Fetiches - YMinimooni

All Rights Reserved ©

Summary

Una emocionante y candente historia donde Jungkook y Jimin aman los fetiches tanto como a ellos mismos. One Shot. Una historia de: YMiniMoon. ADVERTENCIA DE CONETIDO Contenido +18 Obra protegida bajo los derechos de autor. No sé aceptan copias ni adaptaciones.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo unico.

Capítulo Único

Orlando, Florida, 2025

Eran las 8 de la mañana. Había llegado corriendo al lugar donde trabajo, esa es una mansión de esa gente rica que solo se ve en televisión. Era la casa de un magnate y su esposa, de recién casados.

¿Cómo llegué acá? Soy estudiante de medicina y necesito pagar mi carrera. Mi amigo me dijo que vio el anuncio sobre que necesitaban un ayudante de limpieza en casa de uno de los que viven en su residencia. Mi amigo tampoco carece de nada económicamente, pero sus padres son demasiado homofobicos como para contratar a alguien gay.

Llego, puntual como siempre, y comienzo a hacer la comida que la señora de la casa llevará para su almuerzo. Ella trabaja en su bufete de abogados casi todo el día, y el señor trabaja desde casa o bueno, eso es lo que finge. Supongo que los ricos pueden darse ese lujo de solo hacer una mínima cosa y tomarlo como un gran trabajo.

—Jimin, me voy —salgo de mis pensamientos cuando escucho a la señora de la casa. Le doy todo su almuerzo bajo en calorías, con todos los carbohidratos pesados y al término que a ella le gustan.

—Aquí está su almuerzo, señora, que tenga un buen día —hago una reverencia y ella me mira de pies a cabeza. Siento cómo su mirada fuerte está puesta en mí, no dice nada, solo sonríe con esa sonrisa suya capaz de ganar cualquier cosa.

—En mi cuarto está tu nuevo uniforme, Jimin. No me gusta verte con esa ropa tan... desaliñada. Póntelo y procura que mi esposo coma a la hora, ya sabes cómo es. Tampoco te quiero muy cerca de él.

—Sí, señora —respondo. Mirarla siempre provoca mis nervios. Su mirada es demasiado fuerte y, aunque en el fondo tengo una sensación extraña, no digo más. No puedo perder este empleo por nada del mundo.

Escucho cómo sus tacones abandonan la casa hasta que su camioneta se escucha lejos. Ordeno todo en la cocina y subo a la habitación de mi jefa. Tal como dijo, mi uniforme está ahí, en un paquete que solo me permite ver su color negro con blanco. Arrugo la nariz porque, aunque la paga es muy buena, no dejo de sentirme un poco avergonzado. Pero, como decía mi madre: “trabajo es trabajo, pena debería dar robar”, ¿no? Así que respiro hondo y tomo el uniforme.

Vaya sorpresa que me llevo al notar lo que verdaderamente es: una falda de no más de 15 cm desde la cintura, unas medias blancas hasta los muslos con chongas rosadas, la camiseta —si es que puede llamarse así— es un pequeño top blanco sin tirantes, y una pequeña cofia blanca para mi cabeza. Me veo al espejo y mi cuerpo, al ser un doncel, es más curvilíneo: piernas y muslos gruesos, cintura estrecha y caderas más anchas como las de una mujer. Mis glúteos son grandes gracias a mi familia y su única herencia hacia mí. Sigo mirando mi cuerpo con el “uniforme” en el espejo, hasta que noto una figura atrás mío. Salto del susto y casi sufro un pequeño infarto.

—¿Te gusta? Lo cambié para ti. El que mi esposa eligió para ti no me gustaba tanto, me parecía aburrido. Pero viéndote, estoy seguro de que tomé la mejor decisión.

Me mira de pies a cabeza como si no fuese suficiente con mi ropa miniatura y quisiera desnudarme ahí mismo. Había notado antes esa mirada, pero creí que solo eran ideas mías... pero al parecer no.

—No seas tímido, gatito. Ven y modela tu nuevo uniforme para tu jefe. Estoy rojo como un tomate, porque aunque me parezca una total falta de respeto, verlo con esa mirada tan hambrienta también llena mi cuerpo de sensaciones raras. No diré que no me siento atraído, porque sería mentira. Dios, es un magnate, cuerpo asombroso y trabajado, pelinegro y ojos claros. Tiene una manga llena de tatuajes y, bueno, el bulto que se marca en sus pantalones no oculta su gran tamaño. ¿Y yo? Yo solo soy una pobre alma débil.

Pero no, debo tranquilizarme. A lo mejor esto es una prueba para poder quedarme con el trabajo por más tiempo. A lo mejor solo debo hacer lo correcto...

