ᴜɴɪᴄᴏ 🎀🌺
~𝗕𝗼𝘆 𝗽𝘂𝘀𝘀𝘆 𝘆 𝗕𝗼𝘆 𝘁𝘁𝗶𝘀
~𝗟𝗲𝗻𝗴𝘂𝗮𝗷𝗲 𝘃𝘂𝗹𝗴𝗮𝗿
~𝗗𝗶𝗿𝘁𝘆 𝗧𝗮𝗹𝗸
~𝗕𝗗𝗦𝗠
~𝗣𝗿𝗼𝗻𝗼𝗻𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲𝘀 𝗳𝗲𝗺𝗲𝗻𝗶𝗻𝗼𝘀
Narra Minho
Había tenido un día exhaustivamente largo en la oficina, como solía ser habitual en mi rutina de gerente de proyectos, lidiando con reuniones interminables, plazos ajustados y un equipo que parecía multiplicar los problemas en lugar de resolverlos. Al llegar a casa esa noche, el peso del cansancio se sentía como una carga invisible sobre mis hombros, drenando toda mi energía acumulada. Entré por la puerta principal con un suspiro profundo, quitándome la chaqueta de traje con movimientos lentos y deliberados, colgándola en el perchero de madera tallada.
Luego, dejé el maletín de cuero negro a un lado, junto al mueble de la entrada, donde se acumulaban las llaves y el correo sin abrir. Mientras subía las escaleras alfombradas, que crujían ligeramente bajo mis pies, me aflojé la corbata de seda azul marino, sintiendo cómo el nudo se soltaba y el aire fresco tocaba mi cuello sudoroso. Finalmente, llegué a la puerta de nuestra habitación principal, la que compartía con mi esposa Haneul, aunque esa noche ella estaba ausente, inmersa en su turno de noche en el hospital como doctora especializada en emergencias, un trabajo que la mantenía alejada hasta el amanecer y que, en secreto, me daba estos momentos de soledad que habían cambiado drásticamente en los últimos meses.
Al empujar la puerta y entrar, la habitación estaba envuelta en una penumbra suave, iluminada solo por la luz tenue y ámbar de la lámpara de noche sobre la mesita de roble. Mis ojos se ajustaron rápidamente a la oscuridad, y allí, recostada en el centro de la cama king size con sábanas de algodón egipcio arrugadas a su alrededor, distinguí una figura esbelta y tentadora que se adueñaba del espacio como si le perteneciera por derecho propio. No necesitaba ver más detalles para saber de quién se trataba; el contorno de su silueta, el aroma sutil a vainilla y jazmín que flotaba en el aire —su perfume favorito—, y esa postura provocativa me lo confirmaban todo. Era nada menos que mi pequeña y traviesa hijastra, Jisung, la hija única de Haneul, quien ahora. Estaba vestida —o más bien desvestida— con una lencería roja de encaje intrincado, esa misma que yo le había comprado en secreto hace unos días durante un viaje de negocios, en una boutique discreta de la ciudad, imaginando cómo se vería ceñida a su piel pálida y suave, realzando sus pechos firmes y sus caderas ondulantes.
—Oh, papi... Llegaste... —murmuró con una voz ronroneante y seductora, bajándose de la cama con una gracia felina, sus pies descalzos pisando la alfombra mullida mientras se acercaba a mí. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de inocencia fingida y deseo puro, moviendo sus caderas con un descaro deliberado que hacía que el encaje se ajustara aún más a su figura, acentuando cada curva y cada movimiento como una invitación silenciosa.
—No sabes cuánto te extrañé... Jódame, que estoy muy sedienta por ti —agregó, su aliento cálido rozando mi oreja mientras rodeaba mis hombros con sus brazos delgados pero fuertes, presionando su cuerpo contra el mío, dejando que sintiera el calor de su piel a través de la tela fina. —Ahora hazme tuya... Tómame como tanto te gusta, papi.
La miré fijamente, mis ojos recorriendo su rostro sonrojado, sus labios carnosos pintados de un rojo profundo que contrastaba con su piel, y luego descendiendo por su cuello expuesto hasta el escote provocador. Con una de mis manos, la tomé suavemente por la clavícula, sintiendo el pulso acelerado bajo mis dedos, ese brillo de deseo en sus pupilas dilatadas que reflejaba el mío propio, un fuego que habíamos encendido en secreto y que ahora ardía sin control.
—A la cama —ordené con mi voz grave y ronca, esa entonación profunda que sabía que la hacía temblar de anticipación, vi cómo obedecía sin dudar, volviendo a la cama con pasos lentos y provocativos, girándose para mirarme por encima del hombro con una sonrisa juguetona.
Entonces, me quité la corbata por completo, dejándola caer al suelo con indiferencia, antes de acercarme al gabinete de caoba en la esquina de la habitación, el que guardaba mis pertenencias más personales. Abrí uno de los cajones inferiores con llave, sacando una caja de terciopelo negro que contenía algo especial, algo que solo usábamos Jisung y yo en estos encuentros prohibidos.
La abrí con cuidado, revelando un collar de cuero fino con una placa grabada que decía "Propiedad de Papi", un símbolo de nuestra dinámica secreta, de cómo esa pequeña niña —que a veces me provocaba con sus seducciones inocentes disfrazadas de rebeldía— se entregaba por completo a mí. Lo saqué, sintiendo su peso familiar en mis manos, y me volví hacia ella, preguntándome en silencio cómo habíamos llegado hasta aquí: de ser solo el nuevo esposo de su madre, un figura paterna distante, a este torbellino de pasión y tabú que nos consumía a ambos, iniciado en una noche de tormenta cuando las confesiones fluyeron como un río desbordado, y ahora, cada encuentro era una adicción que no podíamos —ni queríamos— detener.
Hace exactamente un año me había casado con Haneul en una ceremonia íntima pero hermosa, rodeados de flores blancas y un puñado de familiares cercanos, bajo la luz dorada de un atardecer de primavera que parecía prometer un futuro estable y sereno. Todo había comenzado de manera tan casual, tan ordinaria, que aún me cuesta creer cómo un simple tropiezo derivó en una vida entera compartida. Era una mañana fresca de otoño, de esas en las que el aire huele a hojas secas y café recién molido; yo, como siempre, me dirigía a la cafetería de la esquina antes de encaminarme a la oficina, donde mi rutina como gerente de proyectos me esperaba con su avalancha de correos electrónicos y reuniones.
Pedí mi café negro habitual, sin azúcar, en un vaso para llevar, y salí con prisa, revisando el reloj en mi muñeca. No me fijé en lo que tenía delante hasta que fue demasiado tarde: alguien chocó contra mí con fuerza suficiente para que el vaso se inclinara violentamente, derramando el líquido caliente sobre mi camisa blanca impecable y el suelo empedrado de la acera.
—Oh, lo siento tanto... No me fijé en absoluto —se disculpó una voz suave y apurada, seguida de varias reverencias rápidas y profundas, como si estuviera ante un superior en una reunión de negocios japonesa. Levanté la vista, irritado al principio, pero la molestia se disipó al ver a la mujer frente a mí: cabello castaño ondulado recogido en una coleta desordenada, ojos grandes y expresivos llenos de genuina preocupación, y un abrigo ligero que no ocultaba su figura esbelta.
—No hay problema, no eres la primera persona que derrama mi café matutino —respondí con una sonrisa forzada pero amable, sacudiendo la camisa para minimizar el daño, aunque ya sentía el calor pegajoso filtrándose en mi piel.
—Perdón, es que voy retrasada a mi turno en el hospital. Debo comprar un café para mí y, por supuesto, reemplazar el suyo —insistió, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo, sus mejillas sonrojadas por el bochorno.
—No te molestes por eso... Ven, vamos a comprar uno nuevo. Yo invitaré —propuse, sorprendiéndome a mí mismo por la impulsividad; no era de los que entablaban conversaciones con extraños, pero algo en su sinceridad me desarmó.
—Pero yo debería comprar el café que perdí —protestó débilmente, aunque ya caminaba a mi lado de vuelta a la cafetería.
—No se preocupe... ¿Amm? —pregunté, extendiendo la mano para presentarme formalmente mientras esperábamos en la fila.
—Han Haneul, mucho gusto —respondió con una sonrisa tímida, estrechando mi mano con firmeza inesperada para alguien tan delicada en apariencia.
—Lee Minho, para servirla —contesté, y así, entre sorbos de café fresco y charlas superficiales sobre el clima y el tráfico matutino, comenzó todo.
En las semanas siguientes, nos encontramos "por casualidad" en esa misma cafetería —aunque ambos sabíamos que eran citas disfrazadas—, y poco a poco fuimos conociéndonos en profundidad.
Me confesó que era madre soltera, una doctora profesional dedicada en el turno de emergencias del hospital central, y durante nuestras citas frecuentes en parques tranquilos o cenas caseras en su pequeño apartamento, me abrió su corazón sobre los capítulos más duros de su vida. Había quedado embarazada a los diecinueve años, demasiado joven para enfrentar sola el mundo adulto; el chico con el que estaba, un estudiante universitario inmaduro, la abandonó en cuanto se enteró de la noticia, desapareciendo sin más explicaciones ni apoyo. "Luché tooth and nail para seguir adelante", me dijo una noche con lágrimas contenidas, "por el futuro de mi hija, que ahora tiene veinte años y es lo único que me mantiene en pie". Su resiliencia me conquistó: cómo había criado a Jisung sola, trabajando turnos dobles, ahorrando cada centavo para su educación, convirtiéndose en una mujer fuerte e independiente que no pedía compasión, solo comprensión.
