Parte I
Nota del autor:
Esta historia es un mini relato de dos partes. Espero y lo disfrute. Gracias por leer.
Lay no había pisado Seúl en meses. El aire frío de noviembre lo recibió con esa mezcla familiar de ruido, luces y olor a pan tostado que tanto había extrañado. Se ajustó la bufanda y caminó hacia una pequeña calle en Hongdae, siguiendo el instinto más que la memoria. Ahí estaba —o al menos, debería estar— su café favorito.
Pero lo que encontró fue un local vacío, con las ventanas cubiertas y un cartel que decía:
“Gracias por estos años. Cerramos nuestras puertas.”
Lay se quedó quieto frente al vidrio, mirando su propio reflejo. Recordó las tardes que pasaba ahí componiendo, riendo con los chicos, los días lluviosos con un café con leche de coco y la mirada tranquila de SuHo frente a él.
Era un lugar que había sido suyo, y ahora ya no existía.
Sacó el teléfono, sin pensar demasiado.
—SuHo... cerraron el café.
El mensaje fue breve, pero bastó para que SuHo entendiera todo lo que Lay no dijo.
Esa noche, Lay llegó al departamento de SuHo con las manos metidas en los bolsillos y un cansancio que no venía del viaje. Al abrir la puerta, el aire cálido y un aroma familiar lo envolvieron.
—¿Estás haciendo café? —preguntó, sorprendido.
—El más parecido que encontré —respondió SuHo desde la cocina, con una sonrisa suave—. Y pastel de miel... aunque no prometo que haya quedado igual.
Lay lo observó moverse entre la cafetera y los tazones, la luz cálida cayendo sobre su rostro. Se acercó despacio, apoyando la barbilla en su hombro.
—Sabes que no tenías que hacerlo.
—Lo sé. Pero quería que tuvieras algo que te hiciera sentir en casa.
SuHo sirvió el café, y se sentaron frente a la ventana. Afuera caía una llovizna fina, de esas que parecían acompañar los recuerdos. Lay tomó un sorbo. El sabor no era idéntico, pero había algo que lo hacía aún mejor.
—Sabe igual —mintió, con una sonrisa pequeña.
SuHo lo miró con ternura.
—Tal vez no era el café lo que extrañabas.
Lay dejó la taza sobre la mesa y tomó la mano de SuHo.
—No. Era esto —dijo, entrelazando sus dedos—. Eras tú.
SuHo apretó su mano en silencio. La radio sonaba de fondo con una canción lenta, y el mundo pareció detenerse unos segundos, solo para ellos dos.
El café se enfriaba en las tazas, pero el calor que compartían era suficiente.
Porque a veces, los lugares desaparecen... pero el amor que nació en ellos permanece, tan vivo como el aroma del café que vuelve a llenar la habitación.








