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El bosque era espeso, húmedo, lleno de sombras que se deslizaban entre los árboles como susurros. Jimin caminaba con paso ligero, el crujido de las hojas bajo sus botas resonaba entre los troncos. Llevaba su larga melena platinada suelta, un pantalón rojo ajustado que delineaba perfectamente sus piernas, una camisa blanca entallada que se transparentaba apenas con el roce del sol filtrado, un pequeño corsé que se ceñía a su cintura y realzaba sus redondeadas caderas y sobre los hombros, una capa roja que ondeaba como un fuego perezoso al ritmo de sus movimientos.
Era mediodía de un sábado cualquiera, el bosque parecía atemporal, como si lo esperara a él. Jimin caminaba con una pequeña cesta entre las manos, con frutas y dulces para su abuelita, era su costumbre hacerlo todos los fines de semana, pero eso era lo menos importante ahora. Sabía que algo, o alguien, lo observaba desde lo más profundo del bosque, no era la primera vez. Y, lejos de asustarlo, eso lo mantenía alerta... casi excitado.
“Voy a tomar este camino, aunque no debería salir del sendero, pero hay algo que siempre me llama y hasta que no lo consiga no pararé“, murmuró para sí mismo, sus labios rellenos se arquearon en una sonrisa ladina.
Una figura oscura, siniestra, apareció entre los árboles, lo perseguía de cerca, un gran ejemplar de lobo. Iba tras él. En algún momento Jimin se despistó, y perdió al lobo de vista, él continuo su camino. Unos pasos más adelante encontró un hombre recostado contra un tronco ancho, esperándolo. Era el Lobo, lo conocía muy bien. La adrenalina golpeaba a Jimin, sabía que al fin hoy había logrado su cometido y su fantasía se haría realidad.
El lupino que ahora era casi humano, excepto por el sobrenatural color de sus ojos, sus orejas puntiagudas y peludas, vestía completamente de negro: pantalones y chaqueta de cuero abierta. Los ojos dorados como oro líquido brillaban con un hambre que no tenía nada que ver con la comida.
—Qué piernas tan largas tienes, Caperucito —dijo Jungkook, el Lobo, con voz baja y grave, cada palabra acariciando el aire entre ellos.
Jimin se detuvo en seco, un escalofrío le recorrió por la espalda. Alzó la vista, desafiándolo.
—Son para correr mejor por el bosque, señor lobo —respondió, la ceja derecha alzada, su voz tan suave como el terciopelo de su capa.
Jungkook sonrió, dejando que su lengua rozara apenas el borde de sus labios.
—Y esos labios... —dio un paso hacia él—. Qué labios tan tentadores tienes.
—Son para hablar con lobos descarados como tú.
La tensión era pesada, casi tangible. Jimin no retrocedió. En cambio, inclinó un poco la cabeza, dejando que la capa roja resbalara apenas, mostrando más de su cuello. Jungkook lo notó. Cada centímetro de piel que Jimin revelaba parecía una provocación calculada.
—¿Y esos ojos, Caperucito...? —Jungkook se acercó más, tan cerca que Jimin podía sentir su aliento caliente sobre él—. Qué ojos tan brillantes tienes.
—Son para admirarte y verte mejor, señor Lobo—respondió, su voz ahora apenas era un suspiro.
El lobo alargó una mano, acarició la capa roja, con un roce apenas de sus dedos. Tiró de ella lentamente, dejando al descubierto la espalda de Jimin, delineada por la camisa blanca y el ajustado corsé, pegada a su piel como si no hubiera nada debajo.
—Y ese cuerpo... —Jungkook murmuró, acercándose más aún—. Qué cuerpo tan provocador tienes.
Jimin no respondió de inmediato. En vez de eso, se inclinó ligeramente hacia él, dejando que sus labios rozaran apenas la mandíbula de Jungkook. Y susurró contra su piel:
—Es para hacer que los lobos como tú se pierdan.
Jungkook gruñó suave, un sonido gutural y profundo que vibró en el pecho de ambos. Sin poder contenerse más, empujó a Jimin contra un árbol, con cuidado, pero con firmeza. La cesta cayó al suelo, olvidada.
—No deberías estar solo en el bosque, Caperucito —jadeó contra su oído—. Hay alimañas que podrían devorarte, o cazadores que podrían dañarte.
—Tal vez quiero ser devorado —respondió Jimin con una sonrisa coqueta.
