Capítulo 1 – La Llamada

La lluvia caía por las calles de Seúl. El día gris parecía afectar el ambiente de la ciudad; sus calles se llenaron de paraguas y gente corriendo. Desde el interior del coche, el inspector Kwan Hyeok observaba por la ventana. Tenía la mano en el bolsillo de la chaqueta, donde jugaba con una tarjeta de presentación. Su compañera, la inspectora Min Seo Yeon, estaba a su lado hablando por la radio.
—Aquí patrulla 011, necesitamos otro coche patrulla en el distrito Jungnang. ¿Alguno disponible? —preguntó la voz de un oficial por radio.
—Patrulla 056, negativo —respondió una tercera voz.
—¿077 y 030 están disponibles? —volvió a preguntar.
—Patrulla 030, estamos de vuelta en comisaría. Si no hay ninguno más disponible, podemos ir —respondió una cuarta voz.
—Patrulla 077, estamos en el distrito de Gangnam haciendo seguimiento de un sujeto. Negativo —respondió la inspectora Min Seo Yeon.
El inspector Kwan Hyeok estaba absorto en sus pensamientos, ignorando la conversación. Esa tarjeta en su bolsillo era su principal distracción. ¿Debía llamar a ese número?
Sacó un paquete de cigarrillos y se puso uno en la boca. La inspectora Min Seo Yeon le dio un toque en el brazo y, con mirada amenazante, le hizo señas para que saliera del vehículo.
El inspector salió del coche. Aún llovía. Se guardó el cigarro en el bolsillo y caminó hacia la entrada del edificio, donde había más fumadores resguardándose. Sacó la tarjeta con el número de teléfono y empezó a marcarlo. Dudó unos segundos, pero realizó la llamada. Mientras daba tono, aprovechó para encender el cigarro. De repente, se escuchó una voz de hombre desde el auricular:
—¿Diga? ¿Quién llama? —dijo la voz de un señor mayor.
—Soy Kwan Hyeok. Hace tiempo que me dio su tarjeta y... —respondió, nervioso.
—¡Ah! ¡Inspector! —dijo, sin dejar que Hyeok terminara de hablar—. No puedo creer que esté hablando contigo. Creí que nunca recibiría una llamada del respetado inspector Kwan Hyeok —su tono, aunque un poco burlesco, era de pura sorpresa.
—Ya... —musitó Hyeok mientras le daba una calada al cigarro.
—Inspector, supongo que esta llamada es porque aceptaste mi oferta, ¿no? Jajaja, quién lo diría. Me gustaría conocerle en persona, Hyeok —la voz hizo una pausa—. Así me presento formalmente. Tenemos mucho de qué hablar. ¿Le parece bien?
—Sí, señor... Si le va bien esta tarde, podemos encontrarnos —respondió Hyeok mientras apagaba el cigarro. Echó un vistazo al coche y vio que su compañera salía—. Mierda —susurró, tapando el micrófono del teléfono.
—Por supuesto. En un rato le enviaré la hora y el sitio —dijo la voz con tono alegre—. Tengo muchas ganas de hacer negocios con usted.
La inspectora Min Seo Yeon ya estaba a escasos metros.
—Nos vemos esta tarde. Lo siento, tengo que colgar —respondió con nerviosismo. Guardó el teléfono y la tarjeta rápidamente en el bolsillo.
Min Seo Yeon lo miró extrañada.
—¿Era nuestro contacto? —preguntó mientras recogía el paraguas.
—¿Eh? No, aún no ha llamado —dijo mientras se ponía otro cigarro en la boca. No podía contarle nada de esto a nadie, y mucho menos a ella—. Estúpidos comerciales. Por ser amable con ellos, no te sueltan —bromeó. Una sonrisa forzada apareció en sus labios.
Min Seo Yeon lo miró analizando esa expresión. Sabía que no era verdad. Hacía días que lo notaba más raro de lo habitual. Después de lo ocurrido en el último caso, a Hyeok le había afectado demasiado. Dos semanas atrás, tras lo que dictaminó el juez, decidió tomarse la justicia por su mano: siguió a ese esbirro de la Jopok hasta su casa con un bate y una pistola. Si no fuera porque la inspectora que lo había seguido, habría terminado en prisión. Esa noche, Hyeok no parecía el mismo; en su mirada había oscuridad, locura y un odio inconmensurable.
