La propuesta matrimonial
—¿Quieres casarte conmigo?
Dan aflojó la mandíbula al escuchar esas tres palabras. El filo de su puñal seguía apoyado sobre el cuello de su víctima, aquella mujer de rizos dorados ondulados y labios enrojecidos, que lo miraba fijamente a los ojos, tumbada sobre la enorme cama de sábanas ribeteadas en cobre. Su boca había formulado la pregunta con una voz tan aterciopelada que Dan sintió cómo le acariciaba los oídos al introducirse a través de sus conductos auditivos.
—Estoy aquí para matarte —dijo él con voz ronca, apretando aún más el pecho apenas cubierto de la mujer con su rodilla e intentando no bajar la mirada al fino camisón de seda blanca con bordados en oro sobre el que estaba apoyado y que no dejaba nada a la imaginación.
—¿Y eso es incompatible con contraer matrimonio conmigo? —preguntó la mujer con picardía.
Si estaba asustada, no lo demostró de ninguna forma. Su corazón, palpitante bajo la rodilla de Dan, seguía un ritmo tranquilo y relajado. No había ninguna gota de sudor surgiendo en su rostro de porcelana carente de maquillaje, ni ninguna lágrima reprimida en sus ojos violáceos.
—Si te mato, no podrás casarte con nadie, y no creo que quieras comprometerte conmigo antes de que lo haga. No sería muy inteligente por tu parte que aceptaras casarte con tu asesino justo antes de que te aseste la estocada final —reflexionó Dan, preguntándose por qué no había acabado ya con la vida de aquella parlanchina dama. Mientras más tiempo pasara hablando con ella, más probabilidades habría de que alguien lo descubriera.
—Me gusta cómo piensas, mi querido asesino —dijo la mujer, alargando la mano para apartar algunos mechones sucios del rostro de Dan. Él se estremeció al sentir el cálido tacto de los largos y estilizados dedos de su víctima sobre su frente, unos dedos carentes de ningún adorno o abalorio, más allá de unas uñas perfectamente recortadas. No se apartó, ya que no sintió amenaza alguna en su gesto. Por un momento, se dejó llevar por la agradable sensación de ser tocado con un cariño espontáneo e inexplicable. ¿Cuánto tiempo hacía que alguien no rozaba su piel para algo que no fuera sacarle a rastras de su jaula o golpearle? Su jaula, su cautiverio, la razón por la que tenía que seguir asesinando a quienes sus captores le ordenaran.
Se le daba bien matar, eso tenía que reconocérselo a sí mismo. Antes de su caída, nunca se había planteado que pudiera ser un buen asesino, pero de esos tiempos hacía ya demasiado. En aquel entonces, Dan era una persona muy distinta a la que ahora se encontraba encorvado sobre aquella dama de las cortes altas, saboreando los segundos que le quedaban hasta arrebatarle el calor de la vida. Ese mismo calor que surgía de su aliento cada vez que hablaba y que venía acompañado de un fragante olor a menta y rosas.
—¿Quieres casarte conmigo? —preguntó por segunda vez la mujer, dejando caer su mano junto a su cabeza.
—¿De verdad te parece que es un buen momento para hacer propuestas de matrimonio? —le respondió Dan, que empezaba a encontrar la situación bastante absurda.
—Todo momento es buen momento para hacer una propuesta matrimonial —respondió ella, haciendo un gesto similar a encogerse de hombros, pero mucho más ligero para evitar que su cuello se acercara demasiado al filo del cuchillo—. Además, no soy una mujer conocida por dejar escapar una buena oportunidad cuando la tengo delante de mí.
Las dagas ocultas en el roñoso y grueso abrigo de Dan vibraron con ansiedad. El hombre sabía que tenía que dejarse de tonterías y matarla de una vez, pero su insistencia le intrigaba.
—¿Soy una buena oportunidad? —preguntó Dan, intentando sonreír. Los músculos de su rostro que le permitían hacer ese gesto estaban atrofiados y le costó más de lo que había esperado.
