A un centímetro del caos
La ciudad despertaba con esa mezcla rara de antiguo y moderno: piedra gastada,
balcones de hierro, una floristería nueva que olía a limón.
El sol todavía no pegaba fuerte; la luz se deslizaba por las cornisas como mantequilla
caliente.
Lia cruzó la plaza con paso corto y firme. Bajita. Curvas en su sitio. Piel neutra que la luz
doraba sin esfuerzo. Pelo moreno, largo, con una onda caprichosa. Rasgos que hacían
mirar dos veces.
Ella lo sabía. No jugaba a eso. Sabía mirar sin pedir permiso y sonreír cuando le convenía.
Dobla la esquina hacia la panadería de siempre.
El rugido llega como un latido. Un frenazo.
La Ducati negra se clava a un palmo de su muslo.
El corazón se le sube a la boca. No salta. No chilla. Le planta la mirada.
El casco se levanta. Cara hecha para problemas bonitos: alto, hombros anchos, tatuajes trepándole por el antebrazo y cuello, pelo recortado, barba de tres días cuidada. Ojos verdes, de esos que ven y no piden perdón.
—Joder. —Voz grave, con ese tono que vibra en el estómago—. Te vi tarde.
—No. —Lia le sostiene la barbilla levantada—. Frenaste a tiempo.
Apoya la bota. Apaga el motor. Cuelga el casco. La mira como si ya la conociera y aun así
la estuviera evaluando. No asusta. Impone.
—Soy Álex.
—No te lo he preguntado, Alex.
Sonrisa de lado. Reconocimiento de fiera a fiera.
—¿Y tú eres Lia?.
—¿Cómo…?
—Panadería. Acaban de cantar tu comanda. “Para Lia, como siempre”.
Dos segundos de silencio. Midiéndose.
—Siento el susto —dice—. Y… esto. —La recorre con la mirada, sin baboseo, claro—. A
veces las cosas bonitas se ven tarde.
—Vas fuerte a primera hora machote.
—Bueno, mas bien soy claro. —Baja medio tono—. Y dominante, si me dejan.
La palabra flota. Lia no baja la vista.
—Aunque depende del día. —Arqueó una ceja y puso cara de interesante.
—Hoy parece que sí.—Sonrió Lia
—Bueno, que te parece si te invito a un café y así bajas el susto y me disculpo por mi claridad.— Alex hizo una especie de reverencia.
—Lo cierto es que iba para allá. Pero no me debes nada.
—Me lo debes tú. —Señala la Ducati—. Casi me estampas la moto.
Lia ríe, corta y limpia. Decide jugar.
—Ven entonces. Pero si me cansas, te dejo hablando solo machote.
—Te vas a quedar sin voz antes que yo, princesa —murmura.
Ella deja pasar el apodo, pero archiva el tono. Camina a la puerta de cristal. Él empuja la
moto a su lado, como si no pensara soltarla de vista.
El café
Dentro huele a masa recién horneada y naranja. Azulejos viejos. Lámparas minimalistas. A
Lia le encanta ese choque.
Mesa junto al ventanal. La camarera los reconoce: a Lia por rutina, a él por presencia.
—Un espresso y un cornetto —pide Lia.
—Doble para mí —dice Álex—. Y agua.
—¿Siempre te mueves así de rápido? —pregunta.
—Solo cuando me persiguen.
—¿Te persigo?
—Eso parece, primero con eso —Una mirada a la Ducati—. Y ahora en el café. No se puede fingir que no
estás.
Rien los dos
—No me gusta fingir. —Se reclina, la mira mas profundo; es grande incluso sentado.
.
Lia traga saliva, sintiendo cómo se le eriza la piel ante la crudeza de sus palabras y la intensidad que desprende incluso sin moverse.
Lia respira hondo, intentando recuperar el control, y con la voz más firme de lo que siente por dentro, le suelta:
—¿Y tú… exactamente a qué te dedicas?
—Arreglo cosas. Motos, coches, hierro.
—Lo que se rompe. A veces problemas.— Alex puso cara pícara.
—¿Y lo que no se rompe?—Decidió jugar Lia.
—Lo mejoro.
—Bien.
—¿Y tu? ¿Qué haces?
Lia apoya el codo. Juega con la servilleta, tranquila.
—Yo diseño espacios. Hago que la gente respire mejor donde vive. O que venda más
donde trabaja.
—Se nota. —Un gesto que abarca el local—. Entraste y cambió el aire.
—Eso no es diseño. —Sonríe apenas—. Eso es carácter.—Lia le guiñó el ojo bromeando.
—El carácter tiene sus ventajas… sobre todo cuando sabe cómo desarmar a alguien con solo mirarla.
Llegan los cafés. Ella bebe sin prisa; él la mira sin pudor. Dueño de sí.
—¿Siempre miras así?
—Solo cuando merece la pena.
—¿Y si no?
—No pierdo el tiempo.
—¿Eres de los que no fallan?
—Soy de los que no dudan.
—¿Y cuando te equivocas?
—Me hago cargo.