Le quitó el cigarro de los labios y lo tiró en el cenicero.
—Con uno es suficiente —reprochó la inspectora, como una madre que regaña a su hijo—. El sospechoso está dentro.
—¿Cómo que está dentro? ¿Y el encuentro? —respondió, confuso. —Al parecer lo han aplazado —dijo Min Seo Yeon mientras se subía la cremallera de la chaqueta; el frío empezaba a calarla—. Ha recibido una llamada aplazándolo. Al parecer, dentro de 4 días habrá una fiesta en la Lotte World Tower.
Al escuchar el nombre del edificio, lo tomó por sorpresa. Giró la cabeza hacia Min Seo Yeon. ¿No es mucha casualidad que allí…? pensó. De repente, una idea provocó un brillo especial en su rostro. Un brillo que hacía tiempo que no tenía.
—Vamos por buen camino, inspectora —dijo mientras empezaba a caminar hacia el vehículo policial.
La inspectora no entendía nada, aunque volver a ver ese brillo en su rostro le dio alegría y ternura.
—¿A qué te refieres con eso? —preguntó mientras intentaba alcanzarlo. De repente, se paró en seco. La revelación llegó en ese instante—. ¡La Jopok! Solo necesitamos una foto de él allí, codeándose con la organización.
Hyeok se giró mientras seguía caminando y la miró sonriendo. Las mejillas de la inspectora se enrojecieron. “Esa sonrisa sí es de verdad”, pensó.
El resto del día se dedicaron a planificar el seguimiento con los demás agentes del caso. Una hora antes de salir de trabajar, le llegó el mensaje al móvil:
“08:00 p.m. Wooara Restaurant en Jongno. Sé puntual.”
Empezó a recoger las cosas y, sin decir nada, desapareció de la oficina. La inspectora, absorta escuchando una grabación, tardó en darse cuenta de que ya no estaba.
Salió de la comisaría a pasos acelerados, se subió a la moto y, mientras revisaba su mochila, el móvil empezó a sonar. En la pantalla se leía el nombre del comisario. Al verlo, resopló mientras lo apagaba, se puso el casco y puso rumbo al Wooara Restaurant.
Durante el trayecto, pensaba en lo que iba a ocurrir esa noche. Sabía que no era la mejor opción y que estaba mal, pero a estas alturas hacer el bien, lo sensato, lo que dicta la justicia, ya no era una opción. .
Llegó al restaurante 10 minutos antes. Era un conjunto de edificios de cristal. Por suerte, había dejado de llover. Aparcó la moto y se dirigió dentro. Al entrar, vio el restaurante vacío. De lejos, observó cómo se acercaba el jefe de sala, nervioso.
—Hola, he quedado aquí con... —rumió, pero se percató de que no conocía el nombre del hombre con quien había hablado—. No sé cómo se llama. Sé que es de la organización...
El jefe de sala levantó las cejas y abrió los ojos como platos. Con un gesto, indicó a Hyeok que no continuara con la mención.
—Dígame su nombre, por favor —dijo el jefe de sala. —Kwan Hyeok —dijo mientras observaba la decoración del lugar.
—Oh, discúlpeme, señor —respondió al comprobar el nombre—. Si hace el favor de seguirme.
Siguió al jefe de sala mientras observaba todo el local. Era un restaurante de lujo, muy ostentoso, con detalles en dorado. Pensó que, seguramente, en otra ocasión, vestido como iba —con una chaqueta de cuero algo desgastada y unos tejanos—, no lo hubieran dejado entrar.
Llegaron a una sala privada custodiada por dos guardias con traje negro. Miraron a Hyeok de arriba abajo con desdén mientras abrían la puerta.
Dentro de la sala, sentado frente a la mesa, había un señor mayor con un traje impoluto de color gris. Era de complexión delgada, con pómulos marcados. Cuando lo vio aparecer, esbozó una sonrisa. Hyeok hizo una reverencia saludando con la cabeza y se sentó frente al hombre.
—Vaya, aún no me lo creo —soltó el anciano mientras se servía un trozo de kimchi—. Te has hecho mucho de rogar, ja ja ja —paró un momento, rumiando—. ¿Te acuerdas de cuando te di esa tarjeta?
Hyeok asintió con la cabeza.
—En 2019, el día que registramos vuestra sede —dijo, decepcionado, mientras sopesaba si comer algo o no—. Y no encontramos nada...
El hombre recobró la memoria y volvió a sonreír.
