Chapter 1:El exilio
(Pov Sasha).El frío no era una estación en nuestro pequeño apartamento de un solo cuarto; era un inquilino permanente. Se pegaba a las paredes grises, a las mantas gastadas y, sobre todo, a los huesos de mi hermano, Yuri. Yo era Aleksandr, aunque todos me llamaban Sasha, y a mis diez años, entendía más de supervivencia que de sumas y restas.
Mi madre, Anna, era una mujer hermosa, pero su belleza se estaba disolviendo lentamente en el alcohol y las jeringuillas. Los hombres venían y se iban, siempre dejando tras de sí un rastro de ceniza, botellas vacías y la certeza de que las rodillas de mi madre tendrían nuevos moretones.
El último, Iván, era el peor. Un pedazo de escoria con manos grandes y una sonrisa de dientes podridos que se cerraba cada vez que Yuri y yo entrábamos en su campo de visión. Nos odiaba. Nos veía como el estorbo que éramos.
-Quitaos de en medio, pequeños parásitos, -gruñía, y el miedo me hacía retroceder, no por mí, sino por Yuri. Mi hermano de cinco años era pequeño y silencioso, con ojos enormes y azules, el único vestigio de pureza que quedaba en nuestra miseria. Mi único trabajo en la vida era ser su sombra, su escudo.
La relación con mi madre era un campo minado. Anna me miraba a veces con ojos vacíos, como si yo fuera el ancla que la impedía escapar de todo. Nunca lo dijo, pero lo sentía en el aire: ella creía que por mi culpa mi padre nos había abandonado. Yo era el error que había arruinado su juventud, su única carga real. Y yo la odiaba por ello. Odiaba su pasividad, su debilidad, el modo en que dejaba que la vida y los hombres la destruyeran. Ella era una mujer fuerte, pero elegía ser blanda, y esa elección me consumía.
Iván era la ley en ese cuarto. Su ley era el dinero que Anna traía. El dinero sucio que él le exigía, empujándola a la calle para conseguirlo. Cuando regresaba con poco, las botellas volaban y los gritos perforaban el silencio. Mamá se acurrucaba, esperando la tormenta, pero yo no podía soportarlo.
Me lanzaba, en contra con mis diez años de huesos delgados chocando contra su masa de hombre. Los golpes destinados a ella, yo intentaba interceptarlos.
-¡Déjala, Iván! ¡Pégame a mí! -gritaba, y él cumplía con gusto. Los puñetazos de Iván eran como piedras. Caía, me levantaba, caía de nuevo y me volvía a levantar. Los moretones eran mi uniforme, y el dolor, mi aire.
Al día siguiente de una golpiza, Anna me curaba en silencio, con una mezcla incomprensible de gratitud por la protección y ese viejo resentimiento que nunca se iba. Era un ciclo de dolor, pero al menos, por un momento, yo había sido fuerte por ella.
Una tarde, la oscuridad llegó más temprano de lo habitual, no solo por la hora, sino por la furia de Iván. Escuché el portazo antes de que subiera los escalones. Rápido, empujé a Yuri quien jugaba con un viejo carro de madera, hacia la esquina donde estaba nuestro único mueble, un viejo armario desvencijado.
-Escóndete. Y no hagas ruido -susurré, la adrenalina ya quemándome la garganta. Yuri asintió con sus ojos asustados y se metió, cerrando la puerta corredera.
Iván entró, tropezando, y al vernos el rostro de mi madre, que estaba en la mesa con la cabeza gacha, su furia encontró un objetivo.
-¿DÓNDE ESTÁ EL DINERO, PUTA? ¿TAN POCO VALES HOY? -gritó, y el rugido hizo temblar la bombilla.
Se abalanzó sobre Anna, levantando el puño para golpearla en la cabeza. No hubo tiempo para pensar en el dolor. Me lancé contra él, golpeando su pierna con la fuerza de un perro rabioso.
-¡Déjala! ¡No la toques! -grité, golpeando su muslo con mis pequeños puños, tratando de desviar el golpe.
Iván gruñó de molestia, como si le hubiera picado un insecto. Se giró, me agarró del cuello de la camiseta y me tiró contra la pared. El aire se me fue de los pulmones.
En ese momento, la puerta del armario se abrió de golpe. Era Yuri. Llevaba el bate de béisbol de madera astillada que le había quitado a un chico mayor; era casi tan grande como él. Desesperado, lo levantó y golpeó a Iván en la espalda. No fue un golpe fuerte, pero el ruido y el factor sorpresa hicieron que Iván se tambaleara.
Iván soltó un aullido de rabia. Se giró y su puño, ese puño enorme y brutal, se estrelló contra el pequeño pecho de Yuri. Mi hermano voló un metro, golpeando el suelo con un quejido ahogado.
Iván se rió, su mirada ahora fija en la indefensa víctima. Empezó a patear a Yuri como si fuera basura, un saco de patatas que tratara de acomodar. Una patada tras otra en las costillas, la cabeza. Cada impacto era un cuchillo en mi propio corazón.
Y mi madre. Anna estaba allí, mirando la escena. No se movió. No gritó. Como siempre, no hizo nada. Era una espectadora de nuestra destrucción.
Vi la sangre brotar de la boca de Yuri. -¡BASTA! -Grité, pero mi voz era solo un hilo.
El pánico se convirtió en una furia fría y cristalina. Mi mano voló al bolsillo. La sentí, la navaja oxidada que había encontrado en la calle.
Corrí con bufando furioso. No lo apunté, solo lo empujé hacia donde creía que era blando. Cerré los ojos y hundí la hoja con toda la desesperación de mis diez años.