El café huele a recién hecho. Una abuela regatea con el panadero, una pareja discute bajito en italiano.
Pero en su mesa hay otra cosa: electricidad, cargada de tensión, de promesas apenas susurradas.
—Iba a decirte de llevarte al puerto —retoma Álex—. Pero igual tienes miedo.
—¿Miedo? —Lia arquea una ceja, con un hilo de sonrisa.
—De engancharte. —Señala la moto, luego a sí mismo—. Es un vicio feo.
—Tengo vicios peores.
—A ver. Dime uno.
—Los hombres que creen que todo gira a su ritmo… —deja la taza— …y aun así logran que te deshagas en una sonrisa.
Él intenta ocultar la sonrisa. No puede.
—Entonces vamos bien.
—No lo sé. —Se limpia una miguita de la comisura, pero no aparta la mirada—. Aún no me has hecho reír de verdad.
Él se inclina lo justo, cerca, voz baja, cálida y peligrosa.
—Te haré reír. —Pausa, casi un suspiro—. Y algunas otras cosas.
La frase queda suspendida entre ellos, cargada de tensión y promesas. Lia no muerde, solo deja que lo sienta.
—¿Siempre tan discreto?
—Podría ser peor. Podría estar mirando el móvil.
—A ver si también me vas a salir romántico.
—No. Mas bien práctico. Te llevo.
—No necesito que me lleven.
—No he dicho que necesites. He dicho que quiero.
Sus palabras caen en la piel de Lia como un roce prolongado. No es posesión. Es deseo contenido.
—Vale. —Recoge el bolso—. Pero si vas muy rápido, te bajo a patadas.
—Si te viene mejor, te subo a hombros.
—Idiota.
—Encantado.
Él paga sin preguntar. Reloj sobrio en muñeca tatuada. Nada ostentoso. Todo control.
Afuera, la ciudad es un cuadro en movimiento.
Él le extiende el casco. Ajusta la correa con dedos firmes. Le roza la mandíbula. En
el estómago de Lia pasa algo pequeño.
—Te queda.
—Todo me queda.
—Ya lo veo.
Sube. La Ducati vibra como un gato grande. Lia se sujeta a su cintura. Él arranca despacio.
No corre. Sabe llevar.
En el semáforo, él gira apenas.
—¿Todo bien?
—Mejor que a pie. —Aprieta un poco más los dedos en sus abdominales duros—. No te
acostumbres.
—A esto sí.
No la mires. (Él parpadea, serio. Vuelve al frente).
Acelera suave.
El puerto huele a sal y cuerda. Un muro bajo de piedra guarda un rincón en sombra.
Aparca con gesto de muñeca. Motor fuera. Queda el latido.
—Baja —dice. Orden que no suena fea.
—Le ofrece la mano. Ya está en el suelo.
Se tambalea medio paso. Él la sostiene de la cintura. La mano se queda un segundo de
más. Ninguno finge que no pasó. No la aprieta. Tampoco la suelta enseguida.
Se miran. Ahí podría haber un beso. De verdad.
No lo hay.
Ella no quiere dárselo todavía.
Él huele el “todavía” como un perro de caza y se lo guarda.
—Eres pequeña —dice tocándole con el dedo la nariz, dato, sin condescendencia.
—Y tú grande. Bienvenidos a la estadística.
—Me gusta la proporción.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Silencio corto. Un barco gime en su amarre. Un niño suelta un “mamma” al otro lado.
—Oye Lia me gastaría verte mas, me das tu número?.
—No. —Dulzura letal.
—¿No?
—No te lo voy a poner fácil. Si quieres verme, invéntate cómo.
No fuerza. Sonríe peligroso.
—¿Sabes una cosa? Me va lo difícil.
—Perfecto. Porque no pienso bajar el listón.
—Ni falta que hace.—Alex se acerca y le da un beso suave en la mejilla.
Se sube a la moto. La enciende. El ruido les limpia el aire. La mira un segundo más, como
si grabara esa imagen a fuego: pelo suelto, ojos oscuros, barbilla arriba.
—Nos vemos, Lia.
—Eso habrá que verlo.
Visera abajo. Dos dedos en saludo. Curva. Un hilo grave que la ciudad se traga.
Lia queda frente al agua. Pulso en las muñecas. Piel encendida sin beso.
Cruza los brazos para guardar el calor. Se mira las manos, como si pudieran contarle lo
que acaba de pasar.
No le ha dado su número.
No le ha dado un beso.
Pero el cuerpo dice que algo ya empezó.
Se coloca el bolso. Respira. Se marcha sin mirar atrás. La ciudad vuelve a ser ciudad.
Por dentro, una voz muy bajita: A ver cómo te las ingenias, Álex.
Corte a Álex
Detiene la Ducati a media calle. Apoya la bota. Mira su propio reflejo en un escaparate.
No necesito su número.
Vuelve sobre la panadería. Foto al cartel de horarios. Otra a la esquina de la plaza.
Memoria de la hora. Del café. Del “como siempre”.
Se guarda el móvil. Sonríe, apenas.
—Hasta pronto, Lia.
Acelelera.