Unos meses después, le propuse matrimonio en una cena romántica con velas y vino tinto, y aceptó con una alegría que iluminó su rostro cansado. La boda fue modesta pero perfecta para nosotros: un salón alquilado con vistas al río Han, vestidos elegantes pero no ostentosos, y votos que prometían apoyo incondicional. Poco después, decidí hablar con ella sobre mudarnos juntos a mi casa, una vivienda amplia en las afueras con jardín y suficiente espacio para tres. Al principio, Haneul dudó; entendía perfectamente su reticencia. Su apartamento, aunque humilde, representaba todos sus logros desde la juventud: las paredes decoradas con fotos de Jisung creciendo, los muebles comprados con sudor y sacrificios, el nido que había construido sola. "Es mi hogar, Minho, donde crié a mi hija", me dijo con voz temblorosa. Pero lo pensó durante días, ponderando el futuro, y finalmente aceptó, empaquetando su vida en cajas de cartón con una mezcla de nostalgia y esperanza.
Sin embargo, antes de que todo se asentara en una rutina familiar ideal, las cosas se fueron al carajo —o al menos, eso pensé en un principio— cuando conocí a la hija de Haneul en persona. La había visto en fotos, por supuesto, pero nada me preparó para el impacto real.
Jisung era el doble de parecido a su madre en rasgos faciales: los mismos ojos almendrados y expresivos, la misma nariz delicada y labios llenos que invitaban a sonrisas traviesas. Lo único que cambiaba eran sus facciones más afiladas, juveniles y definidas, y el tono de su piel, un poco más cálido y bronceado, como si el sol la hubiera besado con generosidad. Su figura era más curvilínea y atlética que la de Haneul —caderas pronunciadas, cintura estrecha, pechos firmes que se adivinaban bajo camisetas ajustadas—, producto de sus veinte años y una vitalidad que desbordaba energía. Era una joven traviesa hasta la médula, con una belleza etérea y provocativa que hacía girar cabezas sin esfuerzo, y una personalidad juguetona que ocultaba capas de inteligencia aguda.
Llegó a casa esa tarde soleada, cargando una maleta y una mochila, con el cabello suelto en ondas salvajes y un vestido veraniego que flotaba alrededor de sus piernas largas.
—Hola, tú debes ser la persona que robó el corazón de mamá —dijo con una sonrisa radiante y pícara, extendiendo la mano hacia mí con confianza—. Me llamo Han Jisung... Mucho gusto. —Sus dedos eran suaves pero firmes al tocar los míos—. ¿Te puedo decir... Honnie? —pronunció el apodo con una dulzura fingida, inocente como el de una niña pequeña pidiendo un caramelo, pero algo en su tono, en el brillo juguetón de sus ojos, hizo que un calor inexplicable se despertara en lo profundo de mi pecho, un cosquilleo que me dejó momentáneamente sin palabras.
—H-Hola, Jisung... Soy Lee Minho —balbuceé, intentando mantener la compostura de padrastro responsable.
Pero entonces, como si nada, dio un paso adelante y me abrazó con naturalidad desarmante, su cuerpo presionándose contra el mío por un segundo más largo de lo necesario, el aroma de su shampoo de fresa invadiendo mis sentidos. Sentí la curva de su espalda bajo mis manos, que se posaron instintivamente en ella por cortesía.
—Lo siento, a veces soy muy amable y cariñosa —murmuró al separarse, mirándome directamente a los ojos con una intensidad que me intrigó de inmediato, como si ocultara un secreto detrás de esa fachada de calidez filial. Noté algo en su mirada: un destello de curiosidad, quizás desafío, que me dejó preguntándome si era solo mi imaginación o el comienzo de algo peligroso.
Haneul, a nuestro lado, observaba la escena con una sonrisa amplia y genuina, ajena a cualquier tensión subyacente, orgullosa de su hija única y de cómo encajábamos como familia. "¡Mira qué bien se llevan ya!", exclamó, abrazándonos a ambos. En ese momento, todo parecía perfecto... pero ese apodo, "Honnie", y el roce de su abrazo, plantaron la semilla de una intriga que crecería en silencio, desdibujando fronteras que nunca imaginé cruzar.
Un día, esa misma mañana en que Haneul había salido disparada hacia el hospital por una emergencia imprevista —algo sobre un paciente en estado crítico que requería su presencia inmediata —, me había quedado solo en casa. Era domingo, mi día libre después de una semana agotadora en la oficina, y el silencio del hogar se sentía casi reconfortante, roto solo por el tic-tac del reloj en la pared y el zumbido distante del refrigerador. Decidí prepararme algo simple para comer; nada elaborada, solo un sándwich de jamón, queso y tomate fresco que armé con cuidado en la encimera de granito de la cocina.
Una vez listo, me acerqué a la cafetera, esa vieja máquina que Haneul insistía en mantener a pesar de sus años de servicio, y me serví una taza humeante de café negro, fuerte como me gustaba para despertar del todo los sentidos.
Con el plato en una mano y la taza en la otra, me dirigí a la mesa del comedor, esa mesa de madera oscura donde solíamos cenar en familia, y me senté en mi silla habitual, dispuesto a disfrutar de un desayuno tranquilo bajo la luz suave que se filtraba por las cortinas entreabiertas.
Estaba a punto de dar el primer mordisco cuando alcé la vista casualmente hacia las escaleras. Allí estaba ella, bajando con una naturalidad desconcertante, como si el mundo entero fuera su pasarela privada. Jisung, llevaba puesta solo una camisa de tirantes casi transparente, de un tejido ligero y sedoso que apenas llegaba a la mitad de sus muslos tonificados. La tela, de un blanco etéreo, se adhería a su piel como una segunda capa, dejando entrever la curva perfecta de sus pechos plenos y firmes, y lo peor —o lo más impactante— eran sus pezones erectos, puntiagudos y rosados, que se marcaban con insolente claridad contra el material, como si desafiaran cualquier intento de ignorarlos. Debajo, solo unas bragas negras de encaje delicado, con bordes finos que se hundían ligeramente en las caderas, acentuando la suavidad de su vientre plano y el triángulo oscuro que insinuaba entre sus piernas.
El aire de la mañana parecía cargado de repente, y yo, en un acto reflejo e incontrolable, escupí el sorbo de café que acababa de tomar, salpicando la mesa y tosiendo mientras el líquido caliente me quemaba la garganta.
¿¡Qué clase de hija tiene Haneul!? pensé, con el corazón latiéndome como un tambor en el pecho, una mezcla de shock, ira y algo más profundo, más prohibido, que se removía en mis entrañas.
—Buenos días, Honnie —saludó ella con esa voz melódica y castaña, su cabello largo y ondulado cayendo en cascada sobre sus hombros mientras se acercaba directamente a mí. Sin previo aviso, me abrazó por detrás, rodeando mi torso con sus brazos delgados pero firmes. Sentí inmediatamente el calor de su cuerpo presionándose contra mi espalda; sus pechos notables, suaves y cálidos, se aplastaron contra la tela de mi camisa deportiva, que de repente parecía demasiado delgada para actuar como barrera. El roce era eléctrico, casi íntimo, y el aroma de su piel —una mezcla de jabón floral y algo más dulce, como vainilla fresca— invadió mis fosas nasales, haciendo que mi mente se nublara por un instante.
No tenía palabras para contestarle. ¿Cómo se atrevía a presentarse así, con una maldita camisa que dejaba traslucir cada contorno de sus pechos, y solo en esas bragas de encaje negro que apenas cubrían lo esencial, delante de mí, su padrastro? Era una descarada absoluta, una provocación andante. Después de ese abrazo que duró unos segundos de más, se apartó con una sonrisa juguetona y se dirigió a la cocina, contoneando las caderas de manera sutil pero innegable. Me di cuenta entonces de que había algo en esa carita de aparente inocencia: una chispa en sus ojos oscuros, un brillo malicioso que no encajaba con la niña que Haneul me había descrito al casarnos.
Estaba perdido en mi mente, bloqueado por la imagen persistente de mi hijastra semidesnuda. ¿Cómo se le ocurría vestirse —o desvestirse— de esa forma un domingo, cuando yo estaba en casa, solo y vulnerable a tales distracciones? Esto era raro, demasiado raro para mí. Desde que me casé con Haneul hace un año, Jisung había cambiado. Últimamente sonreía demasiado conmigo, sus labios carnosos curvándose en sonrisas que duraban más de lo necesario. Era muy cariñosa: me abrazaba sin motivo aparente, rozaba sus manos contra las mías al pasar un plato en la cena, o se sentaba más cerca en el sofá durante las películas familiares. Al principio lo atribuí a que estaba adaptándose a la nueva dinámica familiar, pero ahora... ahora todo parecía calculado.
No, Minho... tal vez es solo muy cariñosa con las personas que conoce bien, pensé para mí mismo, intentando calmar el torbellino en mi cabeza. No tienes que ponerte así por una chica joven. No tienes que alterarte por eso. Ella solo tiene veinte, es como una hermana menor o algo por el estilo. Respira hondo.
Sacudí la cabeza y volví a mi desayuno, dando un mordisco generoso al sándwich para anclarme en la realidad. El pan crujiente y el sabor salado del jamón ayudaron un poco, pero entonces la vi regresar de la cocina. En sus manos traía un recipiente grande lleno de cereal con leche, el líquido blanco salpicando ligeramente los bordes. Se sentó justo enfrente de mí, cruzando las piernas bajo la mesa de manera que la camisa se subió un poco más, revelando el encaje negro que se ajustaba perfectamente a sus curvas. Intenté no darle importancia; fingí concentrarme en mi comida, pero el aire entre nosotros se sentía cargado, como antes de una tormenta.
