QUÉDATE CONMIGO

Summary

Byun Baekhyun sabe muchas cosas. Sabe cuántos pasos hay desde la parada de autobús hasta su casa, que le gusta trabajar en el café Universe… y que quizá no quiere tanto a su novio Minho. Lo que no sabe es que su vida está a punto de cambiar de formas que nunca imaginó. Park Chanyeol sabe que un accidente le arrebató las ganas de vivir, que todo le parece insignificante y triste… y también sabe exactamente cómo planea ponerle fin. Lo que no sabe es que un omega despistado está a punto de irrumpir en su mundo gris con una explosión de color. Y ninguno de los dos sabe todavía que va a cambiar el mundo del otro para siempre. ¿Hasta dónde llegarías por la felicidad de quien amas, si eso significa romperte en pedazos?

Genre
Drama
Author
VictoriaCB
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Seúl. 29 de marzo de 2017.

Cuando Chanyeol salió del baño, el vapor todavía colgaba en el aire como un velo. Se secó el pelo con la toalla y, al mirar hacia la cama, se quedó un instante embelesado por la imagen que lo recibió: Kyungsoo semidesnudo recostado de lado.

Su contorno perfecto se marcaba bajo la tela de una de sus camisas abotonada hasta la mitad, dejando sus blancas piernas desnudas. Hojeaba distraídamente algunos folletos de viaje. El aroma del omega a jazmín y mandarina apenas se alcanzaba a percibir, ahogado por su propio olor a sándalo y pimienta negra. Un placer posesivo se instaló en su pecho, como si la camisa fuese la huella tangible de su relación. Como si su olor lo declarara suyo.

El omega levantó la vista del folleto y lo miró con un mohín infantil en su boca rosada. Quizás era un poco mayor para esos gestos, pero todavía le resultaba encantador en todas sus formas.

—¿De verdad tenemos que hacer senderismo por las montañas o lanzarnos por barrancos? —preguntó, señalando las actividades—. Son las primeras vacaciones que pasamos juntos y aquí no hay ni un solo plan de pareja.

Tiró los folletos sobre la cama y estiró los brazos perezosamente por encima de la cabeza. La voz ronca delataba las horas robadas al sueño, con los gemidos aún marcados en su garganta. A Chanyeol le vino a la mente una imagen demasiado vívida de la noche anterior que lo hizo sonreír.

—¿Qué tal un balneario de lujo en Bali? —propuso Kyungsoo—. Podríamos tumbarnos en la arena… —Gateó hacia él con una sonrisa traviesa—. Pasar las horas como reyes… imagina esas noches largas y relajantes.

El alfa se había acercado al borde, disfrutó que el omega le enredara los brazos en el cuello y le devolvió un beso lento.

—Soy incompatible con ese tipo de vacaciones. Necesito acción —murmuró, apretando el trasero desnudo de su chico.

—¿Como lanzarte de un avión?

—No lo descartes hasta probarlo.

El omega hizo una mueca de disgusto, pero era tan hermoso que le resultaba difícil no disfrutar de todas sus expresiones.

—Creo que puedo sobrevivir sin probarlo. Gracias.

Chanyeol rio y lo empujó sobre la cama, cayendo encima de él para besarlo con hambre. No se cansaba de tenerlo entre sus brazos; habría querido hacerlo suyo otra vez, pero la alarma del teléfono interrumpió, recordándole que eran las siete y debía irse a la oficina.

Con desgana se incorporó y miró la larga lista de mensajes que saltaban en la pantalla. Después de todo, era un miércoles como cualquier otro.

—Lo terminaremos en la noche, cariño —murmuró, poniéndose en pie—. Tengo que irme.

Unos minutos después, ya vestido con su elegante traje a medida, se acercó para despedirse con un largo beso. Kyungsoo le acomodó la corbata y Chanyeol respiró su olor como quien busca una droga, permitiéndose un segundo de calma.

—¿Sigue en pie lo del fin de semana? —preguntó el omega mientras se desnudaba para meterse a la ducha, demasiado consciente del efecto que su cuerpo provocaba, y disfrutando su perversa crueldad.

Chanyeol gruñó y se obligó a dar pasos hacia la puerta antes de caer en la tentación.

—Depende de lo que pase con este trato. Todavía existe la posibilidad de viajar a Tokio.

—Bueno, yo pasaré mi fin de semana desnudo en el yate, tú decides si me acompañas o no. —Kyungsoo corrió antes de que pudiera atraparlo y le lanzó un beso al aire—. ¡Te amo, cariño! —gritó antes de cerrar la puerta del baño con una carcajada.

Chanyeol masculló una maldición, se acomodó el pantalón y salió con la sensación de que ese omega lo iba a volver loco.

En el ascensor finalmente leyó los veintidós mensajes en su IPhone, el primero de los cuales había llegado de Tokio a las 3:42 de la mañana. Un problema legal urgente, lo bastante grave como para alterar todos sus planes.

—Buenos días, señor Park.

El guarda de seguridad salió de su cubículo con una enorme sombrilla negra en la mano. Caminó a su lado, con media sonrisa en el rostro por la distracción del alfa.

—¿Cómo va todo, Ravi? —preguntó por inercia, sin apartar la vista del celular.

—Terrible, señor. Llueve a cántaros.

—¿En serio?

Chanyeol se detuvo. Como para confirmar las palabras del portero, una ráfaga de aire gélido los golpeó en cuanto se abrió la puerta.

