Capítulo 1
En el pueblo, a altas horas de la noche, parecía que nadie lo habitaba, excepto por un lugar: la vieja taberna. Sus lámparas de aceite iluminaban con fuerza, la música del piano apenas lograba cubrir las risas y los choques de los tarros.
Bakugou entró empujando las puertas de madera. Observó a todos a su alrededor con su típico ceño fruncido; la placa de sheriff brillaba en su pecho. Su sola e intimidante presencia bastó para callar a los jugadores de cartas que estaban en el centro del lugar.
Las prostitutas bajaron de las mesas intentando captar su atención, pero de inmediato se arrepintieron con la sola mirada de asco y desprecio del cenizo. El sheriff era un hombre de rectitud: solo entraba a tomar un par de tragos de whisky, vigilaba y después se marchaba.
Como era costumbre, solamente una persona se le acercaría en ese lugar. Lo observaba desde que entró y no le quitaba el ojo de encima.
Izuku, que hasta hacía unos minutos bebía sobre las piernas de un hombre pelinegro, se levantó para acercarse a la barra donde Bakugou se había acomodado.
Se arregló la camisa blanca, tan fina que dejaba entrever su piel. Ni siquiera el frío de la noche lograba clavarse en esa palidez delicada. Sus ojos brillaban con cada paso que daba hacia él.
Al llegar, se relamió los labios rojos justo cuando la distancia se acortaba a unos centímetros. Bakugou giró la cabeza y chasqueó la lengua en cuanto lo notó.
—Otra vez tú, mocoso —gruñó, acercándose a la barra—. ¿No te cansas de ofrecer lo que nadie decente querría?
Izuku soltó una risita baja, se recargó en la barra rozando el hombro del sheriff, y Bakugou no pudo evitar observar la figura tan delicada del chico.
—Oh, sheriff… —murmuró con voz suave y arrastrada—. Si de verdad no me quisiera, ¿por qué cada vez que entro a esta cantina me observa hasta que me marcho?
Bakugou apretó la mandíbula, mirando fijo el vaso de whisky que el cantinero le sirvió.
—Deja de provocarme, Deku —escupió con voz baja y ronca—. No eres más que un puto barato.
Izuku sonrió, encantado de escuchar la rabia que temblaba bajo esas palabras. Se inclinó sobre la barra, acercando sus labios al oído del sheriff, dejando que su respiración cálida lo rozara.
—Quizá sea barato… pero sé exactamente cómo hacer gemir a un hombre como usted.
Bakugou gruñó y lo empujó contra la barra con un movimiento brusco, arrancándole un jadeo de sorpresa. Las risas de fondo se apagaron un instante, pero el rubio no se inmutó; sus ojos rojos ardían.
—No sabes en lo que te estás metiendo, maldito.
Izuku, en lugar de retroceder, arqueó la espalda, dejando que su camisa marcara aún más los músculos de su pecho.
Sonrió con descaro, lamiéndose el labio inferior, y aprovechó para pegar ese enorme culo contra la pelvis del cenizo.
—Entonces enséñeme, sheriff… hágame ver lo que significa meterme con usted.
El silencio dentro de la taberna se volvió espeso, roto únicamente por la risa escandalosa del peli verde. Izuku estaba jugando con fuego con ganas de quemarse por completo.
Molesto, Bakugou lo agarró del brazo, lo levantó y lo arrastró afuera.
—No sabes lo que acabas de hacer…
Izuku trató de zafarse del agarre, pero Katsuki lo sostuvo con más fuerza.
—¿Acaso herí su orgullo, mi querido sheriff?
El chico se burlaba de la situación, mientras Katsuki, lleno de rabia, no lo pensó dos veces y lo llevó directo a la comisaría.
Continuará...








