CAPITULO 1 《COSTAS PERDIDAS》
12:30p.m.
El reloj marcaba la medianoche.
El sonido metálico del trapeador arrastrándose contra el suelo frío del edificio vacío era lo único que acompañaba a Cass en aquel turno interminable. El olor a desinfectante se mezclaba con el cansancio que llevaba grabado en los huesos. Sus manos, agrietadas y rojas por los químicos, temblaban un poco, pero no se detenían.
Mientras pasaba el trapo por el mismo rincón una y otra vez, su mente no estaba allí. Estaba en el hospital, junto a la cama de su abuelo. Su respiración débil, la mirada perdida en medio del dolor, y aun así la sonrisa forzada que le regalaba cada vez que entraba a verlo....mientras en su cabeza por momentos hacía cálculos:el recibo de luz vencía en dos días,el hospital había enviado otra factura y la medicina de su abuelo no podía esperar mientras que la deuda crecía como una sombra imposible de detener
Cass apretó los labios. Mientras pensaba en todo lo que tenia que pagar igualmente
amaba a su abuelo como un padre, porque en verdad lo era. Todo lo que sabía de amor y cuidado venía de él.
Pero verlo deteriorarse, ver cómo la enfermedad lo devoraba poco a poco, la estaba matando más que cualquier deuda.
Yuzu.
El rostro de su hermana menor apareció en su cabeza como un destello de luz en la oscuridad.y su obsesión y su sobreprotección rozaban lo enfermizo, pero… ¿qué más podía hacer? Si no era ella quien la cuidaba, nadie lo haría.
Cass dejó el trapeador a un lado y miró su reflejo en los vidrios oscuros del pasillo. La pálida muchacha que la observaba parecía otra persona: con ojeras marcadas, cabello rebelde y la espalda encorvada por el cansancio. Una parte de sí misma se preguntaba cuánto tiempo más podría seguir así.
Mientas que ha A kilómetros de distancia, Yuzu se encontraba sentada en el suelo de la pequeña habitación que compartía con su hermana. Los libros abiertos, un lápiz mordisqueado, y la luz tenue de una lámpara iluminando su cabello castaño. Parecía concentrada en sus tareas, aunque sus ojos se desviaban de tanto en tanto hacia la cama vacía de Cass.
Un golpe seco la hizo reaccionar.
—¿El timbre? —murmuró para sí, arrugando la frente.
Dejó el cuaderno a un lado y caminó descalza hasta la puerta. El silencio del pasillo era inquietante, apenas interrumpido por el zumbido de las lámparas viejas del edificio.
Abrió.
No había nadie.
Solo un sobre, perfectamente colocado sobre el felpudo.
Yuzu lo tomó con cuidado. El papel era grueso, sellado y con un sobre perfectamente con un color vino intenso aun asi Yuzu reconoció el símbolo al instante.
BOTEN
Lo había escuchado en las conversaciones a medias de Cass, en los susurros cuando creía que ella dormía. Sabía lo que significaba: deuda, peligro, sangre.
Sus manos temblaban mientras sostenía el sobre. La tentación de abrirlo estaba allí, quemándole los dedos… pero no podía. Algo dentro de ella gritaba que lo que había dentro no era para sus ojos, que el simple acto de romper ese sello sería como invocar una desgracia.
Lo apretó con fuerza contra su pecho, los nudillos blancos del miedo.
—Cass… vuelve pronto —
susurró en la oscuridad del apartamento.
Se dejó caer en la cama, todavía con el sobre entre las manos. El reloj marcaba la medianoche y cada tic-tac sonaba como un recordatorio de que algo estaba a punto de desmoronarse. Y segundos después dejo el sobre en la mesa incapaz de reunir el valor para abrirlo,yuzu retrocedió con el cuerpo rígido y la respiración entre cortada,como si al ignorarlo pudiera borrar la existencia volvió a su habitación y se sentó sobre la cama, aunque sus ojos ya no podían concentrarse en las páginas del cuaderno y se quedó mirando fijamente aquel sobre como si fuera una amenaza latente
Yuzu cerró los ojos, tratando de convencerse de que todo estaría bien… aunque en el fondo, sabía que aquel trozo de papel no traía nada bueno.
2:10 A.M.
Horas después Cass salió del edificio a las dos de la madrugada. El olor a detergente seguía impregnado en sus manos, la espalda le dolía y los pies apenas respondían después de tantas horas de trabajo. La ciudad a esa hora era un monstruo silencioso: calles vacías, faroles parpadeando y un aire helado que parecía cortar la piel.
Caminaba con la vista baja, repasando mentalmente las cuentas del hospital. Cada número era un peso sobre su pecho.
“El abuelo… Yuzu… no puedo fallarles”,
murmuró para sí misma.
Entonces lo sintió.
