CAPÍTULO UNO
Si te atrae el lado oscuro de la fantasía, con licántropos feroces, has llegado al lugar indicado.
Las noches sin descanso y la danza inquieta de mis pensamientos me habían impulsado hasta este punto: la última fila de un camión casi destartalado, rumbo a un destino incierto, pero con un propósito inquebrantable: encontrar a mi hermana.
Esta vez, el peligro no tenía forma definida, solo una sensación incómoda que se había instalado en lo más profundo de mi ser, consumiendo mi tranquilidad y sembrando la amarga certeza de mi propia culpa.
Mi error fue no aferrarme a Florencia cuando debí hacerlo, ya que, estúpidamente, pasé por alto todas las señales de alerta que se encendieron cuando ese hombre apareció en casa y se presentó como su pareja. Todo en él era extraño: su forma de comunicarse, tan pobre y cerrada; su expresión corporal, severamente rígida. Opté por ignorar su presencia en ese momento y no cuestionar su relación; después de todo, Florencia nunca había puesto objeciones a las mías.
Sin embargo, ese fue el punto de inflexión. Gradualmente, la luz en los ojos de mi hermana se fue apagando, marcando el inicio de una dolorosa transformación. La mujer alegre y explosiva que era se esfumó, dejando en su lugar a una persona distante, silenciosa, desconfiada, una extraña en el cuerpo de Florencia. Desaparecía por días sin dar señal de vida y, al regresar a casa, no contaba con energía para nada, ni siquiera para comer o ducharse.
Su repentina decisión de casarse con ese hombre terminó sellando su destino en una boda apresurada a los pocos meses; aquello fue la confirmación a mis peores temores. No existieron más dudas en mi mente: Hans era el causante de su declive. Y yo, sin ofrecer resistencia, había entregado a mi hermana a los brazos de su verdugo.
Su boda fue simple, un evento apresurado, desprovisto de preparación e invitados por parte del novio, el cual no pude detener a pesar de mis intentos.
Al día siguiente de la ceremonia, Florencia se había ido, dejando atrás toda su vida como una fugitiva, escapando de la ley, pues no dejó ninguna carta de despedida o contacto telefónico; simplemente se marchó. Y yo no pude quedarme de brazos cruzados esperando algún día su regreso; la asfixiante necesidad de saber si estaba a salvo alimento mis largas noches de insomnio.
Entonces comencé una búsqueda silenciosa, una desesperada recolección de fragmentos de información que me llevaran a su paradero, y tras meses caóticos sin éxito, una de sus libretas reveló un nombre: Loupmont. Un sitio remoto en el norte, de clima extremo y escasos habitantes, según la información que internet pudo ofrecerme.
Con esa única pista tangible, no dudé en emprender este viaje contra toda esperanza, aferrándome a ella como un náufrago a un trozo de madera.
El frío era punzante, cada ráfaga de aire era una aguja que se clavaba en mi piel. La compañía era limitada; no creo que fuéramos más de doce pasajeros, la gran mayoría protegida en gruesas ropas. Yo, en cambio, apenas contaba con un gastado abrigo de cuarenta dólares, una defensa patética contra el frío tenaz.
Necesitaba llegar a Loupmont antes de morir por hipotermia.
Con un suspiro de agotamiento, me dejé caer contra la ventanilla, golpeándome con el cristal helado. Este era mi tercer autobús, y la esperanza de que fuera el último era lo único que me mantenía optimista en mi desesperación.
Justo entonces, el chillón sonido de mi móvil destrozó la serenidad monótona del momento. Casi al unísono, las cabezas se giraron, clavando sus miradas furtivas en mí, y una oleada de vergüenza me recorrió. Rebusqué el aparato con manos temblorosas para silenciarlo, pero la imagen de mi abuela en la pantalla ya no podía ser ignorada.
—Regresa en este preciso momento —pidió con voz firme, la mala cobertura, no ocultó su comprensible enojo. Al irme de casa, no tuve más alternativa que ocultarle mi verdadero destino; salí fingiendo que visitaría algunos conocidos, pero la mentira fue descubierta en menos de dos días.
Mi abuela no era nada ingenua; ya intuía mi destino. Y, a diferencia de mi angustia por Florencia, a ella no le importaba en absoluto el peligro que su nieta pudiera estar experimentando. Para ella, olvidarse de la familia era un inevitable gaje del matrimonio.
