Errores de calculo
El aula estaba casi vacía, las luces frías y el olor a marcador seco aún flotaban en el aire. Nora miró el examen sobre su escritorio como si fuera una sentencia de muerte. Un enorme cinco en rojo la observaba desde la esquina superior, cruel y definitivo.
Otra vez.
Si seguía así, reprobaría matemáticas por tercera vez, y su madre tendría otro argumento para recordarle que “la universidad no es un juego”.
Suspiró.
Desesperada, alzó la vista y entre las cabezas del aula, vio a Adrián Vega. Siempre sentado en la última fila, tranquilo, con ese aire de que todo le sale bien sin esfuerzo.
Él no hablaba mucho, no sonreía casi nunca, pero se notaba que era brillante. Sabía que él había sacado una de las notas más altas. Lo sabía todo el mundo. Lo que nadie sabía era que, por alguna razón absurda, ella estaba a punto de pedirle ayuda.
Se levantó antes de pensarlo demasiado.
—Ehh... hola —murmuró, deteniéndose junto a su mesa.
Él levantó la mirada, con la expresión serena de quien ya imaginaba por qué lo buscaban.
—Oh, eres tú. ¿Necesitas ayuda con algo? —preguntó, y por un segundo, la miró como si pudiera leerle la mente.
Nora asintió con la cabeza, un poco nerviosa.
—Ehh... sí. Me preguntaba si podrías ayudarme a entender mejor las fórmulas del examen. Creo que cometí errores porque no entendí bien lo que se pedía.
Se sentó junto a él y le entregó su hoja de examen. Adrián la revisó con rapidez, alzando una ceja mientras sus ojos volvían a ella.
—Vaya, tienes problemas con lo básico. ¿No has ido a las asesorías del profesor? Son bastante útiles.
—Lo sé —respondió con una mueca—, pero no me da tiempo entre clases.
Él suspiró.
—Podemos trabajar en eso. Pero antes dime... ¿por qué yo? No soy precisamente el más sociable del grupo.
Nora bajó la mirada.
—Supongo que como eres uno de los mejores, pensé que tal vez podrías ayudarme —dijo, con un hilo de voz.
Adrián la observó unos segundos más, luego asintió.
—Está bien. Pero que sepas que no lo hago por todos.
Lo que vino después fue inesperadamente natural. Comenzó a explicarle las fórmulas paso a paso, con paciencia inesperada. Su voz era firme, pero no dura. Usaba ejemplos sencillos, hasta graciosos, que lograban arrancarle sonrisas nerviosas.
A veces fruncía el ceño, otras sonreía levemente cuando ella decía algo que no tenía sentido, pero no la interrumpía.
Y Nora, por primera vez, sentía que los números no eran sus enemigos.
—Si quieres practicar más, quédate después de clase —propuso él al terminar un ejercicio—. Te ayudaré con algunos problemas extra.
Nora lo miró sorprendida. No parecía una oferta casual.
Él agregó, sin mirarla: —Solo si te lo tomas en serio.
Una hora después, la sesión terminó.
Nora guardó sus cosas, sintiéndose un poco más ligera.
—Gracias por la ayuda, Adrián. Creo que ahora lo entiendo mejor. Como tú lo explicas es más sencillo que con el profesor.
Hizo una breve pausa, algo insegura—. ¿Podríamos estudiar otra vez, tal vez?
—Claro —respondió él, sacando un bolígrafo—. Te daré mi número. Puedes llamarme o escribirme cuando quieras para hacer consultas.
Anotó su número en un trozo de papel y se lo tendió.
—Pero no abuses —añadió con una sonrisa que parecía entre broma y advertencia—. Tengo otras cosas que hacer además de ser tu maestro particular.
Luego bajó el tono, casi como si no quisiera escucharse a sí mismo—. No te rindas tan fácil. No es tan complicado si te concentras.
Ella tomó el papel con cuidado, como si fuera más importante de lo que debía ser.
