La Magia Del Matrimonio by Alis Andel at Inkitt
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La magia del matrimonio

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Summary

El último encargo de Dan consiste en acabar con la vida de una dama de las cortes altas mientras está de visita en un palacio del monarca de Coral. Antes de que pueda clavarle el cuchillo en el cuello, la extraña mujer le pide matrimonio y el asesino acepta por compasión. Tras pronunciar las palabras, descubre que acaba de comprometerse con la reina bruja de Foralia, una mujer deseada y temida a partes iguales por el resto de nobles. A partir de entonces, Dan se enfrenta a una carrera contrarreloj para escapar del compromiso antes de la siguiente luna llena, pues está seguro de que si la reina descubre la bestia que oculta su cuerpo, el matrimonio forzado será el menor de sus problemas.

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33
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n/a
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18+

La propuesta matrimonial

—¿Quieres casarte conmigo?

Dan aflojó la mandíbula al escuchar esas tres palabras. El filo del puñal seguía apoyado sobre el cuello de su víctima, aquella mujer de rizos dorados y labios enrojecidos que lo miraba fijamente a los ojos mientras permanecía tumbada sobre una enorme cama de sábanas ribeteadas en cobre. Sus palabras aterciopeladas acariciaron los oídos de Dan como si las hubiera exhalado con calidez sobre ellos.

—Estoy aquí para matarte —dijo él con voz ronca, apretando aún más el pecho apenas cubierto de la mujer con su rodilla, e intentando no bajar la mirada hacia su fino camisón de seda blanca con bordados en oro que no dejaba nada a la imaginación.

—¿Y eso es incompatible con contraer matrimonio conmigo? —preguntó la mujer con picardía.

Si estaba asustada, no lo demostró. Su corazón, palpitante bajo la rodilla de Dan, seguía un ritmo tranquilo y relajado. No había gotas de sudor formándose en su frente de porcelana sin maquillaje, ni ninguna lágrima reprimida empañando sus iris violáceos.

—No parece muy inteligente que te comprometas con tu asesino justo antes de que te aseste la estocada final —gruñó Dan.

Se preguntó por qué no había acabado ya con la vida de aquella parlanchina dama. Mientras más tiempo pasara hablando con ella, más probabilidades habría de que alguien lo descubriera.

—Me gusta cómo piensas, mi querido asesino —dijo la mujer, alargando la mano para apartar algunos mechones sucios del rostro de Dan. Él se estremeció al sentir el cálido tacto de los largos y estilizados dedos de su víctima sobre su frente, unos dedos carentes de adornos más allá de unas uñas perfectamente recortadas. Él no se apartó; no sintió amenaza alguna en su gesto. Por un breve instante, se dejó llevar por la agradable sensación de ser tocado con cuidado y cariño.

¿Cuánto tiempo hacía que alguien no rozaba su piel para algo que no fuera sacarle a rastras de su jaula o golpearle?

Su jaula, su cautiverio, la razón por la que tenía que seguir asesinando a quienes sus captores le ordenaran.

Se le daba bien matar, lo sabía. Antes de su encierro, nunca se había planteado que pudiera ser un buen asesino. Pero en aquel entonces, Dan era una persona muy distinta a la que ahora se encontraba encorvada sobre aquella dama de las cortes altas, saboreando los segundos que le quedaban hasta arrebatarle el calor de la vida. El mismo calor que surgía de su aliento cada vez que hablaba, y que venía acompañado de un fragante olor a menta y rosas.

—¿Quieres casarte conmigo? —preguntó por segunda vez la mujer, apartando la mano de la frente de Dan y dejándola caer sobre la almohada, junto a su cabeza.

—¿De verdad te parece que es un buen momento para hacer propuestas de matrimonio?

—Todo momento es bueno para hacer una propuesta matrimonial —respondió ella, haciendo un gesto similar a encogerse de hombros, pero mucho más ligero para evitar que su cuello se acercara demasiado al filo del arma—. Además, no soy una mujer conocida por dejar escapar una buena oportunidad cuando la tengo delante de mí.

