar a Raiza antes de que Derek lo haga.

El tiempo se ha vuelto distorsionado y elástico, estirándose y rompiéndose con cada momento de incertidumbre que pasa.

Corro, abandonando la fiesta caótica por la relativa soledad de la playa.

Llego a la arena mojada y compacta cerca de la orilla, donde es firme y ofrece mejor tracción para la velocidad.

El sudor, cálido y resbaladizo, comienza a gotear por mi columna vertebral y a pegar mi camisa a mi espalda, pero sigo adelante, consumido por una misión singular y desesperada.

El ruido y las luces estridentes de la fiesta se atenúan rápidamente detrás de mí, desvaneciéndose en un zumbido distante y amortiguado.

—¡Raiza! —grito, lanzando la única palabra a la vasta e indiferente oscuridad delante de mí.

Me detengo, con el pecho jadeando, los pulmones ardiendo, el sabor a sal y hierro en la boca.

Espero, esforzándome por escuchar alguna respuesta por encima del murmullo implacable de la marea.

Pero no llega nada.

—Mierda —susurro.

Quizá estoy equivocado. Obviamente se fue por una razón, necesitaba escapar, no quería ser encontrada.

Podría haber subido por uno de los caminos menos usados de la playa, haber pasado por alto la salida principal y haber tomado un Uber.

Con cada célula de mi cuerpo, con una oración desesperada y ferviente, espero que esté acurrucada a salvo en la parte trasera de un coche en este momento, devastada, sí, pero al menos físicamente ilesa y en camino a casa.

Pero no puedo arrancar de mí la sensación enfermiza y ominosa de que no es así.

—¡Raiza! —grito otra vez, más fuerte.

El silencio que sigue no es solo ausencia de sonido; es ensordecedor, una manta pesada y asfixiante que me oprime.

—¡Mierda! —cierro mis dedos en puños apretados con los nudillos blancos, las uñas hundiéndose en mis palmas.

Entonces lo escucho.

Contra el rugido rítmico e indomable del océano, un grito ahogado y débil de pura agonía atraviesa el aire, helándome hasta los huesos, enviando una sacudida de terror helado directo a mi estómago.

El sonido es inconfundiblemente humano, áspero y desesperado.

Mi duda desaparece, reemplazada por certeza absoluta.

Salgo disparado, mis pies golpean la arena cediendo, esta vez directamente hacia el sonido, alejándome de la arena mojada y firme y subiendo a dunas más suaves y traicioneras.

Mi pecho arde, cada respiración es un dolor punzante, mientras me exijo más allá de mis límites físicos, el recuerdo punzante del dolor en aquel grito incitándome, superando mi sentido de autoconservación.

Él la está lastimando. Lo sé. Con una certeza enfermiza, lo sé.

En la tenue y apenas perceptible luz de la luna, una forma oscura e indistinta se mueve en la arena delante de mí.

Se retuerce, rueda, lucha.

Desde esta distancia es imposible distinguir con precisión qué es, pero el miedo primitivo que enciende en mí es inconfundible.

Cambio de marcha, cavando más profundo, encontrando una velocidad desesperada que me hace avanzar a toda prisa, impulsada por una premonición aterradora.

Entonces, los gritos aterrorizados y ahogados de Raiza, que ya no son ahogados, desgarran la noche y llegan a mis oídos una fracción de segundo antes de que mis ojos procesen por completo la escena de pesadilla que se despliega ante mí.

No pienso.

Mi cerebro se apaga por completo, reemplazado por una oleada de puro, inalterado instinto.

Él la tiene inmovilizada en la arena; su peso pesado la aplasta, una mano brutalmente sujeta su boca y nariz, sofocando sus gritos, mientras ella lucha debajo de él como un ave desesperada atrapada en una trampa de depredador.

Una bruma roja desciende sobre mi visión, un filtro empapado de sangre a través del cual solo veo al monstruo y su víctima.

A través de esa bruma incandescente, me lanzo hacia adelante, impulsado por una fuerza que no sabía que poseía.