—Gracias, Adrián. Prometo intentarlo. Te llamaré si me atasco otra vez.
Él asintió despacio, cruzando los brazos.
—Más te vale. No me gusta ver a la gente desperdiciar su tiempo. Y menos conmigo.
Se inclinó un poco hacia ella con una sonrisa traviesa, como si acabara de recordar algo divertido.
Nora sintió cómo su estómago se apretaba bajo esa mirada. Bajó la vista, nerviosa.
—¿Qué pasa? ¿Me olvidé de algo? —preguntó, intentando sonar tranquila.
Él se encogió de hombros.
—Nah. Solo pensaba que si quieres aprender más rápido, tendrás que trabajar duro. No puedes sentarte a esperar las respuestas. Hay que salir a buscarlas.
Le dio una palmada amistosa en el hombro y comenzó a caminar hacia la salida.
—Nos vemos luego, Nora. No olvides lo que aprendimos hoy.
El eco de sus pasos se fue apagando por el pasillo, mientras ella seguía allí, sosteniendo el papel con su número entre los dedos.
Era extraño cómo alguien tan reservado podía, en cuestión de minutos, desarmar su mundo con tanta calma.
Camino hacia su casa después de la sesión de estudio, con los apuntes bajo el brazo y una sensación rara en el pecho.
No sabia si era el alivio de entender por fin algo de matemáticas o la forma en que Adrián le explicó cada detalle, con esa mezcla de paciencia y autoridad que desarma.
El aire de la tarde está tibio y huele a lluvia. La calle parece más tranquila de lo normal, pero su cabeza no lo está.
Repaso cada palabra suya, cada mirada, cada sonrisa leve que se le escapó entre ecuaciones.
—Quizás solo sintió lástima de mí —murmuro para sí misma, pateando una piedrecita en el camino.
Aun así, algo en su tono, o en la forma en que dijo su nombre antes de irse, le deja pensando que no fue solo eso.
No lo entiendo, pero tampoco quiero entenderlo. Al menos no todavía.
Aprieto el papel con su número entre sus dedos y sonrío, sin razón aparente.
Mientras tanto, Adrián caminaba hacia el campo de fútbol con los auriculares puestos y la mente más revuelta de lo habitual. No solía pensar en sus compañeros de clase después de salir del salón, mucho menos en alguien como Nora, pero esa tarde algo se le había quedado pegado.
—Vaya… quién diría que enseñar matemáticas podría ser divertido —pensó, mientras se pasaba una mano por el cabello y ajustaba el bolso sobre su hombro.
Al llegar al campo, sus compañeros ya estaban calentando.
—¡Eh, Adrián! ¡Por fin llegas! —gritó uno de ellos.
Él sonrió distraído, saludando con un gesto rápido.
—Lo siento, me distraje un segundo —dijo, aunque en realidad su cabeza seguía en aquel salón de clases, justo en el momento en que Nora lo miró con esos ojos de quien de verdad quiere entender.
Comenzó a correr junto a los demás, concentrándose en el ritmo de su respiración. Cada zancada lo devolvía poco a poco a su terreno, a ese lugar donde todo tiene lógica: velocidad, fuerza, precisión.
Y sin embargo, esa tarde, ni el entrenamiento logró despejarle del todo la mente.
Vuelvo a casa después del entrenamiento, todavía con el cuerpo cansado pero la mente despierta. Durante la cena, como siempre, mi familia tiene esa costumbre de compartir “lo más significativo del día”.
Cuando me toca, no sé por qué, pero lo primero que se me ocurre mencionar es a Nora.
—Ma, pa... hoy tuve una sesión de estudio con una chica de la universidad —empiezo, mientras juego con el tenedor entre los dedos—. Quería que le ayudara con unas fórmulas que le salieron mal en el examen. Fue raro al principio, pero terminó siendo… divertido.
