Amor en Provenza

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Summary

Élien es dueño de una librería que es el único lugar donde su belleza no es motivo de la constante y dolorosa desaprobación de su padre. Sin embargo, la paz de se quiebra con el regreso de Sébastien "el príncipe heredero" de la región, quién vuelve de París con una misión: encontrar esposa y asegurar su legado. Para todo el pueblo es un acontecimiento; para Élien, es el regreso de su más valioso secreto. ¿Se acordará Sébastien de aquel beso con sabor a limonada?

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16+

El hijo gay

Mi mundo se impregnaba del aroma a papel antiguo y del perfume del té de lavanda que elaboraba cada mañana. El otro lado olía a la expectación de los alumnos antes de un examen. Así era mi vida como docente de Contabilidad en la universidad pública.

Pero mis tardes y fines de semana, los pasaba huyendo a mi librería, “Le Nectar des Pages”, que no era amplia, pero sí inabarcable. Dentro, simplemente era Élien, el guardián de las historias; sin embargo, afuera, era el hijo homosexual del hombre más masculino de la localidad.

—¿Lo has escuchado, Élien? —Madame Dubois dejó su cesto de mimbre sobre el mostrador y sus ojos brillaron con la emoción de los últimos rumores.— ¡Sébastien de Valois ha vuelto de París!

Mi corazón dio un pequeño salto al recordar a Sébastien: el que sabía a limonada fresca y dulce. Pero agité la cabeza para alejar de mí la imagen de dos niños de diez años ocultos en una pequeña casita situada detrás del molino de los campos de lavanda.

—Ah, sí. Todo el pueblo está loco —dije mientras limpiaba el mostrador de roble con un paño.

No comprendí el alboroto; él solamente era un hombre adinerado que volvía a casa... uno que tal vez había olvidado que yo fui su primer amor.

—¡Dicen que busca una esposa! —prosiguió Madame Dubois, disminuyendo la voz como si revelara un secreto de estado—. Para conservar las raíces, como ya sabes. Su madre desea una chica de Bellefontaine. Todas las mamás con hijas que se pueden casar están perdiendo la razón.

Sonreí de manera forzada.

—Bueno, les deseo suerte.

Me apoyé en el mostrador cuando se fue, y el silencio de la tienda volvió a rodearme.

Entonces me sonrojé y sentí que un ligero calor subía por mis mejillas. Y no entendía la razón, si solamente era un recuerdo de la infancia, donde dos niños fingían jugar a la casita. Hacía más de una década que no veía a Sébastien desde que se fue a la ciudad, y seguramente, él ya no debe recordar nada, porque ahora era un príncipe que regresaba a su reino.

Esa noche, la cena en casa fue tan silenciosa y tensa como siempre. Mi madre, era como una acuarela descolorida por años de desilusión. Mientras que padre, presidía la mesa como un magistrado a punto de pronunciar una resolución. Y me tocaba siempre su mirada, pero nunca se quedaba en mí. Al comprender a los dieciséis años que no le daría la nuera ni los nietos que él creía que eran su derecho, me transformé en un mueble hermoso pero inútil de su hogar.

—Los de Valois darán un baile el sábado —anunció mi padre de pronto, mientras cortaba su filete, pero no me miraba a mí, sino a mi madre—. Se han convocado a todas las familias "importantes".

Mi madre asintió, sin levantar la vista.

—¿Élien también?

Fue en ese momento cuando me miró, pero después soltó una risa seca y sin humor, mientras que sus ojos rastrearon mis características: mi cabellera roja, largo y rizada, y la cara que la gente del pueblo afirmaba que había recibido de mi abuela irlandesa. Me llamaban guapo; sin embargo, mi padre lo expresaba como si fuera una enfermedad.

—Por supuesto que sí —dijo, y su voz goteaba un desprecio que ya me era familiar—. Necesita dejarse ver. Lamentablemente, mi hijo único... —Dejó la frase en el aire, consciente de que así dolería más.

No lograba tragar porque el nudo en mi garganta se volvió espeso. Y no conforme con el resultado, mi padre continuó.

—Con esa cara, es una pena que no hayas nacido mujer. Si hubieras sido una hija, serías la esposa ideal para ese joven de Valois. Yo ya me habría encargado de garantizar el futuro de esta familia.