Ese cosquilleo en la nuca, esa sensación de que no estaba sola. Sus pasos se hicieron más rápidos, pero también lo hicieron los de esa sombra que juraría escuchar tras de ella.
El eco en las paredes de concreto la ahogaba. Quiso girar la cabeza, pero el miedo la clavó al suelo. Las luces de la calle parecían más lejanas, como si el mundo mismo se estrechara.
“¿Me están siguiendo? ¿O es mi cabeza otra vez?”, pensó, tragando saliva.
Cass apretó el bolso contra su pecho y dobló en un callejón, con la esperanza de despistar a quien fuera… pero el silencio que se extendió detrás de ella era aún más aterrador.
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Cass se obligó a girar de golpe.
Las manos le temblaban, el corazón golpeaba tan fuerte que parecía querer escapar de su pecho.
NADA.
El callejón estaba vacío, iluminado apenas por el parpadeo moribundo de un poste de luz.
Pero ella lo sabía. No era paranoia. Esa sensación pegada a la piel, esa sombra invisible que respiraba detrás de ella… alguien estaba allí.
Apretó el paso, casi corriendo, con el eco de sus pisadas retumbando en el asfalto húmedo. No miró atrás otra vez. No quería confirmar lo que ya intuía.
Cuando por fin cruzó al vecindario, las casas bajas y la familiaridad de la zona le dieron un respiro, aunque el miedo seguía clavado en el estómago. Su respiración entrecortada se mezclaba con el silencio nocturno, y el único pensamiento que la sostenía era:
“Llegar a casa. Llegar con Yuzu. Llegar antes de que algo pase.”
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Cass llego a su apartamento temblando del miedo mientras pequeñas gotas de sudor se asomaban por su rostro,Cass empujó la puerta del pequeño apartamento, cerrándola rápido tras de sí como si así pudiera dejar afuera la sensación de ser observada y aquel temor
El silencio la recibió, roto únicamente por el tic-tac del reloj de pared.
En la mesa, bajo un paño cuidadosamente colocado, descansaba la cena aún tibia.
Frente a la habitación Yuzu dormía encorvada sobre los cuadernos, con el lápiz todavía entre los dedos y la lámpara apagada a medias. Sus pestañas largas temblaban como si incluso en sueños cargara con las mismas preocupaciones que Cass.
Un nudo se formó en la garganta de Cass. Avanzó despacio, retiró el lápiz de la mano de su hermana y la acomodó en la cama ligeramente con la suavidad de quien toca algo irremplazable.
Se quedó unos segundos mirándola. Yuzu, con sus facciones dulces, parecía tan frágil, tan ajena a la oscuridad que se cernía sobre ambas. Esa fragilidad era lo único que le daba fuerzas a Cass… y al mismo tiempo lo que más temía perder.
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Cass se dirigío hacia el pequeño comedor y destapó el plato y el vapor tibio le acarició el rostro. Iba a dejar la comida de lado cuando notó algo que no debería estar allí: un sobre color vino tinto intenso , perfectamente doblado, con un símbolo rojo en la esquina.
Su respiración se cortó de golpe. El pulso le martilleaba las sienes. Reconocía ese emblema, lo había visto pintado en muros, susurrado en boca de otros con un miedo que se volvía contagioso:
BOTEN.
El sobre parecía observarla desde la mesa, inmóvil y sin embargo tan amenazante como un cuchillo apoyado en la garganta.
Cass retrocedió un paso, las manos le temblaban, y por un instante deseó no haberlo visto. Su estómago se encogió con un miedo visceral.
Se obligó a mirar hacia Yuzu, dormida e inocente, y ese contraste fue aún más cruel.
Lo último que Cass pensaba antes de dejarse caer en la silla fue que el infierno que había jurado mantener lejos… acababa de encontrar la puerta de su casa.
El ruido de la silla al volcarse contra el suelo resonó en toda la habitación.
Cass cayó con torpeza, las manos aún apretando el borde de la mesa como si se aferrara a no desmoronarse por completo.
—¿Cass? —
la voz de Yuzu cortó el silencio, temblorosa.
La menor apareció en la puerta de la habitación, el cabello alborotado por el sueño, los ojos aún pesados pero abiertos de golpe al ver la escena.
Cass temblaba, con la respiración entrecortada, el sudor frío recorriéndole la frente. Su mirada estaba fija en el sobre, como si aquella hoja de papel fuera un monstruo real dispuesto a devorarlas.
—¿Cass… qué pasa? —
insistió Yuzu, dando un paso hacia ella.
Cass no pudo responder. Ni siquiera se atrevió a mover el sobre. Su cuerpo entero se sentía paralizado por el miedo, pero al mismo tiempo un instinto visceral gritaba que tenía que proteger a Yuzu de aquello.