Agarro a Derek por la parte de atrás de su costosa chaqueta, mis dedos se hunden en la tela, y con un rugido gutural lo arrojo de su cuerpo como si no pesara más que un muñeco de trapo.

Aterriza en la arena más suave a unos metros de distancia con un golpe nauseabundo, el aire violentamente expulsado de sus pulmones, un grito de sorpresa poco masculino escapa de sus labios.

—¡Quédate ahí, pedazo de basura! —rujo, las palabras arrancadas de mi pecho, crudas y salvajes.

Ignorando sus protestas ahogadas y los jadeos por aire, mi atención está completamente en Raiza.

Ella yace de espaldas, completamente quieta por un momento, luego empieza a jadear, su pequeño cuerpo convulsionando mientras lucha desesperadamente por aspirar aire.

Su delicado vestido de princesa está roto, la tela fina está salvajemente rasgada a través de su pecho, exponiendo vislumbres de piel moreteada.

Su falda está subida, enredada alrededor de sus caderas, sus bragas medio bajadas por sus piernas.

Mi estómago se revuelve, una oleada violenta de náuseas y furia.

Caigo de rodillas junto a su cuerpo golpeado y frágil.

Ella parpadea hacia mí, un ojo casi completamente cerrado, un hematoma púrpura que florece rápidamente a su alrededor.

Esa única, silenciosa y llena de lágrimas mirada es todo lo que necesito.

Él la ha golpeado, aterrorizado, la ha llevado a un centímetro de su vida. Y probablemente algo peor. Mucho, mucho peor.

Una rabia pura, al rojo vivo y aniquiladora se desenrolla de algún lugar profundo dentro de mí, una bestia monstruosa desatada.

Me inclino hacia atrás, mis ojos fijos en el cobarde.

Derek se tambalea para levantarse del suelo, sus costosos pantalones aún sin cremallera, un símbolo asqueroso de su intento frustrado. Se agarra el estómago, encorvado como si le doliera respirar.

Espero que sí. Espero que sea una agonía, una fracción de lo que acaba de infligir.

Pero cualquier dolor que tenga ahora no es nada. Absolutamente nada comparado con lo que está a punto de sentir.

Lo levanto el resto del camino, torciendo su chaqueta hasta que está erguido e indefenso, su cara a centímetros de la mía.

—¡¿Qué demonios le hiciste, bastardo enfermo?! —gruño, un rugido roto.

—¿Qué? —se burla, un patético intento de bravuconería, una risa nauseabunda burbujea alrededor de su labio ya partido—. No es nada que no haga contigo en los barrios bajos, ¿verdad? Solo un poco de diversión con una puta como...

Echo mi brazo hacia atrás, y dejo que mi puño vuele directo hacia su mandíbula.

El impacto es nauseabundo, un golpe sordo y húmedo seguido de un crujido agudo y satisfactorio que vibra a través de mis huesos.

Derek aúlla, un grito gutural y animal de puro dolor.

Pero ni siquiera sus aullidos son suficientes. No son suficientes para cubrir los gemidos de Raiza detrás de mí.

Esos sonidos pequeños, desesperados, rotos, no más fuertes que el maullido de un gatito, pero de alguna forma ahogan por completo los patéticos gritos de Derek.

Atraviesan mi rabia, torciéndola más fuerte y más fría.

Vuelvo a echar mi puño hacia atrás. Y otra vez. Y otra vez.

No pienso en nada más que en detener esta pesadilla, en proteger a Raiza a cualquier costo.

Los gritos y sollozos de Raiza se entremezclan con los golpes y jadeos de Derek.

El ruido asqueroso de los huesos al romperse es un sonido distante, una percusión sorda debajo del infierno que ruge en mi cabeza. Ni siquiera siento el dolor explotar a través de mis nudillos, la protesta aguda de mi propio cuerpo contra la fuerza brutal que estoy infligiendo.

Su cuerpo flácido es solo un lienzo para mi rabia. Veo la cara herida de Raiza con cada golpe, su vestido roto, el terror en sus ojos. Sigo golpeando, una y otra vez, queriendo borrar al hombre que lo ha provocado.