—Oye, Honnie —dijo de repente, con ese apodo que me ponía los nervios de punta cada vez que lo usaba. Era infantil, juguetón, pero en su boca sonaba como una caricia prohibida. Noté inmediatamente ese tono inocente que me intrigaba más de lo debido; sabía, en el fondo, que había algo más en ella, un velo de picardía detrás de esa fachada.
—Dime, Jisung —contesté sin mirarla directamente, enfocándome en el sonido metálico de su cuchara removiendo el cereal en el bol, un ritmo hipnótico que contrastaba con el pulso acelerado en mis oídos.
—¿Qué se siente tener sexo con alguien mayor? —soltó de la nada, con la misma naturalidad con la que pediría la sal.
Al escuchar aquella pregunta, me atraganté con el pedazo de sándwich que tenía en la boca. Tosí violentamente, el pan atascándose en mi garganta mientras el shock me golpeaba como un puñetazo. ¿De dónde sacaba eso? La miré directamente entonces, mis ojos entrecerrados en una mezcla de incredulidad y enojo, justo cuando ella se levantó de un salto y se acercó a mí con preocupación fingida —o quizás real, no lo sabía ya.
—Honnie... ¿estás bien? —Me dio una palmada firme en la espalda, su mano pequeña pero cálida impactando contra mi musculmusculatua. Ese contacto, inocente en apariencia, hizo que algo despertara adentro de mí: un calor traicionero que se extendía desde el punto de toque hacia mi entrepierna, un pulso prohibido que me hizo apretar los dientes.
—Jisung... ¿qué clase de pregunta es esa? —gruñí, sabiendo que me había atorado con el pedazo de pan, pero más furioso por el rumbo que tomaba la conversación. Mi voz salió ronca, cargada de frustración.
—Bueno... solo preguntaba, Honnie —dijo pestañeando con esos ojos grandes y expresivos, como una niña curiosa—. Además, solo por curiosidad: que alguien joven como yo se acueste en la cama con alguien mayor como tú. —Soltó aquello volviendo a sentarse en la silla, cruzando las piernas de nuevo y dejando que la camisa se arrugara ligeramente, exponiendo más piel de la cuenta.
Entrecerré los ojos, mirándola fijamente sin decir algo imprudente que pudiera arrepentirme después. Pero había algo en ella que me estaba matando por dentro: esa manera de decir cosas tan crudas con un toque de inocencia angelical, como si no supiera el efecto que causaba. No me cuadraba nada; era un rompecabezas que me tentaba a armar, aunque sabía que las piezas podían cortarme.
—¿Qué exactamente quieres decir? —pregunté al fin, mi voz baja y controlada, aunque por dentro bullía una tormenta de curiosidad y deseo reprimido.
—Nada, solo quería saber, Honnie —sonrió encogiendo los hombros, esa sonrisa que iluminaba su rostro pero que ahora me parecía cargada de secretos—. ¿Acaso es tan malo preguntar?
El tiempo siguió transcurriendo con esa normalidad aparente que tanto me esforzaba por mantener, pero en realidad, mi mente era un torbellino constante desde aquel desayuno perturbador. Últimamente, no podía dejar de pensar en Jisung y en sus intentos, que ya no me parecían tan falsos ni inocentes como quería creer al principio. Sabía que trataba de llamar mi atención de manera deliberada; lo notaba en cada detalle: los toques "inocentes" que me propinaba al pasar a mi lado —un roce fugaz en el brazo, una mano que se demoraba demasiado al entregarme el control remoto—, o en las palabras que soltaba con esa voz dulzona, cargadas de dobles sentidos que me dejaban con la piel erizada. Era como si estuviera tejiendo una red a mi alrededor, sutil pero insistente, y yo, a pesar de mis esfuerzos por ignorarlo, me sentía cada vez más atrapado en ella.
Un día en particular, regresé del trabajo completamente exhausto. Había sido una jornada infernal en la oficina: reuniones interminables, plazos ajustados y un jefe que no paraba de presionar. El trayecto en auto hasta casa se me hizo eterno, con el tráfico de la ciudad congestionado bajo un cielo gris que amenazaba lluvia. Haneul aún no había llegado; me había enviado un mensaje rápido desde el hospital, avisando que su turno se extendería. "Llego tarde, amor. Espérame en la cama, estaré muerta de cansancio", decía el texto, con un emoji de corazón que normalmente me sacaba una sonrisa, pero esa noche solo aumentaba mi fatiga. Decidí esperarla en nuestra habitación, tal como sugería: me quitaría los zapatos, me pondría algo cómodo y tal vez dormitaría un rato hasta que ella apareciera, agotada pero siempre con esa calidez que me reconfortaba.
Subí las escaleras con pasos pesados, el peso del día acumulándose en mis hombros tensos. Al llegar al pasillo del segundo piso, noté algo extraño: la puerta de nuestra habitación estaba entreabierta, solo unos centímetros, lo suficiente para que un hilo de luz suave se filtrara hacia el corredor oscuro. Eso era raro; Haneul era meticulosa con la privacidad, siempre cerraba con llave si salía, y yo mismo había dejado la casa asegurada esa mañana. Fruncí el ceño, sintiendo un leve cosquilleo de curiosidad mezclado con irritación. ¿Acaso Jisung había estado husmeando de nuevo? Empujé la puerta con cuidado, el pomo frío bajo mi palma, y entré en la habitación iluminada por la lámpara de noche que alguien había encendido. El aire estaba cargado con un aroma familiar pero fuera de lugar: el gel de ducha floral de Haneul, mezclado con algo más fresco, como a limpio y humedad reciente.
Mis ojos se posaron inmediatamente en la cama king-size, con sus sábanas blancas impecables que Haneul cambiaba religiosamente cada fin de semana. Allí, extendida sobre el edredón como una ofrenda provocativa, había una prenda que definitivamente no le pertenecía a mi esposa. Me acerqué un poco más, con el corazón latiéndome un poco más rápido de lo normal, y la examiné con detenimiento. Era una pijama... o más bien, algo que pretendía serlo, pero con un toque abiertamente provocativo. Un conjunto de satén negro brillante: una camisola de tirantes finos como hilos, con encaje delicado en el escote profundo que apenas cubriría los pechos, y un short corto que se ajustaba como una segunda piel, con bordes festoneados que prometían revelar más de lo que ocultaban. No era el estilo práctico y modesto de Haneul; esto era puro seduction, del tipo que se compra en boutiques especializadas para noches de pasión. ¿De dónde había salido esto? ¿Y por qué estaba aquí, en nuestra cama?
—¿Honnie? ¿Qué haces aquí? —La voz de Jisung me sacó de mi estupor, suave pero con un matiz de sorpresa que sonaba ensayado.
Volteé bruscamente hacia la dirección del sonido, y allí estaba ella, saliendo del baño adjunto con una naturalidad que rayaba en lo desafiante. Acababa de bañarse: una toalla blanca envuelta apretadamente alrededor de su cuerpo esbelto, cubriéndola desde el pecho hasta la mitad de los muslos, pero dejando al descubierto sus hombros húmedos y las piernas largas y tonificadas. Gotas de agua perlaban su piel clara, deslizándose perezosamente por el cuello y desapareciendo bajo el borde de la toalla. Su cabello castaño, mojado y oscuro, caía en mechones desordenados sobre su rostro, algunos pegados a sus mejillas sonrosadas por el vapor del agua caliente. Frunció el ceño ligeramente, cruzando los brazos bajo el pecho de manera que la toalla se tensó, acentuando las curvas que ya conocía demasiado bien de encuentros previos. Esto no era normal; ella tenía su propio baño al final del pasillo, equipado con todo lo necesario. ¿Por qué demonios estaba usando el nuestro?
—Esa pregunta debería hacértela yo a ti, Jisung —respondí, alzando una de mis cejas en un gesto de escepticismo mientras cruzaba los brazos sobre mi pecho, adoptando una postura defensiva. Mi voz salió más grave de lo que pretendía, cargada de la fatiga del día y una creciente irritación—. ¿Qué haces en la habitación que comparto con tu madre?
—Oh, solo venía a darme una ducha porque en mi baño no llegaba agua caliente —explicó ella con un puchero infantil, hinchando los labios de manera exagerada, como una niña caprichosa pidiendo un dulce. Sus ojos grandes y expresivos parpadearon con esa falsa inocencia que ya me tenía harto—. ¿Qué? ¿Acaso te molesta, Honnie? Que me dé una ducha en el baño que tú compartes con mi madre... Soy tu hijastra, Minho... Tienes que darme o complacerme lo que yo quiera.
Esas palabras —"Tienes que darme o complacerme lo que yo quiera"— se repitieron en mi cabeza como un eco insistente, resonando con un tono posesivo que me puso en alerta máxima. La miré fijamente, notando cómo se quedaba allí parada, con las piernas ligeramente separadas y la toalla ajustada como si fuera una armadura frágil, esperando mi respuesta con una paciencia que no era propia de ella. Me di cuenta, en ese instante, de que todo este tiempo había estado buscando algo más: no era solo atención, era un juego de poder, una seducción calculada. Pero no le iba a seguir el juego; no caería tan fácilmente en su trampa.
—¿Y qué realmente quieres? ¿Ropa? ¿Dinero? Si eso es lo que buscas, yo puedo dártelo, Jisung —dije, intentando sonar práctico y desinteresado, aunque por dentro bullía una mezcla de curiosidad y enojo.