—Ya lo recuerdo. Luego estuviste insistiendo en que te dieran una orden para registrar esa nave de lavandería industrial. Por suerte, no te la dieron, ja ja ja —lo miró mientras sonreía—. ¿Sabes por qué te di la tarjeta? —Hyeok lo miró con rabia; su mandíbula estaba tensa—. Porque detrás de tu faceta heroica de policía perfecto, detrás de eso, hay un justiciero crudo y visceral. —Su tono cambió a más serio; el hombre ya no sonreía, pero Hyeok sí lo hacía, con desdén—. Semanas después, hubo un incendio en esa nave —hizo una pausa—. Dime. ¿Fuiste tú, verdad? Encontraste dónde estaba el cargamento de droga.
Hyeok asintió. Ya no sonreía; había soberbia, satisfacción y orgullo en su mirada. Cogió los palillos para servirse.
—Lo que el sistema llama justicia no es más que un trozo de carne putrefacta del que se alimentan gusanos, moscas y demás carroñeros —dijo mientras sujetaba un trozo de carne antes de colocarlo en la barbacoa—. Estoy harto de que la justicia favorezca a los que la pueden comprar —cogió el trozo de carne y se lo comió.
—¡Por fin! Esa faceta tuya es la que me gusta. Creí que, después de lo ocurrido hace dos semanas, te negarías a reconocerla —dijo el anciano, eufórico de nuevo.
Hyeok frunció el ceño; sus ojos estaban fijos en los del anciano.
—Oh, vamos. ¿Te crees que no he oído los rumores? —dijo, expectante.
El inspector no dijo nada. Abrió una botella de soju y le sirvió al anciano.
—Puedes engañar a tu compañera, pero a mí no. Tengo ojos en todas partes —respondió mientras se acercaba el vaso de soju para beber.
Hyeok suspiró, se sirvió un vaso y lo bebió de un trago, buscando que le diera fuerza. Su mirada se oscureció.
—No hice nada esa noche. Mi compañera me frenó y me llevó a casa —dijo mientras bebía otro vaso.
—No me refiero a eso, sino a lo que hiciste esa madrugada —dijo el anciano mientras comía.
Esa frase hizo que se le atragantara el soju a Hyeok. Por mucho que quisiera ocultarlo, su cara roja de rabia lo delataba. Consiguió recuperar la compostura; tenía otra vez la mandíbula tensa. Al recordar lo sucedido, volvió a aparecer esa mirada de soberbia. Al verlo, la sonrisa del anciano se ensanchó aún más.
—Lo seguí hasta un bar clandestino. Cuando salió dando tumbos en un callejón, le disparé —se sirvió un poco de kimchi con rábano encurtido.
—Espero que haya cubierto todo su rastro, señor Kwan —dijo preocupado el anciano—. Si necesita ayuda con algún cabo suelto, nuestra organización se puede hacer cargo —bebió un trago de soju—. ¡Por Dios! Qué modales los míos. Hemos empezado a hablar y no me he presentado formalmente. Qué cabeza la mía. Soy Kim Nam Soon.
Hyeok saludó con la cabeza y le llenó de nuevo el vaso al señor Kim. Terminaron de cenar y se dirigieron a una de las sedes de la familia. Era una enorme casa que mezclaba el estilo tradicional con el moderno, con unas vistas impresionantes de Seúl.
Al entrar, todas las miradas se fijaron en él. Era consciente de que no era bienvenido allí; muchos de esos hombres eran asiduos de la comisaría. Esa presión impuesta por sus miradas no hizo mella en él; sabía que no había venido a hacer amigos.
Entraron en el despacho del señor Kim. Era una estancia enorme con una chimenea encendida que, ni con la calidez que emanaba, lograba combatir la frialdad del espacio. Se sentaron en el sofá frente a la chimenea.
—Bienvenido a la organización Geondal, señor Kwan —dijo el señor Kim, emocionado—. He visto cómo te miraban mis subordinados. No te preocupes por ellos; nadie hace nada sin mi consentimiento.
—Tsk. No me importa —musitó Hyeok—. Si estoy aquí no es para caer bien. He venido a trabajar.
—Sabes, eres muy descarado cuando quieres. A tu edad, yo era igual, pero con los años he dejado de serlo —respondió el anciano, recordando viejos tiempos—. Vamos a lo que nos interesa, señor Kwan. Como ya sabe, nuestra organización no es la única que hay en Seúl. Esta última década, nuestra competencia ha ido en decadencia, aunque hay una en concreto que parece que se niega a desaparecer.
