Capítulo I
No sé cómo empezó todo. Supongo que nací, existí y, de alguna forma, terminé aquí, atrapada en esta etapa rara que llaman adolescencia. En esta sociedad, todos quieren ponerte un lugar: la adorable, la tierna. O la tonta, la inteligente. Odio las etiquetas. Las malas me cortan como cuchillos, haciéndome sentir que no valgo nada. Y las “buenas” me hacen sentir que debo ser alguien que no soy, solo para complacer a los demás. Quiero encontrar mi lugar, uno que sea mío y no el que otros decidan por mí. Pero esa búsqueda me asfixia, porque una voz en mi cabeza no para de gritar: “Todos te están mirando”. Y entonces, el miedo se cuela, sigiloso, como un ladrón.
Mientras pensaba en eso, escuché a alguien llamarme desde el otro lado del pasillo del colegio. Era Marco, mi mejor amigo, corriendo hacia mí con esa energía que parece infinita. Él sabe lo de mi bisexualidad. Cuando le conté no me juzgó; solo escuchó. Después de todo el bullying que sufrí, que me hizo cerrarme al mundo, Marco fue el primero en mostrarme que la amistad podía ser un lugar seguro.
—¡Hey, Jane! ¿Cómo estás? ¡Tengo un chisme buenazo! —gritó, casi chocando conmigo.
—Estaba de maravilla hasta que llegaste —le solté con una sonrisa sarcástica. Su cara de cachorro triste me hizo reír—. Nah, bro, estoy re feliz de verte. TKM. ¡Suelta esa noticia!
—Eres mala, jajaja. ¡Ya me habías asustado! Bueno, ¿ya te enteraste? ¡Mateo y Elena son pareja!
Ouch.
Y ahí vamos otra vez. Persona de la que me enamoro, persona que termina con alguien más.
—Me alegro por ellos —mentí, forzando una sonrisa que ni yo me creí.
—¿Estás bien, Jane? —Marco me miró con esos ojos que parecen leerte el alma—. No me digas que tú...
Asentí, y no hizo falta decir más.
—Lo siento mucho, Jane —dijo, con esa voz suave que usa cuando sabe que estoy rota por dentro.
Y así, otro día más que simplemente pasó, buscando un lugar donde encajar.