—Mm, suena interesante, pero no, Honnie... Como soy una buena hijastra, tienes que darme lo que quiero, pero eso no es lo que busco —replicó ella, inclinando la cabeza ligeramente y pestañeando con esa carita de falsa inocencia que pensaba que la hacía parecer un ángel puro. Pero yo sabía la verdad: en el fondo, era una diablilla astuta, manipuladora, que disfrutaba pinchando mis defensas. No era tonto; veía claramente lo que quería, el deseo crudo disfrazado de curiosidad juvenil.
Sin prestarle más atención de la necesaria, encogí los hombros en un gesto de indiferencia y me acerqué a ella, posicionándome enfrente, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su piel recién bañada y oler el aroma a jabón que impregnaba el aire entre nosotros. Ella ni una pizca se movió de su puesto; se quedó allí, desafiante, con la barbilla alzada y una sonrisa sutil curvando sus labios.
—Sabes... Siempre me había preguntado, que aparte de mi madre, ¿habías tenido a alguien más en la cama? Digo, eres bueno en lo que haces —murmuró, y vi cómo sus dedos delgados rozaban el frente de mi camisa, trazando un camino lento y deliberado sobre la tela, como si estuviera midiendo mi reacción. ¿Realmente era necesario esa maldita y falsa inocencia cuando me preguntaba ese tipo de cosas tan directas, tan cargadas de insinuación?
—Deberías ir a tu habitación para que te cambies —solté con dureza, apartando su mano de mi camisa con un movimiento firme pero controlado. Vi cómo su sonrisa se borraba al instante, reemplazada por un mohín de frustración—. Tu madre no tardará en llegar; tengo que esperarla aquí porque va a malinterpretar lo que está viendo. Así que puedes ir a descansar. —Le di una pequeña palmada en la cabeza, un gesto paternal que pretendía ser despectivo, como si estuviera regañando a una niña traviesa. Escuché cómo soltaba un bufido indignado, sus mejillas hinchándose por un segundo antes de que agarrara rápidamente su ropa provocativa de la cama y saliera de la habitación con pasos apresurados, la puerta cerrándose detrás de ella con un clic seco.
Una vez solo, me senté en el borde de la cama, el colchón hundiéndose ligeramente bajo mi peso. El aroma de su presencia aún flotaba en el aire, un recordatorio persistente de lo cerca que había estado el peligro.
—Sé lo que buscas, Jisung —murmuré para mí mismo, una sonrisa lenta y depredadora apareciendo en mis labios mientras me recostaba un momento, staring al techo—. Esa carita de inocencia no me engaña, pero no te preocupes... te daré una lección porque estás provocándome. Y cuando lo haga, aprenderás que no se juega con fuego sin quemarse.
Los días siguientes transcurrieron con esa aparente normalidad que tanto me esforzaba por imponer en la casa, pero en el fondo sabía que era una ilusión frágil, a punto de resquebrajarse. Cada vez que estaba en casa durante mis días libres —esos domingos o feriados en los que intentaba desconectar del estrés laboral—, esa niña... joder, Jisung me estaba haciendo perder la paciencia de una manera que nunca había experimentado. Sus preguntas, siempre envueltas en ese velo de falsa inocencia, eran como dardos envenenados: directas, incendiarias, diseñadas para encender algo prohibido en mí. Ese mismo día, durante el almuerzo, nos encontrábamos los tres sentados alrededor de la mesa del comedor, bajo la luz cálida del mediodía que se filtraba por las ventanas amplias. Haneul había preparado un arroz con pollo y verduras al vapor, su especialidad para los fines de semana, y el aroma especiado llenaba el aire, mezclado con el sonido suave de los cubiertos chocando contra los platos. Yo comía en silencio, agotado pero disfrutando del momento familiar, hasta que Jisung rompió la tranquilidad con su voz melódica y juguetona.
—Madre... ¿te puedo hacer una pregunta? No sé cómo la tomarás, pero... —empezó Jisung, dirigiendo su mirada directamente a Haneul, con esos ojos grandes y expresivos que siempre parecían inocentes—. Espero que no te lo tomes mal.
—No para nada, hija... —respondió Haneul con una sonrisa indulgente, dejando el tenedor a un lado y limpiándose los labios con la servilleta—. ¿Qué quieres saber?
—Bueno... solo por curiosidad, ¿Honnie es bueno en la cama? —soltó Jisung de la nada, con la misma naturalidad con la que preguntaría sobre el clima.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Haneul se quedó paralizada por un segundo, sus ojos abriéndose como platos, antes de que un bocado de arroz se le atragantara en la garganta.
—¡P-por Dios, Jisung! —chilló Haneul, tosiendo violentamente mientras su rostro se ponía rojo, una mezcla de shock, vergüenza y asfixia.
—¡Haneul! —Me levanté de inmediato de mi silla, el corazón acelerado por la preocupación, y me acerqué a ella para darle leves golpes en la espalda, mi mano firme pero cuidadosa contra su espina dorsal. Una vez que recuperó el aliento, con lágrimas en los ojos por la tos, giré mi cabeza hacia Jisung, mirándola directamente con una intensidad que pretendía ser intimidante—. ¿Jisung, por qué le preguntas eso a tu madre?
—¿Qué? No sean exagerados, solo pregunté nada más... es por curiosidad —replicó ella encogiéndose de hombros, con una sonrisa angelical que no llegaba a sus ojos, donde brillaba un destello malicioso.
Noté cómo Haneul me miró de reojo, con un leve sonrojo tiñendo sus mejillas altas; no estaba seguro si era por la estúpida pregunta de su hija, que había tocado un tema tan íntimo en la mesa familiar, o por el susto de ahogarse con la comida. Sacudí la cabeza en negación, intentando disipar la tensión, y volví a mi asiento sin dejar de observar a Jisung. Ella seguía allí, con esa expresión de pura inocencia fingida, masticando despreocupadamente su comida como si no hubiera lanzado una bomba nuclear en medio del almuerzo.
—Sí, ya terminaste de comer, Jisung... Puedes irte a tu habitación —dije con voz firme, autoritaria, señalando el final de la conversación.
—Con gusto lo haré, Honnie... —respondió ella rodando los ojos de manera teatral, antes de levantarse de su asiento con gracia felina, tomar su plato vacío y dirigirse a la cocina con un contoneo sutil en las caderas que no pasó desapercibido.
Esa niña me estaba haciendo perder mucho la paciencia; ¿quién se creía que era? Sabía exactamente lo que quería: atención, provocación, un juego peligroso que yo no estaba dispuesto a jugar... o al menos, eso me repetía a mí mismo. Sus intuiciones para preguntar esas cosas, siempre sobre mí, sobre nosotros, eran demasiado precisas para ser casuales. Después de unos minutos, mientras Haneul estaba en la cocina fregando los platos del almuerzo —el sonido del agua corriendo y los platos chocando era un fondo relajante—, decidí estirar las piernas y caminar por el pasillo del segundo piso.
A lo lejos, vi a Jisung dirigiéndose en la misma dirección de nuestra habitación principal. Entrecerré los ojos, sintiendo que algo no cuadraba en su comportamiento errático; una sospecha se encendió en mi mente como una alarma. La seguí en silencio, mis pasos amortiguados por la alfombra gruesa del corredor, hasta llegar a la puerta entreabierta. Entré sin hacer ruido, el aire de la habitación cargado con el aroma residual de la colonia que usaba esa mañana.
Jisung estaba de espaldas a mí, acercándose al tocador del gabinete donde guardaba mis cosas personales: la corbata de repuesto, el reloj, y mis perfumes favoritos. Agarró uno de ellos —el frasco de vidrio oscuro con notas amaderadas y cítricas que Haneul me había regalado en nuestro aniversario— y lo acercó a su nariz, inhalando profundamente. Escuché claramente un pequeño suspiro de placer escapando de sus labios, seguido de un chillido bajo y excitado que pensó que solo era para ella, pero que resonó en mis oídos como una confesión. No perdí más tiempo; era el momento de confrontarla.
—¿Qué haces aquí, Jisung? —pregunté con voz grave y controlada, haciendo que diera un respingo visible, su cuerpo tensándose como un resorte antes de girar hacia mí con los ojos muy abiertos.
—Y-yo... Solo estaba buscando algo que había dejado aquí —balbuceó, el frasco aún en su mano, su rostro sonrojado por haber sido atrapada.
—¿En mi gabinete? —insistí, acercándome unos centímetros más, acorralándola sutilmente contra el mueble de madera pulida.
—Sí, a veces se me olvida dónde dejo mis cosas —respondió, intentando sonar convincente, pero su voz temblaba ligeramente.
No le creí ni una sola palabra; pensaba que era un tonto, pero yo veía a través de su fachada. Me acerqué aún más, hasta que el espacio entre nosotros era mínimo, el calor de su cuerpo irradiando hacia mí. Con el ceño fruncido, la miré de arriba hacia abajo: su blusa ajustada que delineaba sus curvas juveniles, la falda corta que dejaba ver sus piernas suaves, y esa expresión de falsa sorpresa que no engañaba a nadie.
—¿Qué curiosa eres, Jisung? —dije, mi tono bajo y acusador—. ¿Qué exactamente buscas?
—¿Yo? —repitió, parpadeando rápidamente. Asentí y alcé una de mis cejas mientras cruzaba los brazos sobre mi pecho, esperando—. Honnie... ¿Por qué te incomoda que esté en la habitación que compartes con mi madre? También tengo el derecho de entrar.
