4 Riders: Conquest [Esp] by N0_Grip at Inkitt
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4 Riders: Conquest [ESP]

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Summary

En La Cañada, la vida es una lucha constante por mantenerse a flote, y nadie lo sabe mejor que él. Sin dinero, sin oportunidades y con sueños que se estrellan antes de despegar, la única libertad que encuentra está en las calles, corriendo en carreras ilegales. Por las noches, al volante del viejo Volvo 940 de sus padres, se convierte en otra persona, soltando todo a velocidades que lo hacen sentir vivo. Pero cuando un día aparece una oportunidad que podría cambiarlo todo, se encuentra atrapado ante una elección. En un lugar donde nada es gratis, está a punto de aprender por las malas que hay caminos sin vuelta atrás. Esta es una historia sobre los problemas del día a día, el amor, la familia, la moral y el dinero, a los que un grupo de cinco chicos tiene que enfrentarse tras haber crecido rodeados de violencia. Si te gustan el humor negro, el drama, las emociones crudas y los coches rápidos, abróchate el cinturón (Y tranquilo, no necesitas saber de mecánica para entenderla).

Status
Ongoing
Chapters
15
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo I - En la Primera Rotonda

—¿Estás seguro?

El sonido del motor era tan alto que me costaba escuchar la voz de Robbie a través del manos libres.

—Sí, madre —bromeé sarcásticamente con la mandíbula apretada— ¿Los ves ya o qué?

A pesar de estar de coña, la verdad es que estaba muy concentrado y tenso. Estaba seguro de hacerlo, pero no de que el Volvo, que tenía más años que yo, aguantara el plan.

Sabía que no había manera de que este coche compitiera en cuanto a velocidad, pero iba con tracción trasera y era literalmente como un viejo: lento en comparación, pero con mala leche. Así que si les podía pillar justo al entrar en la curva, en la entrada del polígono, tal vez tendría la oportunidad de hacerlo brillar ni que fuera por un minuto.

—No, pero creo que los oigo.

Le había dicho a Robbie que se quedara en la cuneta de la autovía para tener una previsión de cuándo llegarían. Mientras tanto, yo iba en la carretera de servicio paralela al lado de la autovía.

Encendí las luces porque ya estaba oscureciendo y subí la música que tapó, solo parcialmente, el sonido crónico de la vibración de las piezas del chasis. A este punto, el Volvo ya era un fósil con más de medio millón de quilómetros y ni siquiera era de mi madre; era de segunda mano.

—Eh, ya los veo —escuché su voz entre cortada por los ruidos de los coches pasándole por al lado a toda velocidad—. Me acaban de pasar. Son cinco.

¿Cinco? Era uno más que normalmente, tal vez otro tío de la quedada se los había encontrado de camino.

—¿Qué coches eran? —pregunté mientras agarraba fuerte el volante.

—Tío, ¿cómo quieres que lo vea si deben ir a doscientos y de noche? —protestó—. Creo que había un BMW y un Mazda amarillos. El resto… grises o negros y uno blanco que va delante.

—Oh, seguro que el color me ayuda mucho —dije sarcásticamente.

Paré la música y me recoloqué en el asiento preparándome para lo que se iba a venir y, en parte, despidiéndome del trasto viejo. Esto iba a ser duro y tenía todos los números de que motor se fuese a quedar por el camino.

Reduje la velocidad, controlando con precisión para cogerlos justo en la salida de la autopista, donde tendría la ventaja contra sus coches más rápidos. No despegué los ojos del retrovisor, pero antes de verlos a través del espejo, los escuché.

—No cuelgues —me dijo Robbie—. Por lo menos sabré si tengo que ir a casa a pie o no.

—Lo que quieres es escucharme gritar cuándo el guardarraíl me atraviese.

Robbie se rio.

—No, pero en serio, si se te muere el coche tengo que volver a casa a pi-

Ignoré completamente a Robbie cuándo empecé a ver sus luces detrás de mí, que provocaron que mi respiración se cortara totalmente. Rápidamente entré, como yo le llamo, en el efecto caza.