—Lo haré el martes, nana —respondí a su petición, con un hilo de voz.
—¿Dónde te has metido, Jane? ¿Qué estás haciendo?
—Lo correcto. Necesito ver a Florencia, entender por qué se fue de esa manera, y si ese miserable tuvo algo que ver; no dudaré en ocuparme de él si es necesario.
—¿Qué dices, hija? ¿No te das cuenta del daño que puedes causar? Florencia ya hizo su vida, tomó sus decisiones y, claramente, no nos quiere cerca; debemos aceptarlo, Jane. No puedes simplemente irrumpir en su hogar como si tuvieras derecho, no puedes. —Su voz era una súplica, teñida de resignación.
—Abuela, por favor.
—¿Al menos lo sabe tu padre? —¿Cómo iba a saberlo si siempre estaba ocupado aceptando cualquier misión con tal de no pisar nuestro hogar? Porque, antes de ser padre o hijo, prefería su asqueroso título de Coronel, como toda esa basura de honor y respeto. Mi desprecio por él era palpable.
—Verificaré que todo esté en orden y regresaré a casa; él no tiene por qué saberlo, ¿de acuerdo?
—Jane... —Era claro que no íbamos a llegar a ningún acuerdo; mi abuela era una mujer firme a su palabra, por lo que no tuve más remedio que cortar la llamada.
[...]
Al llegar a Loupmont, me vi envuelta en un bosque inmenso, donde los árboles cubrían la mayor parte del terreno, ascendiendo por las montañas y dejando poco espacio para lo que se podría considerar un poblado. La zona era bastante fría, incluso tratándose de verano, y algo deshabitada, según los murmullos de los hostiles pasajeros; las viviendas se encontraban dispersas en el interior del bosque. Y, si no fuera por la ayuda forzada del chofer, a quien había obligado a indicarme el camino, no habría podido localizar un hostal, el único signo de vida cercano a la ruta.
—¡Dios mío! —Por más que me esforzaba, no lograba entender cómo Florencia pudo cambiar nuestro vibrante y cálido Auxfre por esta insípida caja helada. Estaba claro que algo en su cabeza no andaba bien.
Dentro, el hostal lucía como un sitio anclado en una época olvidada, con cuadros cuyas figuras apenas se distinguían bajo el cristal, un eco sombrío de tiempos mejores.
—¿Necesitas algo? —Mi observación fue interrumpida por un joven tras el mostrador, su rostro reflejó sorpresa genuina, como si mi llegada fuera un evento inesperado, lo cual me hizo suponer que el turismo del sitio era pobre. Sus ojos, aunque curiosos, tenían un brillo extraño.
—Busco una habitación. ¿Tienen disponibilidad? —Pregunté con una sonrisa amistosa, intentando sonar amigable.
—Depende... ¿Podrías mostrarme tu identificación?
—Por supuesto —Al acercarme para entregarle mi cédula, noté que estaba acompañado por una anciana, quien vigilaba nuestra interacción a unos cuantos metros. La desconfianza en los ojos de la mujer me invadió, causando que retrocediera instintivamente. Le sonreí forzosamente, intentando demostrar que no era una asesina en serie o una prófuga, sino una simple joven vacacionista.
—Hemos tenido problemas con visitantes; suelen ser demasiado revoltosos. Debes saber que nuestra comunidad es tranquila, no apreciamos el alboroto. ¿Por cuánto tiempo piensas quedarte? —La voz del joven era rasposa, pero firme.
—No mucho, estoy buscando a alguien.
—¿A quién buscas? —La conversación se detuvo abruptamente ante la intervención de la anciana, quien con un movimiento ágil, le arrebató mi identificación al hombre para después devolvérmela. Al estar más cerca, pude detallar su apariencia: no pasaba de los setenta años, pero sus ojos eran sorprendentemente jóvenes, brillantes y de un color singular, casi sobrenatural. Un instinto me impulsó a examinar también los ojos del hombre, donde ese mismo brillo peculiar ardía con fuerza.
—Abuela, por favor... —Intentó detenerla el sujeto, con súplica.
—Silencio, Josh. Yo me encargo. ¿A quién buscas en Loupmont, jovencita?