Ignoré sus palabras evasivas y me dirigí al espejo grande que estaba cerca del gabinete. Me aflojé la corbata con movimientos deliberados, sintiendo su mirada clavada en mí como un láser. De reojo, noté cómo sus ojos seguían cada gesto: el deslizamiento de la tela seda sobre mi cuello, el botón superior de la camisa que se abría revelando un atisbo de piel. Una idea traviesa me llegó a la mente; quería encararla, obligarla a confrontar la pregunta que le había hecho a Haneul durante el almuerzo. Sabía cómo reaccionaría, y una parte de mí disfrutaba anticipando su respuesta.
—Sabes, Jisung, para contestar la pregunta que le hiciste a tu madre —empecé, quitándome finalmente la corbata y dejándola caer sobre el pequeño sillón de la habitación con un susurro de tela—. Y sé que ella no iba a contestarte qué tan bueno era en la cama con ella... Solo te diré algunos detalles cortos y simples para que entiendas. —Me posicioné enfrente de ella de nuevo, señalando con un gesto firme la cama king-size detrás de nosotros, con sus sábanas perfectamente alisadas—. Tu madre grita y dice mi nombre cada vez que la hago mía en esa cama. Se arquea, tiembla, y al final, siempre pide más.
Me fijé en su mirada: esa inocencia que creía que me convencía se desvanecía lentamente. Sus ojos brillaron con un fuego intenso; supe en ese instante que ese brillo era de deseo puro, crudo, deseo por mí. Ella buscaba mi atención, mi reacción, cualquier grieta en mi armadura.
—Sí... no te convences con mi respuesta, pequeña —continué, mi voz bajando a un murmullo ronco—, solamente te digo que a un hombre como yo... no se debe provocar, porque hay consecuencias.
—¿Como cuáles, Honnie? —preguntó Jisung, su voz un susurro desafiante, dando un paso hacia mí—. ¿Qué pasaría con esas consecuencias? ¿Qué pasa?
—No deberías saberlo —respondí con una sonrisa lenta y depredadora, viendo cómo intentaba acercarse más, su mano extendiéndose tentativamente. Me alejé un paso, manteniendo la distancia—. Ahora ve a descansar... Mañana tienes clases. Y cierra la puerta al salir.
Otro día más jodidamente agotador en la oficina, con el estrés acumulado como una puta bola de nieve que no paraba de crecer: jefes gritando por plazos imposibles, correos que se multiplicaban como conejos en celo y un equipo de ineptos que parecía disfrutar saboteando cada proyecto. Llegué a casa al fin, después de ese día interminable que me había dejado los nervios hechos mierda y el cuerpo pesado como plomo, arrastrando los pies por el umbral de la puerta principal. Sabía que Haneul no estaría; su rutina en el hospital era predecible como un reloj suizo, turnos de noche en emergencias que la mantenían alejada hasta el amanecer, salvando vidas mientras yo lidiaba con mis demonios corporativos. Ella amaba su profesión con una pasión que admiraba, y ahora, con nosotros casados, ya no tenía que estresarse pensando en quién cuidaría a su hija si se quedaba sola en casa. Dejé el maletín de cuero negro en la entrada con un golpe sordo contra el mueble, quitándome seguidamente la chaqueta de traje empapada en sudor, colgándola de cualquier manera en el perchero antes de dirigirme a la sala de estar, esa habitación amplia con sofás de cuero gris que invitaban al descanso.
Me dejé caer en el sofá principal, recostándome con un suspiro profundo y cerrando los ojos por unos momentos, solo para desconectar del mundo, antes de subir a tomar una ducha caliente que lavara el día de mierda y luego desplomarme en la cama para dormir como un muerto.
Pero el puto silencio duró lo que un pedo en el viento. Escuché una voz femenina llamándome, suave y melosa, con ese toque de inocencia fingida que no me engañaba ni un carajo: "Honnie". Era Jisung, por supuesto, esa pequeña diablilla que sabía exactamente cómo joder con mi paciencia.
—Hola, Jisung —murmuré sin abrir los ojos, mi voz ronca por el cansancio, intentando ignorar el cosquilleo que ya empezaba a subir por mi espina dorsal.
—Honnie... Te ves tan cansado, Honnie. Deberías descansar o al menos relajarte un poco —ronroneó ella, acercándose con pasos ligeros que sentía en el suelo de madera pulida. Ignoré totalmente sus palabras; conocía sus intenciones como la palma de mi mano, esa forma de provocarme que había empezado como un juego inocente y ahora era un incendio descontrolado.
—¿No deberías estar dormida a esta hora, Jisung? —pregunté finalmente, abriendo los ojos con lentitud y enfocándome en ella. Allí estaba, de pie enfrente de mí, bloqueando la luz tenue de la lámpara de pie, esa niña descarada luciendo un conjunto de lencería negra de encaje translúcido que apenas cubría lo esencial: un sujetador push-up que realzaba sus tetas firmes y redondas, con pezones endurecidos marcándose a través de la tela fina como dos putos diamantes; una tanga minúscula que se hundía entre sus nalgas perfectas y redondas, dejando al descubierto la curva de sus caderas y el triangulito de vello recortado que asomaba tentadoramente; y ligas de encaje que subían por sus muslos suaves y tonificados, completando el conjunto como una invitación al pecado puro.
Esta niña me estaba perdiendo la paciencia por completo con ese toque de provocación envuelto en una mirada falsa de inocencia que no me engañaba ni un segundo; sus ojos grandes y almendrados brillaban con malicia, labios carnosos entreabiertos como si ya estuviera jadeando por anticipación.
—¿Qué coño haces vestida así, Jisung? —alcé una de mis cejas en reproche, mi voz grave y cargada de advertencia, sintiendo cómo la sangre empezaba a bombear más rápido por mis venas.
—¿Qué? ¿Te incomoda que use este tipo de ropa, Honnie? Solo quería mostrártela y así me das una opinión sobre si a algún chico le interesaría verme así. —respondió con una sonrisa juguetona, girando lentamente sobre sí misma para que viera cada ángulo: el encaje rozando su piel pálida y suave, el culo rebotando ligeramente con el movimiento, sus tetas temblando con cada respiración profunda.
No le creí ni una mierda de ese cuento ridículo de pedir opinión sobre su ropa semidesnuda; era una excusa barata para restregarme su cuerpo joven y perfecto en la cara. Suspiré profundo, conteniendo el impulso de levantarme y follármela ahí mismo, decidido a no decirle nada que alimentara su juego.
—Mejor ve a descansar, Jisung... Tienes clases mañana temprano —dije con firmeza, intentando sonar paternal, aunque mi polla ya empezaba a endurecerse traicioneramente bajo los pantalones.
—Honnie... —insistió, acercándose más, su aroma a vainilla y excitación invadiendo el aire.
—Ya te dije, Jisung... No trates de provocar a un hombre como yo, te lo dejé bien claro la última vez —gruñí, pero ella no retrocedió.
—Pero solo quería mostrártela, es una de las tantas que tengo en mi guardarropa, Honnie. ¿No te gusta? Puedo quitármela si quieres... —susurró, pasando sus manos por sus curvas, pellizcando ligeramente uno de sus pezones a través del encaje.
Ya fue suficiente, carajo; me cansé de repetir que no era un tonto que se tragara esa inocencia falsa mientras usaba esa lencería de puta que gritaba "fóllame". Me levanté del sofá bruscamente, el cuero crujiendo bajo mi peso, y sin pensarlo dos veces tomé su nuca con una mano firme, como una toma de posesión absoluta, mis dedos enredándose en su cabello castaño rizado y suave. De ahí, sin una pizca de delicadeza, la tiré contra el sofá acorralándola ahí mismo donde había estado sentado, su cuerpo esbelto atrapado bajo el mío, sus tetas subiendo y bajando con respiraciones aceleradas.
—¡Ya basta, Jisung! —rugí, mi mano derecha rodeando su cuello delgado pero no apretando aún, solo marcando territorio. Vi que no se asustó ni un poco por mi cambio repentino; al contrario, sus ojos se iluminaron con un brillo de victoria, sus labios curvándose en una sonrisa traviesa.
—Creías que no podía notar tus intenciones conmigo, ¿eh? Tus ropas de zorra, tus roces "accidentales" en la cocina, las preguntas absurdas sobre follar con alguien mayor y ¡qué carajo! También mostrar esas ropitas semidesnudas como si fueras una puta en celo queriendo provocar mi polla dura —escupí las palabras, escuchando sus suspiros entrecortados, su pecho agitado rozando contra el mío—. No debiste provocar a un hombre como yo, pequeña traviesa.
Llevé mi mano libre hacia su cabello castaño rizado, agarrándolo con fuerza sin pensarlo más, tirando de él para hacerla levantar del sofá con un gemido ahogado.
—Arrodíllate —ordené con voz grave y autoritaria, y ella asintió obedeciendo al instante, cayendo de rodillas sobre la alfombra mullida, sus ojos fijos en los míos con esa carita de falsa inocencia que me ponía la verga como una barra de acero.
—Eres una pequeña traviesa que quiere mi atención... ¿verdad? —gruñí, y ella no dijo ni una palabra, solo me miró con esos ojos de cachorrita, mordiéndose el labio inferior—. Maldición, contesta, pequeña zorra —sin importar las consecuencias, le di una bofetada ligera pero firme en la mejilla, y ella solo jadeó, un sonido gutural y excitado que hizo que mi polla palpitara. Después me quité el cinturón con un chasquido metálico, desabrochando el pantalón con prisa, bajando la cremallera y liberando mi verga gruesa y venosa, que saltó afuera dura como una puta roca, la cabeza hinchada y brillante de pre-semen.
Vi cómo ella se sorprendió, tragando grueso por el tamaño de mi polla, sus ojos abriéndose como platos al ver los centímetros gruesos y largos que apuntaban directo a su cara.