Me gustaría definir esta sensación del efecto caza, pero me es muy difícil. Es… como un chute de adrenalina que me surge cuándo otro coche me persigue iluminándome por detrás, o cuándo quiero adelantar a alguien. Por eso lo llamo así, caza, tanto por la presa como por el depredador. Me hace concentrarme y ponerme más tenso, como si estuviera corriendo por mi vida, aunque realmente simplemente puedo tocar el freno.

Pero frenar hoy no estaba en mis planes.

Apreté el acelerador hasta el fondo, revolucionando tanto el motor que parecía que iba a salir el capó volando.

Creí que tenía tiempo de sobras para llegar primero a la salida de la autovía, en dirección al polígono, pero a la velocidad que se acercaban ya no lo tenía tan claro. Le pedí más al Volvo 940 que temblaba como una lavadora.

Llegué a la salida justo cuando el Subaru STI blanco ya estaba demasiado cerca, entrando conmigo en el ramal. Seguramente, al principio, su conductor suspiró al verme, pensando que solo era algún abuelo o novato al que adelantar. Pero estoy seguro de que lo cogí por sorpresa al empezar a derrapar con facilidad, aunque por dentro yo rezaba porque los neumáticos no reventaran en mitad de la maniobra.

El Subaru, no sé si por la sorpresa o porque no podía derrapar tan fácilmente, fue pasado por el Mazda RX-7 y el BMW E46 en esa ancha curva cuesta abajo, preparada para camiones articulados.

Al llegar junto a las primeras naves, dejé de mirar por el retrovisor. Había mucha gente esperándonos, bueno, esperándoles a ellos en todo caso. Tenía que vigilar por si algún puto colgado se metía en el medio para grabar vídeos. No sería la primera vez que veo un accidente en una de estas quedadas.

Suspiré profundamente. Mi objetivo ahora estaba claro y al frente de mí: llegar a la primera rotonda, dar un par de trompos que se vean exageradamente perfectos y luego desaparecer, para que no me machacaran por ser una mosca toca cojones.

No sé cómo serán estas cosas en vuestros países, pero aquí están en su máximo apogeo. Lo que empezó como algo casual y espontáneo se había convertido en todo un evento competitivo. Y no en cualquier evento, aquí se movía mucho dinero, tanto que había gente organizando el sitio y la policía no se atrevía a meterse.

Así que yo, con un Volvo 940 de serie, que probablemente superaba la media de edad de los presentes, viniese a robarles su preciado tiempo y protagonismo no era lo más común. Técnicamente, si quisiera participar, tendría que ir a las siguientes rotondas, las de los novatos.

Así que, ¿por qué no iba ahí? Bueno, podría decir que este coche no tenía suficiente vida útil como para malgastarse luciéndose contra furgonetas viejas de desguace, o al menos eso es lo que me decía a mí mismo, porque en realidad, el motivo era por simple impaciencia.

Entré en esa rotonda, que realmente era una gran intersección, con los cinco coches mordiéndome el culo. Puse segunda y volví a acelerar, notando cómo las ruedas traseras se despegaban del asfalto y el Volvo empezaba a deslizarse. Ajusté el volante guiándolo hacia una vuelta perfecta. Todo como lo había planeado.

El humo de los neumáticos comenzó a envolverme.

Por un instante, dejé de escuchar el motor y solo pude fijarme en cómo mis faros, atravesando la densa nube de humo, iluminaban las siluetas de la gente alrededor de la rotonda. No pude evitar sonreír. Esto era exactamente lo que quería, el momento por el que había venido.

Pero la tranquilidad duró poco. De repente, el Mazda se acercó tanto que sentí que iba a darme un toque. Su parachoques parecía estar a centímetros del mío.

Vale, sabía mi lugar. Solté un poco el acelerador para recuperar tracción y dirigí el coche hacia una de las salidas, dando ráfagas de luces largas para que todos se apartaran.

