Los Días Que Sabíamos Amar by Daphne Ars at Inkitt
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Los días que sabíamos amar

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Summary

Dicen que el primer amor, jamás se olvida… Antonella y Facundo bien lo saben. Tras 15 años separados, un inesperado, pero necesario, reencuentro hará revivir sentimientos escondidos, mas no olvidados. No obstante, una sola decisión tomada en ese tiempo podría separarlos nuevamente y para siempre...

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PREFACIO

Prefacio

Santa Cruz

Argentina

—¡Facu, espérame! —Gritó Antonella corriendo a lo más que le daban sus piernas. Facundo iba muchos metros adelante, apenas miró hacia atrás para ver que tanto adelantaba a Nella —como le decía él.

—¡Corre, Nella! ¡Es una competencia! —Gritó también disminuyendo la velocidad. Antonella corrió más fuerte, casi alcanzando a Facundo, pero cuando faltaba poco él se aprovechó de los casi veinte centímetros más que medían sus piernas, durante el último trimestre había dado “el estirón” de la adolescencia—. ¡Te gané! —Exclamó llegando finalmente a la catedral de Río Gallegos, Nuestra señora de Luján.

Cuando Antonella logró llegar, miró a Facundo con ceño, este estaba sentado en la entrada, descansando de la carrera.

—Pareces una gacela —Le dijo ella de mal modo—. Y, además, tú no llevas nada, yo llevó mi bolsa —Facundo rió y se encogió de hombros.

—Te habría ganado aun cuando yo llevara el bolso —Antonella iba a replicar, pero el sonido de las campanas de la iglesia la acallaron—. ¡Corre, tonta! —Le apuró Facundo. Antonella asintió y corrió hacia dentro de la iglesia a toda prisa.

Facundo y Antonella habían nacido en el mismo barrio de Río Gallegos, en Santa Cruz, en pleno sur de Argentina, Facundo era el menor de tres hermanos: Silvia y Francisco, mientras Antonella era la única hija de un matrimonio mayor, vecinos de los padres de Facundo, lo que los llevó a conocerse desde siempre; era imposible ver a Facundo sin Antonella, ni siquiera en la escuela, a pesar de llevarse dos grados de diferencia, en los recreos ambos siempre estaban juntos. Por eso tal vez era que Facundo cada tarde del miércoles esperaba una hora en las escaleras de la catedral a que Antonella saliera de su clase de catecismo, como ella lo había hecho dos años atrás. Facundo bien podía estar entrando en la etapa de la plena adolescencia, pero eso no iba impedirle permanecer junto a Nella, incluso si eso representaba perderse muchas cosas, o jugar a ser un niño todavía.

Cuando una hora más tarde todos estaban saliendo, Facundo rió al percatarse de que Antonella no salía, pasaron otros veinticinco minutos antes que la niña saliera arrastrando el bolso y con cara de pocos amigos.

—¿Qué te tocó esta vez? —Preguntó él parándose y caminando al lado de Nella.

—Un Padre Nuestro, un Ave María y cinco Salve —Contestó ella caminando a zancadas—. No puedo llegar tarde la próxima clase, Facu —Se quejó con tono lastimero—, si rezo otro Salve moriré.

—Ya solo te quedan dos semanas, dos clases y ya.

—Dos clases y el retiro.

—Dos clases y el retiro —Concordó Facundo—. Pero míralo de esta forma, después de tu comunión nos vamos una semana a Buenos Aires —Dijo, lo que no era enteramente cierto, puesto que sí, su familia iría a Buenos Aires, como todos los años, pero esta vez Facundo había querido que Antonella fuera con ellos, estaba seguro que los papás de Nella la dejarían ir, ellos estaban mayores para andar de aquí para allá y por eso Antonella no conocía la capital, era un buen plan, a los inocentes ojos de Facundo y Antonella.

Estuvieron jugando toda la tarde en el patio de la casa de Antonella, hasta que sus respectivos padres llamaron a la hora de la cena.


Antonella volvió a llegar tarde a las dos últimas clases de catecismo, y fue la última en llegar el día del retiro, lo que acarreó para ella una treintena de Salve.

