El instinto de Zeus

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Summary

Edén Martínez nunca imaginó que una noche de trabajo en el bar donde sirve copas cambiaría el rumbo de su vida. Él entró sin buscar nada. Ella lo miró sin querer hacerlo. Y en esa mirada nació una historia que ninguno de los dos podrá controlar. Zeus D’Avalon es un hombre de éxito, poderoso, acostumbrado a que todo —y todos— obedezcan su voluntad. Pero cuando ve a Eden, algo se quiebra en su control perfecto. Ella despierta lo que él lleva años intentando enterrar: el instinto, el deseo… y la vulnerabilidad. Eden, joven, inocente y desesperada por salvar a su padre, se ve arrastrada al mundo de un hombre que puede darle todo, excepto libertad. Entre el peligro y la atracción, entre el poder y la entrega, ambos descubrirán que hay heridas que no se curan con dinero… y deseos que no se pueden negar. Porque cuando el instinto toma el mando, nadie sale ileso.

Genre
Erotica
Author
Anabel
Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Cuando el deseo me miró a los ojos. C1

El bar “Noir” ardía de murmullos, luces bajas y copas que tintineaban entre carcajadas.

Edén limpiaba la barra con el mismo trapo de siempre, perdida en pensamientos que pesaban más que el humo del lugar. Tenía veintitrés años, trabajaba hasta tarde para pagar la universidad y ayudar a su madre. Sonreía por fuera, pero por dentro… solo contaba los días que le faltaban para respirar tranquila.

—Dos whiskies, por favor —pidió un hombre alto, trajeado, con sonrisa fácil.

Ella asintió, tomó las botellas y sirvió los tragos sin mirar mucho.

Hasta que sintió esa mirada.

El amigo del traje gris no estaba solo.

A su lado, un hombre de ojos grises la observaba con una calma peligrosa. Tenía el porte de alguien que no necesitaba decir su nombre para imponer respeto.

Su rostro era perfecto, pero no por bonito, sino por lo contenido: cada gesto, medido. Cada palabra, una amenaza o una promesa.

Por un instante, Eden se olvidó del ruido, del trabajo, de todo.

(“No mires así”, pensó. “No te me quedes grabado.”)

Le sirvió los vasos y se alejó.

Pero él no apartó la vista. Ni una sola vez.

—¿Te gusta la chica? —preguntó el amigo, divertido.

—No sé de qué hablas —respondió Zeus, seco, sin mirar. Pero su mandíbula se tensó.

—Por favor… —Marco soltó una carcajada—. Te conozco. Esa camarera te ha dejado mudo.

Zeus no respondió. Dio un trago y cambió de tema. Pero Marco ya había notado algo.

Algo que su amigo, el cirujano perfecto y millonario reservado, jamás admitiría.

Más tarde, cuando Zeus se levantó para atender una llamada, Marco se acercó a la barra.

—Oye —le dijo a Eden con una sonrisa amable—. No te asustes, ¿vale? Mi amigo… el de los ojos grises, te vio y… bueno, digamos que no es alguien fácil de impresionar. Está organizando una cena privada. Podría usar ayuda. Pagaría muy bien. —Sacó una tarjeta—. No digas nada, solo piénsalo. Será una sorpresa.

Ella dudó, pero tomó la tarjeta. No por ambición, sino por curiosidad.

Por él.

Al día siguiente, el sol apenas entraba por las rendijas de su habitación. Eden giró la tarjeta entre los dedos, leyendo el nombre que brillaba en letras plateadas.

Zeus D’Avalon.

El nombre le sonaba a poder, a control, a algo que podía consumirla.

Finalmente llamó. Marco contestó, encantado, y le dio una dirección.

“Solo preséntate ahí. Él no sabrá nada… confía en mí.”

Eden dudó. Pero el instinto fue más fuerte.

El edificio era un monstruo de cristal frente al mar. El ascensor subió en silencio hasta el ático.

Cuando las puertas se abrieron, un pasillo largo, alfombrado, la condujo hasta un dormitorio amplio y elegante.

El aire olía a madera, a cuero, y a algo más: a él.

Eden se miró en el espejo. Vestido negro corto, espalda al descubierto, labios carmín. El corazón le temblaba.

Se sentó al borde de la cama, sin saber qué esperaba exactamente.

Entonces, la puerta se abrió.

Zeus entró quitándose la chaqueta, distraído. Pero al verla, se detuvo en seco.

—¿Quién eres tú? —preguntó, con voz baja y peligrosa.

Eden se levantó despacio.

—Soy Eden… la chica del bar.

—¿Qué demonios haces en mi dormitorio?

Ella tragó saliva.

—Marco me dijo que—

—¿Marco? —Zeus rió sin humor, avanzando un paso—. Déjame adivinar. Dijo que te contrataba para una cena.

—Sí. Yo… no quería molestar, solo—

—Ya lo hiciste. —Su voz cortó el aire—. No necesito a nadie. Mirándola de arriba a bajo. Con un oscuro deseo.

Eden sintió el nudo en la garganta, pero no se movió.

—Lo siento —murmuró—. No fue mi intención.

Él la miró unos segundos más. Su mirada se detuvo en el vestido, en sus manos temblorosas, en el brillo de sus ojos.

(“Maldita sea”, pensó Zeus. “No debería atraerme así.”)

—Vete. —Fue lo único que dijo.

Eden asintió, cogió su bolso y cruzó la puerta. El pasillo estaba en penumbra.

Cuando se detuvo frente al ascensor, el teléfono vibró. Contestó con manos temblorosas.

—Por favor… —su voz era un hilo—. Necesito más tiempo… lo juro… no tengo el dinero ahora mismo…

Su respiración se quebró en sollozos.

—No me hagas esto… te lo pagaré todo… solo dame una semana…

Zeus, apoyado en el marco de la puerta, la escuchó sin querer. No podía apartar la vista de esa figura frágil, deshecha en llanto frente al ascensor.

(“¿En qué estás metida, Eden?”) pensó.

Y algo dentro de él, algo que no recordaba haber sentido en años, empezó a moverse.