"Los Fernández: Estafa, Ego y Diamantes"

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Summary

¿Qué pasa cuando el crimen se viste de lujo, se baña en diamantes y se vuelve viral? Jon, Lina y Paolo Fernández no son simples estafadores: son íconos del caos glamuroso. Con sus batas lujosas, calzoncillos personalizados y estrategias dignas de Lupin y Carmen Sandiego,Lina la femme fatale,Jon el show man,Paolo el encantador de corazones, han convertido la estafa en espectáculo, la persecución en pasarela, y la traición familiar en contenido viral. Mientras la policía, la Interpol ,Jux el inspector aleman y Ren Takashiro detective japonés de mirada letal intentan atraparlos, los hermanos siguen robando diamantes,caos y romance se entrelazan entre la duda de si es legal enamorarse de una criminal francesa con tacones de agujas venenosas de glamour , burlándose del sistema y vendiendo merchandising como si fueran estrellas de pop. Pero no saben que su hermano menor, Mario, está construyendo un TRONO DE CADÁVERES. Prepárate para una saga de crimen, comedia, traición y moda. Porque el caos... se vende con estilo. Entre persecuciones cinematográficas, diamantes,pasarelas de crimen. y un romance tan peligroso como lento, la pregunta no es quién atrapará a quién... Sino quién se enamorará primero en medio del caos. ⚠️ Crimen glamuroso • Comedia negra • Romance enemigos-a-amantes.

Genre
Thriller
Author
Cosmos70
Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El Tejado de la Vergüenza (y la Revolu

"Algunos hijos rompen ventanas. Otros, rompen corazones. Jon Fernández rompió ambos... y luego los vendió como arte contemporáneo."


Era una mañana tranquila en el barrio San Miguel. Hasta que dejó de serlo.


El rugido comenzó en el grupo de WhatsApp de los vecinos a las 6:47 AM. A las 7:15, ya había treinta personas frente a la casa de los Fernández con pancartas improvisadas en cartón barato: "¡No más Peter Panes!" y "Queremos a nuestros hijos de vuelta, no mini-estafadores con joystick".


Don Héctor, el presidente de la junta de vecinos, había perdido mil dólares en lo que Jon llamó "una inversión en el futuro digital".


La señora Marta descubrió que su hijo menor le robó trescientos dólares de su alcancía para comprarle a Jon "acciones de una startup revolucionaria" que resultó ser una cuenta de Instagram con tres seguidores.


El nombre Jon Fernández se había convertido en sinónimo de fraude con glamour.


Dentro de la casa que se caia en pedazos como las esperanzas familiares de los Fernández , Carla Fernández apretaba una taza de café con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Las lágrimas que se negaba a derramar le quemaban en los ojos. ¿Dónde había fallado como madre? La pregunta se repetía en su mente como un disco rayado, cada vez más fuerte, más acusadora.


Mauro caminaba en círculos por la sala, con las manos en la cabeza. Su rostro había envejecido diez años en una semana. Cada arruga nueva parecía llevar el nombre de su hijo grabado a fuego.


-Nos van a demandar. Nos van a funar hasta el alma -repetía como un mantra roto, la voz quebrándose en cada palabra-.

Treinta años trabajando como un burro para darles un techo... y mi propio hijo me convierte en la vergüenza del barrio.


La expulsión de jon en la universidad San Julio había llegado esa misma mañana por correo certificado. El director escribió en la carta: "Comportamiento incompatible con los valores institucionales. Operaciones comerciales fraudulentas dentro del campus.


Recomendamos asesoría psicológica urgente".


Carla leyó la última línea una y otra vez. Asesoría psicológica urgente. Como si su hijo fuera un caso perdido. Como si ella hubiera criado a un monstruo.


Dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco que resonó como un disparo.

-¿Dónde está? -su voz era apenas un susurro cargado de dolor-. ¿Dónde está ese... mi hijo?


Se le quebró la voz en la última palabra. No podía llamarlo "desgraciado". No importaba lo que hubiera hecho. Seguía siendo el bebé que alguna vez sostuvo en brazos, el niño de ojos verdes juguetones que le prometió que sería alguien importante.


Mauro se desplomó en el sofá, con los ojos rojos.


-No lo sé, Carla. Pero cuando lo encuentre... -se cubrió el rostro con las manos, ahogando un sollozo-. Dios mío, ¿qué hicimos mal?

