CAMEL - PULP
- Ya faltan días para irme cumpa, casi nada.
- ¿Cuántos exactamente, Camel?
- Ocho días, el diez de Julio, ni sabes lo que tengo planeado; primero, voy a alquilar un depa cerca de la casa de mi hija, ¿Sabes?, su mamá a veces no me la pone al fono, imagino me va a poner trabas para verla. Lucharé para obtener el permiso, por la legal, ya verás. Compraré una tele de setenta pulgadas, ya imagino la felicidad de mi gordita. No me separaré nunca más de mi ratoncita, ya son trece años preso y ella va por catorce, la dejé bebita, pero no le he hecho faltar nada, la perra de su madre, apenas pudo, se consiguió a otro marido, le puso padrastro, no la maté ¿Sabes por qué? por mi hijita, cumpa, por ella, sino ¿Quién la iba a cuidar?, me tragué el orgullo, pero ganas no me faltaron...
- Ya... olvida eso Camel, ya fue mano, ya pasó. Tienes otra pareja y ella también, déjala ir, ya fue, lo de tu niña entiendo, pero cuando comienzas con lo de tu ex-mujer, ya jode. No hay cuando acabes.
- Ya pe’ cumpa...
- Nada, hablamos más tarde.
Le llamaban “Camel”, camello, por sediento, tenía una “sed”, y no de agua, gaseosa, café, comida o droga, no, él tenía sed de dinero. Algunos vagos habían extendido suchaplina “Pulp”, de pulpo. Le encantaba pulpear, estar en todos los negocios, incluso aquellos que le podían causar problemas, era como la mayonesa, está en todas las ensaladas. Y le decían “Camel-Pulp”, él feliz, lo aceptó alegremente, le agradaba el mote, con una amplia sonrisa hinchaba el pecho, orgulloso, “ese soy yo”, decía, “soy recursero al mango”, hacía de todo y en todo se metía, en lo lícito e ilícito, lo bueno y lo malo; rasguñaba sus monedas en aquello permitido y en aquello que no estaba autorizado, donde había dinero de por medio de seguro estaba ahí, husmeando o actuando, como la abeja a la miel.
La vida nos pone almas en el camino sin saber que saldrá de aquella confrontación. Vida o muerte. Amigo o enemigo. La guerra o la paz. Cuando lo conocí, chocamos, me incomodó su angurria y el que no respetara los espacios ganados. Yo trabajaba en el penal, estaba a cargo de la panadería, turno tarde. Me cachueleaba haciendo queques, empanadas, enrollados, galletas, pizzas y otras cosas más, vendía al por mayor y con un precio prudente, con esto me aseguraba dos cosas: primero, el margen de ganancia es menor pero tienes tu capital y utilidad en el día, te evitas estar “pezuñeando”, ofreciendo tus productos con el peligro que no todo es “al contento”, muchas veces tienes que dar “a floro”, la venta al por menor implica cobrar después de unos días, y eso es tiempo y problemas ya que hay compañeros que no les gusta pagar. Y segundo, tienes todo el tiempo del mundo para hacer otras cosas, no pierdes horas en ofrecer y luego cobrar.
Era un buen recurso. “Recurso” en el argot canero, es un trabajo, labor o emprendimiento, legal o ilegal que permite un ingreso al recluso. Y el recurso se respeta. Es conocida la frase “la habilidad se respeta” y es acatada tanto por los internos como por la autoridad
Camel se entrometió en mi recurso, él estaba a cargo de la panadería en la mañana y también quiso la tarde. Tenía lo suyo, y quiso lo mío. El choque fue inevitable.
Este hecho me permitió conocer de él, no éramos del mismo pabellón, pero uno tiene amigos, y a ellos acudí. Fue así que supe a qué se dedicaba. No solo producía en la panadería para vender al por menor, además tenía inversiones en el rubro de la gastronomía: menú, platos a la carta, mazamorras, gelatinas; Bodega: chupetines y cigarros; todo por unidad. Había invertido en telecomunicaciones: Tenía dos “huacos” en el que vendía las llamadas dos minutos por un sol. Ferretería: con la venta de resistencias para hacer cocinas; y en Farmacia: expendía “pepas”. Tenía un pequeño ejército de vendedores. Toda una joyita. Y quería más, supe a quién me enfrentaba. “Es un sediento de mierda”, concluyó el informante.
Y su sed lo perdió, todo ser tiene su talón de Aquiles, sólo es necesario saber cuál es. Le hice “pisar palito”, y pronto lo tuve entre mis manos. no le quedó más que pedir disculpas, agachar la cabeza, y quedar en deuda conmigo. No volvió a incomodarme, de todas maneras, no le quité el ojo de encima hasta que partí a otro penal.
Pasaron los años. Estando en un penal ordinario, lo vi ingresar al pabellón, yo estaba en nada, y él como recién llegado, estudiaba “la pampa”, no quería ganarse problemas por buscar un espacio, con cautela analizaba las oportunidades de negocios. Cerrado el capítulo anterior de la panadería, y estando en otro penal, terminamos trabando amistad. Cargaba con él una banca de madera peculiar, no era la banca lo que llamaba la atención, era el dibujo en la base: un pulpo morado sentado sobre un camello, ambos sonrientes, encima las letras CAMEL-PULP. ¡Me alegró el día!, me dijo que ese sería el logo de su empresa, sin dejar de reírme lo felicité. Este segundo momento con él, libre de intereses mezquinos hizo florecer una amistad.
