Prólogo

El sonido no provenía del entorno. No era el clamor de los seguidores, ni el estruendo del vehículo deportivo que lo transportó. El estruendo ensordecedor era interno; era el eco frío de su propia imagen desmoronándose, amplificado por la voz aguda de su representante.
Julián Herrera, conocido como El Halcón, delantero destacado del club más importante de Madrid, se encontraba en la suite presidencial del Hotel Ritz, pero tenía la sensación de estar atrapado en una jaula. El traje elegante que llevaba, solo veinte minutos antes de la conferencia de prensa que fue cancelada, ahora parecía una camisa de fuerza. Recorrió la habitación por décima vez en un intervalo de cinco minutos.
Mateo, su agente de toda la vida, permanecía sentado en el sillón de cuero. Se había quitado las gafas de lectura y las sostenía entre sus dedos, golpeando el aire con un ritmo glacial que irritaba aún más los nervios destrozados de Julián.
—¿Podrías quedarte quieto, por favor? —Mateo dijo, con un tono bajo y amenazador—. Estás dañando el terciopelo. Y te lo diré por última vez, Julián: no habrá rueda de prensa.
Julián se detuvo de inmediato, girando sobre sus talones con la agilidad que lo caracterizaba en el campo. Su rostro, generalmente adornado con una arrogancia encantadora para las cámaras, ahora se mostraba tenso, lleno de ira y frustración.
—¡Me han colgado una carga, Mateo! Un malentendido de tres segundos en una discoteca que lo convirtieron en una orgía romana. ¡El club me ha sancionado sin dejarme jugar el derbi! ¿Cómo se supone que voy a salir de este lío si no me permiten hablar?
—¿Hablar? ¿Y qué dirías, Julián? ¿Lo lamento, soy un irresponsable y no comprendo que mi vida ya no es solo mía, sino parte de una marca? —Mateo se inclinó hacia adelante, la paciencia finalmente rompiéndose—. Hemos estado tres años luchando para que comprendas que cada acción tuya vale millones. Y cada tontería te cuesta el doble.
—¡Fue un error, no una tontería! —Julián golpeó la mesa de mármol. El impacto hizo vibrar las copas vacías—. Esos buitres de la prensa rosa...
—¡Los buitres van donde hay carne muerta, Halcón! Y tú, esta vez, les has dejado un banquete. La directiva está furiosa. Los patrocinadores están llamando a cada momento. Necesitan que estés fuera de juego, necesitan calma.
Julián se pasó las manos por el cabello, un gesto reflejando su desesperación. La fama era una droga magnífica, hasta que se tornaba en veneno.
—¿Calma? ¿Me van a enviar a un convento? Dime qué necesitas que haga. Me iré de Madrid, a una isla. A Abu Dabi. Lejos de la prensa.
—No. Estar lejos no funciona. Esperarán que te escondas en Marbella o en una villa en Portugal. Necesitas lo opuesto. Debes ser invisible en el lugar más evidente. Necesitas un búnker.
Mateo tomó su maletín, lo abrió y sacó una tableta. La luz iluminó el rostro de Julián.
—He cancelado tu alojamiento. He engañado a la seguridad. Y, para esta noche, tu teléfono está apagado. Urge un cambio de lugar inmediato. Tienen cinco fotógrafos en la entrada del garaje.
—¿Y a dónde voy, Mateo? ¿A un albergue?
—Peor —contestó Mateo, deslizando la tableta hacia Julián.
En la pantalla se mostraba una imagen borrosa de un salón antiguo, curiosamente ordenado, con estantes de libros organizados por tema y color. El aviso era casi amenazador.
—He pasado las últimas seis horas buscando un lugar tan absurdo y poco lógico para ti, que nunca se les pasaría por la cabeza buscar. Y encontré esto.
Julián frunció el ceño al leer la descripción. Su voz se elevó en una risa seca y escéptica.
Habitación de lujo en Argüelles. PRIVACIDAD ABSOLUTA, RÉGIMEN MILITAR DE SILENCIO.
—¿Qué es esto, un cuartel?
—Es un apartamento en Argüelles. La propietaria, una tal Amelia Ríos, es… peculiar. Está realizando un doctorado. Según parece, necesita una cantidad exorbitante de dinero con urgencia, debido a un problema estructural, y ha impuesto unas normas que harían que un sargento se sonrojara.
—¿Normas? —Julián ya no mostraba furia, sino un interés genuino ante la audacia—. ¿Cómo cuáles? ¿Prohibido usar tacones?
Mateo leyó del PDF en tono monótono:
- Regla número tres: Silencio absoluto después de las ocho de la tarde. No se permite ningún tipo de ruido mediático, social o personal.
- Regla siguiente: Cocinar no está permitido, solo se pueden consumir comidas pre-preparadas.
- Regla número ocho: El inquilino debe ser, básicamente, invisible.
Julián comenzó a reír, pero su risa era tensa.
—Esto es una locura, Mateo. ¿Quieres que yo, Julián Herrera, viva como una sombra? ¿Sin música? ¿Sin llamadas?
—Quiero que pases diez días sin que un paparazzi arruine el contrato de tu vida. Esta mujer es nuestra única oportunidad. Nadie te buscará en un apartamento de Argüelles, con una mujer que te exige ser silencioso. El contraste es tu camuflaje perfecto.
—¿Y por qué aceptaría a alguien como yo? —Julián se acercó a la mesa, su tono volviendo a ser el de un niño consentido.
Mateo sonrió, una expresión fatigada que no iluminaba sus ojos.
—Lo que pedía era una suma absurda para desanimar a las personas comunes. Una cantidad que cubría precisamente lo que se necesitaba para repararlo. Y la transferí de inmediato, con un poco más, sin negociar ni revelar mi identidad.
Julián se quedó observando el monto de la transferencia en su pantalla. Era dinero desperdiciado, pero representaba la clave para su paz mental. Era la única forma de alejarse del tumulto. En ese instante, se dio cuenta de que su riqueza no servía para contrarrestar el escándalo mediático; únicamente la más estricta discreción podría rescatarlo.
—Diez días de silencio forzado… —susurró, casi en voz baja. Era la tortura más efectiva, la completa oposición a su existencia.
—Diez días de silencio forzado a cambio del perdón del club por tu error y para evitar demandas de los patrocinadores. Es un buen trato, Julián. Vas a tener que actuar como el rico contable que ella espera. Sin El Halcón.
Julián revisó la hora en la tableta. La noche caía sobre Madrid. La ciudad era un monstruo exigente, y él era su banquete.
—Está bien —respondió, cerrando la tableta de manera abrupta—. En diez días jugaré el derbi y todo esto será un simple apunte. Prepara el coche para esta noche. Que sea discreto.
Mateo se levantó, sintiéndose aliviado, y recogió el maletín.
—Todo está listo. Tienes la clave. Y por favor, Julián... para tu propio bien y por mi hipoteca: actúa como un maldito contable.
Julián asintió, pero su mirada dorada resplandecía con una peligrosa mezcla de rencor y emoción. Un contable. Sin alboroto. Sin notoriedad. Iba a ser el peor de los inquilinos. Pero por diez días, prometió que se esforzaría.
Salió de la suite, despidiéndose del lujo y la fama. Se dirigía hacia Argüelles, donde el silencio y la sabiduría de una mujer desconocida lo aguardaban. La tormenta de Julián Herrera estaba a punto de chocar con la paz que ofrecía Amelia Ríos.

¡Hellowi amigos, bienvenidos a una nueva historia! Espero y disfruten de mi contenidos.