El despertar
Sentí miedo.
La luz del hospital me quemaba.
Las voces eran cuchillos en el aire.
Y una mujer —con los ojos hinchados y la sonrisa rota— me tomó la mano y susurró:
—Luna… mi amor, volviste.
Quise decir algo, pero mi garganta era desierto.
Mi cuerpo no me obedecía.
Y lo único que recordaba era una noche… lluvia… un grito… y luego, silencio.
Pasaron días antes de poder hablar.
Mi madre no se despegaba de mí.
Me daba sopa, me acariciaba el pelo, me contaba lo mucho que rezó por mi regreso.
Pero cada vez que decía “tu padre estaría tan feliz”, sus manos temblaban.
No entendía por qué.
Hasta que un doctor, con voz de quien carga un secreto, me dijo:
—Tu padre… falleció el mismo día del accidente.
Silencio.
Solo silencio.
Y el sonido del monitor, marcando mi corazón como si me recordara que seguía aquí.
Me dieron de alta tres semanas después.
El mundo afuera era otro.
Los autos, la ciudad, incluso el cielo parecía distinto.
Todo avanzó sin mí.
Excepto esa casa.
Mi casa seguía igual.
Demasiado igual.
Como si el tiempo hubiera tenido miedo de tocarla.
Mi madre me llevó a mi habitación, y ahí estaba todo: los posters, los libros, el espejo…
Pero había algo raro.
Una grieta, en la esquina del vidrio.
Y detrás del reflejo… juraría que vi algo moverse.
—¿Lo ves, mamá? —pregunté.
—¿Ver qué, cariño?
—Nada. —mentí.
Esa noche no dormí.
El tic tac del reloj sonaba como si alguien lo golpeara desde adentro.
Y entre sueños, escuché pasos fuera de mi puerta.
Despacito.
Uno, dos… tres.
Pensé que era mamá.
Hasta que oí la voz.
—Luna… no confíes en ella.
Me incorporé, el corazón casi saliéndose del pecho.
Abrí la puerta.
Nadie.
Solo el pasillo oscuro y el sonido del viento.
Pero había algo en el suelo.
Un pedazo de papel.
Dobladito.
Temblando, lo abrí.
Y ahí estaba mi letra.
Antigua.
Temblorosa.
Escrita con rabia.
“Recuerda lo que hizo.
No la dejes mentir otra vez.”
Y abajo…
una mancha roja.
Pequeña.
Como una gota de sangre seca.