—¿Te refieres a la organización Jopok? —dijo Hyeok mientras observaba el rostro serio del señor Kim—. Al parecer, habrá una fiesta en 4 días por la noche en la Lotte World Tower.
—Correcto. No quería recurrir tan pronto a ti para este tipo de cosas, pero necesito que hagas vigilancia de ese lugar —se levantó del sofá—. Parece ser que su nuevo jefe es el profeta que estaban esperando. Ese trozo de mierda con aires de grandeza nos ha robado uno de nuestros proveedores —los ojos del anciano reflejaban el fuego de la chimenea, pero aun así, en su tono de voz se notaba una rabia ahogada.
Hyeok desvió la mirada hacia sus manos entrecruzadas, que tenía encima de la rodilla. Antes de que pudiera decirle algo al señor Kim, este continuó:
—Necesito ponerle cara a esa escoria —miró de reojo hacia la ventana; había empezado a llover otra vez—. Nuestro contacto nos ha confirmado que, después de la fiesta, irá a un encuentro con nuestro exproveedor. Sé que podría mandar a uno de mis hombres, pero tú ya has estado instruido para eso, ¿verdad, inspector? —No hizo falta que Hyeok dijera nada; al fin y al cabo, era parte del entrenamiento policial—. Corre el rumor de que él fue quien ordenó que mataran a los Park.
Al escuchar eso, su corazón se encogió de golpe. Su mirada se tornó más oscura; el calor de la rabia que sentía encendió el rencor hacia ese hombre misterioso. Se levantó del sofá y se acercó a la chimenea, colocándose al lado del anciano.
—Si es así, te lo traeré en bandeja de plata. Si ese rumor llega a ser cierto, mi única condición es que lo quiero matar yo —dijo con la mandíbula apretada.
El señor Kim asintió y se despidieron. Al salir de la sala, volvió a notar el acecho de las miradas de los secuaces. Eso no hizo más que avivar el fuego que le quemaba por dentro. Se subió a la moto y dio un acelerón brusco.
Las calles de Seúl parecían fantasmas de sí mismas. Era de madrugada y el aire olía a asfalto mojado y a humo rancio. Hyeok avanzaba en su moto sin destino fijo; los faros cortaban la penumbra como cuchillas. El casco le apretaba la cabeza, pero no tanto como el nudo en el pecho. Sabía que no quería volver a casa. Sabía, sobre todo, que ya no había marcha atrás.
Había tomado su decisión, aunque seguía repitiéndose que no era más que un favor, un movimiento táctico, algo temporal. Mentiras para calmarse. Como policía había conocido cada grieta del mundo criminal: sus códigos, sus reglas, su crueldad. Y aun así, algo oscuro en su interior vibraba, fascinado. Un impulso latente, tan primitivo como una sombra.
El recuerdo de su padre apareció entonces, nítido, como si estuviera sentado detrás en la moto. La voz grave, casi paternal, aún resonaba: «Todos tenemos una parte oscura en nuestro interior. El odio, la rabia y el dolor la alimentan. Para algunos es fácil controlarla; para otros, imposible. Hyeok, hijo mío, eres un buen hombre. Tus intenciones siempre han sido puras. Pero a veces tu sentido del deber y la justicia provoca que esa oscuridad se adueñe de ti.»
Sintió cómo las palabras le atravesaban de nuevo. Frenó bruscamente y se estacionó al margen de la carretera. El corazón le golpeaba el pecho con tal fuerza que temió que se le rompiera. Sacó un cigarro, lo encendió y aspiró la primera calada con desesperación. El humo le quemó la garganta, pero le dio una calma momentánea.
Frente a él, una casa parecía dormida; las luces apagadas tras cortinas de seda. Todo parecía demasiado limpio, demasiado quieto. Un decorado.
Entonces vibró el teléfono. Un número desconocido. Contestó.
—¿Señor Kwan Hyeok? —una voz masculina, contenida, casi temblorosa.
—Sí. ¿Quién habla? —respondió él, con la voz áspera, exhalando humo.
—Soy el señor Cho. El señor Kim Nam Soon me dio su número. Tenemos un problema con un miembro de la organización… lo detuvieron por conducir ebrio —hizo una pausa—. Pero el problema real es que le confiscaron el coche y...
