Capítulo 1: La Sombra Del Olivo (Pt 1)
El sol del mediodía caía con una intensidad casi cruel sobre las colinas de Kalymnos, un pequeño
pueblo escondido entre los olivares y las antiguas ruinas del Dodecaneso. Era el verano de 2013, y
aunque Grecia tambaleaba bajo el peso de tensiones políticas y sociales, allí, en ese rincón olvidado del
mapa, el tiempo parecía moverse con una lentitud abrumadora, como si el calor impregnara cada
rincón, cada sombra, cada aliento.
Ethan Taylor, un niño de doce años, recorría descalzo los senderos polvorientos que unían el pueblo
con los extensos campos de olivos. Su cabello castaño, enmarañado y salpicado de polvo, reflejaba la
luz dorada del sol, mientras que sus ojos, de un azul acerado, mostraban una inquietud que ni siquiera
él podía nombrar.
El viejo quiosco del pueblo, un lugar destartalado y cargado de historias, parecía ser siempre el
epicentro de murmullos y miradas furtivas. Los hombres del lugar se reunían allí como atraídos por un
imán invisible, conversando en susurros cargados de algo oscuro, algo que parecía demasiado grande
para nombrar. Ethan, impulsado por su curiosidad natural, se acercó con cautela.
—¿Qué pasó? —preguntó, su voz todavía cargada de la inocencia propia de su edad.
El anciano que atendía tras el mostrador lo miró con una mezcla de pena y gravedad. Negó con la
cabeza, como quien lleva una carga demasiado pesada, y sin decir palabra extendió un periódico
arrugado hacia el muchacho. Ethan lo tomó, notando cómo sus propias manos temblaban ligeramente,
y leyó el titular en grandes letras negras:
“Helena Karydis, la Dama Roja de Grecia, hallada brutalmente asesinada en Atenas.”
Ethan no entendía todo lo que aquellas palabras significaban, pero los términos “asesinada” y
“brutalmente” parecían saltar de la página como cuchillos, directos a su pecho. Sus dedos, ahora fríos a
pesar del calor sofocante, se aferraron al papel mientras seguía leyendo.
Helena Karydis, de 23 años, conocida por sus esfuerzos en la rehabilitación de criminales en prisiones
de máxima seguridad, fue encontrada muerta esta madrugada en las afueras de Atenas. La escena del
crimen, descrita como horrenda por las autoridades, revela un ataque premeditado y sádico. Los
primeros informes señalan la presencia de símbolos crípticos pintados en las paredes del lugar…
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Ethan, disipando en un instante el calor del verano. En Kalymnos,
incluso en aquel lugar apartado, Helena Karydis era una figura conocida. Los ancianos hablaban de ella
con admiración, describiéndola como una especie de santa moderna, una mujer que convertía la
oscuridad en luz.
Pero había algo más, algo que no dejaba de retumbar en la mente de Ethan: ese nombre no le era
completamente ajeno. Lo había escuchado antes, pronunciado con un deje de melancolía en los labios
de su madre, Sophia Taylor, una mujer trabajadora, sencilla, y con secretos que nunca había
compartido.
Con el periódico en mano, Ethan salió corriendo, dejando tras de sí una nube de polvo y las miradas
curiosas de los vecinos. Pasó junto a los olivos, donde las mujeres recogían las aceitunas y los hombres
trabajaban bajo la sombra. No se detuvo a saludar; sus piernas lo llevaban más rápido de lo que su
mente podía procesar.
Cuando llegó a casa, empujó con fuerza la desvencijada puerta de madera y encontró a su madre
inclinada sobre la mesa de la cocina, amasando pan con movimientos casi automáticos. La harina
cubría sus manos, y el sudor brillaba en su frente bajo el calor del día.
—¡Mamá! —exclamó Ethan, dejando caer el periódico sobre la mesa con un golpe seco.
Sophia levantó la mirada, sorprendida por la interrupción.
—¿Qué pasa, Ethan? ¿Por qué gritas así?
El niño señaló el titular con un dedo tembloroso, las palabras se atragantaban en su garganta.
—¡Han matado a Helena Karydis!
La expresión de Sophia cambió al instante. La ligera sonrisa que había comenzado a dibujarse en sus
labios desapareció, y su rostro se tornó pálido como la harina que cubría sus manos. Sus dedos, aún
enterrados en la masa, se detuvieron de golpe.
—No puede ser… —murmuró, apenas un susurro, como si hablara consigo misma.
Ethan se quedó paralizado al ver el desconcierto en su madre.
—¿La conocías? —preguntó con la voz cargada de incertidumbre.
Sophia no respondió de inmediato. Tomó el periódico con manos temblorosas, leyó las palabras una y
otra vez, y finalmente se dejó caer en una silla, como si el peso del titular le hubiera robado toda la
fuerza.
—Helena… era mi hermana —dijo al fin, su voz apenas audible, quebrada por la emoción.
Ethan dio un paso atrás, incapaz de ocultar su asombro.
—¿Tu hermana? Pero… nunca me hablaste de ella.
Sophia cerró los ojos y respiró hondo, buscando algo en lo más profundo de sí misma, algo que parecía
haber enterrado hacía mucho tiempo.
—Nunca lo hice porque quería protegerte, porque su vida estaba llena de cosas que no querría que
entendieras. Pero ahora… ya no importa.
Por un instante, Ethan creyó ver lágrimas en los ojos de su madre, pero cuando habló de nuevo, su voz
estaba teñida de una firmeza que él no reconocía