La promesa del rey

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Summary

Por un capricho el mundo quedó condenado, pero la humanidad no se rendirá ante esas viles alimañas. Los descendientes de aquel rey incompetente, junto a los huérfanos que perdieron a sus familias bajo las garras demoníacas, cazan sin descanso a todo demonio que cruce su camino… hasta lograr su extinción

Genre
Fantasy/Action
Author
Pato
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

La promesa, decía la voz antigua, se murmuraba como una plegaria quebrada.

En ella se hablaba de un rey orgulloso y cruel, cuya corona pesaba más que el hierro y cuya mirada nunca se detuvo en el sufrimiento de su pueblo. Fue en un baile, entre luces y perfumes, donde fijó sus ojos en una doncella de alta cuna. La llamó amor, la creyó destino… y años más tarde fue ella quien lo dejó abandonado y moribundo en los confines del reino.

Los ingenuos celebraron, convencidos de que la joven había vengado las injusticias. No supieron que la doncella no era humana, sino un demonio oculto bajo piel hermosa, y que desde ese día el reino se convirtió en un nido de sombras.

El rey sobrevivió gracias a una mujer nómada. Y con ella, más tarde esposa, juró liberar las almas de su pueblo. De su unión, y de los huérfanos rescatados de la guerra, nacieron los primeros cazadores de demonios. No hijos de palacios, sino de cenizas.

___

Años después, en una aldea tomada por engendros, los cazadores entraron como una tempestad.

Nadie pidió permiso ni esperó orden alguna. La primera puerta cedió bajo una patada y el interior se convirtió en un campo de muerte. Cuchillos que abrían vientres, balas que atravesaban huesos, piedras que reventaban cráneos, flechas que hundían sus puntas en ojos desorbitados. Todo servía como arma, desde un hacha bien templada hasta una roca arrancada del suelo.

—¡Que no quede ninguno de pie! —rugió una voz entre el estrépito.

Los demonios respondieron con zarpas y fuego, pero era inútil. Un cazador disparó y cada proyectil fue sentencia; otro desgarró con un machete y el cuerpo que tocaba no volvió a levantarse. A diferencia de los hombres comunes, cuya violencia apenas retrasaba lo inevitable, la furia de los cazadores anulaba para siempre a las bestias.

Una mujer levantó a pulso una piedra de molino y la dejó caer sobre un enemigo, el crujido del cráneo fue más sonoro que cualquier grito. Un joven arrancó una barra de hierro de una cerca y la atravesó en el pecho de un demonio, clavándolo contra la pared como a un insecto.

La aldea se llenó de humo, polvo y sangre. Algunos demonios intentaron huir, otros desataron poderes para quebrar la mente de sus atacantes. Fue peor: quedaron atrapados en el interior de esas cabezas rotas, condenados a ser torturados hasta que su esencia se disolviera.

Un general demoníaco, con la armadura astillada, alcanzó a murmurar antes de desplomarse:

—¿De dónde… sacaron fuego… infernal?

Nadie respondió. Los cazadores solo siguieron avanzando, arrasando, dejando tras de sí silencio y ruinas. Al final, entre cadáveres que ya no volverían, uno de ellos dejó caer una vieja moneda oxidada sobre la tierra. No era un gesto de piedad, sino un recordatorio: la promesa del rey aún se cumplía, generación tras generación, a golpe de sangre y hierro.