But With You

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Summary

-No me digas, ¿Curiosidad? -le pregunté agitado. -Digamos que sí -señaló, comenzando a besar mi cuello, creando un camino hasta mi entrepierna. -Te aseguro que, no... me gustan... los hombres -logré decir, intentando controlar mi respiración. -A mí tampoco -soltó, clavando sus ojos en mi-. Descuida, no te meteré en peligro, mientras no te quites el antifaz. Cristopher es un profesor, carismático y directo, ama su trabajo y eso le ha traído más que un problema con los apoderados de su curso. Además, a causa de las deudas que le dejó su padre, se ve obligado a trabajar los fin de semana como barman en un selecto bar frecuentado por personas peligrosas, pero adineradas, aunque el dueño, solo recalca que lo más importante es resguardar su identidad. Una noche, por su fobia a la sangre, recibe la ayuda del "Jefe", un hombre apuesto que solo había visto a la distancia, pero en un abrir y cerrar de ojos, sus instintos les piden acercarse cada vez más. Pronto Cris descubrirá, que no solo el "No ser gay" los une, sino que una situación, en sus dos trabajos, lo obligan a meterse más en el mundo de los Terroremorte. ⚠️Escenas de sexo [+18] ⚠️Violencia ⚠️No busco normalizar ninguna conducta, ni "romantizar" actos. 🚫Todas las imágenes fueron una recopilación de internet, todos los créditos a sus creadores❣️

Genre
Lgbtq/Humor
Author
Java As
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capitulo 1

—Los de seguridad ya están sacando a la gente, ellos llegan en 40 minutos —indicó el señor Monnet—. Colóquense el antifaz, conocen las reglas y más les vale que las sigan... —agregó nervioso—. O todos lo pagaremos... Pero lo vale.

Seguí el protocolo que se activaba cuando los Terroremorte venían al bar, eran clientes premium, teníamos orden de desalojar a los demás clientes si es que ellos necesitaban del lugar, además de usar apodos y un antifaz que mantendría nuestra identidad secreta, por nuestra seguridad.

Teníamos un contrato exclusivo con ellos, con el señor Monnet, en esos casos, solo quedaban en el bar 3 trabajadores; John, mi jefe y yo.

A lo que se dedicaban los Terroremorte era algo que no nos incumbía, mientras pagara en abundancia y dejara buenas propinas, la verdad, era que no me interesaba. Pero de que eran unos matones, lo eran.

Miré a John con desesperación, no encontraba mi antifaz en la mochila, lo había dejado encima del mueble de mi cuarto.

—No lo traje —confesé—. No nos avisaron antes.

—Creo que vi uno detrás de los tequilas —mencionó mi compañero, decidido.

Ambos salimos del camarín y nos acomodamos detrás de la barra, buscamos desesperados por todos lados, no podían verme así y no me podía ir, necesitaba el dinero.

—Ya entraron los de seguridad —señaló el señor Monnet, intentando calmar su respiración, nos escaneó y metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón—. Toma, apúrate, no pueden saber quién eres, lo saben perfectamente, esta es la única forma de asegurarme de que no habrá represalian fuera de este lugar, ellos son clientes poderosos... Ahí vienen —finalizó, mirando a 3 hombres de chaquetas negras dirigirse directo a nosotros.

Les di la espalda y acomodé el antifaz en mi rostro, cuando estuve seguro de estar listo, volteé para encontrarme con 3 hombres de negros, junto a mi jefe y a mi compañero, esperándome.

—Señores —comenzó a decir el sr Monnet, agravando su voz—. El que tiene el cabello amarrado, es el barman 1 —señaló a John, quien asintió mirando a los hombres—, el de cabello corto, es el barman 2 —indicó, apuntándome, me incliné para saludarlos.

Los hombres nos escanearon y el más alto levantó una ceja.

—¿Son los mismo de siempre? —preguntó.

—Si, no se preocupe —sonaba nervioso mi jefe, acomodando su antifaz negro con perlas.

El alto miró a los otros dos hombres y les hizo una señal con los ojos, estos caminaron hasta la entrada y después de unos minutos, entraron el resto de ellos.