—Parece que no es día para usar la moto.

Ravi negó con la cabeza al mirar hacia la lluvia que caía como una cortina contra el asfalto.

—No, señor. Es un suicidio con este clima. Las calles se ponen muy peligrosas.

—Demonios. Justo anoche dejé el auto en el bar. Tendré que tomar un taxi.

A pesar de lo que pensara Kyungsoo, no era un hombre que tomara riesgos innecesarios; los controlaba y los medía. Le lanzó las llaves a Ravi, que las atrapó sin dificultad.

—Mételas bajo la puerta, ¿sí?

—Por supuesto, señor. ¿Quiere que le ayude a parar el taxi?

—No. No vale la pena que los dos terminemos empapados.

Ravi asintió y le entregó la sombrilla, despidiéndose con una ligera inclinación. Chanyeol salió con un gesto de agradecimiento. Lo recibió la mañana oscura y tempestuosa; el tráfico de Seúl ya se arrastraba, desastroso, aunque apenas eran las siete y media. Subió el cuello de la chaqueta y avanzó a zancadas hasta el cruce, donde sería más fácil encontrar un taxi.

Maldijo en voz baja al ver a más gente trajeada esperando en las aceras. ¿Acaso todos se habían quedado sin auto justo ese día?

Mientras se preguntaba dónde ubicarse, sonó su teléfono. Era Jongin.

—Voy en camino. Estoy intentando tomar un taxi.

Alzó la vista y distinguió una luz naranja al otro lado de la calle. Se apresuró hacia allí con la esperanza de que nadie más lo hubiera visto. Un autobús pasó rugiendo, seguido de un camión con frenos que chillaron contra el asfalto, y las palabras de Jongin se perdieron.

—No te oigo, Jongin —gritó contra el ruido del tráfico—. Repítelo.

Se quedó atrapado un instante en la isla peatonal, rodeado de autos como en una corriente. Vio de nuevo la luz naranja del taxi y levantó la mano libre, rezando porque el conductor lo notara bajo la lluvia.

—Tienes que llamar a Mackenyu, en Tokio. Aún está despierto y esperando. Intentamos localizarte anoche —dijo Jongin al otro lado de la línea.

—¿Qué sucedió?

—Un enredo legal. Dos cláusulas bloqueadas en la sección de… firmas… papeles…

Las últimas palabras se deshicieron con el estruendo de un automóvil que pasó salpicando agua.

—No entendí nada. Espera.

El taxi redujo la marcha y se detuvo al otro lado de la calle, levantando un chorro que mojó a todos cerca. Chanyeol vio cómo otro hombre se detenía, resignado, al advertir que él llegaría primero. Sintió un pequeño triunfo secreto, pero inclinó su cabeza en gratitud para no llevarse un insulto a su madre tan temprano.

—Olvídalo, no escucho nada. Dile a Wendy que tenga todo en mi escritorio —gritó, corriendo—. Estoy allí en diez minutos.

Cruzó la calle bajo la lluvia, con el pantalón ya empapado. La sombrilla hacía muy poco por resguardarlo del torrencial aguacero y las salpicaduras de los autos. Quizá tendría que pedirle a su secretaria otro traje antes de empezar la jornada.

—Lo resolveremos todo cuando llegue…

Mientras apuraba los últimos pasos, el rugido de un motor lo alcanzó desde un costado. Un segundo después llegó el bramido feroz de un claxon que atravesó la lluvia y el bullicio. Agudo. Desesperado. Incesante. En los bordes de su visión, un destello metálico irrumpió con una velocidad imposible de asimilar.

El tiempo se quebró. Se giró hacia el ruido y, en ese instante, una certeza gélida le paralizó el pecho y le caló los huesos: estaba justo en la trayectoria. Sin escape. Sin redención posible.

Su cuerpo intentó retroceder, pero solo consiguió que su mano se alzara en un gesto inútil, dejando que el iPhone cayera y rebotara contra el suelo en cámara lenta. Cada giro del aparato parecía marcar los segundos que se disolvían, como si el mundo contuviera la respiración.

En esa ínfima tregua entre un latido y el siguiente, la vida de Chanyeol se desplegó como una película rota: fragmentos de escenas que antes le habían parecido triviales se iluminaron con un resplandor doloroso, convertidas en vitrinas de lo irrepetible.

Pensó en Kyungsoo. En su olor. En su sonrisa. En la calidez de su cuerpo. En el fin de semana que no tendrían. En el futuro que habían dibujado a medias. En las palabras que no salieron, en todas las cosas que dejó para después.

Una mañana lluviosa de miércoles le pareció una cortina grotesca para su final. Había vivido peligros y excesos, cerrado tratos que parecían imposibles, desafiado la vida como si el tiempo fuera suyo… y sin embargo su muerte llegaría así: vulgar, gris, rápida. Una rabia absurda le recorrió el pecho, la furia íntima de quien siente que le han arrebatado el último instante. Hubiera querido algo más grandioso, más digno, aunque fuera solo por orgullo.

Entonces la luz se rompió en mil esquirlas. El impacto lo elevó. Su cuerpo se volvió ligero, flotando en una nube de fragmentos y dolor. Vidrio, metal y agua componían una coreografía brutal. Implacable. Mortal.

Oyó un grito distante —tal vez el suyo— disolverse en el estallido del mundo.

Y después nada. Silencio. Vacío. Oscuridad.