La puerta se abrió. Carla alzó la vista, esperando a jon.


En su lugar, entró una caja de naranjas. Con piernas. Con la voz amortiguada de Paolo dentro: "No me miren. No existo."

En cualquier otro momento, habría sido gracioso. En el súper, tres personas me gritaron "ahí va el hermano del estafador". La cajera me cobró doble. ¡Doble! Y la chica del pan me escupió la bolsa.

Mauro alzó la vista, con los ojos hundidos en la desesperación.


-Estamos acabados. Toda una vida construyendo un nombre honrado... destruido en meses.


Afuera, Lina Fernández, tercera hija de la familia, intentaba calmar a la multitud. Llevaba una sudadera gris demasiado grande. El viento se enredaba en su pelo marrón largo y suelto, como si jugara a robarle la última pizca de calma que le quedaba. Cada mechón danzaba libre, reflejando destellos dorados bajo el sol mañanero. Su rostro, sin embargo, mostraba un cansancio que ninguna persona de su edad debería conocer.

-Miren, sé que están enojados, pero linchar a mi familia no va a...

-¡Mi hijo dejó la escuela por culpa de ese delincuente! -gritó una mujer desde atrás, con la voz quebrada por la rabia y el dolor-. ¡Dieciséis años y ya abandonó todo por seguir a ese... a ese demonio!


-¡Vendió "piedras energéticas" que eran del parque! ¡Ochenta dólares! ¡Ochenta! -bramó otro, con el rostro enrojecido-. ¡Ese dinero era para los medicamentos de mi madre!


Lina levantó las manos, derrotada. Las lágrimas le nublaban la vista, pero se negaba a dejarlas caer frente a esta gente.


-Está bien, sí, Jon es un desastre. Pero mi familia también está sufriendo -su voz se quebró-. Mi mamá Carla no ha dormido en tres días. Llora en silencio cuando cree que nadie la ve. Paolo no sale sin disfraz. Los gemelos(manu y jon) ni se hablan, mi hermano Mario anda encerrado como rata asustada. Todos pagamos por lo que él hizo.


Como invocados por sus nombres, Mario y Manu aparecieron corriendo desde la esquina.


Mario tenía la camiseta rasgada y un ojo morado floreciendo en dolor. Manu, el gemelo atlético de Jon, cojeaba. Su complexión muscular, normalmente motivo de orgullo, ahora solo servía para hacerlo más identificable.


Pelirrojo como Jon, con la misma nariz gordita que de alguna forma les daba un aire gracioso, compartía el rostro exacto de su hermano. Pero donde Jon tenía astucia y cinismo, Manu solo mostraba dolor.


-¡Nos persiguieron! -jadeó Mario-. ¡Cuatro tipos del colegio! Nos gritaron "Hermanos estafadores del payaso de Jon" y nos tiraron huevos podridos.


Manu se dejó caer contra la pared en vejecidad, con los ojos vidriosos. Los músculos de sus brazos temblaban, no de esfuerzo físico, sino de rabia contenida.

-Me expulsaron del equipo de fútbol.


Perdí la beca que papá tanto celebró. Y Karen, la chica que me gustaba, me bloqueó en todas las redes -su voz se quebró-. Todo porque tengo la misma maldita cara del idiota de Jon. Ni siquiera soy él, pero pago igual.


Mario lo miró con amargura, limpiándose sangre de la nariz.


-Ni siquiera es nuestra culpa que Jon estafe a diestra y siniestra. Nosotros nunca hicimos nada. Pero él... esa maldita rata inmunda nos arrastró al fondo dd el abismo con él.


Lina suspiró profundo y murmuró:

-Ya ni sé si ayudarlos o unirme a la turba.

Entonces sucedió.


Un grito agudo, teatral, imposible de ignorar:

-¡Hola, simples mortales!


Todos voltearon hacia arriba. Allí, en el tejado de la casa Fernández, el viento jugaba entre sus cabellos pelirrojos como un músico entre las cuerdas de un violín.


Cada hebra danzaba con la luz del sol, brillante e insolente. Con las piernas colgando sobre el borde y una sonrisa digna de un villano de telenovela, estaba Jon.