Eran alrededor de 20 hombres vestidos igual, 3 hombres de terno y corbata seguían de cerca de a un hombre de traje azul y camisa desabrochada, no llevaba corbata, teníamos prohibido hablarle, pero sabíamos que era el líder.

Mi jefe caminó hasta donde ellos, inclinándose y sonriendo de la manera más aduladora posible.

—¡Ey! —nos llamó el hombre alto, mirando a John y a mi—. Barman 1, necesito 3 botellas de wisky y unos vasos con hielo, necesito que los acomodes en la mesa de allá —indicó con desagrado, su voz era seca—. Y tú, barman 2, el jefe quiere 2 de los de siempre.

Con mi compañero asentimos y comenzamos a preparar lo que nos habían pedido, no teníamos permitido acercarnos, así que él llamó a unos hombres para que se llevaran las cosas junto con él.

—¿No tienes curiosidad de saber a qué se dedican? —me susurró John, acercándose a mi oído.

—La verdad es que no —confesé, encogiéndome de hombros, sonriéndole—. Siento que me daría miedo saberlo.

Ambos reímos y adelantamos trabajo, sabíamos que cuando los Terroremorte venían, pedían sin parar por 3 horas y paciencia ellos no tenían. Comenzamos a cortar los limones, exprimíamos el pomelo, acercamos los vasos a la barra y especulábamos sobre la identidad de quienes eran en realidad.

Llevaba trabajando en aquel lugar 9 años, desde que me volví mayor de edad, trabajaba solo las noches de los viernes, además de los llamados cuando los Terroremorte comenzaron a ir, de eso habían pasado 3 meses. El sr Monnet siempre me había pedido trabajar tiempo completo, pero mi otro trabajo no me lo permitía, para ser honesto, no estaba ahí por gusto, anhelaba que llegara el día en el que no tuviera más deudas por pagar y dedicarme 100% a mi profesión, ser maestro.

Ahí había conocido a John, se había vuelto un amigo muy cercano, él llevaba 2 años más que yo trabajando en el lugar, él trabajaba todos los días, era un par de años mayor, así que siempre agradecí que me compartiera su experiencia y me enseñara todo lo que sabía para sobrevivir en aquel sitio.

Éramos de la misma altura, aunque él parecía ser más corpulento, sus ojos eran verdes y los míos cafés, tenía el cabello negro largo, lo mantenía siempre amarrado en una cola, en cambio, yo lo mantenía corto, solo un poco largo arriba para peinarlo y mantenerlo ordenado para la escuela.

—Chicos —nos llamó nuestro jefe para atraer nuestra atención—. Están esperando a un hombre, por lo visto viene con mujeres, será una noche agitada, por favor cuídense, ustedes saben que son como mis hijos, así que nada de ponerse en peligro... Y lo más importante... Uno de los hombres me dijo que se pusieran guantes y bajaran las mangas de sus camisas hasta las muñecas, el hombre aconseja ocultar su cabello... Ustedes saben dónde están las cosas en el camerino, los gorros también están ahí, al parecer cualquier marca que delate su identidad es peligroso y yo no los expondré a eso, tiene 10 minutos para arreglarse, yo me quedaré acá por mientras.

John caminó hacia mí y sujetó mis hombros por detrás, haciéndome caminar delante de él como haciendo un tren, dirigiendo el camino.

—Es muy raro que tengamos que ocultarnos de esta forma, hace mucho que no pasaba —comenté, desabrochándome el delantal para acomodar bien mi camisa—. Me pone nervioso tanta seguridad.

—Es muy raro, quizás son asesinos, sicarios—comentó entre risas John, restándole importancia—. Aunque da igual, entre menos sepan de nosotros, mejor.

Acomodé mi cabello dentro del gorro de tela y comencé a amarrarlo alrededor de mi cabeza.

En otras circunstancias la alegría de mi compañero se me contagiaba, pero en momentos como esos siempre pensaba que se lo tomaba muy a la ligera, como si fuera un juego.

Volví a amarrar el delantal negro en mi cintura, ya estaba listo, con los guantes puestos.

—¿Vamos? —le pregunté, mirándolo directamente. Estiré mi brazo y le quité el gorro de la mano, lo ayudé a amarrarlo en su cabeza—. Eres un desastre.

