La Tarea Del Profesor || Inhun

Summary

Seong Gi-hun, un omega profesor de casi 40 años, carga con el peso de la vida: un divorcio, deudas abrumadoras y el sentimiento de ser un fracaso. Su rutina es una monótona supervivencia, hasta que se cruza con Hwang In-ho, un brillante y enigmático alfa de 18 años. Lo que comienza como una dinámica prohibida entre profesor y alumno, pronto se convierte en una obsesión para In-ho, quien reconoce en Gi-hun a su omega destinado. • Omegaverse • Au - Escolar

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

𝒞𝒶𝓅𝒾𝓉𝓊𝓁𝑜 𝒰𝓃𝑜

El traqueteo del tren era un martillo golpeando su conciencia, un eco del último año de mierda. Seong Gi-hun cerró los ojos y se aferró a la barra metálica, sintiendo el metal frío contra la palma sudorosa de su mano. Su vida, ese castillo de naipes que tanto se había esforzado en construir, se había desmoronado con una facilidad vergonzosa. Las deudas. La traición. El fracaso.

“El fracaso tiene un olor particular”, pensó con amargura, “huele a licor barato, a promesas rotas y a un futuro que ya no existe”.

Se sentía como un espectro en su propia vida. Un Omega sin un lazo, sin un cachorro. En sus cuarenta, un número que antes le parecía lejano, ahora era una lápida que indicaba el final de su vida. La derrota era su único acompañante. Se miró las manos, ajadas y sin el anillo de matrimonio que una vez llevó. El peso de los años no era algo que sintiera en los hombros, sino en el pecho, un hueco vacío.

—Ya no eres deseable, Gi-hun… —murmuró para sí mismo —Nadie te quiere. Nadie te quiere para nada…

Su reflejo en la ventana mostraba a un hombre derrotado. El cansancio había pintado círculos oscuros bajo sus ojos. Intentó animarse, con una risa hueca que no llegó a sus ojos.

—Vamos, Gi-hun, anímate… En poco tiempo nos recuperaremos. Todo esto va a ser solo un mal recuerdo.

Era una mentira. Pero era una mentira que necesitaba, un salvavidas de palabras para no ahogarse. Una terquedad innata, un rayo de esperanza absurda, lo mantenía a flote, incluso cuando las olas de la desesperación amenazaban con arrastrarlo. Él siempre había sido así: obstinado, aferrándose a la más mínima posibilidad de un futuro mejor. Mientras el tren avanzaba, el mundo exterior pasaba como una mancha grisácea de árboles y edificios. Pero el mundo real, el que lo asfixiaba, estaba dentro de él.

Del otro lado del vagón, In-ho lo observaba. No era una mirada casual. Cada movimiento de Seong Gi-hun era absorbido por sus ojos, cada suspiró, cada gesto de desesperación. El Omega, su profesor de literatura, estaba destrozado. Y a In-ho le encantaba.

La primera vez que lo vio, Gi-hun estaba parado frente a la pizarra, con su ropa siempre un poco arrugada y una sonrisa triste que apenas alcanzaba sus ojos. In-ho, un Alfa en su último año, acostumbrado a dominar en todos los aspectos de su vida, sintió una punzada de algo diferente. No era la típica atracción impulsiva que tenía por otros Omegas. Era algo más lento, más insidioso. Gi-hun olía a algo roto, a nostalgia y a una dulzura subyacente que su Alfa interior quería reclamar.

Pero más allá de la fragilidad, In-ho notó algo. Una especie de ingenuidad persistente, una terquedad que se aferraba a sus ideales incluso cuando la vida lo golpeaba. Vio la forma en que sus ojos, a pesar de la melancolía, aún brillaban con una chispa de esperanza cuando hablaba de alguna obra literaria. Esa perseverancia silenciosa, esa negativa a rendirse por completo, era lo que realmente lo había enganchado desde que lo asignaron a su clase.

“Un Omega en sus cuarenta, desaliñado, con el aura de un perdedor… y aún así, la fragancia de su desesperación me resulta irresistible. ¿Qué mierda me pasa? ¿Será su inocencia? ¿Esa terquedad que lo hace seguir de pie?” In-ho se había preguntado, intrigado. Al principio, lo atribuyó a una anomalía, a un capricho de su lado Alfa. Pero el interés se arraigó, se convirtió en una obsesión silenciosa. Cada clase, cada coincidencia en los pasillos de la escuela, reforzaba la idea: quería a ese Omega.