—Busco a Florencia Lerici. Se mudó aquí hace poco. ¿La conoce?
—¿Vienes del sur? —Continuó su interrogatorio, con un tono que no admitía réplica, penetrando mi fachada.
—Así es. —Mi aspecto lo delataba: mi piel ligeramente bronceada contrastaba con su palidez, acostumbrada al frío que a mí me tenía temblando e incluso debilitaba mi voz, que apenas era un murmullo.
—No deberías estar aquí. Una joven sola corre muchos riesgos en lugares como este —su advertencia fue tan similar a un regaño cotidiano de mi abuela, pero cargada de una oscura verdad—. Quizá no lo hayas notado, pero estamos aislados, sin señal. El camino que tomaste es nuestra única conexión con el exterior; ese autobús solo aparece cada dos semanas. Para alguien de fuera, Loupmont puede ser un callejón sin salida, querida. Te ofrezco una habitación por esta noche, pero bajo ciertas condiciones. —Asentí, desesperada.
—Muchas gracias. En verdad necesito encontrar a Florencia, es mi hermana; compartimos la misma estatura, su cabello es más claro y sus ojos son azules. Tal vez la ha visto por aquí.
—Hace unos meses llegó una mujer del sur. Pero no la encontrarás en el pueblo. Se casó con un amaruq akpik.
—¿Un qué? —Balbuceé, la palabra extraña resonando en el aire.
—Sujetos que viven en las montañas, lejos de aquí, a más de treinta kilómetros. Para una foránea como tú... sinceramente, no veo cómo podrías llegar hasta su zona, considerando la ruta y el clima. Es prácticamente imposible. —Su voz era definitiva, como un muro inquebrantable.
—Lo haré. —No tenía intención de rendirme tras todo lo avanzado—. Digo, si me permite quedarme unos días, hasta que encuentre la manera de llegar allí, se lo agradeceré y le pagaré lo que pida.
—Solo te quedarás esta noche. Mañana, al amanecer, hablaré con nuestro líder, y su palabra decidirá tu destino aquí.
—¿Puedo hablar con él también? Tal vez si le explico...
—No creo que sea necesario —Cortó mis palabras al tomar un juego de llaves de un mueble alto—. Habitación trece. Después de las nueve, ni se te ocurra salir. Tenemos otros huéspedes, así que debes ser silenciosa, y evita cualquier contacto con ellos; son gente reservada. ¿Tu nombre?
—Jane, Jane Lerici.
—Susan Thomson. Cincuenta la noche, con comida.
—Bien. —Mi voz sonó extrañamente plana.
—Sígueme. —Tomé mi bolso y la seguí. El hostal se desvelaba más anticuado a cada paso, lejos de cualquier lujo y ofreciendo apenas los servicios básicos. ¿Dónde me había metido? Aunque la fe no era lo mío, mi corazón lanzó una silenciosa súplica, esperando protección en este bosque que parecía un mundo aparte, escondiendo secretos insólitos. —¿Te gusta la carne? —La pregunta fue repentina, a lo que respondí sin pensarlo.
—Claro.
—Me alegra oírlo, es lo único que se come por aquí, carne totalmente fresca. Voy a traerte más sábanas; las necesitarás, y también un calentador; pareces al borde de la hipotermia, sureña. —Hasta ese momento, mi cuerpo había actuado por inercia, pero sus palabras me hicieron notar la verdad: mi respiración se encontraba agitada, mis piernas no dejaban de sufrir espasmos, y la palidez de mis manos visibles era alarmante, un frío que calaba hasta los huesos.
—Gracias...
—Debes estar agotada, ¿verdad? Un viaje hasta aquí no es cualquier cosa. ¿Cuántos días te tomó?
—Tres.
—¿Y has comido algo?
—Sí —Murmuré.
—Oh. —Su andar se detuvo bruscamente al borde de una deteriorada escalera de madera, la cual parecía ser el enlace directo con las habitaciones—. El Líder ya sabe que estás aquí; viene en camino.
—¿Qué...? —Balbuceé, retrocediendo, un escalofrío de alarma recorriéndome la espalda—. ¿Cómo? —insistí, intentando ganar distancia de ella, cuya mirada parecía ausente, con una extraña y gélida serenidad.