El día de la comunión todo fue muy bonito, sin embargo, Antonella estaba preocupada, porque Facundo llevaba días comportándose muy extraño con ella, habían hablado como siempre, él la había acompañado a las clases de catecismos como siempre, e incluso a las misas de domingo, como siempre, pero era como si realmente él no estuviese allí, eso significaba menos risas y bromas.

Cuando terminó la modesta merienda que ofrecieron los padres de Nella para festejar la comunión, y los adultos comenzaron su propio festejo, decidió que era hora de hablar con Facundo, si él quería ser un tonto con ella, pues estaba equivocado, porque no iba a permitirlo.

Facundo estaba sentado en el porche de la casa, con su traje azul marino, a esta altura llevaba la corbata desatada. Antonella se quedó paralizada un momento, ese Facundo que parecía estar sumido en sus pensamientos se le hizo un completo extraño, pero cuando volteó a mirarla y le sonrió, ella caminó hacia él.

—¿Ya te dije que te ves muy bonita con ese vestido? —Antonella rodó los ojos.

—No te burles —Dijo ella frunciendo el ceño. Igualmente se sentó al lado de él.

—No lo hago.

Una repentina brisa se levantó, haciéndole llegar un tenue olor a mar proveniente del Puerto.

—Tenemos que pedirle permiso a mis papás para que me dejen ir a Buenos Aires con ustedes —Dijo ella, olvidando que debía regañar a Facundo por ser un tonto con ella los últimos días.

Facundo, a su lado se quedó callado.

—¡Facu, no me digas que tus papás no lo saben aún! ¿Por qué no se lo has dicho? —Antonella se cruzó de brazos—. ¡Me dijiste que se lo ibas a decir antes de mi comunión!

—Nella… —Facundo se puso de pie—. ¿Podemos ir a mi casa?

Antonella se paró.

—¿Estás loco? ¡Todos están acá!

—Es solo un momento.

—¿Para qué vamos a tu casa?

—Tengo que enseñarte algo —Antonella no sabía qué hacer, sus papás no se molestaban porque ella fuera a casa de Facundo, pero era su comunión, sin embargo, ella sabía que a Facundo le pasaba algo y que no le pediría ir a su casa si no era importante.

Facundo vivía a dos casas de ella, así que tampoco estaba muy lejos, para Antonella era familiar la casa de Facundo, le gustaba mucho la entrada porque tenía un columpio de madera, pero ese día ella no lo iba a usar porque podía mancharse su inmaculado vestido blanco. Facundo sacó la llave de su bolsillo del traje, con el llavero artesanal que ella le había hecho en el colegio, no era más que una paleta de helado con el nombre de Facundo en colores, con su desigual letra de cuando tenía cinco años. A Antonella se le hizo extraño que los cuadros pequeños que ponía la mamá de Facundo sobre la puerta de entrada no estuviesen, a lo mejor Francisco los había golpeado con la pelota de fútbol que jamás soltaba. Facundo respiró profundo cuando giró la manija de la puerta y le dio paso, ella se quedó parada a dos pasos de la entrada, sacó mentalmente la cuenta de cuando había sido la última vez que había estado allí, habían estado jugando en la habitación de Facundo antes de la clase de catecismo, la clase de los cinco Salve. No había pasado de eso ni siquiera un mes, pero la casa de Facundo era otra.

—Facu, ¿qué pasa? —Preguntó paseando su vista por todas las cajas embaladas, se detuvo en un montón específico de cuatro cajas muy grandes que llevaban el nombre de Facundo.

—No le pregunté a tus papás si podías venir a Buenos Aires con nosotros porque… Papá encontró un empleo en Estados Unidos, y nos vamos a vivir a allá.

Antonella sintió que el estómago se le encogía, podía sentir en su garganta como se le devolvía el sabor de las galletas de avena que había llevado la mamá de Facundo a su merienda.

Facundo se guardó las manos en los bolsillos y miraba el piso como si fuese uno de sus comics favoritos de súper héroes.