Salí de la rotonda con una sonrisa que no me cabía en la cara. Contra todo pronóstico, los neumáticos seguían enteros, el coche aún respiraba, y por un momento, pensé que podría volver a casa y todo. Pero entonces, un par de luces se encendieron detrás de mí, iluminando mi retrovisor.

Parece que el RX-7 se había picado conmigo y eso no era buena señal, porque me iba a pillar fácil.

Tenso como una cuerda, apreté el acelerador de nuevo y empecé a enlazar derrapes entre las intersecciones del polígono. La idea era complicarle las cosas, pero ni así lograba sacármelo de encima. Pero yo tenía un plan B, sabía que podía pasar esto y es que estos coches tan bien cuidados, tienen otra debilidad.

Me aseguré de estar bien pegado al asiento, preparando el movimiento que tenía en mente. Al ver un espacio entre la gente, giré el volante y di un giro de 180. El chirrido de los neumáticos probablemente se escuchó en toda la zona, mientras mi coche se cruzaba con el Mazda. No podía verle la cara por la oscuridad, pero estoy seguro de que nos miramos.

Aceleré yendo hacia el fondo del polígono a toda hostia. Cuando llegué al borde de la zona industrial, subí a la acera sin dudarlo y me adentré en el camino rural hecho mierda y sin asfaltar.

Ahora era cuestión de apostar. A ver si tenía cojones de meter su precioso RX-7 impoluto, con su suspensión superbaja, por este camino para seguirme.

Como esperaba, las luces que me perseguían empezaron a diluirse poco a poco hasta apagarse por completo. El RX-7 se quedó parado a la entrada, sin arriesgarse a entrar.

El corazón aún me latía rápido y tenía la piel completamente erizada, pero a medida que mi respiración volvía a un ritmo normal, me di cuenta de lo surrealista que había sido todo. La persecución fue propia de una película, aunque probablemente ni siquiera duró un minuto.

Abrí las ventanas para dejar entrar el aire fresco. Necesitaba enfriar tanto el coche como a mí mismo. Aún podía oler el humo de los neumáticos y el calor que desprendía el motor.

De repente, la voz de Robbie volvió a hacer presencia a través del móvil.

—¿Hooola?…

De hecho, lo había escuchado hablar durante toda esa acción, pero lo había ignorado completamente.

—“Policía nacional, nombre y apellidos, si no colabora ahora lo consideraremos cómplice del detenido y se procederá a su detención” —mentí con la voz más ronca que pude.

Hubo un silencio. Imaginé a Robbie dudar.

—Eres tú y estás bromeando, ¿no?

—Heh —no pude evitar soltar una risa.

Estaba demasiado contento para tomarme algo en serio

—Gilipollas, ven aquí que me hielo —Robbie se quejó desde el móvil— ¿Cómo te fue? Suenas contento.

—Bien, bien, luego te cuento.

—Bueno, agradecido que tengas todas las extremidades en su sitio.

De repente, vibrando, otra llamada interrumpió la voz de Robbie.

—Ehhh, me está llamando Sergio, pero vengo para allá. No tardo nada.

—Ahora no te la pegues al volver —me advirtió.

Colgué a Robbie y acepté la llamada.

—Dioooos, que lo has hecho. Estás loco, tío.

—¿Quedé bien o qué?

—Quedaste loco. Entraste tan rápido que parecía que ibas a matar a alguien, y cuando el mazda te persiguió, fue una locura. Todo el mundo se acercó en avalancha intentando verlo. Abriste la quedada con una sorpresa de puta madre. Pinta guapa la noche.

—Ay, que me sonrojo —respondí con tono de broma, aunque la verdad es que los halagos me subieron el ego.

—¿Vuelves luego o qué?

—No creo, tengo que dejar a Robbie en su casa y luego ir a la mía para dejar el coche, ¿o me vas a venir a buscar tú?

—Si quieres aparcar por ahí, te paso a recoger.

—Uh, te digo algo cuándo este en casa de Robbie.

—Venga va, te veo luego.

Cuando terminó la llamada, el coche se llenó de un silencio tranquilo. Ya estaba en una zona asfaltada y lo único que tenía que hacer ahora era evitar meterme en zonas demasiado pobladas.