—¿Te sorprende, pequeña traviesa? —me burlé, llevando mis dedos sobre sus labios suaves y carnosos, abriendo su boca con rudeza antes de meter mi polla muy a fondo de un solo empujón, sintiendo su garganta contraerse y sacando una arcada profunda que vibró alrededor de mi longitud—. Ahora abre esa boca de zorra... porque vas a recibir toda mi longitud, cada centímetro de esta polla hasta que te ahogues en mi semen, por haberme provocado como la puta que eres.
Jisung se quedó congelada un segundo, arrodillada ya sobre la alfombra mullida de la sala, con las manos temblando apoyadas en los muslos desnudos. La lencería que aún llevaba puesta se había subido hasta la cintura, dejando al descubierto las bragas de encaje negro que yo mismo le había. Su respiración era entrecortada, los pezones endurecidos bajo l desabotonada, y sus ojos —esos ojos inocentes que ahora brillaban con una mezcla de miedo y deseo— se clavaban en mi polla, dura y venosa, apuntando directamente hacia su rostro como una amenaza y una promesa.
Yo la observé desde arriba, con una sonrisa torcida, sintiendo cómo el poder me recorría las venas como licor caliente.
—Mírate, Jisung… —murmuré, mi voz ronca y cargada de desprecio fingido—. Arrodillada como la putita desesperada que eres. ¿Esto era lo que querías, verdad? Provocar a tu padrastro hasta que no pudiera más, hasta que te tuviera aquí, de rodillas, con la boca abierta y el coño empapada solo por pensar en tragarte mi verga.
Agarré la base de mi miembro con una mano y lo sacudí lentamente frente a su cara, dejando que una gota de precum cayera sobre sus labios. Ella jadeó, instintivamente lamiéndose, y eso fue todo lo que necesité.
—Lame, perra —ordené, empujando la punta contra su boca—. Lame cada centímetro como la zorra hambrienta que has sido toda la semana. ¿Crees que no me di cuenta de cómo te tocabas en el baño pensando en mí? ¿Cómo gemías mi nombre mientras te metías los dedos, imaginando que era yo follándote contra la puerta?
Jisung gimió, obediente, su lengua rosada saliendo para recorrer la longitud de mi polla desde la base hasta la punta, dejando un rastro brillante de saliva. Sus manos subieron a mis muslos, clavando las uñas en mi piel, pero yo las aparté de un manotazo.
—No toques hasta que te lo ordene —gruñí—. Esto no es por tu placer, es por el mío. Tú provocaste esto, ahora vas a tragarte cada gota de castigo que te mereces. Abre más esa boca de niña mala… sí, así… ahora chúpame como si tu vida dependiera de ello, porque si no lo haces bien, te voy a follar la garganta hasta que llores y supliques que pare. Y sabemos que no quieres que pare, ¿verdad, mi pequeña puta consentida?
Jisung abrió la boca obediente, los labios temblando alrededor de la cabeza hinchada de mi polla mientras yo empujaba sin piedad, hundiendo centímetro tras centímetro en el calor húmedo de su garganta. Sentí cómo su lengua se retorcía debajo, desesperada por complacerme, y un gemido gutural escapó de mi pecho cuando sus paredes se contrajeron alrededor de mí, ahogándola.
—Así, puta —gruñí, agarrando su cabello con ambas manos y tirando con fuerza para mantenerla inmóvil—. Trágatela toda. ¿Sientes cómo te llena la garganta? Eso es lo que pasa cuando juegas con fuego, Jisung. Te quemas.
Empujé más profundo, hasta que su nariz chocó contra mi pubis y sus ojos se llenaron de lágrimas. Ella intentó retroceder por instinto, pero yo no la dejé. Mantuve su cabeza clavada, follándole la boca con embestidas cortas y brutales, cada una más profunda que la anterior. El sonido húmedo de su garganta siendo usada llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos ahogados y mis gruñidos de placer.
—Mírame —ordené, soltando su cabello solo para abofetear su mejilla con la mano abierta, lo suficientemente fuerte como para dejar una marca roja—. Mírame mientras te follo la cara como a una muñeca barata. ¿Te gusta, verdad? Te gusta ser la putita de tu padrastro, la que se arrodilla y abre las piernas solo porque se lo piden.
Ella asintió lo mejor que pudo, las lágrimas corriendo por sus mejillas, pero sus ojos... Dios, sus ojos ardían con una lujuria enferma que solo alimentaba la mía. Saqué mi polla de golpe, dejando un hilo grueso de saliva colgando de sus labios hasta la punta, y la usé para abofetear su rostro una, dos, tres veces.
—Dilo —exigí, mi voz quebrada por el deseo—. Dime cuánto te gusta ser mi zorra.
—S-soy… tu zorra… —jadeó ella, la voz ronca y rota—. Me gusta… ser tu puta, Honnie… por favor, úsame…
Eso fue todo. La levanté del suelo de un tirón, arrojándola sobre la cama boca abajo. Su lencería seguía subida, las bragas empapadas pegadas a su coño hinchado. Las desgarré de un solo movimiento, exponiendo su entrada palpitante, goteando de necesidad.
—Vas a sentir cada centímetro de lo que provocaste —advertí, alineándome detrás de ella y empujando de una sola estocada brutal, enterrándome hasta la base en su interior apretado y caliente.
Jisung gritó, arqueando la espalda, sus uñas arañando la textura del sofá mientras yo la embestía sin piedad, cada golpe de mis caderas contra su culo resonando como un castigo. Agarré sus muñecas y las retorcí a su espalda, usándolas como riendas para follarla más duro, más profundo, más rápido.
—Esto —gruñí entre embestidas— es lo que pasa cuando una niñita mala provoca a su padrastro. Te follo hasta que no puedas caminar, hasta que cada paso que des mañana te recuerde quién es el dueño de este coño. ¿Lo sientes, Jisung? ¿Sientes cómo te parto en dos?
Ella solo podía gemir, su cuerpo temblando bajo el mío, su coño apretándome como un vicio mientras yo la destruía sin compasión, perdido en el éxtasis de dominarla por completo
Mis caderas chocaban contra su culo con un ritmo salvaje, cada embestida más profunda que la anterior, arrancándole gritos ahogados que se perdían en la almohada. Jisung temblaba entera, su coño apretándome como si nunca quisiera soltarme, y yo me inclinaba sobre su espalda, mi pecho pegado a su piel sudorosa, mi boca rozando su oreja mientras la follaba sin piedad.
¿Querías mi atención? ¿Por que lo querías? —jadeé, mordiendo el lóbulo de su oreja hasta hacerla gemir—. Acaso los pendejos de tu edad no te sirven o te interesan. Esos niñitos de la escuela con sus pollas de juguete y sus caricias torpes… ¿crees que alguno podría darte esto? —Empujé más fuerte, hasta el fondo, sintiendo cómo su interior se contraía alrededor de mí—. ¿Alguno podría partirte el coño como yo, Jisung? Responde.
—¡N-no, papi…! —gritó ella, la voz rota, las lágrimas mojando el cojín—. ¡Solo tú… solo tú me haces sentir así…!
Sonreí contra su cuello, lamiendo el sudor salado de su piel mientras la embestía con más violencia, mis bolas golpeando su clítoris hinchado con cada golpe.
—Exacto, zorra —gruñí, agarrando su cabello y tirando su cabeza hacia atrás para que me mirara por encima del hombro—. Tu fetiche son los mayores, ¿verdad? Te excita que sea yo, tu padrastro, el que te folle como a una muñeca rota. Esos idiotas de tu salón… ¿los miras siquiera? ¿O solo piensas en mí cuando te tocas en el baño, imaginando que te doblo sobre el lavabo y te lleno de leche mientras ellos ni siquiera saben dónde meterla?
Ella sollozó, pero su coño se apretó más, traicionándola.
—¡Sí… sí, papi…! —confesó entre gemidos—. ¡Solo pienso en ti… los demás no me interesan… son unos niños… tú eres el único que me hace correrme…!
—Buena niña —susurré, soltando su cabello solo para abofetear su culo con fuerza, dejando una marca roja—. Entonces grita mi nombre mientras te follo, Jisung. Grita que eres mía, que este coño pertenece a tu padrastro, que ningún niñito de mierda volverá a tocarte porque yo te he arruinado para siempre.
—¡Minho…! —gritó, su voz quebrándose—. ¡Soy tuya… solo tuya… tu puta… tu hijastra sucia… fóllame más, papi, rómpeme…!
Y lo hice. La embestí con furia animal, cada palabra suya alimentando el fuego que me consumía, hasta que sentí que su cuerpo se tensaba, su coño convulsionando alrededor de mí mientras se corría con un grito desgarrador, suplicando que no parara, que la usara hasta que no quedara nada de ella.
El orgasmo de Jisung aún la sacudía en espasmos, su coño apretándome como un puño caliente mientras lloriqueaba contra la almohada, pero yo no me detuve. La saqué de golpe, su cuerpo temblando por la pérdida repentina, y la volteé boca arriba con brusquedad. Sus piernas se abrieron por instinto, el coño rojo e hinchado goteando una mezcla de sus jugos y mi precum sobre las sábanas.
—No creas que hemos terminado, pequeña —gruñí, mi voz ronca de deseo y furia—. Esto te pasa por provocarme, por restregarte contra mí en la cocina mientras tu madre dormía, por gemir bajito cuando te rozaba “sin querer”. Ahora vas a pagar cada segundo de esa mierda.