Hasta que la pequeña voz de Raiza atraviesa la neblina.

—Jace…

Es apenas un susurro, un hilo deshilachado de sonido en la vasta inmensidad de la playa, casi perdido en el choque rítmico de las olas.

Pero lo es todo. Es el alfiler que revienta el globo de mi furia.

Mi puño, ya retraído para otro golpe, se congela en el aire.

El mundo regresa con un rugido ensordecedor: la sal en el viento, el frío que se filtra en mis pantalones, la respiración patética y gorgoteante que sale de la ruina en el suelo ante mí.

Suelto el cuello de Derek, apartándolo con asco. Se desploma en la arena como una marioneta descartada, una cosa rota para la que ya no tengo uso. Mi atención se centra completamente en ella. Derek deja de existir.

Me arrastro por la arena gruesa y fría sobre mis manos y rodillas, los granos hundiéndose en mis palmas y mis nudillos ya ensangrentados. Está acurrucada en una pequeña bola cerca de las dunas, temblando incontrolablemente. La luz de la luna la pinta en tonos plateados y morados magullados. Me quito mi chaqueta de cuero, el peso familiar un pequeño consuelo, y la coloco con cuidado alrededor de sus hombros temblorosos. Luego, lo más suavemente que puedo, la levanto en mis brazos. Se siente terriblemente ligera.

Logra poner un brazo alrededor de mi cuello, sus dedos débiles y fríos contra mi piel, apenas lo suficientemente fuertes para aferrarse. Su cabeza se desploma contra mi pecho.

Duele… —susurra, la única palabra un aliento de pura agonía que me atraviesa el corazón.

—Lo sé, princesa. Lo sé —murmuro, mi voz áspera y tensa, un patético intento por calmarla—. Solo aguanta, ¿sí? Voy a conseguirte una ambulancia.

Su reacción es inmediata y violenta. Se agita en mis brazos, una lucha frenética y débil que me desgarra el alma. Sacude la cabeza rápido, su cabello húmedo golpeando mi barbilla. Su único ojo bueno —el otro ya está hinchado y cerrado— se agranda, un pozo oscuro de terror puro y primitivo.

—No —grita, su voz cruda y destrozada—. Sin hospital. Lo llevarán allí cuando lo encuentren. Él me encontrará. Lo intentará de nuevo.

Un gruñido comienza en lo más profundo de mi pecho, un retumbo bajo y retumbante de odio renovado.

—La policía, entonces. Llamaremos a la policía.

De nuevo, la desesperada sacudida de su cabeza, esta vez acompañada por un pequeño sollozo ahogado.

Mi lógica interior me grita por dentro. Es su cuerpo, su elección, pero cada instinto protector que poseo ruge para llevarla a un médico. Sus heridas no parecen inmediatamente mortales —un labio partido, un hematoma que florece en su pómulo, el ojo hinchado— pero ¿qué demonios sé yo? ¿Y si hay una hemorragia interna? ¿Una conmoción cerebral? ¿Cien heridas aterradoras que no puedo ver?

—Por favor, Jace —jadea, su pequeña mano agarra la parte delantera de mi camisa—. Por favor, no.

Mierda. La palabra es un grito silencioso en mi mente. ¿Qué diablos se supone que debo hacer? Estoy parado en medio de una playa desierta a medianoche, bañado por la luz fría e indiferente de la luna, sosteniendo en mis brazos a una chica maltratada y casi inconsciente que se niega a la única ayuda que sé cómo conseguir.

Soy inútil. Necesito ayuda.

Mis manos temblorosas finalmente sacan mi teléfono del bolsillo. Mi pulgar, resbaladizo con una mezcla de sudor y la sangre de Derek, se mancha en la pantalla antes de encontrar el contacto. Marco el número de Foster.

Él responde al primer timbrazo, su voz ronca e impaciente.

—¿Qué quieres?

—Prepara el auto —ordeno, mi voz desprovista de todo excepto de un propósito sombrío—. Tengo a Raiza.