Me vino, entonces, una segunda oleada de felicidad extrema. Apreté el volante con mis manos entumecidas y asentí repetidamente con la cabeza mientras sonreía. Si alguien me hubiera visto en ese momento, probablemente pensaría que estoy para encerrar en una de esas habitaciones blancas y acolchadas.

Volví a la autovía, que estaba casi vacía, sin más sobresaltos. Pronto llegué al lugar donde había dejado a Robbie.

Me detuve con las luces de emergencia encendidas en el arcén y salí del coche casi tan rápido como había llegado.

—Gracias, en serio —le dije a Robbie—. Te debo esta.

Lo vi encogido, con las manos enterradas en los bolsillos de su sudadera y los hombros alzados por el frío que yo ni siquiera sentía.

—Una más a la lista —contestó, mientras, al contrario que yo, se metía en el coche—. Uah qué caliente está esto.

Me senté en la pendiente entre la carretera y el bosque, buscando refrescarme mientras lo observaba acomodándose en el asiento del copiloto como si estuviera en casa.

Robbie era mi amigo de primaria, alguien con quien había compartido mucho. Para mí, era inconfundible e irremplazable, aunque a veces me molestaba lo fácil que eclipsaba a todo el mundo.

Era moreno, aunque no más que yo, y tenía el cabello castaño y ondulado por las puntas. Pero tenía una tonalidad tan clara que, según cómo le diera la luz, parecía rubio. Sus ojos de color gris le hacían parecer un extranjero con rasgos perfectos, si no fuera por su baja estatura y nariz ligeramente torcida, que se había ganado en una hostia que se metió yendo con bicicleta conmigo. De hecho, Robbie no era su nombre real, sino Fernando, pero eso no sonaba a turista estúpido como Robbie.

En general, él destacaba allá donde iba, pero no parecía que le gustara en exceso ser el centro de atención. Siempre quería ir a la suya y, aparentemente, no parecía importarle nada. Pasaba de todo.

—Cuenta, va —me miró con una mezcla de curiosidad y desgana.

—Nada, di tres vueltas en la primera rotonda y luego me persiguió el Mazda.

—Me confundes —replicó— ¿No quieres entrar ahí? ¿Por qué huyes?

—Porque no sabía si quería comentarme lo bien que había derrapado o si me quería partir la cara.

—¿Cómo te van a querer partir la cara por dar un par de vueltas? —Robbie me miró incrédulo, como si estuviera exagerando.

—Ya te lo dije, ahora que hay una organización con sus propias bandas y rangos. Desde que entró el dinero y el gobierno esto se ha ido a la mierda.

—Así que pueden par-

Robbie abrió los ojos como naranjas fijándose en el retrovisor y se giró bruscamente para mirar hacia atrás. Vi por el rabillo del ojo las luces azules iluminando la oscuridad de la autovía, era la policía. Me levanté del suelo de golpe.

Estaban demasiado cerca. No nos daría tiempo a atornillar las matrículas antes de que nos vieran y, con el coche parado, tampoco tendría tiempo para arrancar y dejarlos atrás. La situación era crítica porque si descubrían que éramos dos menores, aunque fuera por pocos meses, sin carnet ni matrícula, podría caernos algo bastante gordo.

Robbie me miró con pánico, el mismo que yo intentaba ocultar mientras pensaba en qué barbaridad soltarles para que nos dejaran ir.

—Mierda, ¿qué hacemos? ¿Corremos al bosque? —propuso, mirando hacia los árboles.

—Tu calla y espera.

A Robbie no le parecieron tranquilizar mis palabras, y con motivo, porque en ese momento no veía escapatoria.

El coche de policía, con dos agentes, se paró justo detrás del Volvo y ambos salieron al instante. Uno de ellos, alto y corpulento, ajustó su gorra mientras caminaba hacia nosotros con paso firme pero tranquilo. El otro, más bajo y con cara de pocos amigos, tenía la libreta ya en mano.

