El psiquiátrico
Valery entra en la consulta. Se sienta frente al psiquiatra, incómoda. El ojea su expediente y le pregunta de manera suave:
—¿Sabe usted su nombre? —dijo el psiquiatra.
Ella guarda silencio. Su mente es un cuadro en blanco. Solo por un pequeño recuerdo de unos faros.
Sus manos se entrelazan a modo de amenaza, dejando ver sus largas uñas negras. Ella responde:
—No... no recuerdo nada.
El toma nota sin cambiar el gesto, pero ella siente que cada palabra que escribe podría definir su destino.
—Solo... unos faros. Una luz directa para mí. Después... nada.
Valery apretó los dedos contra sus rodillas clavando levemente las uñas en la piel.
—Faros. ¿De un coche? ¿De una habitación oscura? —preguntó el psiquiatra con interés.
—No lo sé... —Valery cerró los ojos y suspiró—. Eran tan brillantes que sentí que me atravesaban.
El psiquiatra escribe algo más. El sonido del bolígrafo la hace estremecerse.
—Está bien. No se esfuerce en recordar todo de golpe —dijo el psiquiatra en un tono suave, casi hipnótico. —La memoria se vuelve en fragmentos, como vidrios rotos. Y a veces... lo que regresa no siempre es lo que esperamos.
Valery lo observa fijamente, un escalofrío le recorre la espalda. Algo en esa frase le suena como una advertencia.
—¿Y si no quiero recordar? —murmuró Valery en un hilo de voz.
—Entonces la memoria encontrará la forma de alcanzarla, quiera usted o no —contestó el psiquiatra con una ligera sonrisa.
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Valery abre los ojos. El techo es blanco, demasiado blanco, con una grieta que parece dividirlo en dos. Intenta incorporarse, pero una punzada le atraviesa la sien.
—¿Dónde...? —susurro Valery.
Gira la cabeza. Está en una cama metálica, con sábanas ásperas. La luz de neón la hiere. En la pared, un reloj de manecillas marca las 8:12. A un costado, una mesita con un vaso de agua y una carpeta cerrada.
La puerta se abre lentamente. Una enfermera entra con paso firme, cargando una bandeja.
—Bienvenida de vuelta. Pensamos que tardaría más en despertar.
Valery la observa confundida. Quiere preguntar, pero las palabras no salen. La enfermera se acerca, ajusta la sábana y coloca la bandeja en la mesa.
—Está en buenas manos. El doctor vendrá en unos minutos. No se esfuerce —sonrió la enfermera de manera breve.
Valery abre la boca, pero lo único que consigue decir es un balbuceo.
—Yo... no... sé... —apretó las sábanas con las manos sudorosas.
La enfermera le roza el brazo como intentando tranquilizarla.
—Shhh... descanse. No se preocupe.
La puerta vuelve a cerrarse. El silencio cae de golpe. El reloj de pared marca un tic-tac insistente. Valery cierra los ojos un instante... y un destello aparece: unos faros acercándose, la sensación de frío metal.
Despierta con un sobresalto. Mira a su alrededor, jadeando. No reconoce nada. No reconoce a nadie. Ni siquiera sabe su propio nombre.
Sus pies desnudos tocan el suelo frío. El reloj en la pared la obsesiona. Avanza hacia la única puerta que hay. Intenta varias veces abrirla sin conseguirlo.
Se da la vuelta: Su respiración se entrecorta. Pone la mano sobre la puerta, como si no estuviera segura de estar en un buen lugar.
—¿Quién... soy? —susurro, tocando se su largo pelo negro.
Se gira hacia la carpeta. La abre. Dentro, hojas con notas médicas, pero las palabras parecen fragmentadas, incomprensibles. En una esquina, escrito a mano: "Observación inicial: amnesia post-traumática".
Antes de poder procesarlo, escucha el chirrido metálico de la puerta. Se sobresalta. Entra un hombre alto, de bata impecable, con gafas redondas y una carpeta en la mano. Cierra la puerta tras de sí con calma.
—Veo que ya está despierta. ¿Cómo se siente? —observó el psiquiatra.