Intentó recordar cuándo había sido la última vez que había sonreído, pero nada le vino a la mente. Dentro de su jaula no tenía razones para hacerlo. Fuera de ella, entre asesinatos, entrenamientos y palizas, tampoco.
—Eres una oportunidad fantástica, mi asesino —respondió ella, mirándolo con una expresión que revelaba una ambición inexplicable para Dan.
—Supongo que no seré el primero al que le haces esta propuesta —teorizó él, deslizando su pulgar con ansiedad por el borde del mango de cuero del cuchillo. Cada vez sentía más cerca el aliento de la mujer. Se estaba inclinando hacia su rostro sin darse cuenta, sin ser consciente de la atracción magnética de sus labios.
—Por supuesto que no —respondió ella, moviendo muy lentamente su boca para que no quedara ninguna duda de lo que le estaba diciendo—, pero eres el primero en pensárselo durante tanto tiempo.
Sí, Dan estaba usando un tiempo que no tenía en charlar con su víctima. Esas palabras le hicieron darse cuenta de ello. Aquella lujosa residencia a las afueras de Coral estaba a reventar de guardias del rey Jorge. Había pasado varias horas oculto bajo una carreta a la espera de que el muro de ladrillo negro bajo la habitación de su objetivo quedara libre de miradas indiscretas. La noche era negra y sin luna, perfecta para esconderse a simple vista mientras escalaba con dificultad los casi cincuenta metros que lo separaban de su víctima. La vidriera de tonos amarillos y rojos que hacía de ventana estaba abierta, para su suerte, y no tuvo ninguna dificultad en introducirse en los aposentos de la dama. Ni siquiera sabía su nombre, solo le habían dado una dirección, una habitación y un basto retrato dibujado a mano de cómo era la persona a la que debía asesinar, pero, en cuanto la vio, despierta, observándole en silencio desde su lujosa cama, únicamente iluminada por las tres velas que se derretían lentamente en el candelabro de su mesilla de madera de cedro tallada, no tuvo ninguna duda de que aquella era la mujer de la que tenía que deshacerse. Y si su inesperada propuesta no lo hubiera entretenido, si hubiera gritado y rogado por su vida en cuanto lo había visto como hacían el resto de sus víctimas, ahora mismo él estaría a medio camino de regresar a su jaula, y en aquella habitación solo quedarían un cadáver a punto de templarse, y unos guardias muy cabreados por no haber podido proteger a su invitada.
—Mi propuesta es seria —continuó la desconocida, con una sonrisa divertida—, pero solo la formularé una vez más. Hacerlo una cuarta sería rogar, y te aviso, mi asesino, de que yo nunca me arrastro por nada ni por nadie.
Dan sabía que la tenía que matar, pero, maldición, le estaba empezando a caer bien. Era por la conversación que estaban teniendo, que no era nada parecido al intercambio de órdenes al que se había acostumbrado en los últimos años. Tomó nota mental para el futuro: nunca debía dejar hablar a sus víctimas. En cuanto una palabra empezara a salir de sus labios, les cortaría la lengua para poder continuar su trabajo sin distracciones.
—¿Quieres casarte conmigo? —preguntó por última vez la dama, tal y como le había advertido.
Dan suspiró y la miró a los ojos. Maldijo que le cayera bien. “¿Por qué no?” se preguntó. Darle a una moribunda el placer de que un hombre aceptara una propuesta que a saber cuántas veces antes había sido rechazada. Quizás eso era lo único que quería antes de marcharse al otro mundo: sentir que alguien había aceptado pasar el resto de su vida junto a ella, aunque fuera una mentira. A Dan le extrañaba que aquella mujer, que a él le resultaba muy atractiva, no hubiera encontrado el amor antes de ese día, pero algunas cortes altas de las regiones centrales tenían costumbres extrañas, y no le parecía improbable que la mujer tuviera un oscuro pasado con el que nadie quisiera enredarse.