—Buenas noches —comentó el más alto, en un tono neutro, pero ligeramente sorprendido— ¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué no tiene la matrícula puesta?

Tragué saliva y miré al suelo, exagerando mi nerviosismo. En realidad no fue difícil, la situación acompañaba.

—No- no podemos decirlo —murmuré al fin, bajando la mirada.

El guardia bajo levantó una ceja, claramente irritado, y dio un paso adelante.

—Mira, podemos hacer esto rápido o lentamente —dijo con su tono cargado de impaciencia—. Documentación.

—Mi hermano mayor me matará si lo digo —susurré, poniendo tanto dramatismo en la voz que hasta yo me lo hubiera creído.

—¿Tu hermano? —repitió el más alto.

—Sí… Subió por el bosque con ella y nos dejó aquí —señalé hacia el bosque—. Por favor no le digan que hemos sido nosotros.

Los policías se miraron por un instante, intercambiando palabras mentalmente.

—¿Tu hermano va armado? —preguntó el bajo.

Por un momento, se me cruzó la idea de decir que sí, para añadir más dramatismo a la historia. Pero me di cuenta de que eso solo complicaría más las cosas, así que negué con la cabeza.

Sin decirse nada más, se organizaron. El “poli bueno” se quedó con nosotros, mientras que el “poli malo” sacó una linterna y comenzó a caminar hacia el camino rural, desapareciendo entre los árboles.

—Tenemos que irnos antes de que mi hermano nos vea con vosotros —presioné.

—Tranquilos, ¿cómo os llamáis?

—Gonzalo —mentí sin dudar.

—Juan —respondió Robbie, con una voz tan sería que casi me cago encima de la risa.

Tuve que morderme la lengua para no soltar una carcajada en ese momento, y apreté los labios simulando incomodidad.

Aproveché la oportunidad para entretenerlo, comenzando a improvisar sobre mi ficticio y desequilibrado hermano mayor y, mientras lo hacía, movía sutilmente las manos hacia Robbie, indicándole que estuviera listo para el momento oportuno.

—Espera, creo que mi hermano tiene la cartera en la puerta del coche —dije repentinamente, haciendo un gesto hacia el Volvo —¿Puedes ir a buscarla, Juan?

—Claro, claro —dijo pillando rápidamente la indirecta.

Yo me mantuve detrás al policía, mientras él seguía a Robbie con la mirada. Sintiendo cómo la adrenalina se me volvía a acumular en las puntas de los dedos. Hazlo ahora o no sales de esta.

Cuando Robbie llegó a su posición detrás del agente, intercambiamos una mirada fugaz.

Sin darle tiempo a procesar, me lancé hacia él con todas mis fuerzas, intentando empujarlo hacia la cuneta profunda en forma de triángulo que teníamos al lado de la carretera. Pero el tipo era más alto y robusto de lo que esperaba, y solo conseguí hacerlo tambalear mientras forcejeábamos.

Por suerte, Robbie no tardó en reaccionar. Cruzó las piernas del policía de una forma que fue capaz de doblarlas, y juntos empezamos a empujar, luchando por tirarlo hacia abajo. Aunque no era profundo, el sonido de su cuerpo cayendo en la cuneta fue como escuchar un rascacielos con sobrepeso derrumbándose. No le costaría salir, pero nos daba tiempo a empezar a correr hacia el coche antes de que pudiera alcanzarnos.

Robbie se lanzó al asiento del copiloto justo cuando me deslizaba al del conductor. Ni siquiera cerré la puerta antes de girar la llave. Automáticamente, cuándo arrancó, puse el pie en el acelerador y salimos disparados.

Durante diez segundos, mientras nos alejábamos, no dijimos nada, solo escuchaba a Robbie jadear. Se giró sobre sí mismo para mirar atrás, justo cuando empecé a escuchar la sirena. Su expresión lo decía todo, pero decidió verbalizarlo.

—Nos van a alcanzar.

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¡Primer capítulo! ¿Os gustó?

En el próximo podrás ver un lado muy diferente de la vida del protagonista, su vida diurna.

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