—Ahora no —dijo con una sonrisa, acomodándose los guantes para salir.

Ambos caminamos a la puerta, lo seguí hasta la barra, el jefe estaba preparando tragos infinitos en la barra, nos paramos a su lado y seguimos de forma mecánica.

—Los invitados llegaron, barman 1, el invitado pidió 12 tragos con ron como base, así que ingéniatelas... Barman 2, hay que preparar 13 cocteles suaves, el hombre pidió algo delicioso para sus mujeres, pero tampoco especificó, pensaba que podrías preparar 3 variedades, lo dejo en tus manos... Yo iré a buscar más botellas de wisky, algo no va bien, el jefe de los Terroremorte está bebiendo más de la cuenta —finalizó y se alejó.

Trabajábamos en silencio, sabíamos que las personas como ellos no los podíamos hacer esperar. Levanté la vista en ocasiones, el ambiente era tenso, los hombres que habían llegado se veían peligrosos, las mujeres eran atractivas, se paseaban en cortos vestidos, contorneando sus caderas y jugando con sus cabellos.

El nerviosismo se había apoderado de mí, no me gustaba estar ahí, lo odiaba, pero era consciente de que el dinero que ganaba en una noche ahí podía marcar la diferencia para pagar mi deuda.

—¡Barman 2! —me llamó el hombre alto de antes.

Levanté la mirada, estaba limpiando la barra después de que se habían llevado los 13 cocteles, noté una cicatriz sobre sus labios.

—Necesito que vengas a limpiar —agregó.

En ese momento mi jefe pasó por detrás mío y tocó mi espalda, sabía que no podía decir que no, así que me saqué el delantal y busqué los artículos que usaba los de limpieza, tomé dos paños, un trapero y dos botellas de líquidos extraños, no sabía exactamente qué era lo que tenía que limpiar, pero me lo imaginaba.

—Hay un hombre en la puerta del baño, él te dejará entrar, dile que vas a limpiar —señaló el alto, dejándome solo.

Tragué saliva con dificultad y caminé lo más firme que podía, pasando por las luces que giraban para todos lados, el humo de los cigarrillos me secaba la nariz.

—Dis... —tosí ya que la voz no me salía—. Disculpe, vengo a limpiar —le dije al hombre de brazos cruzados que estaba parado fuera del baño para hombres.

—Sr, vienen a limpiar —indicó el hombre macizo que estaba en la entrada del baño.

—Que pase —le dijo una voz fuerte desde adentro.

El de la entrada dio un paso a un lado y me abrió la puerta.

La risa de dos chicas coquetas inundaba el lugar, bajé inmediatamente la vista, no quería encontrarme con nada extraño e incómodo.

—Disculpe... Me mandaron a limpiar —dije, sin levantar la vista.

Podía notar los tacones rojos de una de las chicas, los zapatos perfectamente lustrados del hombre que estaba ahí y detrás de él, unos tacones negros de otra chica.

—Adelante —indicó el hombre, esa vez sonaba cansado.

Apreté los ojos y me aferré al palo del trapero, no quería ver sangre, no lo soportaba, prefería limpiar cualquier deshecho que alguien hubiera dejado o de alguien que no hubiera sido capaz de apuntar al retrete.

—Chicas, le diré a mi asistente que les pague como se debe... Tranquilas, de todas formas, yo le diré a su jefe que son las mejores, que me complacieron como nunca —indicó el hombre con voz amable.

—Pero nosotras queremos —refutó una.

—Nosotras aceptamos encantadas —soltó una, con voz más sensual.

—Chicas, así no funciona, por lo menos conmigo... Muchas gracias por todo, pueden irse —terminó él.

Las chicas suspiraron y de mala gana caminaron hasta la salida.

«Ahora vete tú, ahora vete tú» pedí en mi cabeza, quería estar solo, me ponía incómodo el estar cerca de esa gente.

Respiré hondo y busqué que era lo que debía limpiar, abrí uno a uno los cubículos del baño.

El hombre dio a correr la llave del agua del lavamanos cuando una arcada se apoderó de mi cuerpo, en uno de los cubículos había un charco de sangre, todo el retrete estaba manchado de rojo.

