Las catorce campanadas.

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Summary

El sonido viene. Es un ciclo. Todos lo saben, y pocos saben qué significan en verdad. En un pueblo alejado, Heather tendrá que abandonar su vida tranquila para cumplir con un cometido asignado al nacer. Las reglas están hechas para ser cumplidas, y ella lo descubrirá poco a poco. ¿Qué traen consigo las campanas?

Genre
Horror
Author
MickelH
Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo.

La bruma se acumulaba en una de las ventanas laterales de la granja. Él se puso sus botas con nerviosismo, sin importarle el momento. Su mujer, con una cara molesta, solo pudo lanzarle una mirada penetrante a su esposo.

—¿A dónde vas?

—Con ella —respondió de forma cortante.

—No podía ser de otra forma —se resignó.

El hombre se puso su abrigo, no sin perder de vista su ventana. ¿Cuál número era? La número trece, claro, no podía olvidarlo. Por mucho que quisiera, no podría. Ni tampoco debía. Nunca más.

—¿Puedo ir? —preguntó la mujer—. No quiero estar sola.

—Claro.

Ella se puso una bufanda de lana y un abrigo de cuero, elegante para la ropa que solía usar.

Ambos salieron. El desierto estaba en calma. La temperatura habitual debía ser algo horrible para la época, pero en esos momentos la brisa se mostraba agradable. Casi ajena. Las estrellas, visibles con espectacularidad en esa parte del país, se podían percibir con una intensidad, como si danzaran a solo unos pocos metros.

Los esposos avanzaron hacia una carreta despintada. Difícil era aceptar que los animales que tiraban de ella, y que amaban tanto, no iban a volver de ninguna forma. Al igual que la pintura que se cayó con el paso de los tiempos, los sueños y esperanzas, así como la felicidad que ambos albergaron alguna vez, ya no iban a regresar.

Se echaron a andar por el camino que conectaba con el pueblo. Tierra, tierra y nada más que tierra en un paisaje marcado por la falta de sol. A lo menos la granja estaba conectada de alguna forma. Se decía que, en algunas ciudades centrales, el camino era de ladrillo o pavimento y que la luz venía de postes de metal que iluminaban todo. Pero ninguno de ellos lo sabía en verdad; toda su vida la vivieron entre polvo y familia. Entre reglas y lágrimas. En el fondo, era lo único que aún les quedaba.

—¿Estarán en las cuevas? —preguntó la mujer, mirando hacia un conjunto de montañas cercanas.

—La mayoría, supongo…

—Ojalá pueda verlos, sanos y salvos. Rezaré por ellos.

—Mientras no abran la puerta, todos ellos estarán bien.

Guardaron silencio. Uno incómodo y sobrenatural. Lo único que se podía sentir era el viento y el polvo que se levantaba.

En poco tiempo, y sin ningún infortunio, llegaron al pueblo. Débil, añejo y descolorido. Un cartel daba la bienvenida. Era el único lugar de descanso antes de poder llegar al océano y sus poderosos puertos y centros urbanos modernos. El próximo verano, dentro de pocas semanas, todo iba a ser remodelado. La idea era darle un buen toque, algo que no hiciera que todos quisieran huir. Quién sabe si eso llegaría a ocurrir.

La pareja se encaminó hacia una casa de madera de un pórtico lleno de flores marchitas y ventanas con cortinas de patrones florales. De no ser por su fachada desfasada, sería imponente. Bueno, en esos momentos, todo estaba muerto.

El hombre tocó con su nudillo. Pasos alegres se acercaron. Del otro lado de la puerta, una mujer de mediana edad, con un cabello negro lleno de canas y arrugas bajo sus ojos, abrió. A pesar de la edad, cierta parte de su personalidad seguía intacta.

—Hola, hermano —dijo con cierta alegría—. Pasen, pasen.

Dentro, la mujer abrazó a su cuñada. Los hizo pasar a una sala con algunos sillones rotos y sillas de madera robusta. Todo tenía por encima pañuelos de colores violeta y manteles de patrones florales, tal como las cortinas que adornaban cada ventana.