—¿Cuándo? —Preguntó Antonella con un hilo de voz.

—Íbamos a irnos ayer, pero mamá dejó que nos quedáramos para tu comunión. Así que mañana, nos vamos mañana —Finalmente Antonella y Facundo se miraron a los ojos, ella sintió como se destruía su mundo justo en ese instante, no sabía que era la vida sin Facundo, él era su niñez, su mejor amigo, su único amigo, cuando se dio cuenta que lo había perdido, su frágil corazón de diez años se rompió en un millón de fragmentos, empujó a Facundo.

—¡Eres un idiota! —Le gritó, en tanto salía de la casa.

—¡Nella! —Escuchó que le llamaba Facundo, volteó para ver que él cerraba la puerta a toda velocidad, tal vez para alcanzarla, ella aprovechó su ventaja y corrió velozmente la separación de la casa de Facundo hacia la de ella, pero él fue más rápido, como siempre—. Lo siento, Nella —Le dijo deteniéndola a mitad del camino.

—¿Cómo puedes irte? —Preguntó negando con la cabeza.

—No me voy porque quiera hacerlo —Replicó Facundo.

—No quiero que te vayas —Dijo Antonella reprimiendo las lágrimas.


Facundo la miró unos instantes, antes de pasar sus brazos alrededor de ella, abrazándola con toda la fuerza de sus doce años, él tenía un solo motivo para quedarse en Río Gallegos, y ese motivo ahora sollozaba aferrada a su cintura. Antonella era todo para él, por eso jamás se separaba de ella, por eso todavía jugaba a las escondidas cuando podía estar con los demás chicos de su edad robándole las revistas para adultos a su hermano Francisco, podría jugar fútbol en las tardes, pero prefería tomar un té imaginario con Nella.

—¿Nella? —Le dijo apartándose un poco de ella para agarrarle la cara y mirarla—. Te quiero, tonta —Susurró sonriendo, aunque sentía unas enormes ganas de llorar. Nella no hizo ni dijo nada, solo lo miró con esos ojos tan bonitos que tenía, como un grano de café puro, pero que si los veías de cerca te dabas cuenta que tenían delgadas líneas de color miel. Nella se pasó las manos por el rostro para secarse las lágrimas y Facundo pensó que de haberse quedado podría haber esperado un poco más para hacer lo que iba a hacer, pero eso ya no era posible, así que, sin pensarlo demasiado, se inclinó con rapidez y posó sus labios sobre los de Nella. No había oportunidad para hacerlo con lengua, como Francisco besaba a su novia, así que solo fue un contacto labio a labio, que duró lo suficiente para saber que nunca, ningún beso sería igual a ese.

Cuando se separaron, él no sabía qué decir, y al parecer Nella tampoco porque echó a correr a su casa. Facundo se quedó allí en el medio de la calle con un sentimiento agridulce.


Antonella cerró la puerta con fuerza y subió las escaleras hacia su habitación, sin prestar atención al llamado de su mamá cuando la vio entrar llorando a casa. Se metió en la cama sin quitarse los zapatos, tomó el cobertor y se tapó hasta la cabeza, quería dejar de llorar, pero no podía, un par de veces escuchó que llamaban a la puerta, pero no contestó. Los ojos le ardían de tanto llorar, el pecho le subía y le bajaba con desesperación, Antonella pensó que se estaba muriendo, la sensación de estar siendo desgarrada a pedazos la asustaba, no entendía por qué lloraba tanto, si el idiota de Facundo quería irse era su problema y no de ella, sintió más desgarrones, se abrazó a sí misma debajo del cobertor. Tenía que estar poniéndose enferma, no era por la ida de Facundo que le dolía así el corazón.

—No quiero morirme —Sollozó secándose las lágrimas inútilmente. Estaba aterrada, se sacó el rosario que llevaba colgado al cuello, lo apretó entre sus manos y solo pudo comenzar a rezar para dejar de sentirse así: —. Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve.A ti clamamos los desterrados hijos de Eva,a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora Abogada Nuestra,vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María

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