PRÓLOGO
Las luces de neón parpadean débilmente, reflejándose en los charcos que yacen en los pasillos sumidos en la penumbra de Kowloon; las filtraciones de agua en las viejas tuberías caen sin cesar, resonando los ecos de las gotas que caen en el suelo, casi como si fuese una lluvia natural.
En este lugar, con calles laberínticas, la humanidad que sobrevive en cada rincón, se ha reducido entre sombras y susurros, ante la triada que gestiona todo kowloon. Y es que todo este laberinto, hace que el tiempo se desdibuje sin razón alguna; aunque la esperanza de estar en el exterior de esta ciudad colmena, es un lujo muy caro, solo son pocos los que tienen la oportunidad de aprovecharlo.
La vida está marcada por el deseo y desesperación de esta sociedad en cautiverio, aunque muchos prefieren decir que es un “refugio”.
Un individuo con el cabello largo y rasgo oriental, se mueve con la gracia de quien ha aprendido a sobrevivir en este mundo hostil, ofreciendo su cuerpo para aquellos que han olvidado lo que significa sentir, su nombre real se convirtió en una anécdota, olvidado entre los ecos del lugar, que solo se dirigen a él como Yaeko kei, cada vez que le piden que les cumpla algún oscuro deseo. Él no recuerda desde cuando está encerrado aquí, sin embargo, hay una diminuta chispa en su interior que anhela esa oportunidad de estar en el exterior, conocer qué es lo que hay más allá de las paredes de kowloon.
Pero algo cambió por completo, desde la llegada de un extraño a la ciudad.
Un individuo, que con su presencia hace que no encaje con el paisaje monótono y miserable del lugar, y cuya mirada intensa que transmite, hace que parezca que está en una búsqueda importante.