El hombre de hielo

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Summary

Jason Ardentía, el Caballero más leal a la Corona y con más odio hacia las criaturas mágicas, ha sido envenenado por la magia tras ser mordido por un Duende. Es incapaz de entrar en calor y su cuerpo está empezando a cambiar lentamente. Un instinto primario de supervivencia en su mente le advierte de que debe guardar silencio sobre lo que le está ocurriendo, desatando una lucha interna con sus arraigados principios y creencias que le instan a entregarse a sus superiores. ¿Podrá Jason salvarse a sí mismo sin que nadie descubra el hielo que corre por sus venas, o acabará confesando y condenándose a un futuro incierto pero potencialmente fatídico? El hombre de hielo es una historia de fantasía oscura sobre la supervivencia cuando estás rodeado de enemigos y la búsqueda de la identidad.

Status
Complete
Chapters
35
Rating
n/a
Age Rating
18+

Más frío que el hielo

Las desgastadas botas de piel de Jason golpeaban con violencia los profundos y embarrados charcos que habían empezado a formarse en la tierra. Las ramas partidas y las piedras irregulares no le hacían fácil avanzar por el desnivelado terreno, al igual que sus pantalones empapados, que le pesaban el doble que cuando había comenzado la persecución y que habían adquirido un tono azul oscuro debido a la humedad.

Jason jadeaba, pero no aminoró el paso. Su armadura, aquel peto metálico con reflejos turquesas que únicamente cubría su pecho y su abdomen, bamboleaba a cada paso que daba. A pesar de lo minucioso que era con su uniforme, las cuerdas trenzadas que sujetaban el metal a sus costados no habían aguantado las casi dos horas de carrera a través del bosque sin ceder.

Solo quedaba él. El resto de Caballeros de la Corona de su unidad habían abandonado la búsqueda cuando las nubes comenzaron a descargar con fuerza, pero Jason no pensaba permitir que la criatura se escapase. Su rastro era fácil de seguir a pesar de los ríos de agua que corrían a sus pies. Era torpe y descuidada, y por muy ágil y rápida que fuera, Jason sabía que su resistencia no era infinita. Pero tampoco lo era la del Caballero.

Las piernas le ardían y le pedían una pausa. Los dedos de su mano derecha, que llevaban horas soportando el peso de su espada, estaban rígidos y doloridos. Su pecho, que cada vez se movía con mayor esfuerzo y velocidad, le ahogaba en la garganta. Jason sabía que no tardaría demasiado tiempo en agotarse por completo, pero no pensaba detenerse hasta que llegara ese momento.

Tras atravesar un espeso matorral, una sonrisa se dibujó en sus labios. Su esfuerzo no había sido en vano: la había alcanzado. Fue un instante, pero vislumbró entre la maleza y los hilos de agua que caían desde las copas de los árboles, una cola larga y estilizada de color verde, coronada por una pequeña mata de pelo más oscura bajo la que se intuía una forma de punta de flecha.

Aceleró el paso en dirección a la criatura. Rompió con un golpe rápido de su espada la vegetación que le impedía avanzar, y no tardó más de unos pocos minutos en encontrarse frente a frente con ella.

La criatura se volvió con brusquedad hacia su adversario. Lo miró desafiante, con unos enormes ojos amarillos que brillaban con rabia y miedo. Su cabello, largo, sedoso, y del mismo color que las hojas de los árboles que la rodeaban, colgaba de la parte de atrás de su cabeza recogido en una apretada coleta. Sus orejas puntiagudas y el tono atípico de su piel eran lo que la separaban de una aadolescente humana, siempre y cuando uno no se fijara en la larga cola que surgía desde la parte baja de su espalda. Jadeaba mucho más que Jason, dejando expuestas en el proceso dos afiladas hileras de dientes oscuros.

—¡Detente! —gritó Jason con esfuerzo cuando la joven criatura se giró para retomar la marcha.

El hombre avanzó con determinación y la agarró por el brazo. Una sensación de asco y repugnancia le atravesó el cuerpo mientras la arrastraba hacia sí. Dio gracias por llevar los gruesos guantes de cuero negro sobre las manos y así no tener que hacer contacto directamente con ella.

—¡Suéltame! —gritó la criatura con una voz sorprendentemente suave y dulce.

Saltó hacia arriba y, simplemente apoyándose en el brazo por el que la tenía cogida Jason, impulsó sus dos piernas hacia el abdomen cubierto de metal del Caballero, golpeándolo con fuerza con sus zapatillas.

Jason se dobló, dolorido y sin aliento por el inesperado ataque. La criatura cayó al suelo de espaldas, pero no tardó en incorporarse y comenzar a correr de nuevo. El Caballero maldijo en voz baja y se forzó a seguirla, a pesar de que todavía no había conseguido volver a respirar con normalidad.

La lluvia se volvió más densa y gruesa, y un relámpago cegó momentáneamente tanto a la perseguida como al perseguidor. Un trueno lejano retumbó en los oídos de ambos. Jason fue el primero en recuperar la visión. La criatura no había dejado de correr a pesar de la ceguera temporal, y se acercaba inexorablemente al río, cuyas aguas corrían con violencia tras varias horas de diluvio.

El Caballero se obligó a seguirla. No iba a permitir que la corriente se llevara a su prisionera. Una criatura mágica muerta no le servía para nada a la Reina.

Las gotas de lluvia se convirtieron en pesadas bolas de granizo. La tierra se cubrió rápidamente de una resbaladiza escarcha, que las densas suelas de las botas del uniforme de Caballero de Jason no tuvieron ningún problema en sortear, pero contra las que las zapatillas baratas de deporte de la criatura no tenían nada que hacer.