Sentí cómo el calor del dolor y de la vergüenza me quemaban por dentro... y aunque quería responderle y defenderme... no dije nada, porque, descubrí hace mucho tiempo que mi único escudo era el silencio. Contemplé a mi madre, quien únicamente se encogió en su asiento. Sabía que quería decirle a mi padre que yo no era una vergüenza, pero ambos sabíamos que esto terminaría mal.

El día siguiente no fue mejor, todo lo contrario. Mi madre, incapaz de resistir, lanzó la bomba en medio de la cena, justo cuando estábamos en silencio como en un funeral.

—Geneviève de Valois me llamó hoy —le dijo mi madre a mi padre en voz baja—. Le gustaría saber si Élien podría ofrecerle clases privadas a Sébastien.

Mi padre se rió como siempre, como cuando se trataba de cualquier cosa relacionada conmigo.

—Vaya —dijo, con un desdén que ya me era conocido—. Así que mi hijo irá a la gran mansión a enseñarle al heredero cómo contar su propio dinero. Está bien. Que el pueblo vea que mi hijo es lo suficientemente inteligente como para servir a los de Valois, aunque no para unirse a ellos.

Se puso de pie y se fue. Mi madre esperó a que desapareciera el ruido de sus pasos subiendo las escaleras para poner su mano sobre la mesa y cubrir la mía.

—No lo escuches, Élien —murmuró.

Sus ojos eran grises al igual que los míos y de mis abuelos maternos, pero en ella, se veían tristes. Estoy harto de ella siempre tenga que pagar los platos rotos. Así que tomé una decisión. El veneno de mi padre solamente podría causarme daño si yo lo ingiriera, por lo que decidí ignorarlo por mi salud mental y por la pequeña llama de autoestima que todavía brillaba tenuemente dentro de mí. Me enfocaría en el amor callado de mamá y en la protección que me brindaban mis libros. Y mi madre, como si hubiera oído lo que estaba pensando, empezó su propia rebelión callada.

La hallé al día siguiente en el cuarto de costura, con rollos de tela desplegados sobre la mesa. La luz del sol se filtraba por la ventana, iluminando sus manos mientras acariciaba un terciopelo de un verde tan profundo que parecía contener la noche de un bosque.

—Para el baile —respondió, sin requerir más aclaración. Su sonrisa, aunque tímida, era decidida —Sé que no es un vestido de gala, pero deseo que te veas magnífico, mon chéri. Eres mi único hijo y mereces destacar.

Sentí un nudo en mi garganta, pero era de agradecimiento. Mi padre empleaba sus palabras como armas, mientras que mi madre utilizaba sus manos para crearme una armadura.


Después de ir a la librería y asistir a mis clases, iba al cuarto de costura. El murmullo de la máquina de coser era como una canción de cuna, mientras que el aroma a tela nueva era como un perfume lleno de esperanza. Discutimos acerca de si los botones debían ser metálicos o de nácar, así como de la caída de la tela.

Aquel amor fue el que decidí en ese momento. Los comentarios de mi padre durante las cenas se volvieron algo trivial, como el ruido estático de una radio que no está bien sintonizada. “¿Estás preparado para asombrar a las ancianas del pueblo con tus conocimientos de contabilidad?”, decía burlonamente. Solamente pensaba en el hilo dorado que empleaba mi madre para bordar un monograma sutil en el forro de seda del compartimento interior.

En la puerta de mi armario, el vestido estaba colgado esa misma noche del baile. ¡Era un trabajo artístico! El pantalón de lana negro caía con una elegancia que nunca habría creído posible, y la chaqueta verde bosque de terciopelo se adaptaba a mi figura perfectamente.

Mi madre había elegido una camisa de color crema y una corbata de seda que recogía los tonos oscuros del traje.

—Oh, Élien... —dijo mi madre cuando salí de la habitación, cubriéndose la boca con las manos y sus ojos se anegaron de lágrimas—. Representas la elegancia misma.

Me vi en el espejo que se encuentra en el pasillo y contemplé mi cabello rojo que parecía una llama gracias al verde intenso del terciopelo. Y no vi al “hijo gay” que mi padre miraba con desilusión... vi al niño que mi mamá vestía con cariño.

Ahora si, me sentí preparado para afrontar el mundo, aun si este estaba a punto de centrarse en un recuerdo de verano con sabor a limonada.