Los cuchillos ocultos en el roñoso y grueso abrigo de Dan vibraron con ansiedad. Lo que decía aquella dama era absurdo. Sabía que tenía que dejarse de tonterías y matarla de una vez, pero su insistencia le intrigaba.

—¿Soy una buena oportunidad? —preguntó Dan, intentando sonreír. Los músculos de su rostro que elevaban las comisuras de sus labios estaban atrofiados, y le costó más de lo que había esperado.

Intentó recordar cuándo había sido la última vez que había sonreído, pero nada le vino a la mente. Dentro de su jaula no tenía razones para hacerlo. Fuera de ella, entre asesinatos, entrenamientos y palizas, tampoco.

—Eres una oportunidad fantástica, mi asesino —respondió la dama, mirándolo con una expresión que revelaba una ambición inexplicable para él.

—Supongo que no seré el primero al que le haces esta propuesta. —Dan deslizó su pulgar con ansiedad por el borde del mango de cuero del puñal. Cada vez sentía más cerca el aliento de la mujer. Él se había estado inclinando hacia su rostro sin darse cuenta, sin ser consciente de la atracción magnética de sus labios.

—Por supuesto que no —respondió ella, pronunciando muy lentamente cada sílaba para que no quedara ninguna duda de lo que le estaba diciendo—, pero eres el primero en pensárselo durante tanto tiempo.

Tal y como decía la dama, Dan estaba usando un tiempo que no tenía para charlar con su víctima.

Aquella lujosa residencia a las afueras de Coral estaba a reventar de guardias del rey Jorge. Dan había pasado varias horas oculto bajo una carreta a la espera de que el muro de ladrillo negro bajo la habitación quedara libre de miradas indiscretas. Era una noche sin luna, perfecta para esconderse a simple vista mientras escalaba los casi cincuenta metros que lo separaban de su víctima. Tuvo suerte de que la vidriera que hacía las veces de ventana estuviera abierta. Había entrado en los aposentos de la dama con pasos silenciosos y mortales. Ni siquiera sabía su nombre, solo le habían dado una dirección, una habitación y un basto retrato dibujado a mano de su rostro. Pero, en cuanto la vio, despierta, observándole en silencio desde su lujosa cama, y únicamente iluminada por las tres velas a medio derretir sobre su mesilla, no tuvo ninguna duda de que aquella era la mujer que tenía que asesinar. Y, si su inesperada propuesta no lo hubiera entretenido, si hubiera gritado y rogado por su vida en cuanto lo había visto como hacían el resto de sus víctimas, ahora mismo él estaría a medio camino de regresar a su jaula, y en aquella habitación solo quedarían un cadáver a punto de templarse, y unos guardias muy cabreados por no haber podido proteger a su invitada.

—Mi propuesta es seria —continuó la desconocida con una sonrisa divertida—, pero solo la formularé una vez más. Hacerlo una cuarta sería rogar, y te aviso, mi asesino, de que yo nunca me arrastro por nada ni por nadie.

Dan sabía que la tenía que matar, pero no deseaba que aquella conversación acabara. Había pasado años recibiendo órdenes y soltando gruñidos, y casi no recordaba lo que era hablar con otra persona.

Tomó nota mental para el futuro: nunca debía dejar hablar a sus víctimas. En cuanto una palabra empezara a formarse en sus labios, les cortaría la lengua para poder continuar su trabajo sin distracciones.

—¿Quieres casarte conmigo? —preguntó por última vez la dama, tal y como le había advertido.

Dan suspiró y la miró a los ojos.

—“¿Por qué no?” —se preguntó.

Por qué no darle a una moribunda el placer de que un hombre aceptara una propuesta que a saber cuántas veces antes había sido rechazada. Quizás eso era lo único que necesitaba para marcharse sin arrepentimientos al otro mundo: la confirmación de que había alguien que deseaba para el resto de su vida junto a ella, aunque fuera una mentira. A Dan le extrañaba que aquella dama de rasgos hermosos y sonrisa perfecta no hubiera encontrado un pretendiente dispuesto antes, pero algunas cortes altas de las regiones centrales conservaban costumbres extrañas, y no le parecía improbable que la mujer tuviera un oscuro pasado con el que nadie quisiera enredarse.