Sus ojos verdes juguetones brillaban con una mezcla de diversión y desafío. La nariz gordita, igual a la de Manu pero con una expresión completamente distinta, le daba un aire de travieso incorregible.


Llevaba una chaqueta de cuero brillante, lentes de sol enormes y zapatos que parecían costar más que el sueldo mensual de cualquier persona presente.


En una mano sostenía un micrófono portátil con forma de Winnie Pooh (para más "facherismo", según él).


El silencio fue absoluto. Como si el mundo entero contuviera la respiración.

Desde la ventana, Carla lo vio. Y algo dentro de ella se rompió.


Mi bebé, pensó, con el corazón desgarrándose. Mi pequeño Jon. Recordó al niño que solía acurrucarse en su regazo, que le prometía que la haría sentir orgullosa. Y ahora... ahora estaba ahí arriba, burlándose del mundo como si nada importara.


Las lágrimas finalmente cayeron. Silenciosas. Amargas.


-Agradezcan, plebeyos, que hoy decidí bendecirlos con mi presencia -continuó Jon, acomodándose los lentes con un gesto pretencioso-. No todos los días la realeza desciende al polvo de la calle. Porque estoy ocupado siendo... ya saben... exitoso.


-¡Bájate de ahí, desgraciado! -rugió Don Héctor, con la voz cargada de odio.

Jon chasqueó la lengua.


-Antes de que me interrumpan con sus emociones negativas, déjenme ofrecerles algo especial. Una oportunidad única de invertir en el futuro.


Sacó de su bolsillo dos ramitas secas. Las levantó como si fueran lingotes de oro puro.


Jon levantó las ramitas como si fueran reliquias sagradas, la luz del sol atravesándolas en el ángulo perfecto.


—Cultivadas por monjes en lo alto del Himalaya, cosechadas bajo luna llena, bendecidas con cantos ancestrales— hizo una pausa, saboreando cada palabra. La multitud, a pesar de su furia, se quedó en silencio un microsegundo. Porque Jon tenía ese don: hacer que la basura sonara como destino.


—Ochenta millones cada una. Pero porque me caen bien... cincuenta por las dos.


Alguien, en el fondo, susurró: "¿Y si es verdad?"


La multitud estalló en rabia pura.

-¡¿Ochenta millones?! ¡¿Por una pinche rama?!


-¡Eso es del árbol de la plaza!


-¡Llamen a la policía!


-¡Bájenlo a palos!


Don Héctor gritaba más fuerte que nadie. Pero tres semanas atrás, cuando Jon le prometió duplicar su dinero en un mes, Don Héctor no preguntó cómo. Solo preguntó: "¿Cuándo veo las ganancias?"

Jon hizo una reverencia elegante, como si estuviera en un escenario de Broadway.


-Amo su energía. Pero debo irme, gentusa. Mi jet privado me espera. Los amo, familia -hizo una pausa, y por un microsegundo, algo extraño cruzó su rostro. Algo que podría haber sido arrepentimiento. Pero desapareció tan rápido que nadie lo notó-. Adiós.


Y con un salto ágil, desapareció detrás del tejado.


Dentro de la casa, Carla se tambaleó.


Mauro la sostuvo justo antes de que cayera.


-No puedo más -sollozó contra el pecho de su esposo-. No puedo... es mi hijo, Mauro. Es nuestro hijo. Y lo estamos perdiendo.


Mauro la abrazó con fuerza, con sus propias lágrimas mojando el cabello de ella.


-Lo sé, amor. Lo sé.


Paolo se quitó la caja de la cabeza, con los ojos también húmedos.


-Mamá...

-Trae el coche -dijo Carla de repente, enderezándose. Su voz era firme ahora, aunque temblaba-. Vamos a buscarlo. Antes de que lo maten. O antes de que se pierda para siempre.

Paolo parpadeó.

-¿Cuál coche, mamá? Ni tenemos. Somos pobres, ¿recuerdas?

Lina puso los ojos en blanco.

-Mamá, papá trabajó toda su vida en la fábrica. No tenemos coche ni en los sueños más locos.

Carla fulminó a Paolo con la mirada.

—¡Es tu hermano! —exclamó, con la voz cargada de incredulidad.

Paolo rodó los ojos, el enojo dibujado en cada gesto.

—¡Es un criminal! —replicó, cortante.