La dejé un momento ahí pero antes de decirle que ya volvía que iría a la habitación a buscar algo, cuando estaba en la habitación me acerqué a mi gabinete sacando una caja especial, sabía que me iba servir para este momento. Era un collar que yo mismo había hecho si algún día llegara el momento, cuando bajé ella ahí esperándome ahí mismo donde la había dejado acercándome a ella, justo poniéndome enfrente.
—¿Ves esto, Jisung? —dije, abrochándolo con un chasquido alrededor de su cuello delgado, el cuero apretando justo lo suficiente para que sintiera mi control—. Esto es lo que usan las perras como tú. Y ahora vas a montarme como la yegua en celo que eres.
Tirando del collar, la obligué a incorporarse. Me senté en el borde de la cama, mi polla tiesa y brillante apuntando al techo, y la jalé hacia mí hasta que sus rodillas temblorosas se plantaron a ambos lados de mis caderas.
—Sube —ordené, dando un tirón seco al collar que la hizo jadear—. Monta a tu padrastro como la zorra desesperada que provocó todo esto. Baja ese coño empapado sobre mí y muévete hasta que te duela, hasta que cada músculo de tus piernas tiemble y supliques que te deje correrme dentro.
Jisung gimió, obediente, sus manos apoyándose en mis hombros mientras se alzaba sobre mí. La punta de mi polla rozó su entrada hinchada y, con un movimiento lento y tortuoso, se hundió hasta la base, su coño tragándome entero con un sonido húmedo y obsceno.
—Así, puta —jadeé, tirando del collar para mantener su rostro cerca del mío—. Muévete. Fóllate a ti misma en mi verga como castigo por ser una niñita mala. Cada vez que bajes, quiero oírte decirlo: “Esto me pasa por provocarte, papi”. Repítelo.
—E-esto… me pasa… por provocarte, papi… —gimió, empezando a moverse, sus caderas subiendo y bajando con torpeza al principio, luego con más desesperación, su coño apretándome como un vicio mientras el collar la mantenía sujeta.
—Más fuerte —gruñí, abofeteando su culo con la mano libre—. Monta más rápido, zorra. Quiero que mañana no puedas sentarte sin recordar cómo te usé. Quiero que cada paso en la escuela te haga apretar las piernas al pensar en cómo tu padrastro te convirtió en su juguete personal.
Ella aceleró, sus tetas rebotando bajo la lencería que sus tirantes sueltos sobre sus brazos, el collar tirante entre mis dedos mientras la guiaba como a una marioneta. Sus gemidos se volvieron gritos, su coño chorreando sobre mis muslos, y yo solo la miraba, perdido en el placer de verla destruirse sobre mí, sabiendo que este castigo apenas comenzaba.
Jisung obedeció al instante, sus caderas chocando contra las mías con una fuerza desesperada, cada bajada más rápida y profunda que la anterior. El sonido húmedo de su coño tragando mi polla llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos entrecortados y el tintineo metálico del collar cada vez que tiraba de él.
—Más rápido, zorra —gruñí, soltando el collar solo para agarrar sus tetas con ambas manos, apretándolas con rudeza hasta que gimió de dolor y placer—. Quiero que este coño se trague cada centímetro de mí. ¿Sientes cómo te lleno? Eso es lo que pasa cuando una putita como tú juega con su padrastro. Te follo hasta que no puedas pensar en otra cosa que en mi verga dentro de ti.
—P-papi… —jadeó, sus uñas clavándose en mis hombros mientras rebotaba sobre mí, su coño apretándome con cada movimiento—. ¡Sí… sí, me llenas… me destrozas…!
—Dilo otra vez —ordené, tirando del collar hacia abajo para que su rostro quedara a centímetros del mío, sus labios temblando—. Dime por qué estás montándome como una perra en celo.
—P-porque… te provoqué… —gimió, sus ojos vidriosos de lujuria—. Porque quería tu polla… quería que me castigaras… ¡fóllame más, papi, por favor…!
Sonreí con malicia, soltando una de sus tetas para abofetear su rostro con fuerza, dejando una marca roja que la hizo jadear.
—Buena puta —susurré, empujando mis caderas hacia arriba para encontrarme con cada uno de sus movimientos, follándola desde abajo con embestidas brutales—. Pero no has aprendido todavía. Vas a correrme dentro, Jisung. Vas a sentir cómo te lleno hasta que chorree por tus muslos, y luego vas a lamer cada gota que se derrame. ¿Entendido?
—¡Sí… sí, papi…! —gritó, su cuerpo temblando mientras aceleraba, su coño convulsionando alrededor de mí en un nuevo orgasmo que la dejó temblando y lloriqueando.
Sentí el calor subir por mi columna, el placer acumulándose en la base de mi polla mientras ella se deshacía sobre mí. Con un gruñido animal, la levanté de golpe, aún empalada en mí, y la arrojé de nuevo sobre la cama boca abajo. Me coloqué detrás de ella, tirando del collar hacia atrás como riendas, y la embestí con furia renovada.
—Ahora sí —jadeé, cada golpe de mis caderas contra su culo resonando como un latigazo—. Vas a recibir tu castigo, zorra. Te voy a llenar hasta que no quede espacio, hasta que cada paso que des mañana te recuerde que este coño es mío. Y cuando termine… vas a arrodillarte otra vez y limpiarme con esa lengua sucia tuya. ¿Quieres eso, verdad? ¿Quieres que tu padrastro te use como su juguete personal?
—¡Sí… sí, papi…! —gritó, su voz rota por los gemidos—. ¡Lléname… úsame… soy tuya…!
Y con un último empujón brutal, me corrí dentro de ella, mi semen caliente inundándola mientras su coño se apretaba alrededor de mí, ordeñándome hasta la última gota. La mantuve clavada ahí, temblando bajo mi peso, el collar aún en mi mano, sabiendo que este castigo solo era el comienzo de lo que le esperaba por ser una niñita tan provocadora.
Mi respiración era un rugido bajo en el silencio repentino de la habitación. El calor de mi semen aún palpitaba dentro de ella, goteando lentamente por sus muslos temblorosos mientras la mantenía clavada contra el colchón, mi peso sobre su espalda, el collar todavía tenso entre mis dedos. Jisung lloriqueaba, su cuerpo hecho un ovillo de temblores, el coño hinchado y rojo contrayéndose en espasmos residuales alrededor de nada.
Lentamente, me retiré. Un hilo espeso y blanco se deslizó fuera de ella, manchando las sábanas, y ella gimió ante la pérdida, sus caderas moviéndose por instinto como si buscara más.
—Quieta, puta —ordené, mi voz ronca y satisfecha, dándole una palmada seca en el culo que la hizo jadear—. Mira lo que has hecho. Te llené como a una perra en celo y aún goteas. ¿Te gusta llevar mi semen dentro, verdad? ¿Sentirlo correr por tus piernas mañana en la escuela, sabiendo que tu padrastro te marcó como suya?
Ella asintió débilmente, la cara hundida en el cojín, el cabello pegado a su frente sudorosa.
—S-sí, papi… —susurró, la voz rota—. Me… me gusta…
La levanté de un tirón por el collar, obligándola a arrodillarse de nuevo en el suelo. Mi polla, aún semidura y brillante con nuestros jugos, colgaba frente a su rostro. Un último hilo de semen perlaba la punta.
—Limpia —ordené, empujando la cabeza contra ella—. Usa esa lengua sucia para dejarme impecable. Cada gota que se derramó es tu culpa, así que límpiala con la boca. Y mientras lo haces, dime gracias.
Jisung abrió los labios temblorosos, su lengua saliendo para lamer la longitud de mi miembro con devoción, recogiendo cada rastro de semen y saliva. Sus ojos, vidriosos y sumisos, se alzaron hacia mí mientras lamía.
—G-gracias, papi… —musitó entre lamidas, la voz apenas audible—. Gracias por… castigarme… por llenarme… por usarme…
—Buena niña —susurré, acariciando su cabello con una ternura fingida que contrastaba con la brutalidad de minutos antes—. Ahora quédate ahí, de rodillas, hasta que te diga que puedes moverte.
Ella tembló, pero asintió, su lengua aún rozando la base de mi polla con reverencia. Yo la observé, el poder zumbando en mis venas, sabiendo que este era solo el primer capítulo de su castigo eterno.
Después de que todo había terminado por esa ronda intensa, me encontraba recostado en el amplio sofá de la sala, con el cuerpo aún palpitante por el éxtasis reciente. Jisung, mi hijastra traviesa, estaba sentada a horcajadas sobre mí, su peso ligero y cálido presionando contra mis muslos, mientras su respiración agitada se sincronizaba con la mía. Llevaba puesta esa lencería negra que había elegido específicamente para provocarme esa noche: un conjunto de encaje delicado que ahora yacía totalmente rasgado, colgando en jirones de su piel suave y sonrojada, revelando curvas tentadoras que me habían vuelto loco desde el momento en que la vi entrar con esa sonrisa pícara. Alrededor de su cuello brillaba el collar de cuero que le había colocado yo mismo, un símbolo de posesión que la hacía parecer aún más sumisa y deseable bajo la luz tenue de la lámpara. La noche se extendía ante nosotros como un lienzo infinito, llena de promesas oscuras y placeres prohibidos; tenía planes para hacerla completamente mía, para infligirle ese merecido castigo por todas las veces que me había tentado con sus miradas coquetas, sus roces "accidentales" y sus susurros juguetones que me habían llevado al límite de mi autocontrol.
