Sinopsis: Dorado
Siempre le dio curiosidad que ese sentimiento de alegría viniera en una taza de café a primera hora de la mañana, pero la verdad, si era honesto consigo mismo, en el único momento en el que se sentía verdaderamente lleno de esa energía positiva era al perderse en sus ojos brillantes y repletos de una ilusión amarillenta similar al reflejo del sol en las aguas del mar.
Le conoció una noche de verano en la que el calor lo forzó a dar un paseo por la costa cerca de su hogar y, al tomar asiento en la piedra húmeda, sintió un tirón a mirar hacia su espalda. Era hermoso, del tipo de hombre que te roba la respiración con solo una mirada y cuya sonrisa se le quedaría grabada muchos años después. Pero lo más hermoso eran esos ojos dorados y brillantes llenos de curiosidad que le observaban con detenimiento.
Él le sonrió, y él se la devolvió.
No recuerda quién se acercó primero. Quién dio el primer saludo. Como terminaron rozando las sábanas de una habitación en un lugar perdido. Solo le vienen a la memoria esos momentos cortos dónde sus labios en los suyos le hicieron ascender, dónde cada caricia de sus largas y suaves manos sobre su piel lograron que se deshiciera en placenteros gemidos mientras sus uñas siempre largas rasguñaban su espalda ancha.
-- Te traje algo hoy – susurró su hombre, aún con la voz enronquecida por el esfuerzo de minutos atrás – No es mucho, pero lo hice yo mismo.
-- ¿Qué es? – preguntó él, sintiendo chispas en sus mejillas al intentar contener la sonrisa y, en el momento en que el aroma de madera le hizo cosquillas en la nariz, su corazón que aún se recuperaba, volvió a correr una distancia tan larga que le dejó boquiabierto -- ¿Para mi?
Abrió la cajita pintada de dorado y la bailarina dentro comenzó a girar en el sentido de las manecillas del reloj. Una suave melodía de piano salió de dentro y acarició su pecho con cariño. Podía quedarse viendo a la figura bailar por horas, escuchando la melodía y tarareándola como una canción de cuna.
Le agradeció con un beso profundo. Aún sostenía su regalo cuando él enredó sus dedos en su cabello y lo pegó más a su pecho. Es una de las memorias más bonitas de su juventud y, aún hoy, cuando las arrugas en su rostro son notables, él y su hombre de ojos brillantes escuchan la suave melodía en su mente: la misma melodía que los unió más allá del sentimiento placentero de la atracción.