Chapter 1
Pov Pavel:
Hace ya nueve años atrás, una familia completamente nueva se mudó justo a la casa del lado. Recuerdo que era una familia tranquila, de esas que no hacen mucho ruido ni alboroto. Tenían un solo hijo, un niño exactamente de mi misma edad. Él no conocía a nadie en el barrio, y al parecer, tampoco tenía intención de hacer amistades. Estaba solo. Completamente solo. Y como yo siempre fui un niño amable —o eso creía en aquel entonces—, dejé de jugar con mi hermano mayor por un tiempo, para acercarme a ese nuevo niño y tratar de incluirlo, invitarlo a jugar, hacerle compañía.
Sin embargo, desde el principio, él me rechazaba. Literalmente me ahuyentaba, como si yo fuera una molestia, como si mi simple presencia le fastidiara. Pero yo insistía. Una y otra vez, día tras día, iba a buscarlo con la esperanza de que cambiara de actitud. Hasta que finalmente, después de tanta persistencia, parecía que por fin estábamos empezando a llevarnos bien. O eso pensé. Porque cuando menos lo esperaba, todo se fue al diablo. Un día simplemente me golpeó, así sin más, cuando fui a buscarlo para jugar como siempre. Desde ese momento, comenzamos a odiarnos con una intensidad absurda.
Las peleas entre nosotros se volvieron constantes. Era casi parte de la rutina. Pero en esos primeros años, yo tenía la ventaja. Era más alto, más fuerte, y lo golpeaba sin piedad. Lo maltrataba físicamente cada vez que discutíamos, y eso era muy seguido. Hoy, nueve años después, las cosas han cambiado de una forma que nunca habría imaginado. Todo dio un giro tan absurdo que hasta da risa. Resulta que ese mismo chico, el que tanto odiaba y me odiaba, terminó haciéndose muy amigo de mi hermano mayor. Sí, el mismo hermano que me pedía que dejara de buscar peleas. Ellos se hicieron inseparables. Pero entre él y yo, nada cambió. Las peleas seguían igual de intensas, si no más.
Y lo peor de todo es que ahora él es el que me maltrata a mí. El maldito creció tanto que parece un poste de luz. Literalmente. Ahora es más alto, más fuerte, y cuando peleamos, yo no tengo nada que hacer contra él. Me golpea como si fuera su saco de boxeo. Y aunque por dentro lo sabía, nunca lo admití. Mi orgullo me lo impedía. Yo seguía enfrentándolo, sabiendo que no podía ganarle, pero no iba a demostrar debilidad, no frente a él.
Cada uno de nosotros tenía su propia pandilla. Grupos distintos, rivales incluso. En su grupo, por desgracia, estaba mi hermano. Él era el único que no se metía cuando peleábamos. No lo hacía porque me quería a mí, y también lo quería a él. Era su amigo. Entonces se mantenía al margen, como un espectador que sufre por dentro. Cada vez que nos encontrábamos a solas o incluso acompañados de nuestras respectivas pandillas, terminábamos peleando. Siempre. Pero él nunca permitía que yo me enfrentara con ninguno de sus amigos. No, solo con él. Solo él podía golpearme. Solo él podía retarme.
Nuestras peleas eran tan salvajes que en más de una ocasión —para no decir casi todos los días— nuestros padres terminaban recogiéndonos en la comisaría. Era vergonzoso. Era repetitivo. Pero aun así, seguía ocurriendo. Y lo irónico de todo esto es que nuestros padres eran excelentes amigos. Se llevaban increíblemente bien. De hecho, hacían parrilladas casi todos los fines de semana, alternando entre mi casa y la suya. Esas reuniones familiares eran una tradición. Y aun así, incluso en medio de esas parrilladas, él y yo nos escabullíamos en algún momento, desaparecíamos, y cuando nos encontraban, era con moretones y arañazos por todo el cuerpo. Una escena patética.
Nuestros padres estaban sinceramente hartos de nosotros. Agotados. Ya no sabían qué más hacer con dos adolescentes que no dejaban de pelear. Mi hermano, por su parte, no paraba de repetirme que dejara de buscar pelea con su amigo. Me lo decía con paciencia, con cansancio, con frustración. Y yo siempre le respondía lo mismo: que mientras su amigo no lo hiciera primero, yo tampoco pensaba detenerme. Y sí, seguimos así. Porque ni él, ni yo, íbamos a dar el primer paso. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder. Ninguno iba a rendirse. Porque esa era nuestra historia. Así éramos él y yo. Dos idiotas incapaces de dejar de odiarse...