—Hay droga en el coche, ¿no? —interrumpió Hyeok, llevándose la mano a la cara.
—Sí… en un compartimento bajo el asiento del copiloto.
—Enviadme la matrícula y la dirección del depósito —la voz de Hyeok era ya puro metal.
—Se lo mando todo junto, también la dirección para entregar la mercancía.
Colgó y miró el asfalto durante un instante largo. Luego giró la llave de la moto. El rugido del motor le sonó como un veredicto.
El depósito estaba en las afueras, rodeado de vallas y cámaras. Las farolas apenas iluminaban charcos de aceite viejo. El aire olía a hierro oxidado, a papeles húmedos, a abandono. Hyeok conocía el lugar; había trabajado con el encargado cuando aún era agente. Marcó su número.
—¿Hyeok? ¿Por qué me llamas a estas horas? —la voz era ronca de sueño.
—Señor Im, disculpe. Un detenido dejó su cartera dentro del coche. Necesito recuperarla.
—¿Para eso me llamas? —gruñó.
—Tiene medicación dentro. Si no fuera urgente, no lo haría. Le deberé una botella de soju.
—Que sean dos. Dame veinte minutos.
—Gracias, señor Im.
Mientras esperaba, Hyeok entró en una tienda de conveniencia abierta toda la noche. El dependiente, un joven con ojeras, ni levantó la vista. Compró dos botellas de soju, un paquete de tabaco, guantes desechables, vasos de plástico y un café negro.
Volvió al depósito. Encendió otro cigarro. Las manos le temblaban levemente; no por frío, sino por una tensión que ya se había vuelto crónica.
Im apareció en un sedán con la pintura desconchada. Bostezó, vio las botellas y sonrió de lado.
—En este trabajo uno nunca descansa, chico. Dame un cigarro.
Hyeok se lo pasó.
—No tardes o te las verás con mi señora. Y con dos botellas de soju no la compras —dijo Im, medio en broma, medio en serio.
Dentro, el depósito era un cementerio de coches: chasis desnudos, vehículos confiscados, olor a gasolina muerta. Hyeok caminó con paso seguro. Sabía exactamente qué buscaba. Sus dedos repasaban matrículas hasta encontrar el sedán gris, anodino, casi invisible, como una trampa bien puesta.
Se agachó, el compartimento no cedía. La cerradura estaba bien hecha; se notaba el cuidado profesional. Por fin, tras unos segundos tensos, la tapa se abrió. La droga estaba allí. El tacto del paquete, frío y áspero, le produjo un escalofrío. La guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, como quien se guarda un secreto.
—Aquí está la cartera —dijo luego, en voz alta, enseñando un objeto cualquiera para Im.
El encargado le ofreció un vaso de soju; Hyeok lo rechazó con una excusa rápida y salió.
En la dirección acordada, la madrugada tenía otro rostro. Un callejón estrecho, paredes húmedas. El hombre que lo esperaba tenía una cicatriz en el cuello y ojos cansados. Se presentó con calma:
—Soy Cho.
Intercambiaron el paquete y un sobre grueso con dinero. Cho le explicó que sería su enlace con la organización. Hablaba con respeto, incluso con cierta cortesía. No era la hostilidad que Hyeok esperaba; era otra cosa, más sutil, más peligrosa.
Mientras hablaban, la luz del amanecer empezaba a filtrar un tono anaranjado sobre las calles húmedas de Seúl. Hyeok sintió un nudo en la garganta: el mundo parecía seguir girando como si nada, indiferente a lo que acababa de hacer.
Montó en la moto. «Otra maldita noche sin dormir», pensó. «A este paso me volveré loco.» Llevaba casi un mes entero sin descanso verdadero. La culpa, la adrenalina, la sensación de haberse desplazado demasiado al borde… ya no sabía qué era causa y qué era efecto.
Después de pasar por casa, Hyeok se dio una ducha rápida y se cambió de ropa. El agua fría apenas le sirvió para despejarse; la sensación de cansancio persistía como una capa pegajosa. Se puso la chaqueta, comprobó que tenía la placa y la pistola en su sitio y bajó al garaje. La moto arrancó con un rugido grave.
En la gasolinera, la luz blanca y cansada de los fluorescentes le dio al mundo un aspecto de hospital. Mientras llenaba el depósito, compró otro paquete de tabaco y un café instantáneo. A esas horas, todo parecía funcionar en piloto automático: los gestos, las palabras, incluso el humo del cigarro que encendió al salir.