Sin duda fue su sentido irónico del humor, había cogido las burlas y la chacota para construir una marca. Está de más decirlo, era un tipo peculiar.
- Verás cumpa, me compraré dos mototaxis apenas salga, uno lo manejo yo, otra la alquilo, mientras formalizo la empresa. Serán de esas que llama, “toritos”, los Bajaj. Se verán bacán con mi logo en la parte de atrás. ¡De puta madre! ya verás lo bien que me va a ir. Comenzaré con dos, poco a poco compraré más, ya oirás de mí, ¡Tendré cien “toritos”! Saldré en el Trome, el Ojo, el Extra, seré famoso. Mi hija estará orgullosa de mí y para que la muy puta de su madre sienta rabia y cólera por el hombre que perdió, y sufra como me hizo sufrir a mí...
- ¡Carajo, Camel! ¿Ya empiezas? siempre la misma huevada, ya causa, quítate esa obsesión, desahuevate cumpa, la vas a cagar si sigues pensando así...
Tenía ese lamentable problema, al conversar, iniciaba con lo de sus proyectos empresariales, luego su niña, para derivar en soltar el rencor que tenía con su ex-pareja. Al llegar a ese punto, lo dejaba con la palabra en la boca y me iba. Cansaba con el tema, no reconocía lo que sentía por ella, no era amor, era rencor. Sin duda debió haber sufrido mucho cuando ella se fue.
Había “perdido” en Ica, de donde era natal, habíase juntado con unos bandidos y perpetrado un robo a una agencia minera. La policía los estaba esperando. Cumplió condena allí, debido a su sed, despertó envidias, y un día cualquiera amaneció trasladado a un penal de alta seguridad en Lima. Fue en ese lugar que lo conocí. Tenía pareja y una hija pequeña; en el penal de Ica le fue bien, desplegó sus artes y prosperaba, pudo construir una casita en Nazca para su familia y brindarles algunas comodidades. Ya en Lima le costó levantarse, y lo que es peor, la casi nula comunicación telefónica contribuyó a que su relación terminara. Lloró, suplicó hasta amenazó, nada pudo cambiar la decisión de la señora. No lo aceptó nunca a pesar que tuvo otra pareja tiempo después, recordaba con mucho sufrimiento a la madre de su hija.
En prisión uno se apega mucho. Cuando estás en libertad tienes opciones y otro campo de acción. Preso, te aferras a tu pareja, dejas de hacer lo que siempre haces para que ella lo haga, lo que tú coordinabas ahora lo hace ella, dejas de ser tú para ver las cosas a través de otra persona. Eres como un pez en una pecera mirando el mundo a través del cristal de ella. Renuncias a ti, de alguna manera. Dejas todo en manos ajenas, convirtiéndose en la tiranía de la mujer. Te aferras a ella, y cuando ella se va, piensas morir. Eso le pasó a Camel, se derrumbó el castillo de arena que había construido, se le apagó la luz. Vivía con el dolor atravesado en el corazón, un dolor que no lo dejaba ser feliz, un dolor que no lo dejaba existir. Nunca aceptó el fin de la relación, y lo que es peor, no perdonó.
Las promesas de amor eterno son válidas por el tiempo que dure ese amor.
Le cogí aprecio al “negro”, su primera chapa antes de “Camel”, chato, barrigón como todo sureño que se respete, derramaba un carácter alegre, salvo cuando hablaba de su ex-pareja, le decían “negro” sin embargo no tenía rasgos afro, era más bien trinchudo, piel cetrina oscura, ojos negro noche, vivaces, y una risa contagiante.
Me lo alucinaba con su flota de mototaxis, todo un señor empresario, se tenía mucha fe y eso es fundamental para el éxito. Si en cana generaba riqueza ¿Por qué no en la calle? de seguro le iría bien. Quien conoce el éxito, sabrá ver la eternidad. Y él transitaba por esa ruta.
El día que se fue en libertad, se acercó a despedirse, nos dimos un largo abrazo, no recuerdo las palabras exactas, lo que sí recuerdo es que muy dentro de mí, pedí que sea feliz y que cumpla sus sueños. Me sonrió y me entregó su preciada banquita. Me dejó un número fijo, casa de su madre, “llámame en dos semanas para mandarte un centro”. No llamé ni hubo giro, ni volví a oír su voz, no llegamos a ese momento. No supe de él hasta que un domingo, “pellejo” Ramírez, entró jadeante a mi celda, me señaló con el dedo una noticia, lucía pálido y sus labios temblaban. Sobresaltado cogí el diario, página siete, policiales y leí:
FEMINICIDIO EN NAZCA
Roberto Carlos Paucar Jiménez (45) asesinó el día sábado por la mañana a su ex-conviviente Rosalinda Villalba Flores (39) de tres certeros disparos en la cabeza, luego del cual se quitó la vida con un tiro en el corazón.
El feminicida, ex-reo, conocido con el alias de “Camel” había sido puesto en libertad hace unos días del Penal Castro...








