Prologo

Cuando entré en primaria, conocí a un chico. Era nuevo en la ciudad, con esa ropa que siempre parecía recién comprada y una timidez que lo hacía parecer frágil. Sus padres tenían dinero, mucho más que los míos, pero a nosotros eso nunca nos importó.
En el recreo, mientras compartía mis galletas con él, nació una amistad que creció con los años. Él me llamaba “El” y yo lo llamaba “Tommy”.
Éramos inseparables.
Donde iba uno, iba el otro. Incluso cuando llegó la universidad, entramos juntos, creyendo que nada podría romper nuestro vínculo.
Hasta que todo se vino abajo...
Fue una pelea estúpida, que se llenó de palabras hirientes y orgullo. Él dijo cosas que no debería haber dicho, yo también. Y en lugar de arreglarlo, nos alejamos.
Dejamos de hablar, de vernos.
Esa pelea cortó de raíz todo lo que habíamos construido durante años.
Decidimos seguir caminos diferentes.
Yo estudié marketing y publicidad, y aunque me mudé un tiempo, al final volví a casa. Conseguí un trabajo estable aquí, en la ciudad. La vida seguía, pero con un vacío que prefería no tocar.
Para Tom fue diferente.
Como heredero de la empresa familiar, estudió economía y se sumergió en ese mundo.
Supongo que cumplió con lo que se esperaba de él.
Durante cinco años, nuestras vidas transcurrieron en paralelo, sin cruzarse.
Hasta anoche.
Matt, mi hermano, me invitó a comer sin decirme que Tom también estaría ahí con mi mejor amiga, su hermana, Madeline.
Verlo después de tanto tiempo fue un golpe.
Allí estaba, ya no el chico delgado y tímido, sino un hombre con la mirada más madura, pero con esos mismos ojos que tantas veces había visto reír.
La cena fue incómoda al principio, con conversaciones forzadas.
Pero, poco a poco, los recuerdos empezaron a salir. Hablamos de los viejos tiempos, de cosas que habíamos guardado en silencio durante años. Y, entre risas y confesiones, algo cambió.
Hubo un momento, lejos de los demás, en que nos quedamos solos.
El ambiente se cargó se una tensión que no era de enfado, sino de algo más. Algo que siempre había estado ahí, pero que nunca habíamos dejado salir.
¿Qué podría haber pasado después?
No lo sé con certeza.
Pero por primera vez en diez años, sentí que tal vez, solo tal vez, no todo estaba perdido entre nosotros.