La abracé por la cintura con una mano firme, sintiendo el calor de su piel húmeda por el sudor, mientras con la otra trazaba perezosamente círculos en su espalda baja, justo por encima de donde la tela rota dejaba expuesta la curva de sus nalgas. Su pecho subía y bajaba con rapidez, los pezones endurecidos rozando contra mi torso desnudo, y podía oler el aroma mezclado de su perfume floral con el almizcle de nuestro encuentro anterior. Era una visión perfecta de rendición y lujuria, esa adolescente que había cruzado todas las líneas conmigo, convertida en mi zorrita personal.
—Lo has hecho muy bien, mi pequeña chica... Tan una zorrita adolescente —murmuré con mi voz grave y ronca, cargada de autoridad y deseo reprimido, mientras mis labios rozaban el lóbulo de su oreja, provocándole un escalofrío visible—. Has gemido como una profesional, has arqueado la espalda justo cuando te lo pedí, y has suplicado por más como la putita insaciable que eres. Pero ahora, quiero verte totalmente desnuda, sin ese pedazo de conjunto rasgado que apenas cubre nada. Quítatelo todo, despacio, para que pueda admirar cada centímetro de tu cuerpo joven y perfecto. Y luego... te preguntaré dónde quieres que te tome por tercera vez esta noche. ¿En tu habitación, con tus peluches y posters de ídolos adolescentes mirándonos, o en la mía, esa cama grande donde comparto las noches con tu madre, oliendo aún a sus perfumes y a nuestros secretos cotidianos?
Ella mordió su labio inferior, sus ojos grandes y brillantes llenos de una mezcla de timidez fingida y excitación real, mientras sus manos temblorosas se movían para obedecer. El rubor en sus mejillas se extendía hasta su cuello, y un gemido suave escapó de sus labios al sentir mi erección endureciéndose de nuevo debajo de ella.
—E-En la tuya... —susurró al fin, su voz entrecortada y suave, como una niña confesando un secreto prohibido.
—¿Por qué, pequeña? —insistí, apretando un poco más su cintura para recordarle quién mandaba, mi mirada clavada en la suya, exigiendo la verdad cruda que ambos sabíamos.
—Porque quiero hacerlo donde sueles hacer con mi madre —confesó con un hilo de voz, sus caderas moviéndose instintivamente contra mí en un roce sutil que me hizo gruñir bajo—. Quiero que me tomes como a una pequeña niña buena para ti, papi... Que me folles en esa cama, marcándome con tu olor, borrando cualquier rastro de ella mientras me haces gritar tu nombre. Quiero sentirme sucia y especial al mismo tiempo, sabiendo que soy tu secreto, tu zorrita que te provoca y te ruega por más castigo. Por favor... hazme tuya ahí, donde todo empezó con tus miradas robadas en la cena familiar.
La llevé en brazos por el pasillo, sus piernas enredadas en mi cintura, el collar tintineando contra mi pecho con cada paso. Jisung enterró la cara en mi cuello, mordisqueando la piel salada mientras sus uñas se clavaban en mis hombros. El olor a sexo de la sala nos seguía como una estela, pero al abrir la puerta de la habitación principal, el aire cambió: perfume de lavanda de mi esposa, sábanas limpias de algodón egipcio, la tenue luz ámbar de la lámpara de noche que siempre dejaba encendida. Todo parecía inocente hasta que la deposité en el centro de la cama king-size, donde la silueta de mi matrimonio se desdibujaba bajo nuestros cuerpos prohibidos.
—Aquí es donde duerme tu madre —susurré, arrodillándome entre sus muslos abiertos—. Donde me dice “te quiero” antes de dormir. Donde fingimos ser una familia perfecta. Y ahora vas a ensuciarlo todo, ¿verdad, pequeña?
Jisung asintió con vehemencia, los ojos vidriosos. Se recostó sobre las almohadas que aún guardaban la forma de la cabeza de su madre, estirando los brazos por encima de la cabeza para ofrecerme su cuerpo desnudo. La luz dorada delineaba cada curva: pechos pequeños y firmes, costillas marcándose con cada respiración, el triángulo depilado entre sus piernas brillando con restos de nuestra primera ronda. El contraste era obsceno: la inocencia de su edad contra la cama matrimonial.
Me quité la camiseta con un tirón, dejando que viera las marcas rojas que sus uñas habían dejado en mi espalda. Luego me incliné, lamiendo una línea lenta desde su ombligo hasta el hueco entre sus pechos, saboreando el sudor salado mezclado con el perfume de su madre que impregnaba las sábanas. Ella gimió, arqueándose.
—Papi… por favor…
—Silencio —ordené, agarrando el collar y tirando suavemente para acercar su rostro al mío—. Aquí mandas tú solo cuando yo lo permita. Abre las piernas más. Quiero verte toda.
Obedeció al instante, las rodillas cayendo a los lados hasta que su intimidad quedó expuesta por completo, hinchada y reluciente. Me tomé mi tiempo: dos dedos deslizándose por sus pliegues, recogiendo la humedad, llevándolos a mi boca para saborearla mientras ella observaba con los labios entreabiertos. El sabor era más dulce que el de cualquier mujer que hubiera probado en esa cama.
—Dime qué quieres que haga con tu madre cuando vuelva mañana —susurré, introduciendo un dedo lentamente, curvándolo justo donde sabía que la volvía loca—. ¿Quieres que la bese sabiendo que tu sabor aún está en mi lengua? ¿Que duerma abrazándola mientras pienso en cómo te follé en su lado de la cama?
Jisung soltó un gemido ahogado, las caderas empujando contra mi mano.
—S-sí… quiero que pienses en mí cada vez que la toques. Que me compares. Que sepas que soy más apretada, más mojada, más… tuya.
Sonreí, retirando los dedos para reemplazarlos con mi boca. La devoré con hambre, la lengua trazando círculos rápidos alrededor de su clítoris mientras mis manos sujetaban sus muslos para evitar que se cerraran. Los gemidos se volvieron gritos ahogados, sus manos enredándose en mi cabello, tirando con fuerza cada vez que succionaba. La cama crujió bajo nosotros, el cabecero golpeando la pared con un ritmo que mañana mi esposa atribuiría a “pesadillas”.
Cuando sentí que estaba al borde, me aparté bruscamente. Jisung lloriqueó, las caderas buscando mi boca.
—No todavía —dije, levantándome para desabrochar mi pantalón—. Primero vas a suplicar como la putita que eres. Arrodíllate en la cama de tu madre y muéstrame ese culo que me has estado meneando durante meses.
Se puso de rodillas al instante, el trasero en alto, la cara hundida en la almohada donde su madre apoyaba la cabeza cada noche. El contraste era brutal: su juventud contra la madurez de la cama, su sumisión contra la autoridad que yo ejercía en esa habitación. Me posicioné detrás, acariciando la curva de sus nalgas antes de dar un azote seco que dejó una marca roja.
—Cuenta —ordené.
—Uno… —gimió, la voz amortiguada por la almohada.
Otro azote, más fuerte.
—Dos… papi, por favor…
Continué hasta diez, alternando mejillas, hasta que su trasero estaba rojo y ella temblaba de necesidad. Entonces me hundí en ella de un solo empujón, sin aviso, hasta el fondo. El grito que soltó fue puro éxtasis, las paredes apretándome como un vicio. Empecé a moverme con fuerza, cada embestida haciendo que la cama se sacudiera, el cabecero golpeando la pared con un ritmo obsceno.
—Mírate —gruñí, agarrando su cabello para levantarle la cabeza—. En la cama de tu madre, con el collar que te puse, gimiendo como una perra en celo. ¿Esto es lo que querías, verdad? Ser mi secreto sucio.
—Sí… sí, papi… más fuerte…
Aceleré, una mano en su cadera, la otra tirando del collar para arquear su espalda. El sudor nos pegaba, los sonidos húmedos llenando la habitación. Podía oler el perfume de mi esposa en las sábanas, mezclado con el aroma crudo del sexo. Era profanación pura.
Cuando sentí que ella estaba cerca otra vez, me detuve. Jisung soltó un gemido frustrado.
—Date la vuelta —ordené—. Quiero verte la cara cuando te corras en la cama donde tu madre y yo dormimos.
Obedeció, tumbándose de espaldas, las piernas abiertas invitándome. Me hundí de nuevo, esta vez lento, profundo, mirándola a los ojos mientras sus uñas se clavaban en mi espalda. Sus pechos rebotaban con cada embestida, los pezones duros rozando mi pecho.
—Dime quién es tu dueño —susurré contra sus labios.
—Tú… solo tú, papi…
—A partir de ahora, cada vez que tu madre me bese, sabré que tus labios son más dulces. Cada vez que me abrace, recordaré cómo te tiemblan las piernas cuando te follo. ¿Entiendes?
Asintió, las lágrimas de placer corriendo por sus mejillas.
—Córrete para mí, pequeña. Ahora.
Y lo hizo, con un grito que seguramente despertó a los vecinos, su cuerpo convulsionando bajo el mío, apretándome hasta que no pude contenerme más. Me vacié dentro de ella con un gruñido, marcándola por dentro como ya lo había hecho por fuera.
Cuando terminamos, se acurrucó contra mi pecho, el collar aún en su cuello, las sábanas arrugadas y manchadas. Besé su frente, saboreando la sal de su piel.
—Mañana —susurré—, cuando tu madre vuelva, dormiremos los tres en esta cama. Y tú te quedarás calladita, con mi semen aún dentro de ti, mientras ella me abraza sin saber nada.
Jisung sonrió, los ojos brillando con malicia.
—Prométeme que pensarás en mí cada vez que la toques.
—Te lo juro, pequeña. Eres mi vicio. Mi secreto. Mi zorrita en la cama de mi esposa.y más que todo mi pequeña chica