Cuando los rumores sobre los problemas de Gi-hun —sus deudas, su divorcio, sus apuestas— comenzaron a circular, In-ho esperaba que esa chispa se apagara. Esperaba verlo derrumbarse, perder esa obstinada esperanza que lo hacía tan… diferente. Pero Gi-hun seguía presentándose a clase, seguía intentando, seguía con esa pequeña llama en sus ojos, aunque ahora pareciera más débil. Y eso fue lo que terminó de fascinar a In-ho, transformando la intriga en una obsesión profunda. El hecho de que siguiera de pie a pesar de todo, lo hizo aún más deseable.

Descubrir su rutina fue casi vergonzoso de lo fácil que resultó. Gi-hun siempre tomaba el mismo tren, a la misma hora, por las mañanas. Siempre se paraba en el mismo lugar, cerca de la puerta, con la mirada perdida en el paisaje. Un blanco fácil. In-ho había estado planeando esto durante semanas, calculando el momento, la multitud, el ángulo perfecto.

“Hoy es el día. No hay vuelta atrás. Él es mío.”

El vagón se había llenado a su favor. La gente se apretaba, y eso le dio la excusa perfecta para acercarse. Se movió con la fluidez de un depredador, deslizándose por el mar de cuerpos hasta que estuvo justo detrás de él. Gi-hun olía… a cansancio, sí, pero también a una vulnerabilidad exquisita que In-ho no podía resistir. Su propio aroma a bergamota y sándalo, con el trasfondo de cuero, era una declaración, una advertencia.

Gi-hun se tensó. In-ho sintió el ligero sobresalto y una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios. El Omega lo había sentido. Su glándula de olor estaba latiendo, no solo por la cercanía, sino por el miedo, por la sorpresa, y, In-ho se atrevió a soñar, quizás por una chispa de excitación. El vello de la nuca de Gi-hun se erizó, un signo inconfundible de la reacción de un Omega a un Alfa dominante.

In-ho se inclinó un poco más. La respiración de Gi-hun se hizo irregular, superficial. Estaba atrapado. Un ligero roce de su mano contra la espalda del profesor. La tela de su uniforme escolar, áspera y familiar. El roce se convirtió en una caricia, deliberada, lenta. Gi-hun se mantuvo rígido, como una estatua de sal. Su sumisión, aunque forzada, era embriagadora.

Y luego… el beso. Suave, húmedo, directo sobre la glándula de olor. In-ho sintió la piel del Omega vibrar bajo sus labios. Un jadeo débil escapó de Gi-hun. Era un sonido de rendición, un eco de la necesidad que In-ho había percibido desde el primer día. Era el sonido de un Omega que anhelaba ser tocado, ser deseado, y que, en ese momento, se sentía extrañamente vulnerable.

“Es la audacia. Es la desvergüenza de este tipo. Es lo que me está volviendo loco.” Su mente gritaba de vergüenza y adrenalina, su cuerpo quería rendirse. Se sintió enfermo, pero no por repulsión, sino por la mezcla de emociones. Una parte de él, la parte desesperada y sola, quería girarse y permitir el contacto. Quería abandonarse a ese calor, a esa boca, a ese olor que le recordaba que aún era deseable.

“¡Detente! ¡No permitas esto! Es incorrecto, es peligroso. Es un estudiante, Gi-hun. Un simple mocoso... No puedes dejar que te traten así.” La voz de la razón resonó en su cabeza, la misma que había visto su vida derrumbarse por malas decisiones. Pudo distinguir la tela del uniforme escolar contra su espalda, y el pánico se hizo más denso. No podía verle el rostro, pero sabía que era uno de ellos, un alumno.

Estaba atrapado. Su cuerpo temblaba, debatiéndose entre el instinto y la razón. El aroma del Alfa, ese dulce olor a sándalo y bergamota, se intensificó, llenando sus pulmones, nublando su juicio. Gi-hun se mantuvo rígido, con el corazón martillando, sin atreverse a girar la cabeza para enfrentar al depredador que tenía a sus espaldas. El tren siguió su camino, ajeno al torbellino de emociones y la batalla interna que se libraba en Seong Gi-hun.

Mientras tanto, detrás de él, el alfa respiraba más fuerte. Más cerca. Una voz, baja y profunda, susurró en su oído: —Profesor Seong…

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