Camino hacia él, mordiendo mis labios y tratando de bajar un poco mi falda que no cubre siquiera mis glúteos en totalidad. Me paro frente a él. Él toma asiento en su cama, con las piernas abiertas y, aunque tenga la camiseta cerrada, puedo notar cómo no solo yo tengo una gran lucha, los botones de su camiseta también.

—Voltéate, gatito, no temas —dice ladeando su cabeza con una casi imperceptible sonrisa.

Lo hago. Doy vuelta despacio y cuando estoy de espaldas, a punto de girar, me pide que pare. Lo hago y me congelo, porque sé que está viendo mi trasero. Escucho cómo se levanta y sus pasos resonar detrás mío.

—Hueles delicioso, gatito. Me siento drogado por tu exquisito olor.

No me muevo ni un solo centímetro, pero mi piel se eriza de una manera impresionante al sentir su nariz sobre mi cuello. Arrugo mi falda entre mis puños para no emitir ningún sonido ni moverme un centímetro.

—Relájate, gatito. Solo quiero jugar un poco, ¿tú no?

Me dice y vuelve a su lugar. Exhalo como si llevara mucho rato sin respirar y ni siquiera lo había notado.

—Ven —dice el señor—. Ven, siéntate conmigo.

Me doy vuelta y camino hacia él. Me siento a su lado, intentando guardar distancia, pero su mano aprieta mi muslo y me hala hacia él.

—¿Te pedí que vengas? ¿Acaso no escuchas bien? Nervioso asiento y miro al frente. Él sonríe y me corrige:

—Jimiiiiin. Habla, que no puedo entenderte.

—S-sí, señor —tartamudeo, y quiero abofetearme por ser tan débil.

—Buen chico —susurra en mi oído, mientras que la mano que tenía en mi muslo empieza a recorrer todo lo que puede, incluso llegando cerca de mi miembro.

—S-señor… —intento decir, pero su dedo toca mi miembro que, por supuesto, está goteando. No podía evitarlo. Sus dedos recogen todo el presemen que está en la punta.

—S-señor, esto no es correcto. Su espo… —No termino de decirlo porque sus dedos, llenos de mí, están en mis labios, y sin tardar mucho los mete dentro de mi boca.

—Shhh, calla, gatito. Yo te pago, eres todo mío. Puedes ser mi puta personal si se me antoja. Mi puta más deliciosa —dice, y eso, más allá de ofenderme, me prende. No diré nada. Me siento como si me hubieran hecho un embrujo y ahora soy Park Sumisión Jimin.

—Ven aquí, gatito. Obedece a tu señor —dice, palmeando sus muslos para que pueda sentarme encima de él.

No argumento nada, y como si no pudiera controlar mi cuerpo, me siento encima de él, en sus piernas, dándole la espalda. Siento sus manos por mi cintura bajando hasta mis muslos. Siento cómo toma mis piernas por debajo de los muslos y me abre. Tantos años de ballet al parecer serán muy bien usados por él. Se me escapa un pequeño gemido. Escucho cómo respira un poco agitado, y con una mano baja el pequeño top, mientras que con la otra empieza a tocar mi erección. Puedo sentir la de él debajo de mis nalgas y cómo intenta acomodarlo para empezar a fingir embestidas lentas.

—¿Sientes cómo me pones, Jimin?

—S-sí —respondo en un pequeño siseo—. Sí, señor, lo siento.

—Eres toda una puta. Tú también estás deseoso de mí. Mira esa entrada, tan húmeda para que su dueño entre...

Arqueo mi espalda al sentir cómo con su mano juega con mis pezones duros, y la otra pasa su dedo por el borde de mi muy mojada entrada.

Por inercia, empiezo a restregarme en él y escucho su gemido gutural. Me encanta, pero quiero intentarlo una vez más por la poca fuerza de voluntad que me queda.

—Señor... señor Jeon, su esposa... esto no está bien —le digo, cerrando mis ojos, tratando de cerrar mis piernas y con mis manos quitar las suyas de mis pezones.

Pero como respuesta, me toma de la cintura, me levanta como si mi cuerpo no pesara nada y me tira con un poco de brusquedad hacia la cama.

Estoy nervioso, pero no asustado. Intento tapar el desorden que ha hecho como puedo, pensando que mi respuesta había sido suficiente. Pero, al contrario de eso, él me jala por detrás de los muslos y me pone en la orilla de la cama. En tiempo récord tengo al señor de la casa lamiendo, mordiendo y chupando mi entrada y mis muslos, su mano izquierda apretando mis pezones, y su mano derecha apretando y dando pequeñas palmadas en mis piernas y cadera.

