SOBREVIVE

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Summary

📅 SOBREVIVE está completa, iré subiendo capítulos cada viernes. Zoe y Amy viven en Madrid con la rutina de siempre... hasta que una mañana todo se rompe. La ciudad se llena de violencia y miedo, y una verdad terrible sale a la luz: el trabajo del padre de Zoe, un experimento que nadie debía conocer, ha desatado algo peligroso. Ahora solo queda SOBREVIVIR. ¿Hasta dónde llegarías para proteger a los tuyos?

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1. El principio de todo.

El sol en mi rostro me despertó. Me levanté de la cama, me vestí y bajé a la planta baja de mi casa.

Mi padre, David Young, estaba en la cocina preparando el desayuno.

—Buenos días, Zoe. —me saludó él con una sonrisa.

—Buenos días, papá.

—Hoy no podré llevarte ni recogerte de la universidad. Tengo mucho trabajo en la oficina.

—No te preocupes, papá. Cogeré el autobús. —dije mientras agarraba una tostada con mantequilla y le daba un mordisco.

—Luego te veo, cariño. Me voy.

Mi padre salió de casa. Yo me apresuré a desayunar, cogí mi mochila, las llaves de casa y salí rumbo a la parada del autobús.

Todo iba bien. El autobús llegó, me subí y me senté en uno de los asientos junto a la ventana. Tranquilamente miraba a través de ella esperando que el autobús llegara a la parada de la universidad.

Todo estaba bastante tranquilo. Había unas doce personas en el autobús, como siempre en mi ciudad.

Vivo en Madrid. Antes vivíamos en Corea, pero por el trabajo de mi padre tuvimos que mudarnos aquí.

Estaba muy centrada en mis pensamientos cuando el ruido de una anciana me sacó de ellos.

La anciana estaba sentada justo detrás del conductor. Tenía aproximadamente unos noventa años, estaba tosiendo y tenía un papel en la mano que me sorprendió un poco, estaba lleno de sangre.

Pensé que a lo mejor estaría enferma.

De camino a la universidad pasamos por el hospital, donde aquella mujer bajó del autobús.

Algo extraño pasaba. Había muchísimas personas en la entrada del hospital, gritaban cosas, parecían asustadas.

—¡Estamos en peligro! —gritaba la gente de allí.

—¿Qué está pasando? —dijo un chico que colgaba una mochila a sus espaldas. Recuerdo a este chico, va a la misma universidad que yo.

Todos los demás en el autobús estábamos extrañados por esto.

¿Por qué la gente grita de esa manera? ¿Por qué dicen que estamos en peligro?

A lo mejor simplemente son personas que no están bien de la cabeza. Es lo único que me queda por pensar, ¿no?

El conductor del autobús siguió su camino. Al poco rato llegamos a la universidad. Bajé del autobús junto a varios estudiantes más que iban en él.

Caminé hasta la entrada de la universidad, entré y me dirigí hacia mi clase. Al llegar, mi compañera y amiga Amy estaba allí junto a la puerta de la clase.

Pero justo antes de saludarnos, nos quedamos paradas, sorprendidas por los gritos de una de las profesoras de la universidad, a la que ni siquiera conocía, daba otra clase en otra carrera.

—AAAAA. —gritaba aquella mujer.

Tenía sangre en la camisa blanca alrededor del cuello.

—Pero... ¿qué...? —pude decir con la voz entrecortada.

—¿Qué cojones está pasando? —dijo Amy.

Justo antes de poder decir nada más, un alumno apareció detrás de ella, del cual ella corría. Parecía muy agresivo. Se abalanzó sobre ella, tirándola al suelo, y empezó a morderle por la nuca. Ella gritaba y el chico tenía la boca llena de sangre.

Estaba aterrada. ¿Qué se suponía que estaba pasando?

El chico levantó la cabeza justo en el instante en que una chica de nuestra clase gritó al ver la situación.

Éste se levantó rápidamente y vino hacia donde estábamos.

—¡Corred! —gritó un profesor que apareció a nuestras espaldas.

No dudamos ni un segundo. Amy y yo salimos corriendo, salimos de la universidad.

—¿Qué hacemos, Zoe? ¿Qué está pasando? —me preguntó Amy asustada. Desde la universidad provenían varios gritos.

—No lo sé, Amy. Yo voy a la oficina a buscar a mi padre.

—Yo voy a la frutería a buscar a mi madre.