En la oficina, el aire olía a papel viejo y desinfectante. Aparcó la moto en el parking subterráneo y subió las escaleras con pasos pesados. Cada paso le retumbaba en la cabeza como un tambor. Al llegar a su escritorio, se dejó caer en la silla, sintiendo cómo el peso del cuerpo y del cansancio lo hundía en el respaldo.
Sobre la mesa le esperaba un montón de carpetas. Abrió una: era el caso del sospechoso al que seguían. Director de una sucursal bancaria, casado, dos hijos, vida aparentemente intachable, demasiado lujo alrededor para lo que declaraba. Hyeok repasó las fotos, las fechas, los movimientos bancarios. Era un depredador de cuello blanco, y él lo sabía.
Marcó el número de la fiscal encargada del caso. Al segundo tono, una voz femenina y cálida respondió.
—Buenos días, inspector Hyeok —dijo la fiscal Jang, en un tono que parecía mezclar trabajo con algo más personal.
—Señorita Jang, perdone que la moleste, pero quería saber cómo estaba el caso del banquero —respondió Hyeok, girando un bolígrafo entre los dedos, un tic nervioso que le ayudaba a no dormirse.
Un olor a café recién hecho inundó el despacho. Hyeok giró la cabeza hacia la puerta: la inspectora Min Seo Yeon entraba con dos vasos de cartón y una sonrisa que le iluminaba el rostro. En ese instante, por un momento, Hyeok recordó cómo era llegar a la oficina sin el peso de la noche anterior.
—No es ninguna molestia, inspector. Al contrario —respondió la fiscal Jang al teléfono, con una nota sugerente en la voz—. Últimamente no me visita tanto como antes.
—Es que he estado ocupado, señorita Jang —comentó Hyeok, forzando un tono ligero—. Sobre lo del caso…
—Ah, sí, disculpe, inspector. Estamos repasando las cuentas y hemos encontrado ciertos movimientos extraños que estamos siguiendo. Ahora nos falta revisar las de su esposa. En cuanto tenga novedades, le llamo.
—Si me consigues algo, me paso por tu oficina a verte —dijo Hyeok con una voz casi traviesa, sin ganas reales, pero consciente de que era la forma más rápida de mantener su atención—. Espero su llamada, señorita Jang.
Del otro lado de la línea hubo un pequeño silencio antes de la despedida. Hyeok colgó. Al girarse, se encontró con el rostro de Min Seo Yeon endurecido.
La sonrisa inicial había desaparecido, reemplazada por una expresión fría, contenida. Dejó el café sobre la mesa sin mirarlo a los ojos.
—Gracias por el café, Min —dijo él, intentando suavizar el momento.
—Te ves horrible. Menudas ojeras —respondió ella en tono distante.
Hyeok sintió la punzada del comentario. Sabía que esa distancia tenía que ver con más que cansancio. Su relación con Min Seo Yeon había sido, durante meses, un terreno ambiguo, lleno de silencios compartidos y gestos que no necesitaban explicación.
Ahora, en cambio, ese vínculo parecía resquebrajarse. Mientras removía el café con el palito de plástico, Hyeok sintió que la oficina entera se cerraba sobre él como una jaula.
En su cabeza todavía resonaban las palabras de su padre, la voz del señor Cho, el olor metálico del depósito. Todo parecía mezclarse con el aroma dulce y amargo del café que tenía delante.
Por la noche, la lluvia golpeaba las calles vacías con un ritmo insistente, arrastrando basura y reflejos de neón a lo largo del asfalto. Kwan Hyeok caminaba bajo la luz amarilla de los faroles, el abrigo oscuro pegado a su cuerpo atlético, los hombros tensos, los pasos medidos como si cada uno marcara un ritmo que solo él podía escuchar.
Cada sombra parecía moverse con vida propia, y sus ojos negros las analizaban sin pestañear. Los primeros contactos con la mafia Geondal habían sido simples. Favores menores, sobornos que parecían inofensivos, gestos que apenas cruzaban la línea de la legalidad. Pero Hyeok había descubierto que el peligro podía ser adictivo. La sensación de poder que surgía de hacer la vista gorda, de manipular la ley desde dentro, le proporcionaba una claridad que nunca había encontrado en los informes policiales.