La boca de Jungkook se cerró sobre el cuello de Jimin, mordiendo sin llegar a herir. Jimin arqueó el cuerpo hacia él, buscando más contacto. No había espacio entre sus cuerpos. Mientras Jungkook recorría su torso con las manos, desabotonando y desligando con impaciencia. Finalmente, el pecho de Jimin quedó expuesto, subiendo y bajando con respiraciones entrecortadas.
—Qué dientes tan grandes tienes... —susurró Jimin, de manera sensual, mientras los dedos de Jungkook se deslizaban por su abdomen desnudo.
—Son para... —Jungkook lamió su cuello y después clavó sus colmillos—Son para ...morderte mejor.
Sus labios descendieron por el pecho de Jimin, marcándolo con besos húmedos y suaves mordiscos. Jimin se aferró a su chaqueta, tirando de ella, buscando desnudarlo también. Las prendas cayeron como hojas secas. Jungkook era alto, fornido, todo músculo y calor, su cuerpo estaba cubierto por su olor, un aroma tremendamente masculino cargado de deseo.
Ambos se hundieron en la hierba, la capa roja extendida bajo ellos como una alfombra ceremonial. Jimin estaba abierto para él, temblando entre jadeos, con los pantalones rojos apenas colgando de una pierna.
—Qué manos tan grandes tienes... —jadeó, al sentir las palmas de Jungkook recorrer sus muslos.
—Son para tocarte mejor —dijo Jungkook, metiendo una mano bajo la prenda restante, acariciando con dominio y destreza su despierto miembro. Jimin gimió.
—Señor lobo hace mucho que este era mi sueño. Te he visto en otras ocasiones y anhelaba que te fijaras en mí y me hicieras tuyo.
—Ah, mi objeto de deseo, siempre te estoy observando, y a partir de hoy ya eres mío.
—Señor lobo, ¿por qué tienes la polla tan enorme? —Preguntó Jimin relamiéndose los labios—. Es toda para ti, para llevarte a las estrellas y que no olvides quien es el
mejor —le dijo Jungkook.
Sus cuerpos se unieron en una danza salvaje, guiados por la urgencia y la lujuria. El lobo lo devoró con la lengua, con los dedos, y con todo su cuerpo. Y Jimin lo recibió con los ojos cerrados, los labios entreabiertos, dejándose poseer por la bestia que había deseado desde la primera vez que pisó el bosque y lo vislumbro entre el follaje observándolo, a veces en su forma animal, otras con el aspecto de un hombre condenadamente sexy. Los ojos dorados lo delataban, y lejos de tenerle miedo lo excitaba.
El movimiento se volvió más fuerte, más rítmico, con los gemidos de Jimin resonando entre los árboles como una melodía encantadora. Jungkook lo embestía con una fuerza animal, pero con la precisión de un amante que conocía cada rincón del cuerpo que tomaba y con la delicadeza que su Caperucito merecía.
—Qué... qué intensidad tan... feroz tienes... —gimió Jimin, ya sin control de sus palabras, tenía los dedos enterrados en la espalda de Jungkook.
—Es para hacerte olvidar todo, menos a mí— gruñó, poseyéndolo con una fuerza medida y perfecta.
Cuando finalmente alcanzaron el clímax, lo hicieron al unísono, con los cuerpos arqueados y los labios sellados en un beso profundo, húmedo y desesperado.
El bosque parecía guardar silencio, respetando la comunión entre Caperucito y su Lobo.
Permanecieron un momento así, desnudos envueltos en la capa roja y el calor de sus cuerpos. Jungkook acarició el rostro de Jimin con ternura, y él le sonrió, satisfecho, su piel aún se estremecía por el placer experimentado.
—Señor lobo te he visto merodeando, se que eres el guardabosques pero no sé tu nombre. Yo soy Jimin.
—Jungkook, y soy tu lobo. —Le respondió él.
—¿Y ahora que pasará? —preguntó Jimin, todavía entre jadeos.
—Ahora te llevaré conmigo y no te dejare ir jamás —respondió Jungkook, besando su frente—. No pienso dejar que otro lobo te encuentre y robe mi tesoro más preciado.
—¿Y si no quiero ir contigo? —desafió Jimin, aunque su cuerpo y su corazón decían lo contrario.
Jungkook lo levantó en volandas, como si no pesara nada, la capa ondeando al viento.
—Entonces haré que lo quieras, que prefieras estar conmigo. Te colmaré de amor y cariño. Te cuidaré.
Permanecieron envueltos entre la capa y el calor de sus cuerpos, en medio del bosque, donde el amor y el deseo no tuvieran límites, donde la ley era la de sentir, la de los cuerpos y las miradas. Donde el lobo feroz había encontrado, por fin, a su Caperucito y Caperucito a su anhelado lobo.