La madre de Amy tenía una frutería en el centro de Madrid, mi padre trabajaba también cerca de ella.

—Está bien. Y, ¿cómo vamos? El autobús se ha ido y no vuelve a pasar hasta las tres de la tarde. —pregunté.

—Intentaremos coger el autobús más cercano. —dijo Amy.

Hablábamos junto a la carretera, pero la multitud de chicos y chicas del instituto apareció corriendo y gritando.

—¡Corre! —le dije a Amy.

Ahora había muchas más personas agresivas, por llamarlas de alguna forma. Venían justo detrás de los que nos acababan de pasar corriendo.

Estas personas no corrían, tenían un aspecto bastante raro y algunos tenían sangre por toda la boca.

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué la gente está actuando así?

Lo que sí estaba claro era que, si nos alcanzaban, intentarían mordernos como a la profesora, y había que correr.

Amy y yo corrimos tanto como pudimos hasta que llegamos a la siguiente parada de autobús. Por suerte, esas personas no nos alcanzaron, ya que no corrían, andaban muy lentamente, pero eso no quitaba que se hubieran vuelto agresivas por algún motivo.

Al llegar a la parada del autobús, nos subimos y muchos de nuestros compañeros hicieron lo mismo.

El conductor arrancó y comenzó a conducir hacia el centro.

—¿Qué está pasando? —preguntó el conductor, parecía asustado.

Mirábamos a través de la ventana. Esas personas se abalanzaban encima de otras y las mordían.

—Intento llamar a mi madre y no responde —dijo Amy asustada—. ¿Crees que la habrán cogido?

—No lo sé, Amy. Hay que llegar para descubrirlo.

Intenté llamar a mi padre, pero tampoco obtuve respuesta alguna.

Empecé a pensar que a lo mejor estaría escondido en algún lugar o que allí no hubieran llegado esas personas.

No quería pensar que le podía haber pasado algo.

Al llegar al centro, bajamos del autobús y todo parecía estar bien.

Hasta que oímos unos gritos que provenían de la frutería de la madre de Amy.

Corrimos hasta la tienda, entramos y yo me quedé un poco en shock.

La madre de Amy era una de esas personas. Estaba encima de un cliente, el cliente ya no gritaba, tenía los ojos cerrados y en el abdomen, donde la madre de Amy estaba mordiendo, lo tenía lleno de sangre. El pobre hombre tenía esa parte abierta por la mitad. Acabábamos de ver a la madre de Amy abrirle con sus propias manos y estaba comiendo lo que parecía el hígado.

—¡MAMÁ, NO!

El grito de Amy hizo que su madre se girara hacia nosotras, se levantara y viniera hacia nosotras.

Amy empezó a llorar y gritaba con terror.

Su madre se abalanzó sobre ella. Vi un bate de béisbol que la madre de Amy tenía junto a la caja registradora en la tienda, por si alguien intentaba robar.

Lo agarré con fuerza. La madre de Amy iba a morder a su hija.

No lo pensé ni dos segundos cuando le golpeé en la cabeza. Ella estaba a punto de morderla, pero se giró hacia mí. Le volví a golpear en la cabeza, esta vez con más fuerza, y cayó al suelo. Tiré el bate justo después.

—¡No puede ser! —chilló Amy llorando.

Le puse una mano en el hombro a Amy en modo de consuelo.

—Tenemos que irnos, Amy. —le dije suavemente.

—Es mi madre. Está... ¿Está muerta? ¿La has matado? —dijo con la voz entrecortada.

—No lo sé, Amy, pero si no lo hacía, podría habernos matado. Lo siento...

Ella lloraba inconsolablemente. La agarré de la mano y la saqué de allí con bastante esfuerzo, ya que ella no quería.

Continuamos nuestro camino hasta la oficina de mi padre, que estaba a unas tres calles de la frutería de la madre de Amy.

Íbamos lentamente, con cuidado y miedo, ya que esas personas podrían aparecer por cualquier lado y en cualquier momento.

—Tengo miedo, Zoe. —dijo Amy aún llorando.

—Tranquila, Amy. Saldremos de ésta.

—¿Co... cómo lo sabes? —me preguntó confundida.

—No lo sé, pero debemos seguir.

Seguimos caminando. Al rato llegamos a la oficina de mi padre. En el camino no nos encontramos a nadie que quisiera matarnos.

Subimos por las escaleras hasta la oficina donde trabajaba mi padre.

