MEMO/RIES

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Summary

Nací con una extraña habilidad. La capacidad de ver lo que ningún ser humano ha podido ver en su vida. No son visiones del futuro ni ecos del pasado, sino algo más fracturado, más caótico. En mi cabeza está todo mezclado: las imágenes se superponen a los sonidos, los aromas se enredan con las texturas, y a veces, durante segundos que se sienten como siglos, pierdo los límites de mi propio cuerpo. ¿Cuánto de esto es real? ¿Cuánto es el precio de recordar? Necesito ordenarlo todo. Descifrar el rompecabezas de sombras que me habita. Pero para eso debo volver atrás, reconstruir los fragmentos dispersos de mi memoria. Si tuviera que contar cómo empezó todo… Debería empezar por aquí.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

INTRO/DUCTION

La comisaría de policía se erguía como un edificio bajo y deslucido, ubicado en las afueras de una pequeña ciudad de Pennsylvania. El invierno se aferraba al paisaje como una mano helada, cubriéndolo todo con una capa de escarcha que crujía bajo los pies.

El aire interior era denso y viciado, una mezcla persistente de café quemado que se filtraba desde una máquina antigua en la esquina, y el humo rancio de cigarrillos, incrustado en las paredes amarillentas durante décadas de servicio. Las luces fluorescentes parpadeaban intermitentemente, proyectando sombras danzantes sobre el linóleo rayado del suelo, salpicado de manchas indefinibles y pisadas de barro endurecido.

En una de las salas de interrogatorios —una habitación estrecha con una mesa de metal atornillada al piso y sillas que chirriaban como quejidos de fantasmas—, se sentaba Lili Turner, sus muñecas esposadas a la superficie fría y rayada. El metal mordía su piel pálida, enviando un escalofrío que se extendía por sus brazos como venas de hielo.

Lili tenía dieciocho años, pero en ese momento parecía mucho más joven, casi una niña perdida en un mundo demasiado grande y hostil. Su cabello dorado, empapado por la lluvia torrencial de la noche, caía en mechones desordenados sobre su rostro, ocultando parcialmente sus ojos azules, profundos y meditativos. Miraba fijamente un punto invisible en la pared opuesta. Esos ojos, que habían atestiguado horrores que ningún ser humano debería ver, ahora reflejaban una fatiga profunda, como si cargaran el peso de innumerables vidas no vividas.

Vestía una chaqueta raída y jeans manchados de lodo, ropa que había recogido en algún refugio improvisado. Sus botas, gastadas por millas de caminos solitarios, goteaban agua sobre el suelo, formando un pequeño charco que se extendía como una sombra acusadora.

Frente a ella, inclinado sobre la mesa con los codos apoyados en la superficie, estaba el teniente Edward, un hombre de mediana edad cuyo bigote gris y espeso parecía un intento fallido de ocultar las arrugas de preocupación que surcaban su rostro. Su uniforme, arrugado y manchado de café, delataba turnos largos y noches sin dormir: una vida dedicada a desentrañar pequeños misterios en una ciudad donde los crímenes más graves solían ser robos o disputas domésticas.

Edward olía a tabaco masticado y a una colonia barata que intentaba, sin éxito, enmascarar el sudor del estrés. Había encontrado a Lili al borde de la carretera interestatal, acurrucada bajo un puente como un animal herido, con la lluvia cayendo a cántaros y el viento aullando como un lamento lejano. Ahora, en esta habitación claustrofóbica, intentaba armar el rompecabezas de la joven silenciosa, cuya presencia parecía alterar el aire mismo, cargándolo con una electricidad sutil e inquietante.

—Te encontré a un lado del camino, en medio de la nada... ¿Hubo un accidente? —preguntó Edward, su voz ronca y áspera, como grava bajo las ruedas de un coche viejo. Se inclinó más cerca, escudriñando su rostro en busca de alguna reacción.

Lili permaneció inmóvil, su mirada fija en ese vacío invisible, como si estuviera escuchando voces que solo ella podía oír.

En su mente, un destello irrumpió como un relámpago en la oscuridad: perros policiales ladrando furiosamente en un bosque espeso y oscuro, sus colmillos brillando bajo la luz de linternas que cortaban la niebla como cuchillos. Voces gritaban su nombre —¡Lili! ¡Detente!—, resonando entre los árboles retorcidos, cuyas ramas se extendían como dedos esqueléticos. Parpadeó, y el recuerdo se desvaneció, dejando solo un residuo amargo en su garganta. No era solo un recuerdo; era un fragmento de su vida fracturada, uno de tantos que se arremolinaban en su conciencia como hojas en un vendaval.

Edward suspiró, frotándose la sien con una mano callosa, marcada por años de empuñar un arma y firmar informes. No era un hombre cruel, solo estaba cansado, un policía de pueblo que soñaba con la jubilación en una cabaña junto a un lago, pescando truchas y olvidando los rostros de los perdidos que había intentado salvar. Pero esta chica... había algo en ella que lo ponía nervioso, una quietud sobrenatural que hacía que el vello de su nuca se erizara.