Cerré mis ojos y froté el trapero, sin mirar, controlando mi respiración, comencé a limpiar.

—Mis hombres se divirtieron un poco... Estaban jugando —dijo entre risas el hombre detrás de mí—. Bueno, uno de ellos no supo jugar bien, así que va camino al hospital.

No le respondí, seguía con los ojos cerrados, deseando estar en otro lugar, las manos me comenzaban a sudar, sentía que las piernas me tiritaban, odiaba la sangre, no podía verla.

Junté todo el valor que me quedaban y abrí un ojo lentamente, la sangre se había esparcido por el suelo, una arcada volvió a salir de mí y no pude evitar vomitar en el retrete, sentía que me iba a caer.

—¿Estas bien? —preguntó el hombre, lo sentía más cerca.

Mis oídos se taparon, apreté más los ojos y sentí como mis piernas flaquearon, unas manos firmes me sujetaron la espalda y el brazo, tiraron de mi y me sentaron en el lavamanos.

—Solo concéntrate en respirar, todo estará bien... —escuché una voz a kilómetros.

Me consideraba un hombre de mediana altura de 1,74, pero al sentir que alguien me levantó sin problemas me trajo de vuelta a la realidad, así que comencé a abrir mis ojos poco a poco, intentando recuperar el control de mi respiración.

Un hombre de cabello platinado, traje azul y camisa desabrochada me miraba preocupado, intentaba tirarme aire con una de sus manos y con la otra no me soltaba la espalda, como si tuviera miedo de que me cayera.

—Permiso —dijo.

Su voz sonaba lejana, a pesar de que estaba al frente mío. Él levantó su mano y con mucho cuidado sacó el gorro de mi cabeza.

Sentía que tenía la cara empapada de sudor frio, las manos me temblaban, quería llorar, subí mis manos lentamente para sacarme el antifaz, me estaba ahogando.

—No lo hagas, todo estará bien... Tranquilo —dijo con voz preocupada, quitando mis manos del antifaz.

No sabía que hacer, que decirle, era el jefe de los Terroremorte, lo había distinguido, y tenerlo tan cerca me ponía más nervioso aún.

—¿Te encuentras mejor? —preguntó, soltándome lentamente.

Sus ojos amarillos se clavaron en mí, había recuperado su postura firme y dura, alejándose un paso de mí.

—Si —contesté torpemente, poniéndome de pie, sentía que las piernas aún me temblaban, pero no podía quedarme ahí para siempre.

El cubículo de la sangre seguía abierto, inconscientemente volví a mirar, pero antes de que mis ojos enfocaran al retrete, el hombre de traje dio un paso para tapar mi vista.

El hombre me escaneó con los brazos cruzados y levantó una ceja, era imponente, me sacaba una cabeza de altura, además de musculoso, si me hubiera querido matar ahí mismo, no tendría escapatoria.

—Llamaré a uno de mis hombres para que limpie, tu vete a casa —soltó, con voz de mando.

—No... No hace falta —dije, parándome lo más firme que podía—. Yo seguiré.

Él se rio con su voz ronca, burlándose de mí.

—¿Seguirás qué? Estuviste a punto de desmayarte —explicó, con tono severo.

—Puedo seguir... Necesito el bono de hoy —confesé a regañadientes, más humillado no podía sentirme.

—¿Qué bono? —preguntó él, sin moverse ni un milímetro de su posición.

Negué con la cabeza, supuse que él no debía saber más al respecto.

—Si no me respondes, le diré a tu jefe que te despida.

Lo miré sorprendido, mirándolo fijamente, sabía que él era capaz de hacerlo.

—Es por nuestro acuerdo de confidencialidad con ustedes —solté, bajando la mirada al suelo—. Nuestro jefe nos da una bonificación por servirles y no causar problemas, además de mantener nuestra identidad en secreto.

—Pero tú... Hace un momento te ibas a quitar el anti...

—Eso no cuenta... —dije enseguida, mirándolo a los ojos—. Bueno, necesitaba aire... Pero lo importante es que no pasó —agregué torpemente.

Él me observaba divertido, su mirada se había suavizado, y para mi sorpresa, me sonreía disimuladamente.

Sus ojos amarillos quedaron clavados en mí por unos segundos.