Lo último que Yuzu alcanzó a ver antes de que Cass bajara la cabeza, ocultando su expresión, fue el temblor desesperado en sus labios, como si estuviera a punto de derrumbarse.
Yuzu entendió entonces que ese sobre… no traía nada bueno.
Cass levantó la cabeza de golpe, con los ojos enrojecidos y desorbitados, y se lanzó hacia Yuzu.
Sus manos temblorosas se aferraron a los hombros de la menor con una fuerza que contrastaba con su fragilidad.
—¿De dónde salió ese sobre, Yuzu? ¡Dime! —
su voz se quebró, rozando entre el grito y el sollozo.
Yuzu, sorprendida y asustada, parpadeó varias veces antes de responder, con un hilo de voz:
—L-lo dejaron en la puerta… tocaron el timbre y… yo no lo abrí, Cass. Lo juro.
Cass apretó los labios con rabia contenida, bajando la mirada hacia el símbolo estampado en el sobre. Ese sello maldito que había heredado de su madre.
Su respiración se volvió errática, y sin darse cuenta, sus dedos presionaban con más fuerza los hombros de Yuzu, como si quisiera sacudirle la respuesta que ya conocía.
—Nunca lo abras… ¿me entiendes? —
murmuró al fin, con un tono bajo pero cargado de terror.
Yuzu asintió despacio, aún con los ojos clavados en los de su hermana. En ese momento comprendió que aquel pedazo de papel no solo era peligroso: era la promesa de que sus vidas jamás volverían a estar en paz.
Cass se obligó a soltar los hombros de Yuzu, sus dedos dejaron la marca leve de la presión sobre la piel de su hermana. La menor, aún con los ojos vidriosos por el sueño, no dijo nada más. Simplemente se giró en silencio, fue hacia la cocina y comenzó a retirar la tapa de los platos para calentarlos en el microondas. El suave zumbido del aparato llenó el silencio incómodo del apartamento.
Cass permaneció de pie, con el sobre en las manos. Era pesado, más de lo que debería ser un simple papel. El sello estampado, el mismo que había visto tantas veces en los recuerdos amargos de su madre, parecía observarla, marcarla como si fuese una presa.
Tragó saliva. Sentía que el aire del apartamento se espesaba con cada segundo que el sobre descansaba entre sus dedos.
Detrás de ella, Yuzu la observaba de reojo mientras el microondas giraba, intentando actuar como si todo fuese normal, como si no supiera que el simple hecho de que ese símbolo hubiera aparecido en su puerta significaba un peligro inminente.
Cass apretó el sobre contra su pecho, con las uñas clavándose en el papel. Por un instante pensó en romperlo allí mismo, arrojarlo al fuego, desaparecerlo… pero sabía que no sería tan fácil. Ese trozo de papel era un recordatorio cruel de que la deuda nunca había muerto.
La campanilla del microondas sonó, cortando la tensión como un disparo.
Cass dio un paso hacia la mesa, con el sobre en la mano, el corazón golpeando con una violencia que parecía quebrar sus costillas.
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Cass se sentó en la silla que antes había caído, el sobre descansando sobre la mesa como un objeto maldito. Sus dedos, rígidos, tanteaban el borde mientras su respiración entrecortada llenaba la habitación. Yuzu, con los platos calientes frente a ella, no se atrevía a moverse ni a pronunciar palabra. Solo miraba de reojo, con la mandíbula apretada, como si el silencio pudiera protegerlas.
El papel crujió bajo los temblores de Cass. Introdujo la uña en la solapa, despacio, como si temiera que aquello despertara a un monstruo. El sello se rasgó con un chasquido seco que resonó más fuerte de lo normal.
Cass abrió el sobre. Dentro había una hoja doblada en dos, el papel era grueso, con un olor penetrante a tinta y tabaco.
La desplegó con cautela.
Las palabras escritas a máquina eran cortas, frías, sin adorno alguno:
“El tiempo se acabó. La deuda no se olvida.
BOTEN.”
No había cifras, no había instrucciones, no había firma. Solo esa amenaza contundente que helaba la sangre.
Cass sintió un mareo repentino, como si el suelo se inclinara bajo sus pies. Sus labios se abrieron, pero no salió sonido alguno. El zumbido lejano de las luces del apartamento fue lo único que escuchó, hasta que el murmullo tembloroso de Yuzu rompió la tensión:
—Cass… ¿qué vamos a hacer?
Cass dobló lentamente la hoja, guardándola de nuevo en el sobre como si así pudiera devolver todo a la oscuridad de donde había salido. Pero sabía que no había marcha atrás.
Se recargó contra el espaldar de la silla, mirando el techo con ojos vacíos, mientras un pensamiento frío y doloroso se clavaba en su mente:
"El pasado de mamá acaba de alcanzarnos."
FIN
《Espero les haya gustado esta primer capítulo muchas gracias por leerlo》