—Sí, mi dama —dijo Dan con la misma firmeza con la que apretó el mango de su cuchillo—. Acepto casarme contigo.
Y tras pronunciar esas palabras, obligó a su brazo a presionar el filo de la hoja contra la piel de la mujer. Dan se pasó la lengua por los labios ante la expectación de empezar a ver como un grueso hilo carmesí fluía a través de las arterias y venas seccionadas del cuello de la mujer; estaba deseando deleitarse con la visión de sus músculos blanquecinos desgarrados todavía contrayéndose, luchando contra la vida que se escapaba, y de su tráquea fracturada bajo la presión del metal, siseando sus últimas palabras a través de ella.
Pero no llegó a disfrutar de nada de eso porque, simplemente, no ocurrió. Su brazo no le obedeció, y el cuchillo nunca se hundió en el cuello de la dama. Antes de que la orden de su cerebro pudiera llegar a sus nervios periféricos, una luz deslumbrante procedente del cuerpo de su víctima avanzó por su piel a través de los dedos que sujetaban la empuñadura de su arma. Dan soltó el puñal y sintió cómo un fuego borboteante se instalaba en su cuerpo. Se incorporó, incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo e intentando luchar contra el dolor. Cayó junto a la cama, golpeándose el costado contra el frío suelo de piedra. No gritó, pero estaba seguro de que el golpe alertaría a los guardias que se encontraban guardando la alcoba de la mujer.
Dio gracias porque la agonía fuera breve y desapareciera tras apenas unos segundos. La luz que lo había deslumbrado fue desvaneciéndose poco a poco, pero no llegó a desaparecer del todo. El haz surgía desde su propio cuerpo. Se miró la mano que había sujetado el cuchillo. La luz tatuaba un remolino que comenzaba en la palma y subía a través de su brazo formando una marca reluciente. Tenía otra exactamente igual en la otra palma. Se abrió la desgastada camisa negra que vestía con las manos temblorosas, y vio cómo los haces, que también subían desde sus piernas, se juntaban en un punto a la izquierda de su pecho, justo donde se encontraba su corazón.
—Magia —pudo decir antes de que las grandes puertas de madera se abrieran de golpe y al menos diez hombres que portaban espadas y armaduras plateadas entraran a trompicones a la estancia.
No tardaron en detectar al intruso y se abalanzaron sobre él. No llegaron a alcanzarle porque una voz suave los detuvo.
—Por favor, guardias, ayudad a mi prometido a volver a la cama. Creo que se ha sobresaltado un poco con el hechizo de compromiso.
La mujer pronunció aquellas palabras con tranquilidad y serenidad, como quien pedía que le trajeran una taza de té con educación.
Los guardias detuvieron su avance y se volvieron hacia su señora, claramente confundidos aunque para nada sorprendidos, como si ese tipo de excentricidades fueran normales en ella.
—Como ordene, majestad —dijo uno de ellos mientras se inclinaba para ayudar a Dan a levantarse.
—¿Majestad? —repitió él casi sin voz, mientras se arrastraba hacia atrás en un intento por evitar las manos de los guardias que intentaban asistirlo.
—Sí, mi querido prometido —confirmó la dama, apoyando los codos en el borde del colchón y su barbilla sobre sus dedos enlazados—. Cuando nos casemos, serás el consorte real de la reina Karen Kor de Foralia, la región de las brujas.
Dan sintió que se le paraba el corazón mientras la luz de sus nuevos tatuajes se apagaba. Se resignó a que los guardias lo agarraran de los hombros para incorporarlo.
No tenía ni idea de como, pero se acababa de comprometer con una bruja, y no con una bruja cualquiera, sino con la reina de todas ellas. Pero lo peor de todo era que estaba seguro de que aquella mujer no le iba a dejar volver a su jaula, y solo disponía de siete días para hacerlo antes de que el veneno que recorría sus venas se extinguiera y dejara libre al verdadero monstruo que se escondía bajo su cuerpo humano.