Valery retrocede un paso. Él se acerca y se sienta en la silla junto a la mesa. Abre la carpeta con naturalidad, como si la escena estuviera ensayada.
Valery se aferra al borde de la cama. El psiquiatra la mira con paciencia ensayada, como si ya hubiera vivido este momento muchas veces.
—Las primeras horas son las más confusas. Es normal sentirse perdida —comentó sin apartar los ojos de la carpeta.
—No... no quiero estar aquí —dijo Valery con tono amargo.
Él cierra la carpeta con un chasquido seco. Ese sonido le resulta más amenazante que cualquier palabra.
—Entiendo. Pero usted ya está aquí. Y lo importante no es lo que desea... sino lo que necesita.
Valery lo mira, un estremecimiento le recorrió la piel. Las luces del techo parpadean un instante. El reloj marca las 8:15. Cada minuto pesa como plomo.
—Los faros... el frío... ¿Qué significa? —balbuceo Valery hablando casi para sí misma.
El psiquiatra la observa en silencio. Una leve sonrisa asoma en sus labios.
—Significa que está más cerca de la verdad de lo que imagina.
El aire se vuelve espeso.
—¿Qué... me hicieron? —Valery tembló.
El psiquiatra no responde. Solo cierra la carpeta, la coloca sobre la mesa y se levanta con calma. Sus pasos resuenan demasiado fuertes en la habitación
Abre la puerta y sale, dejándola sola. El clic del cerrojo la hace estremecerse.
Valery se queda paralizada. Sus manos sudorosas se aferran a la sábana. El reloj marca las 8:16.
se queda mirando la grieta en el techo, la respiración entrecortada. El silencio pesa como una losa... hasta que suena una voz dulce...
—No te asustes... yo también estoy aquí —susurró una voz femenina, como desde el otro lado de la pared.
Valery se tensa. Se pone de pie, buscando con la mirada un rostro, una sombra, cualquier cosa.
—¿Quién... eres? —comentó cautelosa.
Una pequeña risa se cuela, nerviosa pero sincera.
—Soy Natasha. Estoy en la habitación de al lado. Las paredes son finas... y por la rendija puedo escuchar la mayoría de cosas.
Valery se acerca a la pared, apoya la palma contra el frío concreto. Su corazón late con fuerza, pero esta vez no de modo defensivo, sino de alivio.
—¿Por qué... me llamaste? —hablo con curiosidad.
—Porque te escuché llorar. Y... aquí nadie debería llorar sola —dijo Natasha con suavidad.
Un nudo se forma en la garganta de Valery. Por primera vez desde que despertó en ese lugar, siente que alguien es sincero de verdad.
—No sé quién soy... no sé qué me pasó —resoplo.
Del otro lado, se oye un golpecito en la pared, como un gesto de complicidad.
—No importa lo que no recuerdes ahora. Importa que estás respirando. Que sigues aquí. Créeme, yo sé lo que es perderse.
Valery apoya la frente contra la pared. Cierra los ojos.
—¿Por qué... estás aquí? —preguntó con amabilidad.
Silencio unos segundos. Luego, la respuesta que llega no es la que quería.
Se escuchan pasos apresurados por todo el pasillo, puertas abriéndose.
Valery sale desconfiada en busca de esa voz que la estaba ayudando. Se encontró a una joven, con rizos castaños y de mirada amable.
—Creo que se acabó la conversación a través de una pared—Natasha rió con suavidad.
—Yo... yo no quiero estar sola, podrías ayudarme a entender todo —casi rogando comentó Valery.
—Tranquila que te ayudaré en todo lo que pueda.
Un silencio cómodo se instala. Por primera vez, el reloj vuelve a sonar: tic-tac, tic-tac. Ya no parece una amenaza, sino una promesa de que el tiempo sigue avanzando.
Valery respira hondo, deja que la calma entre en ella. Y por primera vez desde que despertó, siente algo parecido a la maravillosa tranquilidad..
Valery cierra los ojos y, con un hilo de voz, responde:
—Gracias.