Capítulo 1
Desde hace muchos años, el mundo había dejado de correr como lo recordábamos.
Los amaneceres se sentían pesados… cada quien libraba su propia batalla contra su reloj.
Las calles estaban cada vez más vacías, y las ruinas de los edificios mostraban que el tiempo ya había pasado por ellos.
El sol parecía moverse más lento que de costumbre. Los rayos se colaban por la ventana, y él no pudo evitar mirar de nuevo su reloj.
El ruido de su tik-tak le pesaba… los números avanzaban, pero para él el tiempo se acababa.
Kageyama se levantó con pesar de su cama. Se metió a bañar. Sus padres ya no estaban en casa; como siempre, se habían ido a trabajar.
Él simplemente se vistió, comió algo y se fue a la vieja cancha. Había sido despedido de su último trabajo.
El de cabello negro caminó por la vereda, encontrándose con algunos conocidos. Sonreía por formalidad, pero sin detenerse.
Se dirigió directo al gimnasio. Aún conservaba algunas buenas memorias de cuando todo estaba en orden.
Antes de la caída de las arenas del Gran Reloj… aquel que mantenía el equilibrio y te permitía vivir una buena vida.
Ahora, tus minutos literalmente estaban contados.
Al llegar, el gimnasio estaba vacío. Había polvo, pero la red aún servía, y los balones estaban en condiciones para jugar.
Se fue al ala vieja, donde se guardaban las cosas del equipo, y sin pensarlo… los recuerdos lo llevaron a una sola persona.
El reloj incrustado en su muñeca hacía eco en todo el lugar. Pero cuando su vista encontró aquella cabellera naranja, su corazón: al igual que las manecillas; se volvió loco.
Giraban tan rápido que empezó a dolerle el pecho.
—N-no puede ser verdad —susurró con dificultad.
Un fantasma no podía aparecer justo cuando ya empezaba a olvidarlo.
La cancha, que solía parecer grande, se hacía más pequeña a medida que él se aproximaba, mientras Kageyama retrocedía hasta tocar la pared.
—¡Kageyama! —gritó con efusividad. Pero al ver el rostro del de cabello negro, se detuvo antes de correr a sus brazos.
El destello en sus ojos color naranja… eran tan vivos como siempre.
—¿Qué haces aquí? Tú… —bajó la mirada, incapaz de continuar.
—¿No debería estar aquí? Eso es lo que quieres decir, ¿no?
—El distrito negro no es para ti… ellos verán tu reloj y querrán robar tu tiempo —su voz apenas salía de su boca.
Claro que quería verlo un poco más… pero él corría peligro estando ahí.
—Incluso tu reloj —señaló la pieza que colgaba en su cuello— es demasiado vistoso. Podría causar un alboroto.
Por un momento, sintió cómo su propio reloj se ajustaba al ritmo acelerado del de Hinata. Estaba perdiendo el control.
—Vine por ti —aseguró, y Kageyama abrió los ojos grandes. Por primera vez en cinco años, lo miró fijamente.
—¿Estás bromeando?
—No. Al igual que yo, tú mereces estar en el Distrito Dorado. Tu talento no debe perderse.
Kageyama negó con la cabeza. Él había hecho todo para que Hinata cruzara a salvo y tuviera tiempo ilimitado. En aquel partido lo dejó brillar.
Le habían dado a elegir entre su amor y su tiempo de vida.
Eligió lo único que le dio felicidad. ¿De qué valía el tiempo si no podía estar al lado del amor de su vida?
Por su propio bien, debió olvidarlo.
Hinata acortó la distancia. El corazón de ambos iba tan rápido que podían escucharse el uno al otro.
El rostro sonrojado de Kageyama iluminaba la sonrisa de Shōyō. Podía asegurarlo: seguía sintiendo lo mismo, aquellas esperanzas que alguna vez los volvieron uno.
El de cabello anaranjado deslizó su mano lentamente hasta tomar la de Kageyama. Su tacto era suave, tal cual lo recordaba.
—Tobio, ven conmigo.
El de cabello negro negó.
—Bueno, si no piensas hacerlo por las buenas, lo harás por las malas. Y si quieres que salga de aquí, tendrás que acompañarme —sentenció Hinata.
Soltó su mano y salió corriendo del gimnasio. La puerta hizo un ruido estrepitoso, y solo entonces Kageyama pudo reaccionar a aquellas palabras.
¿Qué tramaba hacer ese estúpido? ¿Por qué estaba de nuevo ahí?
Salió tras él, y lo encontró en un auto lujoso estacionado frente al gimnasio.
—No es mío… lo robé.
—¿Aprendiste eso en aquella ciudad?
Hinata alzó la mirada.
—Quizás lo aprendimos Nishinoya y yo. Solo por pura diversión.
Kageyama negó con la cabeza.
—Vamos a dar una vuelta, y después regresas a la ciudad —sentenció.
Hinata asintió, y Kageyama sonrió. Por primera vez, se daría el lujo de ser egoísta y disfrutar, aunque fuera por un día, la sonrisa de la persona que más amó.
Se subió al auto, abrochó el cinturón y cerró la puerta.
—Ya te dije que no me iré si no es contigo a mi lado…
Hinata arrancó a toda velocidad sin permitirle decir una sola palabra.
Kageyama odiaba la velocidad desde aquel accidente, así que solo se aferró al cinturón con fuerza.
Hinata tomó su mano y siguió manejando, sin rumbo… aparentemente.
Continuará...