Prologo
Louis
Dicen que cada omega sabe, en lo más profundo de la piel, cuándo su destino se está acercando. Como si el aire cambiara, como si la tierra se agitara bajo los pies. Yo nunca creí en eso… hasta que cumplí dieciocho.
Nací en una manada pequeña, donde todo estaba marcado: quién lideraba, quién obedecía, a qué edad debías aparearte, qué rol cumplirías. Para la mayoría, era suficiente. Para mí, era una jaula.
Mis días se dividían entre clases en el instituto y las reuniones familiares donde mi madre me recordaba, una y otra vez, que pronto tendría que escoger con quién formar un nido. No importaba que yo soñara con estudiar música, viajar, o simplemente ser libre. Para ellos, mi valor estaba en ser omega.
Y yo odiaba que eso fuera lo único que vieran.
A veces, mientras caminaba por el bosque que rodeaba la ciudad, me preguntaba si había algo más allá. ¿Existía un lugar donde no tuviera que disculparme por querer más de lo que me habían asignado? ¿Dónde alguien pudiera verme a mí, Louis, y no solo a un omega en espera de un alfa?
No lo sabía.
Lo único que sabía era que mis dieciocho años se sentían como una cuenta atrás.
Harry
Ser alfa nunca fue una elección. Nací con ello grabado en cada hueso, en cada mirada que otros me dirigían. “El futuro líder”, decían. “El heredero”. “El fuerte”.
Lo odiaba y lo necesitaba al mismo tiempo.
Con veinte años, ya cargaba con más responsabilidades de las que cualquiera podía imaginar. Mi padre había enfermado, y aunque aún vivía, el peso de la manada recaía cada vez más sobre mí. Todos esperaban que fuera invencible, que tuviera todas las respuestas. Pero la verdad era que me sentía perdido.
Por las noches, cuando el bosque dormía, me quedaba despierto escuchando mi propio corazón. Un corazón que, pese a todo, seguía vacío.
Había conocido a muchos omegas. Algunos dulces, otros orgullosos, algunos con miradas llenas de promesas que nunca me alcanzaban. Pero ninguno había despertado nada real en mí.
Y entonces llegó aquel día.
Un sábado cualquiera.
Una reunión más de la manada en la plaza.
El aire olía distinto.
Y yo no sabía aún que estaba a punto de cambiarlo todo.
Louis
El bullicio de la plaza me envolvió desde que puse un pie allí. El olor de cientos de manadas mezcladas era un torbellino que casi me mareaba: especias, humo, sudor, perfumes, instintos. Me sentía fuera de lugar, como siempre.
Apreté los puños en los bolsillos, deseando pasar desapercibido. Pero había algo extraño en el aire. Un cosquilleo bajo la piel, como electricidad.
Entonces lo vi.
Un alfa de cabello rizado, alto, vestido de negro. Su presencia era como una llamarada en medio de la multitud. Y, para mi desgracia, sus ojos verdes me encontraron.
No apartó la mirada.
No me evaluó como hacían otros.
Me miró como si… me reconociera.
El corazón me golpeó tan fuerte que tuve que girarme. No, me dije. No voy a ser uno más de esos omegas que se doblegan por la mirada de un alfa.
Pero sus ojos siguieron ardiendo en mi mente mucho después de haberme dado la vuelta.
Harry
Al principio pensé que estaba imaginando cosas. Pero no: el aroma me envolvía, fresco y cálido, como hierba después de la lluvia. Me abrió el pecho de golpe, y cuando vi de dónde venía, supe que no había marcha atrás.
Era él.
Ese omega.
De pie junto a un puesto de pan, con un jersey azul y el cabello cayéndole sobre la frente.
Todo mi cuerpo reaccionó instintivamente: el corazón acelerado, el pulso firme, el impulso de acercarme. Pero no era solo instinto. Había algo más. Algo que me decía que esa historia no iba a ser como ninguna otra.
Respiré hondo, obligándome a mantener la calma. Caminé hacia él, despacio.
—¿Está bueno ese pan? —pregunté, fingiendo naturalidad.
Él levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron. Y fue como caer en un abismo.
—Supongo que sí —respondió, encogiéndose de hombros.
Su voz me atravesó como un acorde perfecto.
—Soy Harry —dije.
—Louis —contestó.
Y su nombre se grabó en mí para siempre.
Louis
El alfa sonrió, y por un momento sentí que el mundo alrededor se desvanecía. No había ruido, ni olores, ni gente. Solo esos ojos verdes sosteniéndome con una calma imposible.
—¿Podré verte de nuevo? —preguntó, con una sinceridad que me desarmó.
Parpadeé, sin saber qué decir. Nadie me había preguntado eso sin exigencia, sin posesión.
—Tal vez —murmuré, antes de girarme y alejarme.
Caminé rápido, pero cada paso se sentía pesado, como si algo invisible tirara de mí hacia atrás. Como si dejarlo ahí fuera el primer error de mi vida.
Harry
Lo vi irse. No intenté detenerlo. Sabía que aún no era el momento.
Pero también sabía otra cosa: ese omega y yo volveríamos a cruzarnos.
Porque lo que había sentido no era casualidad, no era capricho. Era destino.
Y su nombre, Louis, ya latía en mí como si fuera parte de mi propia sangre.