No puedo parar de gemir y de removerme bajo sus toques, mi cuerpo no responde a mí sino a él. Estoy sudando e intento detenerlo como si no lo estuviese disfrutando tanto. Me mira a los ojos con tanto deseo que me pierdo cuando lo escucho decir:

—Sabes delicioso, gatito. No sabes cuántas noches desee que fueras tú en mi cama y no esa mujer. Te deseo desde que entraste por esa puerta y te vi por primera vez. No puedes pedirme que pare, cuando lo único que quiero al verte en la cocina, en el baño, en el lavado, es desnudarte y hacerte gemir mi puto nombre.

Un gemido nada varonil escapa de mis labios y tengo que cerrar las piernas porque, aunque no me esté tocando, siento el líquido salir de mi entrada por tanta excitación.

Él sonríe satisfecho, me toma entre sus manos y me sienta a horcajadas sobre él. A este punto no puedo detenerlo, y no intento fingir más porque sería tonto de mi parte. Me besa como si no hubiese un mañana, y así

permanecemos un buen rato, hasta que nos falta el aire y se despega de mí, mordiendo mi labio. Mis manos van a los botones de su camisa y, antes de quitar el primero, lo miro, y con los ojos destilando deseo le pregunto si puedo.

—Hazlo, nene. Soy todo tuyo ahora, y tú eres todo mío.

Asiento como idiota babeando por él, vuelvo a besarlo y desesperado arranco su ropa, primero su camiseta y luego su pantalón. Cuando termino en tiempo récord, me toma del rostro haciendo que mis labios, gruesos de tanto usarlos, se abran y me escupe en la boca.

—Eres una puta delicia. Móntame y saciate hasta que estés lleno de mi leche, gatito.

No lo pienso, solo tomo su miembro y lo introduzco en mi entrada. Lo meto entero y solo puedo gemir alto. Es grande y totalmente delicioso. No hay tanto dolor, estoy tan húmedo para él que desliza fácil.

Con mis manos en sus pectorales, empiezo a saltar, a montarlo lo mejor que puedo, y sé que voy bien cuando lo escucho gemir sin vergüenza y apretar mis muslos.

—S-señor Jeon —digo entre gemidos.

—¿Te gusta? ¿Te gusta la polla de tu señor, gatito? ¿Te gusta montar al dueño de la casa mientras su esposa está fuera? Aaaah, eres una puta — pronuncia antes de darme una nalgada que seguramente también los vecinos escucharon.

No paro, eso me pone más. No importa si parezco masoquista, esto es totalmente delicioso y mucho más cuando lo siento tocar mi punto dulce.

—Más, Jimin, muévete... sí, así. Lo estás haciendo increíble, mi amor...

Estoy a punto de explotar, cuando de repente todo se congela a mi alrededor. El líbido me baja como si me hubiese caído un balde de agua fría: la señora Jeon entra a la casa y sus tacones se acercan a la recámara.

Trato de sacar el miembro de mi jefe y pararme para salir huyendo, pero él me sostiene fuerte y sigue penetrándome con más fuerza. La adrenalina en mi cuerpo hace que vuelva a sentirme caliente, aunque una vez más intento huir, y él me abraza y me da embestidas más fuertes.

Siento cómo el señor Jeon lame mi cuello, se me escapa un gemido, y en instantes la puerta de la habitación es abierta. La señora Jeon parece sorprendida, pero no tanto, y solo logro girar mi cabeza para verla. Y como estamos todos locos, ella sonríe y se muerde los labios.

Eso me prende y no sé por qué. Jeon despega su boca de mi pezón y dice:

—Bienvenida, cariño. El desayuno está servido, y es tan delicioso como lo imaginamos.

¿Qué? ¿Qué acaba de decir? Estoy en shock, y aunque siento mucho placer, no reacciono hasta que veo a la señora quitarse su ropa. Y cuando está completamente desnuda, camina hacia nosotros y acaricia mis glúteos, dando besos en mi espalda. No lo soporto más, gimo alto y me vengo. No soy tan fuerte, esto me prende de sobremanera. ¿En qué momento sucedió todo esto? No lo sé y no me interesa, pienso disfrutarlo. Estoy cansado, pero el señor me pone de espaldas sobre la cama, y su mujer intenta besarme. Yo, por supuesto, voy a permitirlo, pero los planes de su esposo son otros.

—Sin besos, nadie puede besar su boca —dice con el ceño fruncido.

Lo miro extrañado, pero no le doy importancia. Ella besa mi cuello y él arranca mi pequeño uniforme, dejándome solo con las medias. Siento cómo pone un condón sobre mi pene y su esposa, sin mucho más, se autopenetra conmigo. Ya estoy duro de vuelta. Esto es una puta locura. El señor Jeon se arrodilla a un lado de mi cabeza y empieza a rozar la punta de su miembro por mis labios.

—Abre —me dice, y lo introduce.