—Sí, mi dama —dijo Dan con la misma firmeza con la que apretó el mango de su puñal—. Acepto casarme contigo.

Y tras pronunciar esas palabras, presionó el filo de la hoja contra la piel de la mujer.

Dan se pasó la lengua por los labios, expectante. Estaba deseando deleitarse con el grueso hilo carmesí que no tardaría en fluir a través de las arterias y venas seccionadas del cuello de la mujer; con la visión de sus músculos blanquecinos desgarrados todavía contrayéndose, luchando contra la vida que se escapaba; con el sonido agonizante de su tráquea fracturada bajo la presión del metal, siseando sus últimas palabras a través de ella.

Pero no llegó a disfrutar de nada de eso porque, simplemente, no ocurrió. Su brazo no le obedeció, y el acero afilado nunca se hundió en el cuello de la dama. Antes de que la orden de su cerebro pudiera llegar a sus músculos, una luz deslumbrante procedente del cuerpo de su víctima atrapó los dedos que sujetaban la empuñadura de su arma.

Dan soltó el puñal y sintió cómo un fuego borboteante se instalaba en su cuerpo. Se incorporó, incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo, e intentando luchar contra el dolor. Cayó junto a la cama, golpeándose el costado contra el frío suelo de piedra. No gritó, pero sabía que estruendo del golpe alertaría a los guardias que se encontraban vigilando la alcoba de la mujer.

Dio gracias porque la agonía desapareciera tras apenas unos segundos. La luz que lo había deslumbrado fue desvaneciéndose poco a poco, pero no llegó a desaparecer del todo. El remanente luminoso surgía desde su propio cuerpo. Se miró la mano que había sujetado el puñal. La luz tatuaba un remolino que comenzaba en la palma y subía a través de su brazo formando una marca reluciente. Tenía otra exactamente igual en la otra palma. Se abrió la desgastada camisa negra que vestía con las manos temblorosas, y vio cómo los haces, que también subían desde sus piernas, se juntaban en un punto a la izquierda de su pecho, justo donde se encontraba su corazón.

—Magia —pudo decir antes de que las grandes puertas de madera se abrieran de golpe, y al menos diez hombres portando espadas y armaduras plateadas entraran a trompicones en la estancia.

No tardaron en detectar al intruso y en abalanzarse sobre él. No llegaron a alcanzarle porque una voz suave los detuvo.

—Por favor, guardias, ayudad a mi prometido a volver a la cama. El hechizo de compromiso lo ha sobresaltado.

La mujer pronunció aquellas palabras con tranquilidad y serenidad, como quien pedía que le trajeran una taza de té con educación.

Los guardias se volvieron hacia su señora, claramente confundidos, aunque para nada sorprendidos, como si ese tipo de excentricidades fueran normales en ella.

—Como ordene, majestad —dijo uno de ellos mientras se inclinaba para ayudar a Dan a levantarse.

—¿Majestad? —repitió él casi sin voz, arrastrándose en un intento por evitar las manos de los guardias que intentaban asistirlo.

—Sí, mi querido prometido —confirmó la dama, apoyando los codos en el borde del colchón y su barbilla sobre sus dedos enlazados—. Cuando nos casemos, serás el consorte real de la reina Karen Kor de Foralia, la región de las brujas.

El corazón de Dan se saltó un par de latidos mientras la luz de sus nuevos tatuajes se apagaba. Se resignó a que los guardias lo agarraran de los hombros para incorporarlo.

No tenía ni idea de cómo había ocurrido, pero se acababa de comprometer con una bruja, y no con una bruja cualquiera, sino con la reina de todas ellas.

Pero lo peor de todo era que estaba seguro de que aquella mujer no le iba a permitir volver a su jaula.

Solo disponía de siete días para hacerlo antes de que el veneno que recorría sus venas se extinguiera, y dejara libre al verdadero monstruo que se escondía bajo el cuerpo humano del asesino.

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