—¿Quieren algo de té?

—No por mi parte.

—Yo estoy bien, gracias —dijo la esposa.

—No pensé que fuesen a venir —dijo la mujer, sentándose frente a su hermano y su esposa.

—Aún tienes tiempo para ir a la cueva —dijo su hermano de inmediato.

—No puedo. No quiero. Aquí no me queda nada. Ya no.

—Todos podemos seguir viviendo —dijo la esposa, tratando de sonar empática.

—¿Incluso ustedes?

Ambos guardaron silencio. Sabían que su destino, y los siguientes, no sería sencillo.

—Nunca pensé que nosotros seríamos los siguientes en la Sucesión. Pero aún podemos vivir.

—Sé que a Ernesto no le gustaría verte… envuelta en la última noche.

—Lo sé. Pero yo no quiero vivir sin él.

El hombre cerró los ojos.

—Por favor… Ve a la cueva con el resto. Eres la única que aún quiere permanecer en el pueblo.

—Roger… no. —Una lágrima brotó de un ojo. Fue removida con un dedo sin que pudiera completar su recorrido—. Si hay algo después de esta vida, quiero reunirme junto a él. Si no es así… y, si por la voluntad de mi esposo fallecido, permanezco, es que debo seguir adelante, inclusive si debo aguantar todo el dolor que mi corazón guarda.

—¿Debe haber algo que podamos hacer? —preguntó la mujer.

—Querida, me alegra saber que me quieres, pero no. Mi decisión fue tomada.

El hombre se puso de pie. Sus ojos mostraban no estar de acuerdo con la decisión de su familiar. Pero la respetaba. En su nueva posición, ya no podía hacer nada.

—Te deseo lo mejor. Espero, con todo mi corazón, que mañana sigas aquí…

Su hermana se levantó y abrazó a su familia. El adiós no se ocultó.

Pasaron las horas. La bruma se acumuló de forma densa en la ventana. Se pegaba como si quisiese entrar. Algunas figuras se podían ver si la vista era lo suficientemente fina. Pero no había siluetas. Roger solo se limitó a ver con cierto respeto. En ese lugar, a diferencia del resto, iban a estar a salvo, él y ella. No importaba cuándo el sonido volviera a llegar en la noche. Solo debía esperar; y todo sería normal cuando el sol asomara. Luego de que el sonido termine, tendrían otro siglo para ser felices.

—Vamos… —dijo su mujer, debajo del marco de la puerta—. Dejemos que esta pesadilla llegue a su miserable fin.

Él se dio vuelta y se dirigió hacia la habitación. Se acostó junto a su esposa. Ambos observaron el techo unos segundos. No les importó mucho el frío que llegó de repente junto con la bruma. Ninguno quiso, ni trató, decir nada. Había momentos para ser una pareja, y ese no era uno de ellos. Tendrían más días, otras noches.

Él tomó la mano de ella y apretó fuerte. El gesto fue devuelto.

Durante unos minutos más, solo esperaron en la oscuridad. Él soltó una lágrima. Pero como sabía, ya no podía hacer nada.

A lo lejos, un sonido hueco e intenso se propagó entre la oscuridad, penetrando como una aguja en los tímpanos de la pareja. La última campanada. El rebote resonó una vez. Una segunda vez. Y por fin, una tercera vez. La bruma se fue, casi como un mal recuerdo, como uno falso. El frío también se marchó. Solo quedó una clase de sentimiento atroz y distante, como si fuese ajeno.

Ella se acurrucó junto a la persona que amaba. Él correspondió el gesto en un abrazo tierno, pero al mismo tiempo, distante. No porque no sintiera lo mismo, sino porque tenía miedo. Y en el fondo, ella se sentía igual. Ser escogidos para el propósito que debían cumplir no sería agradable. No había otra opción. Pero ambos estaban dispuestos a cumplir. Vivieron toda su vida entre amor y reglas, y estas últimas siempre prevalecían sobre todos.

Debían cumplir la voluntad de las campanas. Fuesen lo que fuesen esas palabras.