—Bueno, es decir... puede que alguien te haya visto; es seguro que ya viene para acá.
—Debe ser. —Mi respuesta fue corta. La extrañeza de la mujer no era algo que podía pasar por alto; algo no estaba bien, podía sentirlo, de algún modo, una premonición oscura.
—Última habitación del pasillo, sube y descansa. —Me dio las llaves, su toque fue frío y breve, retomó su camino con cierta prisa. A lo que obedecí sus palabras y subí al segundo piso. La última puerta del pasillo, ostentó el número trece, y como si se tratara de un refugio seguro, me dirigí a ella, mis pasos resonando en el silencio opresivo.
Mis dedos entumecidos y ansiosos forcejearon con la cerradura, provocando una exasperante contienda hasta que, con un sonido seco, la puerta cedió. No esperaba demasiado de la habitación, y aun así logró decepcionarme; una cama desvencijada, una diminuta ventana, un sofá en mal estado y un armario entreabierto fue lo que encontré. Suspiré con cansancio al cerrar la puerta tras de mí. Todo era tan raro...
Empezando por el chofer del autobús, que se negó a bajar de su unidad, y simplemente me indicó la dirección del hostal de una forma torpe, tan apresurada. Estoy segura de que pude oírlo encomendar mi alma a Dios, como si estuviera cometiendo el peor de los pecados por quedarme en Loupmont. Seguido de los pasajeros, quienes me trataron como una apestada, no tuvieron el valor de mirarme, mucho menos me dirigieron la palabra. Y ahora, este curioso sitio.
Peligro, mi instinto gritaba la advertencia, resonando en cada fibra de mi ser. Sin embargo, la necesidad de encontrar a Florencia era más fuerte que cualquier temor, pero...
—¿Y si todo este viaje era inútil? ¿Y si Florencia no estaba aquí? ¿Y si algo me llegara a ocurrir, cómo lo sabría mi abuela? Prácticamente, estaba varada en un desconocido bosque. ¡Maldición...! —Necesitaba tranquilizarme; me estaba dejando llevar por la paranoia, cuando todo tenía una explicación. Tal vez el comportamiento peculiar de estas personas se debía a que eran una comunidad muy unida y, por lo tanto, protectora de los suyos, por supuesto. Además, el actuar de Susan me recordaba tanto al de mi abuela, perdida en su propio laberinto temporal. Todo iba a estar bien. Solo necesitaba descansar. Mis fuerzas estaban al límite y mañana las necesitaría intactas, dado que buscaría la forma de llegar a donde sea que se encontrara Florencia. Asimismo, debía hallar una manera de comunicarme con mi abuela para que supiera mi ubicación. En algún lugar debía haber algo de señal.
En un gran esfuerzo llegué a la cama; sin quitarme los zapatos me cobijé en las sábanas impregnadas con olores fuertes y extraños. —Joder. —Podía soportarlo. Cerré los ojos esperando caer en profundo sueño, y así fue. Hasta qué golpes insistentes y autoritarios me despertaron de golpe.
—¿Susan? —Solo podía tratarse de ella.
—Abre. —Pero no era su voz cansada, sino la de un hombre. Su nieto, razoné, y por ende me posicioné frente al umbral, anhelando que tras la madera, el joven cumpliera las promesas de su abuela, trayéndome sábanas y ese dichoso calentador. Pero al girar la manija, la realidad me desvió abruptamente de mi deseo, dejándome expuesta ante un desconocido de altura intimidante, que me paralizó con su presencia y no dudó en ridiculizar mi sorpresa. Su mirada, fría como el hielo, se clavó en mí.
—Susan mencionó tu juventud, pero no imaginé que fueras tan joven. ¿Cuántos años tienes? —Su voz grave e imponente resonó por todo el pasillo, un eco profundo que no logró despertarme del hechizo impuesto por sus ojos verdes. Tan intensos y penetrantes, como la mirada de un depredador.
Amaruq Akpik significa "Lobo negro" en la lengua inuit, proviene de las comunidades indígenas del norte de Canadá. En el contexto de la novela, Amaruq Akpik es el nombre que identifica a la manada de la que Hans es miembro. Se les describe como lobos poderosos, dotados de una fuerza indomable y dones salvajes que han sido excepcionalmente desarrollados.