Al entrar en el edificio no había nadie. Ninguna persona por ningún lado. Parecía que todos se habían ido a toda prisa.

Al llegar a la planta de mi padre escuchamos gritos.

—¿Papá? —llamé, esperando no encontrarlo así.

Nos acercamos a donde provenían aquellos gritos. Por suerte no era mi padre, era una compañera de él a la que atacaba otra persona así.

Me acerqué y con valor la aparté de ella.

Esa persona vino hacia mí, dejándome contra una mesa de aquella oficina. Con mis manos le empujaba, una en cada hombro. Él intentaba llegar a mi cuello, yo me resistía a más no poder.

Sentí un golpe y ese hombre cayó al suelo.

Cuando cayó pude ver a Amy con una carpeta dura en sus manos. Una de las esquinas tenía sangre, que era con la que había golpeado la cabeza de ese hombre.

—Gracias, Amy. —dije incorporándome.

—Te lo debía. —me dedicó una pequeña sonrisa. —Ahora busquemos a tu padre. Le respondí con una sonrisa y seguí buscando por la oficina.

Al llegar a su mesa vi a una mujer convertida en esa cosa que atacaba, encima de mi padre.

—¡Papá! —grité.

Me acerqué y empujé a esa mujer, apartándola de mi padre.

—Papá, ¿estás... bien?

Esa mujer se abalanzó sobre mí. Caí al suelo, ella se subió encima. La aparté y quedé yo encima de ella.

—¡Zoe! —me gritó Amy.

La miré y me lanzó la carpeta con la que había matado al hombre de antes. La cogí y empecé a golpearle en la cabeza hasta que dejó de moverse.

Me levanté y me dirigí a mi padre. Esta vez lo observé bien, tenía un mordisco en el cuello y se estaba desangrando.

—Papá, n... no. Por favor... Te llevaremos al hospital. —dije con los ojos llenos de lágrimas.

—No hay nada que hacer. Vete de aquí, Zoe. Vete.

—Pero, papá. ¿Qué dices? —dije confundida.

—Todo salió mal, Zoe. Estoy aquí por un experimento de un compañero. Experimentaban con animales, virus que no debían salir nunca a la luz, que nadie debía conocer. El virus está en la comida, Zoe.

—¿Q... qué? —dije con los labios entreabiertos.

—Zoe, vete. Este virus se propaga con un mordisco de esos seres... Una herida abierta que tengas, si ese ser te roza con su sangre... Puedes convertirte en lo que son ellos... Unos zombies... El proyecto no salió como esperábamos, solo buscaban hacer más jóvenes a las personas, que nunca muriéramos y... todo salió mal, Zoe.

—Papá, pero si tú trabajas de...

—No, hija. Yo... —paró de hablar e hizo una mueca de dolor, agarrándose el cuello donde tenía la mordida. —Yo firmaba que todo se hiciera bien en el laboratorio y no hice bien mi trabajo. Todo se descontroló...

—Papá, por favor, no puedo perderte... —dije y varias lágrimas recorrieron mis mejillas.

—Zoe, eres fuerte. Sé que sobrevivirás, pero debes irte. —hizo una pausa y sacó las llaves de su coche del bolsillo. —Vete.

—Papá, no tengo...

—Sabes conducir, Zoe. Y ya da igual que tengas permiso de conducir o no. Debes irte. Sal de aquí, ¡ya! No duraré mucho... —hizo otra mueca de dolor.

—No, papá —le abracé y lloré en su hombro.

Él correspondió mi abrazo, pero al poco dejé de notar su respiración. Me aparté y vi que no respiraba, no se movía.

—¡Papá! ¡No, por favor! —lloré aún más.

—Zoe, vamos. Tenemos que irnos. —me agarró Amy del brazo.

Mi padre volvió a moverse, dio como un espasmo, pero cuando abrió los ojos supe que no era él, que nada estaba bien.

Se abalanzó sobre mí en cuanto me vio.

Amy le empujó, haciendo que cayera al suelo.

—Vámonos. ¡Corre! —me gritó Amy.

—No puedo dejarle así.

—Debemos irnos.

Mi padre ya estaba volviéndose a levantar del suelo. Cogí una carpeta y le di en la cabeza con muchísima fuerza, una y otra vez, hasta que él cayó al suelo.

—Vamos, Zoe. —repitió Amy.

Agarré las llaves del coche de mi padre, suspiré y comencé a andar hasta salir del edificio.