Regreso del año escolar.
Después de unas vacaciones eternas, Erik volvió a la rutina.
Esa mañana se levantó a las cinco, como si fuera un héroe de su propia historia, solo para llegar temprano al colegio.
Quería tener un rato extra con su mejor amiga y su grupito… pero, siendo sinceros, también para echar un vistazo por si aparecía algún chico lindo o uno nuevo.
Este año sería diferente: después de dos años sin siquiera pensar en el amor, estaba decidido a abrir su corazón otra vez.
La brisa fría de la mañana lo acompañaba mientras caminaba por las calles semivacías. Las farolas aún estaban encendidas, y el cielo tenía ese tono azul pálido que anuncia que el día recién despierta. A cada paso, podía sentir la mezcla de sueño y emoción en su estómago.
Cuando llegó a la entrada de la escuela, lo primero que hizo fue buscar entre la multitud a Warenna.
Warenna era una chica difícil de pasar por alto: curvas pronunciadas, cabello negro que le caía en una cascada hasta la cintura, y una habilidad impresionante para lanzar comentarios ingeniosos en el momento justo.
Pero no estaba.
Erik suspiró. No era sorpresa; su amiga tenía una puntualidad cuestionable, y el primer día de clases no iba a ser la excepción.
Aun así, algo en su pecho se apretó. No era solo que quisiera verla… había una inquietud que lo perseguía desde las vacaciones.
Durante el verano, todo había sido relativamente tranquilo… hasta que tuvo un encontrón con una antigua amistad. No cualquiera, sino alguien muy influyente dentro de la escuela. Esa persona siempre tenía a muchos de su lado, como si fuera imposible decirle que no.
El problema fue que la pelea no terminó bien. De hecho, ni siquiera se terminó. Se quedó flotando en el aire, con frases hirientes y miradas cargadas que Erik aún podía recordar con claridad.
Y lo peor: esa persona tenía un talento especial para torcer la verdad.
Si ella inventaba algo —y Erik sabía que lo haría—, la mayoría le creería sin cuestionar.
Ese pensamiento le revolvía el estómago.
Caminó por el pasillo principal con paso lento, como si pudiera retrasar lo inevitable. Algunos compañeros lo saludaban con una sonrisa rápida, otros apenas lo miraban. Notó un par de miradas curiosas que se desviaban justo cuando él las atrapaba, y no pudo evitar preguntarse si ya habían empezado los rumores.
Se acomodó la mochila al hombro, intentando parecer despreocupado, aunque por dentro sentía que estaba en medio de un campo minado.
Fue entonces cuando, a lo lejos, escuchó una carcajada conocida.
No necesitó girar demasiado para saber quién era.
Allí estaba Warenna, acompañada de su inseparable grupo de amigas.
A su lado, Francisca: alta, delgada, con el cabello largo que caía como una cortina sedosa sobre sus hombros.
Cerca de ella, Florencia: una chica pequeña, morena y hermosa, con esa sonrisa que podía iluminar cualquier sala.
Luego, Isidora: de estatura media, piel morena, flequillo perfecto y curvas pronunciadas que llamaban la atención sin necesidad de esfuerzo.
Y, por último, Sarah: castaña clara, con pecas que parecían besos del sol sobre su rostro, tan atractiva que, a primera vista, cualquiera podría jurar que era rusa.
Erik escuchó a Warenna soltar uno de sus chistes subidos de tono, tan fuerte que varias cabezas se giraron hacia ellas.
En cuanto oyó su voz, sintió un alivio tremendo recorrerle el cuerpo.
Era como si, por un instante, todo el peso de la mañana desapareciera.
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