Su hermana Mariana levanta una ceja, como si acabara de oler el chisme antes que nadie.
—¿Divertido? Wow, ¿entonces ahora das clases particulares de amor y matemáticas?
—No es eso, Mariana —respondo, conteniendo una sonrisa—. Solo la estaba ayudando, nada más.
Mi mamá interviene con ese tono cálido que desarma cualquier intento de sarcasmo.
—Eso es muy lindo de tu parte, hijo. No todos se toman el tiempo de enseñar.
Papá asiente desde su lugar, sin levantar la vista del plato.
—Eso habla bien de ti, Adrián. No cualquiera tiene esa paciencia.
Ruedo los ojos, pero una parte de mí no puede evitar sonreír. Supongo que, por una vez, no está mal que me vean como alguien decente. Aunque, si supieran que mientras explicaba, no podía dejar de mirarle las manos cuando tomaba el lápiz... mejor dejo eso fuera del reporte familiar.
Termino de cenar y subo a mi cuarto. Me dejo caer sobre la cama, el cuerpo aún relajado del entrenamiento, la cabeza llena de fórmulas… y de Nora.
Tomo el teléfono y lo desbloqueo sin pensarlo. Tal vez haya algún mensaje suyo.
Nada.
Por un instante considero buscarla en redes sociales, solo para... no sé, tener otra forma de hablar con ella. Pero lo pienso mejor. No quiero parecer el típico desesperado. Además, si realmente quiere seguir estudiando conmigo, lo dirá.
Dejo el celular a un lado y miro el techo. En mi cabeza, repaso los ejercicios que resolvimos. Me sorprende lo mucho que me divertí enseñando, lo raro que fue verla fruncir el ceño con cada error y luego sonreír cuando por fin entendía.
—Si Nora viene con más preguntas, mejor estar preparado —murmuro, más para mí que para nadie.
Me incorporo, abro el portátil y comienzo a revisar algunos temas en línea. Las fórmulas parecen más simples esta vez, o tal vez es que todo me resulta más claro después de verla concentrada, con ese mechón de cabello cayéndole sobre la cara.
Cierro los ojos un momento, solo en su habitación, intento pensar en otra cosa. Su mente seguía divagando entre ecuaciones y una sonrisa que no lograba quitarse. No funcionaba nada.
Al otro lado de la ciudad, Nora se encontraba en su cama, teniendo casi la misma reflexión que Adrián. El día había terminado, pero su mente seguía girando en torno a aquella sesión de estudio que no lograba dejar atrás.
Dejo los libros sobre el escritorio y se dejo caer en la cama sin fuerzas. El día fue largo, pero algo en mí se siente diferente. Como si el estudio con Adrián hubiera despertado una parte que estaba dormida.
Miro el techo y sus palabras resuenan en mi cabeza: “No puedes simplemente sentarte a esperar las respuestas. Tienes que buscarlas.”
No sé por qué me afectaron tanto. Tal vez porque nunca nadie me había hablado así, tan directo, tan seguro.
Suspiro, y mi mirada cae sobre el papel con su número. Lo dejo al lado del cuaderno, pero mis ojos vuelven a él cada pocos segundos.
Debería guardarlo. O tirarlo. O... no sé, algo. Pero ahí se queda, mirándome, como si tuviera vida propia.
Enciendo la lámpara, abro el cuaderno y repaso los apuntes. Intento concentrarme, aunque la mente se me escapa.
Me descubro sonriendo sin razón, y me reprendo por eso.
—No te ilusiones, Nora —me digo en voz baja—. Solo fue una sesión de estudio.
Pero dentro de mí, algo sabe que miento.
Apago la luz. La habitación se llena de silencio, y la última imagen que cruza por mi mente antes de dormir no es una fórmula, sino su mirada.
A ninguno de los dos se les ocurrió pensar que esa pequeña sesión de estudio sería el primer paso hacia algo más grande, algo que ninguno tenía la menor idea de cómo manejar.