Lo chupo como si ese fuese el mejor manjar que haya probado en mi vida. Gimo porque me encanta. Hace con mi boca lo que quiere mientras su mujer salta sobre mí. Ella grita y balbucea cosas que no entiendo. Él saca su miembro de mi boca.

—Póntelo —dice con su voz ronca y varonil, cosa que no entiendo, pero estoy tan perdido en el placer que tampoco me importa mucho lo que quieran hacer.

Cuando ella se levanta de la cama y va corriendo hacia el armario, él toma mi cara y me besa con desesperación. Muerde mis labios y, al escuchar los pasos de su mujer, se separa.

—Amo tu boquita. No olvides que eres mío, gatito.

Me da el último beso y se pone en la posición en la que estaba. Ella llega con un arnés de quizás 12 cm.

—¿Estás listo, bombón?

Me voltea y me pone en cuatro.

—Yo también soñé con este momento —me dice, mientras empieza a introducirse en mí.

Gimo y veo al hombre hincado frente a mí.

—Toma tu leche, gatito, te la daré toda.

Siento que mis sentidos me abandonan. Estoy siendo utilizado por mis jefes, y es lo más erótico que me ha pasado. Los dos dan lo mejor de sí para que tenga el líbido por los cielos. Una, dos, y seis poses más hasta que estoy a punto de llegar a mi tercer orgasmo. No puedo más. Estoy seguro de que mañana no podré caminar y mi voz estará totalmente ronca por tanto gritar, pero lo ha valido cada segundo. Estoy siendo penetrado por los dos.

—No puedo más, ya… ya voy a explotar —digo.

Y como si mis ruegos a lo largo de ese día hubiesen servido de algo, Jeon toma mi erección y la señora, sin dejar de penetrarme, chupa mis pezones con más avidez. Y ahí está, mi último orgasmo del día, antes de caer con todas mis fuerzas drenadas, lleno de fluidos míos y de la pareja por todo mi cuerpo. No recuerdo más, solo cómo utilizaron mi cuerpo unos segundos

más hasta terminar ellos también. Cierro mis párpados y quedo totalmente inconsciente.

Despierto y estoy en una cama conocida, mi cama. Las sábanas suaves y, al parecer, por los rayos del sol, ya es un nuevo día. Intento levantarme, pero el dolor es horrible, todo mi cuerpo duele como si una rastra hubiese pasado encima mío. Escucho a alguien abrir la puerta de mi habitación y es Hanna, nuestra empleada doméstica temporal. Ella está cubriendo a nuestra ama de llaves solo unos días mientras se recupera de un accidente en su tobillo.

Hanna, avergonzada y como si no pudiera verme a la cara, deja mi desayuno en la mesita de noche y unas pastillas junto al vaso de agua.

—S-su desay... yuno, señor —dice tartamudeando, muerta de la pena.

—Puedes retirarte, Hanna. Yo atiendo a mi esposo —escucho a mi marido decir al salir del baño con su cabello negro húmedo y una toalla. Ella solo asiente y casi sale corriendo del lugar.

—Buenos días, gatito. ¿Dormiste bien? —dice mi amado esposo.

—Claro, más que bien, pero siento que me ha pasado un camión encima. Él ríe un poco y me da una nalgada, cosa que hace que me dé cuenta de mi desnudez. Se acuesta sobre mí sin llegar a aplastarme y susurra en mi oído:

—Claro, cómo no estarlo, cuando eres un puto caprichoso que quería cumplir sus fantasías de cogerse a los señores de una casa como una sirvienta.

No puedo evitar mi carcajada porque soy consciente de que mi esposo es totalmente posesivo, pero cuando se trata de un capricho mío jamás puede decir que no.

—Pobre Hanna... lo hizo muy bien, pero creo que la hemos traumatizado — él voltea los ojos y, con un gruñido mientras aprieta mi cadera y se restriega en mí, dice:

—Sé que los dos estamos de acuerdo, pero ella te tenía más ganas de las que fingía. Casi besa tus labios. Qué bueno que solo estará aquí un día más.

Río ante sus celos y me volteo para poder besarlo con todo el amor posible. Veo sus hermosos ojos y es, definitivamente, el amor de mi vida. Diez años de casados no han sido fáciles, pero si puedo encontrarlo en mis próximas vidas, lo haré y lo amaré con la misma intensidad con la que lo hago ahora. Pero, con la inoportunidad que me caracteriza...

—Los besos en la boca no te molestaban cuando Jennie quiso besarte a ti en la orgía del año pasado.

Él pone los ojos en blanco y se levanta.

—No puede ser, supéralo, Jimin. ¡No puedes usar eso en mi contra cada vez que yo tenga celos! —dice haciendo una pataleta como si fuese un niño chiquito

Suspiro, porque sé que él jamás dejaría de darme mi lugar. Y yo tampoco a él. Nos amamos, y eso es lo mejor de todo.

YMiniMoon