El abecedario comienza en mi
Dicen que el amor es un abecedario: empieza con una letra y termina en un silencio.
Lo curioso es que nadie sabe dónde empieza realmente ni en qué instante deja de pronunciarse.
Algunos dicen que la primera letra es un beso; otros, que es una herida. Para mí, el abecedario del amor empezó con una botella rota, una madrugada absurda y el reflejo de mi cara partida en un espejo que ya nunca volvió a ser entero.
Ese espejo me enseñó lo primero: que el amor, como los cristales, no se rompe en un solo golpe. Se fractura por dentro mucho antes, con fisuras invisibles que esperan la excusa mínima para estallar.
No es una historia para encontrar respuestas, sino para reconocer preguntas.
No es un manual, aunque se llame El ABC del amor. Es apenas mi manera de no olvidarme de que amé, y que en ese amor, aunque estuviera destinado a perderse, hubo algo verdadero.
No sé si lo que viví fue amor, condena o superstición disfrazada de destino. Lo único que aprendí es que cada mujer que pasó por mí dejó una letra, y con esas letras fui escribiendo un idioma secreto que solo yo entiendo. Un abecedario que no sirve para deletrear palabras, sino heridas.
Me llamo L, y no lo digo por mi nombre real, sino porque todo lo que soy se reduce a esa letra: L de lujuria, locura, laberinto. L de la mujer que nunca volvió. L de las letras que me condenan.
El amor nunca me llegó en orden. No empezó en la A, ni terminó en la Z. Mi abecedario fue errático, caprichoso, como yo. Primero llegó la N, después la A, luego la V, y finalmente la M. Cuatro mujeres, cuatro signos que me persiguen todavía.
Yo era un chico de excesos. Drogas, fiestas, mujeres, madrugadas que se repetían como si el reloj estuviera obsesionado conmigo. Pero, bajo todo eso, había algo más: una sensibilidad maldita, un corazón que latía como si escuchara voces que nadie más oía.
Podía estar en medio de la música más fuerte y aun así escuchar el eco de mi propia soledad.
Fui acumulando letras hasta quedarme sin voz. Y ahora, cuando trato de leer mi propia historia, me doy cuenta de que lo único que tengo es un alfabeto incompleto.
Si alguien me pregunta qué es el amor, yo no respondo con definiciones, respondo con letras. Y este es mi diccionario.