Intentó de nuevo, su tono suavizándose un poco, como si hablara con una hija rebelde.

—¿Alguien intentó lastimarte? ¿Un novio, quizás? ¿O un desconocido? Puedo ayudarte, ¿sabes? Solo dime qué pasó.

Y entonces, otra imagen vino a su mente: ella corriendo a través de la maleza densa, ramas azotando su rostro como latigazos, dejando surcos rojos en su piel pálida. El suelo bajo sus pies era blando y traicionero, cubierto de hojas húmedas y raíces que se enredaban como serpientes.

Disparos resonaban en la noche, truenos lejanos que hacían vibrar el aire, balas silbando cerca de su cabeza, rozando la corteza de los árboles y haciendo volar astillas. Su corazón latía con furia, un tambor de pánico en su pecho, pero incluso entonces, sentía esa presencia familiar, ese hilo invisible que la conectaba a algo más allá de lo natural.

Raven, su guardián etéreo, su curse y su salvación, flotaba a su lado, una sombra intangible que desviaba las balas con una fuerza invisible, protegiéndola como un escudo incondicional.

Lili apretó los labios, sintiendo el tirón de ese hilo en lo profundo de su alma. Era como una cuerda atada a su corazón, vibrando con una energía que podía ser reconfortante o aterradora. Raven estaba inquieto ahora, acechando en las sombras de su mente, una presencia que nadie más podía percibir, pero que para ella era tan real como el aire que respiraba. Había nacido con él, o eso le habían dicho: una entidad ligada a ella desde el útero, un espíritu que la había seguido a través de orfanatos, laboratorios y fugas desesperadas. A veces, lo sentía como un hermano gemelo invisible; otras, como un demonio que exigía ser liberado.

Edward, ajeno a la tormenta interior de Lili, continuó presionando, su paciencia desgastándose como una cuerda raída.

—¿Qué tal un nombre? ¿Alguien a quien pueda contactar? Debes tener familia... amigos... alguien que pueda decirme quién eres. Mira, no estoy aquí para juzgarte. Solo quiero ayudar.

Un tercer recuerdo surgió, más suave esta vez, como un bálsamo en una herida abierta: un hombre sin hogar llamado Rick, con una barba enmarañada y ojos bondadosos ocultos bajo una gorra sucia, extendiendo una mano callosa pero amable en un callejón oscuro de Philadelphia. Él había sido uno de los pocos que no la miraban con miedo o sospecha; en cambio, la había visto como una igual, otra alma perdida en el vasto tapiz de la humanidad. Habían compartido una fogata improvisada esa noche, hablando de estrellas y sueños rotos.

Lili parpadeó, volviendo al presente. Un escalofrío recorrió la habitación como una brisa invisible, haciendo que los papeles sobre la mesa de Edward revolotearan ligeramente. El teniente frunció el ceño, atribuyéndolo a una corriente de aire, pero Lili sabía la verdad. Raven estaba impaciente, su energía acumulándose como una tormenta inminente.

—No hablas mucho, ¿verdad? —dijo Edward, suspirando profundamente y recostándose en su silla, que crujió bajo su peso. Se pasó una mano por el bigote, pensando en su propia hija, que ahora vivía en New York y rara vez llamaba. Quizás esta chica le recordaba a ella, con esa mezcla de vulnerabilidad y desafío en los ojos—. Bueno, si no me ayudas, no puedo ayudarte. Tendré que llamar a servicios sociales, o quizás al FBI si hay algo más grande aquí. Parece que has pasado por un infierno.

Se levantó con un gruñido, sus rodillas protestando por los años de patrullas nocturnas, y caminó alrededor de la silla de Lili, su sombra alargándose sobre ella.

—No estamos llegando a ninguna parte —murmuró para sí mismo, sacudiendo la cabeza.

Salió de la habitación por un momento, dejando la puerta entreabierta. Lili oyó sus pasos pesados resonando en el pasillo, mezclándose con el zumbido bajo de la radio policial en la recepción, donde una voz distorsionada reportaba un accidente menor en la autopista.

Pero Lili no estaba sola. Nunca lo estaba. En el silencio que siguió, Raven se manifestó más claramente, un susurro frío en el aire que hizo que la temperatura bajara varios grados. La lámpara de escritorio parpadeó, su bombilla zumbando como una abeja atrapada.

Lili levantó la vista, sus ojos enfocándose en la puerta entreabierta. Podía sentirlo: el hilo invisible tensándose, vibrando con una urgencia que le erizaba la piel.

—Lo sé —murmuró ella, su voz apenas un susurro, ronca por el desuso y el agotamiento—. Vienen. Siempre vienen.