Sentí una resistencia suave, húmeda. Un gemido gutural.
Abrí los ojos. Iván me miró, con el asombro y el dolor congelados en sus ojos. La navaja estaba en su costado. Él intentó agarrarme, pero ya estaba tambaleándose, la mano cubriendo la herida.
Y entonces, escuché a mi madre.
Anna no gritó por Iván. No lloró por Yuri. Me miró a mí, al niño con la sangre en las manos, con un odio helado.
-Tú… Tú eres un demonio, -siseó, la voz ronca. -El mismo demonio que es tu padre.
La frase me golpeó más fuerte que cualquiera de las palizas de Iván. Caí junto a Yuri. El hombre cayó pesadamente detrás de mí.
El silencio que siguió no fue paz; fue un vacío.
Iván no se movía. Su respiración era superficial, un estertor húmedo y gordo que hacía burbujas de sangre en su boca. La mancha oscura crecía en el linóleo, un charco que marcaba el final de algo. O el comienzo.
Abracé a Yuri. Sus sollozos eran pequeños temblores contra mi pecho. Yo no lloraba. Mis manos temblaban. Tenía diez años y acababa de matar a un hombre. O quizás lo había matado Anna, años de debilidad acumulada que finalmente se habían manifestado a través de mi mano.
Aparté la mirada de Iván y la dirigí a mi madre. Seguía en la silla. Sus ojos, antes vidriosos por la droga o el alcohol, estaban ahora perfectamente claros. No había horror, ni pánico, ni siquiera un atisbo de miedo por las consecuencias. Solo asco. Hacia mí.
-Sasha, -murmuró, su voz raspando. "¿Qué vamos a hacer?"
Yuri se agarró a mi chaqueta, temblando. -Me duele, Sasha. -Quiero irme a dormir.
-Vamos a irnos a dormir, -le prometí, aunque sabía que esa noche no había sueño en todo Moscú para nosotros.
Me puse de pie, sintiendo el peso de la navaja en mi bolsillo, el peso de las palabras de Anna en mi alma. Un demonio. Si era un demonio, al menos podía usar esa oscuridad para proteger a mi hermano. Miré a Anna por última vez.
-Anna, - dije, y el nombre sonó extraño, ajeno. Tenemos que irnos. Van a venir por él.
Ella parpadeó. Lentamente. Como si mis palabras fueran un eco lejano.
-Vete. -Los demonios deben irse al infierno que les corresponde. Yo ya estoy acostumbrada a esperar aquí. -Su frialdad me golpeó, pero no me hirió. El dolor ya había sido reemplazado por la resolución. La odié. La odié por elegir ser débil, por condenarnos a esto, por preferir al monstruo muerto antes que a su hijo vivo.
-Yuri, -hablé, forzando la calma. Vamos a jugar a un juego. El juego de escapar.
Lo ayudé a levantarse. Cojeaba, y su carita estaba hinchada. Me dolía el alma verlo.-¿Podrás caminar, brat? -pregunté.
-Sí. Solo... un poco. ¿A dónde vamos?
-A un sitio donde no haya hombres malos. -No sabía si ese sitio existía, pero era lo único que podía prometerle.
Abrí la boca del armario de madera donde guardábamos nuestras pocas pertenencias. Saqué la manta más gruesa y la envolví alrededor de Yuri. Encontré el único trozo de pan seco y lo metí en el bolsillo de mi chaqueta gastada. Me aseguré de llevar mis tres rublos ahorrados. Era todo.
Mientras revisaba, encontré la linterna pequeña y rota. La encendí. La luz bailó sobre el cuerpo de Iván y luego sobre Anna.
-Mamá...-Yuri extendió una mano temblorosa hacia ella. -Ven con nosotros.
Anna cerró los ojos y se tapó los oídos con las manos, la postura de una mujer que espera un golpe. -¡CÁLLATE! ¡VÁYANSE!
Ese fue nuestro adiós. La voz de una madre que nos rechazaba por fin en voz alta. El último hilo de esperanza se cortó.
-Ella estará bien, Yuri, -mentí, tomando su mano y arrastrándolo suavemente hacia la puerta. Nosotros tenemos que irnos, antes de que el frío de verdad nos atrape.
El pestillo giró con un clic ensordecedor. Abrí la puerta. El aire gélido de la noche de Moscú nos dio la bienvenida. La nieve caía silenciosamente, cubriendo la suciedad de la calle.
Miré a Yuri, sus ojos fijos en la negrura.
-Escucha, brat. A partir de ahora, solo existimos tú y yo. ¿Entiendes? Le apreté la mano. -Si alguien pregunta, somos huérfanos. No tenemos madre, ni casa, ni nombre. Solo tú y yo. ¿Lo prometes?
Yuri, el niño de cinco años con el pecho magullado y el miedo en los ojos, asintió con una seriedad que no le correspondía.-Solo tú y yo, Sasha. Lo prometo.
Salimos a la calle. La puerta se cerró detrás de nosotros, un portazo mudo que selló nuestra infancia y enterró a Aleksandr. Yo tenía sangre en mis zapatos, y mi hermano tenía la mano en la mía. Éramos libres y esa libertad nos lanzó a las calles frías y oscuras de la ciudad, con Yuri en brazos, dejando atrás el olor a pan, vodka y sangre, y corriendo hacia el destino implacable que el asfalto helado y la oscuridad de Rusia tenían reservado para dos huérfanos sin ley. Éramos, oficialmente, sasha y su carga.
La calle nos pareció infinita. El verdadero juego de supervivencia acabababa de comenzar.