Carla, exasperada, insistió palabra por palabra:

—¡Es. Tu. Hermano te guste o no!

Paolo frunció las cejas, la ira burbujeando en su tono.

—¡Pero es un desgraciado estafador!

-¡PERO ES TU HERMANO, TE GUSTE O NO! -gritó Carla, con una ferocidad que hizo temblar las paredes-. ¡Y mientras yo respire, nadie en esta familia abandona a nadie!

Mario irrumpió en la casa con un portazo que retumbó en las paredes. La puerta, vieja y corroída, no pudo soportarlo y cayó de golpe, astillándose contra el suelo.

Paolo se lanzó un suspiro de frustración, golpeando con la palma la mesa mientras gritaba:

—¡¿Acaso no hay nada en esta casa que resista?! ¡Todo se desmorona a pedazos, ugh!

Mario explotó, furioso como un volcán a punto de estallar.

—¡Me importa un carajo que sea mi hermano! ¡Me arruinó la vida! ¡Nadie me habla! ¡El portero de la escuela me cerró la puerta en la cara y me llamó "parásito de estafador"!

Manu lo siguió, limpiándose los ojos con rabia.

-Yo tampoco quiero verlo, mamá. De verdad que no. Pero si lo encuentran los vecinos... no va a quedar nada de él -tragó saliva-. Y por más que lo odie... no quiero que muera.

Lina entró detrás de ellos, respirando agitada.

-Tienen cinco minutos antes de que esto se convierta en cacería de brujas con antorchas. Sugiero que muevan el trasero.

Carla se limpió las lágrimas, enderezó los hombros y miró a su familia.

-Caminamos. Corremos si es necesario. Pero vamos a encontrar a Jon. Porque así estemos rotos, así estemos destruidos... seguimos siendo una familia.

Mauro asintió, tomando la mano de su esposa con fuerza.

-Vamos.

Mientras tanto, en un café de internet a tres cuadras de distancia, Jon tecleaba frenéticamente en una computadora alquilada. En la pantalla, un foro secreto con el logo de un Peter Pan pixelado.

Usuario: JonTheVisionario

"Próxima jugada: Agua embotellada de los Himalaya. (Spoiler: es de la llave, pero con etiqueta fancy). ¿Quién se une? Comisión del 40% para los primeros cinco."

Los mensajes empezaron a llegar.

Usuario: PanForever93: "Estoy dentro, bro. Mi mamá ya sospecha, pero no importa."

Usuario: NeverlandCEO: "¿Cuánto invertimos?"

Jon sonrió. Se puso los lentes de sol aunque estaba adentro, tomó un sorbo de su refresco premiun y escribió:

"La revolución apenas comienza, familia. Nadie puede detenernos."

Por un momento, miró su reflejo en la pantalla apagada. Un chico pelirrojo con lentes de sol ridículos y una sonrisa que ya no le llegaba a los ojos.

En algún lugar muy lejano de su mente, una voz pequeña susurró: "Mamá está llorando por tu culpa."

Jon subió el volumen de su música. La voz desapareció.

Mientras tanto en las calles el caos se desataba como una tormenta lista para devorara

Afuera, el rugido de la turba se escuchaba cada vez más cerca. Gritos. Rabia. El sonido de su familia cayendo en pedazos.

Y Jon, con la calma de quien cree que el mundo le pertenece -o de quien se niega a admitir que está completamente solo-, cerró la laptop, se puso de pie y salió por la puerta trasera silbando una melodía triunfal.

Porque en su mente, esto no era el fin.

Era apenas el primer acto.

Y todos serían su público cautivo.

Incluido tú.

Pero lo que Jon no sabía era que algunos espectáculos terminan en aplausos... y otros, en tragedia.

Y su familia estaba a punto de descubrir de qué lado de esa línea se encontraban realmente.

FIN DEL CAPÍTULO 1

Sobre los conflictos morales:

¿El hecho de que Jon esté causando tanto daño, pero de una manera tan "glamorosa", cambia la manera en que lo percibimos?

¿Te gustaría ver más personajes como él en historias de crimen, o prefieres villanos más oscuros y sinrede de estilo?

Sobre los personajes:

¿Qué opinas de la figura de Jon hasta ahora?

Es evidente que tiene carisma, pero ¿crees que sus "estafas con glamour" tienen alguna justificación, o es solo un villano egoísta?