Fuera, en el pasillo, el sonido de botas pesadas comenzó a resonar, un ritmo marcial que se acercaba como el tambor de una ejecución. Equipos SOG, armados hasta los dientes con rifles de asalto, chalecos antibalas y cascos que ocultaban sus rostros como máscaras de muerte, irrumpieron en la comisaría. Sus voces gritaban órdenes secas y precisas: «¡Formación! ¡Cubran las salidas!».

Edward, alarmado por la intrusión repentina, salió de su oficina adyacente, su mano instintivamente yendo a su pistola en la funda.

—¿Qué demonios está pasando aquí? Esta es mi comisaría. ¿Quiénes son ustedes?

El líder del equipo, un hombre fornido con una voz que cortaba como un cuchillo, lo ignoró al principio, enfocándose en la puerta de la sala de interrogatorios.

—Abra la puerta ahora. Tenemos órdenes de capturar a la sospechosa. Es peligrosa.

Lili, aún esposada a la mesa, sintió el pánico resurgir en su pecho, pero no era miedo por sí misma; era por los hombres que venían, ignorantes del poder que enfrentaban. Raven rugió en su mente, una fuerza primal que se acumulaba, lista para desatarse.

Y entonces, el hilo entre ellos se tensó hasta el punto de ruptura. La puerta se abrió de golpe, y el caos estalló como una bomba. Los equipos SOG entraron en tropel, sus rifles apuntando directamente a Lili, láseres rojos danzando sobre su pecho como ojos malévolos.

—¡Al suelo! ¡Manos arriba! —gritó uno, pero antes de que pudieran actuar, Raven surgió como una fuerza invisible, un torbellino de energía que se apoderó de la habitación.

Todo sucedió en un borrón de movimiento y sonido. Uno de los oficiales, un joven con ojos amplios bajo su casco, se volvió repentinamente contra sus compañeros, sus ojos vidriosos y vacíos, como si estuviera poseído por un espíritu maligno. Su rifle se levantó por voluntad propia, disparando salvajemente en ráfagas que iluminaban la habitación con fogonazos anaranjados.

Gritos llenaron la comisaría, mientras decenas de balas impactaban contra las paredes. Los cuerpos caían como marionetas cortadas, su sangre salpicando el linóleo en patrones grotescos, mezclándose con el pánico acre del sudor y la pólvora.

Edward, horrorizado, se arrojó al suelo detrás de su escritorio, su pistola desenfundada pero temblando en su mano.

—¡Deténganse! ¡Dios mío, deténganse! —gritó, pero su voz se perdió en el pandemónium. Otro oficial fue lanzado contra la pared por una fuerza letal, su casco quebrándose cual lámina de cristal.

Lili permaneció sentada, inmóvil. No era miedo lo que sentía, sino una resignación profunda, como si este fuera solo otro capítulo en una historia que no podía controlar, una narrativa escrita en sangre y sombras desde su nacimiento.

El tiroteo duró solo minutos, pero parecieron horas: una eternidad de ruido y violencia que dejó la comisaría como un campo de batalla. Cuerpos inertes yacían esparcidos, paredes acribilladas con agujeros humeantes, el aire espeso con humo y un intenso hedor a muerte.

Edward se levantó tambaleante, su rostro pálido como la cera, murmurando incoherencias mientras miraba a su alrededor.

—Esto no es posible... no es posible...

Minutos después, el Dr. Daniel McKellen irrumpió en la escena destrozada, su rostro pálido bajo la luz parpadeante de la lámpara superviviente. Daniel era un hombre de cincuenta y tantos, con cabello plateado peinado hacia atrás y gafas de montura delgada que enmarcaban ojos inteligentes pero atormentados. Vestía un traje arrugado bajo un abrigo largo, como si hubiera sido arrastrado de una conferencia científica en mitad de la noche.

Había sido el mentor de Lili durante años, el científico que había intentado entender su «don», el padre sustituto que había fallado en protegerla de un mundo que le temía.

—Lili... ¿Qué has hecho? —susurró McKellen, sus ojos llenos de una mezcla de horror y tristeza paternal, como un profesor que ve a su alumno más brillante caer en la oscuridad. Se arrodilló junto a ella, abriendo las esposas con manos temblorosas, ignorando los gemidos de los heridos y el sonido distante de sirenas aproximándose.

Ella lo miró, el hilo invisible aún vibrando con los ecos de la violencia, y no dijo nada. Los fragmentos de su vida se arremolinaban en su mente: imágenes de laboratorios estériles donde había sido probada como un ratón, sonidos de risas infantiles en un orfanato olvidado, olores de nieve fresca en una fuga anterior. Todo mezclado, roto, como un espejo hecho añicos que reflejaba mil versiones de sí misma.

Pero en algún lugar, en lo profundo de su ser, sabía que esto era solo el comienzo. O quizás el final de algo que nunca había empezado del todo. El mundo la perseguiría siempre, atraído y repelido por el misterio que llevaba dentro, por Raven, la entidad que la definía y la destruía continuamente.