Resbaló, justo en el borde del río. Jason saltó hacia ella cuando contempló como la mitad de su cuerpo se sumergía en las violentas aguas. La criatura se sujetaba con fuerza a la hierba, pero la humedad hacía que fuera incapaz de mantener las delgadas hojas entre sus dedos sin resbalarse. El Caballero atrapó una de sus muñecas y tiró de ella. El granizo en caída libre golpeaba con dureza sus músculos, pero él hizo todo lo posible por que sus dedos no sucumbieran al dolor agudo de cada golpe y la soltaran.

Tiró su espada a un lado. El protocolo real que seguían los Caballeros prohibía que dejaran caer su arma por voluntad propia, pero si no lo hacía, la corriente no tardaría en atrapar a su prisionera. Clavó la punta de sus botas en la tierra y se apoyó en sus rodillas para intentar sacarla del río.

—¡Déjame ir! —gritó la criatura—. ¡Prefiero morir ahogada que acabar prisionera en Las Fortalezas!

Jason la ignoró y siguió tirando de ella, pero la criatura no iba a permitir que su enemigo la salvara. Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, agarró las muñecas del Caballero y se impulsó hacia delante. Abrió la boca, y atravesó la fina tela azulada que cubría el antebrazo del hombre, justo por encima de los guantes, con aquellos finos y desgarradores dientes.

Él, sorprendido por la inesperada reacción de la criatura y por el dolor de la mordedura, la soltó, no sin antes desequilibrarse por el tirón de la joven. La tierra se había convertido en barro, y sobre ella se habían formado corrientes heladas de lluvia que desembocaban en el río. Una de ellas, violenta y súbita, arrastró al Caballero hacia el agua sin que tuviera tiempo para sujetarse a nada. Lo último que vio antes de que su cabeza quedara completamente cubierta por el río, fue cómo la criatura, con la boca llena de su sangre y una sonrisa triunfal y agotada, corría de nuevo hacia el interior del bosque, fuera de su alcance

El agua estaba helada y la corriente era imparable. El cuerpo de Jason ya había sufrido varias horas bajo la lluvia y el viento de aquella tarde de invierno, por lo que sus extremidades estaban demasiado entumecidas para poder nadar con el ímpetu suficiente como para superar la fuerza del río.

Intentó como pudo desabrochar el peto de metal, que lo hundía con su peso. Agradeció que las cuerdas hubieran cedido durante su persecución y logró aflojarlas lo suficiente como para deshacerse de la armadura. Sintió su cuerpo más ligero, pero no lo suficiente como para poder salir a la superficie. El oxígeno iba consumiéndose en sus pulmones, y no tardó en darse cuenta de que iba a morir si no respiraba aire pronto.

La certeza de la muerte le llegó mientras luchaba contra la corriente. Consiguió sacar brevemente la cabeza, pero al intentar respirar, lo único que logró fue tragar una gran bocanada de agua sucia y fría. La mordedura del brazo le dolía cada vez más. Era un dolor quemante, que poco a poco fue dando paso a una gelidez insoportable. Su cuerpo se volvió a hundir por completo en el fondo del río mientras el frío avanzaba por su brazo. No tardó en extenderse hacia su pecho y, a partir de ahí, recorrió todo su cuerpo como si fuera veneno. Jason convulsionó bajo el agua, haciendo esfuerzos sobrehumanos por no respirar con cada espasmo.

Nunca había sentido tanto frío en su vida. Ni siquiera sabía cómo estaba siendo capaz de soportar aquella horrible sensación. El agua, la lluvia, el granizo, la herida, el río, la corriente, la noche… Era como si toda la frialdad de aquellos elementos se hubiera concentrado en su cuerpo y lo estuviera consumiendo.

A las convulsiones del frío se le sumaron las de la falta de oxígeno. A pesar de que sabía que no le quedaban más de unos segundos antes de perder el conocimiento, en lo único que podía pensar era en escapar de aquel veneno helado que se había apoderado de él.

Gritó bajo el agua, de impotencia, de dolor, de desesperación. En su grito, le ordenó al frío que se marchara, que saliera de su cuerpo. Y el frío obedeció.

Todo a su alrededor se volvió negro durante unos instantes. Jason, con la poca conciencia que era capaz de mantener, sintió como su cuerpo recuperaba el calor perdido, a la vez que lo envolvía una extraña gelidez. Respiró, y no fue agua lo que entró en sus pulmones, sino un aire helado pero lleno de oxígeno.

Abrió los ojos. Ya no estaba bajo el agua. El río, o lo que parecía el río, se encontraba cubierto por cientos de estructuras de hielo irregulares que emergían directamente desde el fondo. Jason estaba sentado sobre una gruesa capa de hielo que se extendía hasta el borde del río, y que se continuaba a través de la arboleda sin que fuera capaz de visualizar el final de la misma.

Respiró profundamente, intentando recuperar el oxígeno que había perdido. El aire vino acompañado del frío que se había escapado de su cuerpo. Se introdujo en sus pulmones y volvió a recorrer cada una de sus fibras, como si solo hubiera salido a dar un corto paseo.

Jason tosió y se estremeció, intentando expulsar esa frialdad que le había invadido de nuevo, pero no tuvo éxito. La cabeza le empezó a dar vueltas y el bosque se fue volviendo cada vez más oscuro. Y entonces, perdió el conocimiento.